La primera herramienta del escritor

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Para convertir las hojas de papel encuadernado en libro es necesario un lector. Para convertir el libro en herramienta es necesario el acto de lectura activa y las correspondientes anotaciones. 

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Lápices para subrayar, bolis y plumas con distintas tintas para anotar distintos conceptos…

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Libretas y más libretas van acumulando ideas, voces, personajes, información…

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El mejor regalo: análisis del ladrón de rostros hecho por un lector

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Hola otra vez, Manel. Ya terminé de leer la novela. He tomado algunas notas mientras lo hacía, pero voy a sintetizar lo máximo posible para no revelar mucho de la trama a otros posibles lectores. Después de releer los primeros tres capítulos, y con la llama del misterio de nuevo encendida, no he podido evitar sentir cómo mi interés por este decaía poco a poco, aunque esto probablemente sea más culpa de mis vicios a la hora de leer que de la propia narración.

Me explico: La primera parte la dedicas principalmente a desarrollar a los personajes, especialmente a Alba (la protagonista), desde su reciente ruptura sentimental con Juan, pasando por su decisión de inseminarse, tanteando después su relación con su madre y dejando retazos de un pasado traumático.

También presentas a Óscar y exploras su relación con Alba, sus pasados juntos y las emociones que sienten el uno por el otro. Todo, tengo que añadir, de forma muy fluida y logrando con creces el objetivo de enriquecer a los personajes y ayudar al lector a empatizar con ellos. Pero en cierto punto (allá por el cap.7), no he podido evitar tener la sensación de que el misterio quedaba relegado a un segundo plano.

Es cierto que alternas partes de la narración de Diego y colocas un par de piezas aquí y allá para mantener la investigación presente (el contacto inicial con Óscar y el de este con Anabel), pero en ese momento el polo ya se había invertido en mi cabeza y había pasado de entender la historia como un thriller con toques de drama, a un drama con toques de thriller. No lo digo como algo negativo, porque tu naturalidad a la hora de narrar tira de la historia hacia adelante sin que se pierda un ápice de interés, sino como una advertencia del doble filo que supone crearse determinadas expectativas.

Dicho esto, tengo que darle un sobresaliente al relato de Diego. Las piezas que incluyes a lo largo del texto son prácticamente una novela dentro de una novela, y me han parecido lo mejor de esta primera parte. Y eso a pesar de que en la escena de la bañera (Sí, esa) habría preferido quedarme con lo implícito (que se ve venir), más que con lo explícito. Pero bueno, entiendo que la crudeza de la descripción ayuda a dibujar aún con más claridad la perturbada psique de Diego.

En la segunda parte es cuando la trama se dispara y el thriller comienza a brillar. Lamentablemente, haberme leído en mi adolescencia toda la colección de Agatha Christie me ayudó a imaginar cuál podría ser la identidad de Diego al acabar el cap.18. A continuación, el relato de éste se vuelve espeluznante y revelador en el cap.19. De lo mejor de la novela.

Después de esto conocemos a Makoki y al equipo de investigación que le endiñan a Óscar, y es cuando todo comienza a acelerar. Me ha gustado mucho el personaje de Santos. Quizás porque solo lo presentas con un par de pinceladas (El caso de corrupción que narra Marquina y la conversación con Elías sobre su familia en el bar en el cap. 28), y eso me ha dado más libertad para moldear el resto de su persona a voluntad. Por cierto, ese capítulo lo anuncias como “Óscar- 3 de septiembre”, pero es una escena del equipo en comisaría y después en el bar. Óscar solo aparece en una breve conversación telefónica con Santos, al que sigue el narrador. ¿No debería de ser “Santos- 3 de septiembre? De ese capítulo, me quedo con la escena en la que, tras descubrir la ubicación del gabinete de abogados de Ponferrada, Santos pide un mapa esperando un papelote desplegado sobre la mesa y Conchi le abre el Google maps. No sé porqué pero no he podido dejar de reír.
Ya resuelta la trama, entramos en la tercera parte, y aquí solo me quedan por añadir dos detalles que me han encantado. Primero, el ímpetu de Óscar para no volver a perder a Alba una vez más. Su empecinamiento en quedarse dando vueltas sin rumbo por Ponferrada, su insistencia en que Santos y el equipo siguieran investigando, y su último arrebato, yendo al pazo —yo me lo he imaginado más como una de esas mansiones de estilo neogriego de las plantaciones de Nueva Orleans— sin refuerzos, algo que acaba por resultar crucial para el desenlace. Lo segundo es cómo, tras éste, dejas deslizarse la conclusión final como en una suave pendiente, añadiendo las escenas del hospital, las exhumaciones y finalmente la carta de Judit para que el ocaso de la historia decelere de forma natural. Un acierto.
Una novela redonda, muy entretenida y que engancha de forma progresiva. De lo más publicable que he leído en mucho tiempo, sin duda. Se aprecia el trabajo y el buen hacer que hay detrás. Imagino que ya estarás metido de lleno en la segunda parte, así que espero poder disfrutar de ella pronto. (Por cierto, te he dejado una reseña, pero no creo que la publiquen por la política de Amazon de “paga primero 50 euros, comenta después”) Un saludo, Manel y enhorabuena. Tienes una joya entre manos.

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Nos ha dejado Pau Donés

Nos ha dejado Pau Donés. Descansa en paz, nos vemos camino de las estrellas.
Tenía 53 años, una mala edad para morir. En un corto lapso de tiempo es la cuarta víctima de cáncer de la que tengo conocimiento. De las otras, dos eran todavía más jóvenes, apenas superaban la cuarentena, y el último de una edad parecida a la mía. Es lo que tiene esta enfermedad, que nos trata a todos por igual: jóvenes, viejos, niños; ricos, pobres, buenas personas, miserables; catalanes, castellanos, isleños…ni los hijo puta se salvan llegado el momento.
Y con todo no era de la enfermedad en sí de lo que quería hablar sino de cómo cambia la percepción del mundo y del entorno el día que, tras un sinnúmero de pruebas, te reúnes con un médico, cada uno sentado a un lado de una mesa y te suelta el mazazo. Bien, lo que tiene, comienza a decir, es una neoplasia maligna de “……”
¿Sabéis lo que importan entonces la bandera, el trabajo, el tamaño del coche, las vacaciones que le envidiamos a la vecina, la misma vecina a la que deseamos en secreto, la supremacía del idioma…? Os lo puedo responder porque he estado en el lado malo de la mesa: Una Puta Mierda. Nada. Menos que nada.
Desde ese mismo instante, cuando el Destino pone en marcha su cuenta atrás, la percepción de lo que te rodea cambia y la realidad fluye a una velocidad distinta, influenciada, claro, por el órgano afectado y el tipo de tumor. En unos casos sabes que te quedan apenas semanas, en otros meses, en muchísimos más, y gracias a los avances médicos, una lucha de años o, puedes tener mucha suerte y salir indemne. Sea como sea la espada de Damocles que cuelga sobre tu cabeza ya siempre permanecerá ahí oscilando amenazante.
Por otro lado —y eso puede parecer una barbaridad—, salvo que la condena a muerte sea inminente, hay detalles de la vida que cambian para mejor. Porque la maldita enfermedad acostumbra a abrirte los ojos. Al menos si eres normal.
Recuerdo los primeros días que salía a pasear, cuando me recuperaba de la intervención quirúrgica. Era finales de otoño, comienzos del invierno. Recuerdo, el frío en la cara, el calorcillo del sol de la mañana, la belleza de los árboles. Los mismos árboles por los que había pasado miles de veces sin ver porque andaba cargado de mierda inútil e innecesaria. Recuerdo los sentimientos hacia los seres queridos —esos a los que dejas de lado por el trabajo— convertidos en una sensación física que rascaba por dentro.
Yo he tenido mucha suerte, al menos hasta ahora; Pau y tantos otros no. Pero creo que, de ser preguntados, todos podríamos dar consejos parecidos:

  • Las cosas que tienen valor acostumbran a ser pequeñas y están al alcance de la mano, si sabemos verlas; las que tienen precio son prescindibles y solo dan servicio a quien no tiene otra cosa.
  • La vida es el Ahora porque es efímera —no sirven el recuerdo de felicidades pasadas ni la planificación de paraísos futuros—. Mañana, no lo olvides, puedes estar del lado malo de la mesa.
  • El odio arrebata un tiempo precioso del que jamás volverás a disfrutar.
  • La gente tóxica es todavía peor que la enfermedad y debes apartarla de tu lado.
  • En el trabajo os habrán olvidado al cabo de unos meses, en casa os añorarán por siempre.
  • Verbos como dar, amar, compartir, respetar, ayudar… son más paliativos que sus antónimos.

Y poca cosa más. Intentad ser útiles, perdonad más, odiad menos. Llegado el momento os iréis igual que llegasteis: desnudos. Y la materia que os formó, pasado el tiempo, volverá al Sol, el lugar de donde venimos todos.

Descansa en paz, Pau y los demás, nos vemos camino de las estrellas.

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Usar las palabras correctas

Diccionarios

Dice el RAE que la palabra es la unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura. Lo que viene a decirnos con tanto tecnicismo es que cada palabra, al atribuírsele la cualidad de “estar dotada de significado”, expresa una idea única y, por tanto, al usarla no necesita de más adorno. ¿Por qué digo esto? Por algo que nos sucede a todos cuando comenzamos a escribir creyéndonos por ello escritores sin serlo: echamos el resto buscando las mayores florituras lingüísticas, las metáforas más elaboradas y las construcciones más complejas para darle contenido a nuestra pretendida historia (cuento, microrrelato, poema, novela…) Es entonces que intentas leer algo de alguien y a las cuatro líneas abandonas porque ya no eres capaz de digerir según qué platos. Así, puedes decir:

Despertó el día con un cielo plomizo de la densidad del mercurio que amenazaba con un tormenta que aterraría a los mismísimos vikingos y acallaría a los propios dioses del Olimpo, cuando el maravilloso imvento de Bell emitió su cadenciosa letanía sonora. Descolgarlo representaría recibir nuevas no deseadas, a pesar incluso de que desde la profundidad de su alma una voz como de Tiresias, adivino ciego de la ciudad de Tebas, le incitaba a enfrentarse a él“.

Y quedar, a tus ojos, como el dios de la verborrea literaria, o puedes decir:

 “Amaneció un día de mierda con pinta de tormenta de cojones y sonó el teléfono. De cogerlo, podían ser malas noticias, a pesar de que algo en su interior le llevaba a alargar la mano y descolgar“.

Entre ambos modos hay un abanico de formas de expresión según sea nuestro personaje o nuestro narrador. Lo que está claro es que la palabra es la que es y es única en su significado y en su uso. Ejemplos:

  • Podemos ojear el periódico si le echamos un vistazo al que está leyendo quien tenemos al lado.
  • Podemos hojear el periódico si lo tenemos ante nosotros pasando las hojas.
  • Podemos leer el periódico si lo tenemos delante leyendo las distintas noticias que contiene.
  • Podemos sumergirnos en la lectura del periódico si una noticia nos ha absorbido de modo tal que ya no percibimos el mundo que nos rodea…

Y esto es así porque con los ojos podemos: ver, mirar, observar, fijar, otear, atisbar, escudriñar… Lo mismo que las cosas pueden pasar, suceder, ocurrir, acaecer, acontecer…

Al final las palabras tienen un uso y un significado. En la medida de lo posible debemos intentar no ensuciar nuestros textos con ellas sino pintarlos con las mejores. Nos lo agradecerán. Y en caso de duda, siempre tenemos el RAE y el María Moliner. Mucho mejores que muchas novelas.

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Ensayo sobre la ceguera

ensayo sobre la ceguera

En un primer momento un hombre, parado en un semáforo, se queda ciego. El autor nos lo cuenta de este modo:

[…]
Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.
[…]
El ciego alzó las manos ante los ojos, las movió, Nada, es como si estuviera en medio de una niebla espesa, es como si hubiera caído en un mar de leche, Pero la ceguera no es así, dijo el otro, la ceguera dicen que es negra, Pues yo lo veo todo blanco,
[…]

Ya en ese momento sabemos que su ceguera, quien sabe si en un intento de regalarnos una metáfora que explique nuestra percepción del mundo, no es negra sino teñida de una luz blanquecina.
Y es desde este desencadenante, que hasta podría parecer trillado, que José Saramago construye una catedral narrativa que nos hablará de lo que habita dentro de cada uno de nosotros: instintos, bajezas, empatía, cooperación, lucha, odio, deseo, entrega, cobardía… Usará para ello un personaje, la mujer del doctor. Personaje que a pesar de conservar la vista se hace pasar por ciega para no abandonar a su marido a su suerte. Será desde sus ojos que veremos y sentiremos la angustia del espacio, la lucha por la superviviencia, los actos altruistas y la maldad. En un microcosmos tejido con sumo cuidado asistiremos a lo que hemos vivido los seres humanos desde que lo somos.

Debo apuntar, lo considero necesario, que la lectura de Saramago no es sencilla. Su estilo personalísimo a la hora de manejar la narración no está al alcance de todos (y lo digo porque ha habido quien así me lo ha reconocido). Pero también es verdad que vencido ese primer momento en el que el desarrollo continuo a base de comas y puntos no nos permite descansar un instante, nos sumergiremos en una historia que, todo y su regusto amargo, será difícil de olvidar.
Novela muy recomendable para entendernos un poco más y conocer hacia dónde vamos si nada cambia.

NOTA: Puedes conseguir mi novela: “El ladrón de rostros” en  la Llibreria Éfora hasta fin de existencias o en estos enlaces de Amazon hasta que se reedite otra editorial: Si deseas el libro electrónico en formato Kindle o prefieres el libro en papel bajo demanda. Gracias de antemano

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La gente de Cerdanyola puede adquirirla en una de sus librerías. En la Éfora me consta que la tienen.

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RECORDS – Els Tebeos / RECUERDOS – Los Tebeos

Mercat de Sant Antoni

CATALÀ

Podem estar als voltants de 1963. El meu pare, com molts altres obrers del Poble Sec i d’arreu, treballava totes le hores del món: feia torns, si hi havia una fira o una carrera o bous o futbol, anava a vendre gasoses, “polines” i el que fes falta. El que fos perquè no faltés el pa a taula.

Veient el panorama hom podria tenir la sensació de no haver gaudit de son pare. Jo no, Perquè ell, quan tenia un mínim de temps lliure, agafava a aquell marrec i se l’enduia a tot arreu. De vegades amb la mare, de vegades, si ella feia dissabte, sols.

Doncs d’un d’aquells matins màgics us volia parlar. Va ser un diumenge que vam anar al mercat de vell de Sant Antoni. Ell, que no us he dit, era un gran lector, però si volia un llibre havía de ser se segona o tercera ma. No obstant també li agradava comprar tebeos, els llegia ell i els llegia (més aviat miraba) jo. Aquell matí, encara me’n recordo, després de voltar parades i comprar algun llibre, va trobar un xicot que duia un “montonas” de tebeos: pulgarcitos, TBO i d’altres que no recordo. Ell, amb la experiència de la edat, la fam i l’estraperlo, va començar a negociar amb el noi. Jo, bocabadat, no treia els ulls d’aquell mun de fulles impreses amb: Carpanta, la familia Trapisonda, Mortadelo y Filemón, La hermanas Gilda, els invents del professor Franz de Copenhague.

No se el que pagaria mon pare per totes aquelles hores de felicitat infantil. Se quina inmensa sensació d’èxit sentia tornant a casa, Duent a les meves máns part del tresor i mirant-me’l com qui mira al més gran heroi de la Història.

Allí on siguis, gracies pare, per fer-me el lector en qui em vaig convertir i en l’escriptor que va naixent dia a dia.

Mercat llibres sant antoni

CASTELLANO

Podemos estar en los alrededores de 1963. Mi padre, como muchos otros obreros del Poble Sec y de cualquier parte, trabajaba todas la horas del mundo: hacía turnos, si había una feria o una carrera o bueyes o fútbol, ​​iba a vender gaseosas, “polines” y lo que hiciera falta. Lo que fuera para que no faltara el pan en la mesa.

Viendo el panorama cualquiera podría tener la sensación de no haber disfrutado de su padre. Yo no, Porque él, cuando tenía un mínimo de tiempo libre, cogía a aquel chiquillo y se lo llevaba a todas partes. A veces con la madre, a veces, si ella hacía limpieza, solos.

Pues de una de aquellas mañanas mágicas quería hablar. Fue un domingo que fuimos al mercado de viejo de Sant Antoni. Él, que no os lo he dicho, era un gran lector, pero si quería un libro había de ser se segunda o tercera mano. No obstante también le gustaba comprar tebeos, los leía él y los leía (más bien miraba) yo. Aquella mañana, todavía me acuerdo, después de dar vueltas por las paradas y comprar algún libro, encontró un muchacho que llevaba un “montonazo” de tebeos: Pulgarcitos, TBO y otros que no recuerdo. Él, con la experiencia de la edad, el hambre y el estraperlo, comenzó a negociar con el chico. Yo, boquiabierto, no quitaba los ojos de aquel puñado de hojas impresas con: Carpanta, la familia Trapisonda, Mortadelo y Filemón, La hermanas Gilda, los inventos del profesor Franz de Copenhague.

No sé lo que pagaría mi padre por todas aquellas horas de felicidad infantil. Sé qué inmensa sensación de éxito sentía volviendo a casa, Llevando a mis manos parte del tesoro y mirándose me como quien mira al mayor héroe de la Historia.

Allí donde estés, gracias padre, por hacerme el lector en quien me convertí y en el escritor que va naciendo día a día.

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Soledad-Joan-sonata No. 8 en Do menor “Patética”

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Joan

Beethoven, sonata No. 8 en Do menor “Patética”

Te llamaré Chucho. Y por más que me mires con esos ojos, la cabeza ladeada y las orejas colgando, no me sacarás ni una carantoña. Ya estaba bien solo. No te quería ni te necesitaba para nada. Si no estás conforme, ahí está la puerta, la coges y te largas con quien te ha traído. Eso es todo lo que le he dicho al perro que me acaban de regalar mis hijos.

         Él, con cara de bobalicón, se ha quedado allí mirando sin decir nada. Qué va a decirle un pobre perro a un viejo que ya se acostumbró a vivir solo. Pero no hay quien haga entrar en razón a los niños: No es bueno que te pases los días solo, papá…Te va a hacer mucha compañía, papá… Así te obligarás a salir a la calle, papá… Ya ves, cuando uno vive solo y le ingresan por primera vez con una fuerte taquicardia, aparecen de repente los hijos y le sueltan toda esa retahíla de manual que provoca el miedo. Miedo de que aparezcas por sus casas como un viejo molesto, de que a partir de ese momento todo vaya a ser un ir y venir, miedo de haber de afrontar el gasto que supone aparcar al anciano en uno centro de día ¿Qué se piensan, que ya no seré capaz de valerme por mí mismo? Como si el hecho de que no esté ella me convierta en un inválido. No quieren darse cuenta de que no los necesito. Y por supuesto que comprendo que un viejo no encaja en sus vidas. Y entiendo que no tengan dinero para pagarme una residencia digna en unos tiempos tan jodidos como estos. Pero no quieren entender que estoy bien solo ni necesito otra cosa que hablar con ella y escuchar mis viejos vinilos.

         Y ya que estamos, tampoco te necesito a ti, Beagle de pura raza.

        Que es un perrito de lo más dócil, papá… No te va a costar nada que se adapte a ti… Como si yo no tuviera ningún incentivo para salir a la calle y me fuera  a sentar en el silloncito a dejarme morir porque ya no estás conmigo.

         Pobrecillos, son jóvenes y todavía creen en los milagros y en cosas imperecederas. Les quedan años para el desencanto, para darse cuenta de que nunca nada es para siempre y que apenas nada es para ahora. Que solo la llegada de la muerte nos garantiza que hemos vivido y que la vida no es larga ni corta, ni buena ni mala, la vida es el trayecto entre el acto de nacer y el de morir. Cómo vivamos ese viaje dirá si fue mejor o peor.

           Pero claro, qué sabrás tú, Chucho. Ahí, plantado, mirándome y moviendo el rabo como si algo de esto fuera contigo. Como si un animal al que llevamos domesticando hace cuarenta mil años fuera capaz de obligarme a hacer nada que no me apetezca. Como si un perro pudiera sustituir su presencia. Anda que no lo hablamos veces, cuando yo le decía lo que me dolería dejarla sola, que son casi diez años de diferencia y el mundo está lleno de viudas. Y ella chasqueaba la lengua y me respondía que también podía ser yo el que se quedara solo. Al final se salió con la suya, como casi siempre.

         Pero por vueltas que queramos darle, las cosas pasan Chucho. Igual que les ha sucedido a todos los que conozco, que no son pocos. Cuantas veces lo comentamos a medida que nos vamos quedando solos. Y siempre se cumplen las mismas etapas.

           Primero, cuando superado ese primer dolor inevitable que te atenaza, sales a la calle y aprendes que lo más doloroso no es que los conocidos te paren y te den la mano mintiéndote acerca de cuánto lo sienten —pues nadie puede sentir el dolor real de otro—, lo doloroso de verdad es sentir cómo tu mano busca a ciegas la mano que ya nunca estará ahí contigo. Ese acomodo de años en el que ambas palmas se enlazaban como un solo objeto para transmitirle seguridad al otro y disipar los miedos y las angustias. Pero al final te acostumbras, Chucho, claro que te acostumbras, qué remedio. Y llega un día que sales a la calle con el bastón-mano y te las compones para no echarla de menos. Porque la vida es así, Chucho, una mierda a la que nos aferramos porque es la única mierda que conocemos.

         Mírate ahí sentado, que hasta parece que me estés escuchando de verdad. Pero qué vas a entender tú. Qué sabrás de deambular por el piso y sentir el profundo vacío de su ausencia en todos los rincones y escuchar el silencio de esa soledad, y recordar lo hermosos que eran los mismos silencios pero preñados de su compañía, de la seguridad de saberla al lado sin siquiera decir una palabra. A eso cuesta mucho acostumbrarse.

           Y ahora, cuando la música casi llenaba toda esa añoranza llegas tú para hacer un bulto a todas luces innecesario ¿Sabes en qué momento me han dicho que se acepta la soledad como compañía, Chucho? Cuando te acostumbras a la inmensidad de la cama y eres capaz de ocuparla por entero sin remordimiento alguno. Pues eso, amigo, es algo a lo que aún no me he podido acostumbrar. Y hablando de costumbres, esa será tu tarea conmigo. O acabaré devolviéndote a quienes te trajeron. Y ellos, fíjate lo que te digo, tardarán poco en finiquitarte. Así que ya sabes, yo te cuidaré lo justo y tú te portarás como una persona.

           Después de la charla que le soltado y de lo quieto que estaba he pensado que era momento de poner las cosas en su lugar. Así que le he llenado un bol de agua y otro de pienso de un saco que me han traído. Después le he explicado cuál era su espacio y lo he encerrado en la galería. Ya sé que Nuri no lo hubiera hecho, Ella tenía un corazón que no le cabía en el pecho, pero yo no soy así, prefiero no verlo. No quiero que me ablande con esos ojazos tristes que estaba poniendo. Necesito mi tiempo, para leer, para escuchar música. Necesito a Beethoven…

           No sé porque me ha venido él a la cabeza. Tal vez sea porque a Nuri no le gustaron jamás sus sonatas para piano. Se me hacen pesadas, me decía. Como si el andante de la Patética no fuera capaz, por sí mismo, de oprimirte el pecho. Como si el allegro del primer movimiento no te hiciera saltar en el asiento. Como si el rondó del tercero no te arrebatara una sonrisa. Pero “para gustos, colores”, que dicen. Antes me tocaba escucharlas cuando se iba y me quedaba a solas. Lo que nos queríamos y lo diferentes que éramos en cuanto al mundo sonoro. Yo no soportaba sus absurdas emisoras de radio, con esa eterna cantinela repetida siempre en miles de canciones idénticas, y ella no podía escuchar cinco minutos seguidos cualquiera de las músicas que a mí me fascinan. Cuánto ha llovido. Ahora el equipo de música languidece en el comedor y a mí me basta el portátil y los altavoces Bose que me regaló hace tres años. La única cosa visible que mantengo de ella, porque en ellos sigue estando Nuri sonriendo con los brazos extendidos, ofreciéndomelos como un último regalo antes de que llegara lo que vino después…

         Al final le he tenido que abrir la galería y dejar entrar al perro. Me pregunto si será porque he comprendido su soledad y su miedo al escuchar su voz lastimosa mientras rascaba la puerta o porque los recuerdos me han entristecido más de lo normal y he necesitado de su compañía. Da lo mismo, de momento le voy a dejar aquí conmigo para que se vaya empapando de Ludwig. Vete a saber, igual resulta que me sale un perro melómano.

         En previsión de que se cumpliera esto último le he explicado un poco la audición. Él atendía como esos bebés que se quedan extasiados mientras les hablan. De las versiones que conozco de la Patética las que más me gustan son las interpretadas por Mauricio Pollini y Daniel Baremboim, le decía. Sobre todo las de éste último. No sé si serán las mejores, Chucho, tampoco es que entienda demasiado de música, pero me encanta esa serenidad que muestra ante el teclado. Ni un aspaviento, ni una mueca como las que hace Lang Lang. Ningún guiño al oyente que no sea el sonido que arranca de las teclas como un alfarero le arranca formas al barro… y qué decir del genio de Bonn: un adelantado a su tiempo, un valiente capaz de escribir su música desde la más absoluta libertad. Marcado como estaba por el movimiento Sturm und Drang[1] fue el primero en anteponer su arte al gusto de los poderosos. En su música no mandaba ningún mecenas, mandaba solo Él. De ahí que sus treinta y dos sonatas para piano hayan sido reconocidas más tarde, cuando el oído humano abandonó algo más su condición servil. Mira, ya empieza…

         Y Chucho, como si fuera un entendido, ha dejado de mirarme a mí para observar el monitor, ladear la cabeza y levantar las orejas. En ese momento el primer acorde de Do menor ha roto el silencio y un último recuerdo se ha ido a aquel entonces cuando no entendía que mi esposa no pudiera sucumbir a tal belleza.


[1] tormenta e ímpetu

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SOLEDAD-Maria-Arroz con Bacalao

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María

Arroz con bacalao

Seguro que si ahora estuvieras aquí no me tirarías la comida a la cabeza como habías hecho algunas veces. Pero claro, tú no tienes ni idea de lo que he aprendido desde que no estás conmigo. Hoy, sin ir más lejos; prepararé un plato tan gustoso como sencillo: arroz con bacalao. Aunque claro, el señor era tan especial con el bacalao, solo le gustaba enharinado y frito. Pero eso sí, tenía que estar al punto de sal. Y si salía un trozo más salado que los otros la pobre María lo tenía claro: todo el genio del amo de la casa aparecía para recordarme que cocinaba fatal, que en casa de tu madre nunca habías comido algo tan asqueroso… ¡Qué harta estaba de tu madre, de tus hermanas y de ti, por Dios!

            Pues no, ahora no me lo tirarías a la cabeza, y ¿sabes por qué? Porque ahora uso un condimento que no supe utilizar mientras estuviste a mi lado: amor, Pepe, amor y poca cosa más. No como cuando estabas conmigo que lo único que pude añadirle a los platos fue, primero miedo, más tarde rabia. Y al final, a medida que envejecíamos, Odio. Un odio duro y lleno de aristas que se me agarraba a la garganta y que era incapaz de sacar hasta que terminaba pudriéndoseme dentro y enfermándome.     

            Y ya ves, al final lo que sucede es que no existe ningún secreto, Pepe. Ahora lo sé. Fíjate qué cosas. Ahora me he convertido en la propietaria absoluta de mi cocina, de mi casa y de mi vida. Por fin he descubierto que este espacio reducido y caótico me pertenece y que en él soy capaz de expresarme como nunca lo pude hacer contigo. Me siento tan cómoda y libre; mucho más que las otras viudas que se van cada tarde al Casal a jugar al dómino y a la brisca.

            A veces pienso que si entraras por esta puerta no me reconocerías. En este tiempo de soledad mi vida ha dado un giro tan inesperado como hermoso. Y todo empezó con la nena, Pepe, que un día me vino y me soltó que su suegra, la Nati —nuestra consuegra— cocinaba tan bien…que si hacía unos platos tan elaborados…recetas de cocineros famosísimos, me dijo. Y me dolió, Pepe, qué quieres que te diga. Primero porque tenía razón, yo solo cocinaba los cuatro platos de toda la vida y lo hacía con total desgana. Pero, entre nosotros, lo que más me dolió fue que me pusiera de ejemplo a esa señorona melindrosa y creída de cuello estirado como un ejemplo a seguir o alguien a quien envidiar. Me conoces, sabes que hay cosas que me es imposible tragarme así sin más. Y ese día, la nena, con ese comentario, me dio a beber un vaso de vinagre.

            La cosa es que aquella misma tarde, todavía con la acidez metida en lo alto del estómago, me acerqué a la librería, entré y, después de tragarme toda la vergüenza, pedí un libro de recetas ¡Madre mía lo que llega a haber escrito sobre ese tema! Ni te lo imaginas. La muchacha que me atendió me había acercado a una estantería y, señalándomela, me había dicho: «mire señora, esto es todo lo que tenemos, escoja usted el que más le guste». Había libros de cocineros de los que había oído hablar y de otros a los que ni conocía. Libros de cocina italiana, francesa; y hasta cocina india y japonesa. Pues yo, con toda la inseguridad del mundo, cogí uno que parecía de cocina de la nuestra y empecé a hojearlo ¡No entendía nada, Pepe! Allí hablaban de condimentos y cosas de las que no había oído hablar en la vida. Lo dejé en la estantería y me di la vuelta para salir de allí. Pero no podía, sabes, era como si tuviera la cara de la Nati allí delante mirándome con suficiencia y eso podía más que mis miedos.

            La cosa es que volví a tragarme la vergüenza y me acerqué a la muchacha para pedirle si había un libro que tuviera platos sencillos, típicos de aquí. La cocina de toda la vida, recuerdo que le dije. Ella se sonrió. En un principio pensé que se estaba riendo de mí, pero no, me confesó que a ella le sucedía lo mismo, que hacía poco que se había ido a vivir sola y había tenido que enfrentarse a solas con los fogones y las paellas. Mientras me hablaba nos habíamos acercado de nuevo a la estantería y, con mano experta, cogió un libro y me lo ofreció. En este no encontrará nada que hable de mixturas, flambeados, emulsiones, espumas ni vaporizaciones, concluyó. Cuando me quedé sola de nuevo miré la portada: “Cocina casera – Cien platos sencillos de siempre”. Después lo abrí y ese sí, Pepe, ese hablaba de patatas, ajos, cebolla, pimientos, puerros, tomates… Lo que siempre ha existido en las casas de los pobres. Y me lo compré. Ese fue el comienzo de todo.

            Ahora, ¿ves?, mientras te hablaba he ido preparando el bacalao. Lo tenía desalado y lo he desmigado, a mano, como debe hacerse. Es el condimento más importante y al que hay que darle el mejor trato. Es ese amor del que te hablaba antes y que jamás conocí mientras estuve contigo. Entonces lo único parecido al bacalao desmigado era yo. La que a cada comentario insultante y a cada humillación, se desgarraba por dentro. Nunca con las heridas visibles de un puñetazo o de un golpe, como les sucede a otras. Las heridas que me infligías eran sutiles, hechas muy adentro y provocadas por tu malquerencia.

            Cómo iba a saber desalar el bacalao si todas las lágrimas le caían encima de la mala vida que me dabas. Cómo puedes quejarte tanto si nunca te levanta la mano, me decían tus hermanas; qué buena persona es tu marido, me decían las vecinas. Tú eras el bueno, yo la estúpida que veía fantasmas donde no los había. La tonta que se culpaba de no saber reconocer en ti al buen hombre que aparentabas ser para las demás.

            Mírame ahora como me desenvuelvo en la cocina, Ya tengo la cebolla y el ajo bien pochados y ahora le añado el bacalao. Lo dejo apenas nada, un par de minutos para que coja color y deje algo de su jugo. Hecho esto le añado el arroz, el pimentón de la vera —aquel que tan poco te gustaba porque tenía un olor muy fuerte pero resulta que le da un toque delicioso—. Deberías poder olerlo mientras lo remuevo poco a poco hasta que el arroz se impregne de todos los sabores. Ahora le añado una hojita de laurel y le echo el caldito suave de pescado que tenía preparado. Subo el fuego y ya está.

            Fíjate que sencillez, cari, y lo mejor de todo es que con el vapor que sale por la campana hay un poco de ti que se marcha cada día. Y a cada pedazo de tu recuerdo que me arranco, me pego un parchecito de esta María nueva e irreconocible. No sé el tiempo que va a llevarme ser por fin una mujer. Tampoco tengo prisa, la verdad. Llegué a ser tan poca cosa que cualquier pequeño avance me parece una conquista. Soy como ese arroz con bacalao que anda absorbiendo su caldo: sencilla pero también completa. Solo me queda quererme. Solo eso, Pepe, que no es poco. Y ahora a comérmelo. No a tu salud, por supuesto. A la mía, que no es poco.

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Nueva novela en marcha

 

Título provisional: “SOLEDAD”.

Idioma: “castellano” (de tots es sabuda la poca qualitat literaria del meu català [puto general triador i feixista]).

Tema: La soledad y el maltrato.

Estructura: Narración a dos voces.

  1. Una mujer que habla a través de un soliloquio con su esposo muerto.
  2. Un hombre tiene diálogos con su perro Beagle o se dirige al lector.

Geografía: Poble Sec, Barcelona

Argumento: María, una mujer de entre 65 y 70 años se reconstruye a sí misma a través de la cocina, de aprender a cocinar. Mientras lo hace hablará con su esposo, muerto un año antes. A través de la puerta que da a la galería y que ahora siempre está abierta, escuchará músicas que no conoce pero le encantan.
Josep, un viudo que ya se acostumbró a la soledad, es premiado por sus hijos con un perro que no desea pero que se convertirá en el compañero con quien hablar de música, su gran pasión y la única cosa que no podía compartir con su esposa, muerta varios años antes.
La música será el vínculo que les llevará a encontrarse y a…

Intención: Ir publicando las pruebas de voz, en algún caso pueden ser capítulos terminados. Hecho con la idea de que quien desee seguir la historia me suministre sus sensaciones.

Forma: La entradas se encabezarán como “Soledad – personaje – anotación” Por ejemplo: SOLEDAD-María-arroz con bacalao”

 

 

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Amistades peligrosas

 

Este cuento nace de una propuesta que hice en una plataforma de escritores: escribir un relato tomando al azar una frase del maravilloso best seller de esa gran escritora que es Belén Esteban.

En el caso que nos trae la frase es: “La primera vez que hablé con Jesús fue precisamente en Benidorm

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La primera vez que hablé con Jesús fue precisamente en Benidorm, en la barra del bar El ancla, situado en una calle perpendicular al paseo marítimo y a escasos cien metros de éste. En aquel momento pensé que era casual que se acercara a mi mesa y me pidiera fuego. Los putos encendedores de ahora que se joden a la primera de cambio, me soltó como para llenar el vacío de voces entre ambos. Prendido el pitillo me dio las gracias, nos sonreímos y se marchó. Cuántos desconocidos no se nos habrán acercado a lo largo de la vida a pedirnos fuego. Entraba dentro de lo normal y no le di mayor importancia.

            Apenas había transcurrido la primera semana de vacaciones de las dos que tenía, coincidimos de nuevo y en idéntica ubicación: él de pie en la barra y yo en la mesa más cercana a la puerta, la única que tenía una ventana por la que podía ver la vorágine de turistas que poco a poco iban llenando calles y establecimientos. Una de las veces que levanté la vista, mis ojos coincidieron con los suyos. Su cara me sonaba, claro, pero ya no recordaba de qué. Entendiéndolo como cortesía, ambos nos sonreímos e hicimos ese sutil movimiento de cejas que equivale a un “Hola” sin palabas. Mientras yo andaba a lo mío y haciendo uso de todo el acopio de misantropía, el entonces desconocido se acercó y se sentó sin más.

            —¿Te apetece un piti? —soltó a bocajarro.

            —No, gracias —respondí con manifiesta incomodidad y sin mirarle.

            —Cómo se va poniendo la calle, ¿no?, en un rato esto parecerá la quinta avenida de las películas: cantidad de guiris y una de pavas que no veas.

            ¿Qué me estaba contando aquel individuo, qué me importaban a mí los viandantes, las mujeres y tanta tontería? Yo solo quería tomarme una cerveza fría mientras leía mi libro, después cenar, dar un paseo por la playa y acostarme. Había ido allí solo. No era el mejor lugar para un solitario, cierto, pero si en herencia me tocó una vivienda allí y podía escoger la fecha de mis vacaciones qué podía hacer yo.

            —¿Desea usted alguna cosa? —inquirí sin cambiar mi tono.

            —Jesús, me llamo Jesús, encantado.

            Se quedó allí con la mano tendida, sonrisa de imbécil y esperando que yo me presentara a su vez. Le sacudí la mano con indolencia y una falsa sonrisa y repetí la pregunta que no me había respondido todavía.

            —No, no, hombre, nada… solo quería invitarle a un piti y si le apetecía un poco de charleta mientras nos acabamos las birras ¿Qué te trae por aquí si puede saberse?

            Era incombustible el hombre. Estaba claro que no me lo iba a sacar de encima. Debía buscar una excusa, marcharme y buscarme otro bar para las tardes que me quedaban.

            —Pues de vacaciones, imagino que igual que la inmensa mayoría —respondí a la nada.

            —Claro, claro. Y ¿vienes por muchos días, has venido con la familia?

            Por ahí ya no. Qué le importaba a aquel individuo los cuantos y los quienes. Empezaba a olerme mal y, lo reconozco, una sensación de miedo me recorrió la espalda, ¿pretendía robarme, me estaba siguiendo para hacerme daño? Pero si lo único que buscaba yo en Benidorm era tranquilidad y olvido. Decidí zanjar por lo sano:

            —Mire, Jesús —empecé a decirle—, no sé quién crea que puedo ser yo, ni lo que busca de mí. De verdad que le agradezco sus ganas de… entretenerme, pero quiero que entienda que he venido aquí solo, porque lo que único que deseo es poder…

            Y el tipo se levantó, mirando hacia la calle, levanto un brazo, lo agitó como si saludara e hizo señas a alguien para que se acercara.

            —Perdona, pero es Ingrid, una pava amiga mía. Está como Dios de buena. Verás, vas a flipar con lo divertida que es. Dime, qué decías.

            Antes de que empezara a hablar se acercó a la mesa la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Se besaron, Jesús hizo una presentación exprés, ella me sonrió me estampó un beso en los labios y se sentó frente al intruso y a mi derecha.

            Desde mi sitio podía ver la luz que irradiaban sus ojos verdes. A esa distancia podía percibir su olor e imaginar mil sensaciones de las que deseaba huir y allí me quedé plantado sin capacidad de decisión, escuchando la charla insulsa la pareja e interviniendo de vez en cuando aportando monosílabos dichos con voz de imbécil.

            Ella, sabedora desde antes de sentarse del poder que ejercía en mí, dejaba acercar su pierna izquierda hasta descansarla en la mía. A través del lino de mi pantalón podría sentir su piel cálida, la tersura de sus carnes juveniles. Cuando no, tocaba mi brazo simulando inocencia mientras entre risas apoyaba su cabeza en mi hombro, dejando en el aire un perfume de hembra que se apoderaba de mis genitales.

            Sí, lo reconozco, aquella fue la primera noche de algo que no estaba en absoluto previsto. Después de aquella vinieron las demás. Solo sobraba Él: su lenguaje soez y vacío, su modo de tratarla, su nulo respeto por nadie ni por nada. Mientras por su boca soltaba exabruptos y tópicos Ella y yo jugábamos al juego de la caricia fugaz: Dejando caer mi mano sobre la mesa hasta conseguir que mi brazo y hombro coincidieran milagrosamente con los suyos. Ella, ya más confiada, escondía menos el contacto de su pierna con la mía. Incluso a veces permitía que su mano rozara mi muslo. Me miraba y sonreía, la miraba y el corazón me saltaba en el pecho. Los besos al llegar y al marchar se alargaban, eran más salivales y sensuales. Igual que su mirada.

            Decidí quedarme más tiempo. No tenía nada mejor que hacer, nadie me esperaba y necesitaba estar alejado de Barcelona o de cualquier ciudad grande de las que huía. En Benidorm, en cambio, con el paso de los días disminuía el bullicio y ella, como premio, también tenía pensado quedarse ¿Necesitaba otra razón a parte de esa? El problema seguía siendo Jesús, el molesto, el chabacano, el insolente. Se hacía necesaria una solución drástica y es la que llevé a cabo hace dos noches.

            Ayer, a la misma hora de siempre apareció Ingrid. Yo estaba nervioso como un adolescente porque íbamos a encontrarnos a solas. Se sentó en su silla y antes de que pudiera empezar a contarle intenciones y deseos me interrumpió interesándose por mi némesis. Su, Dónde está Jesús, fue seguido de una serie de comentarios relativos a que no le veía desde el día anterior, que habían quedado para ir a bailar y no había aparecido. Y entonces soltó el mazazo:

            —Estuve toda la noche en la cama esperándole y hoy llevo todo el día buscándole. Estoy preocupada por él.

            ¿Ella, esperándole en la cama? ¿Ella preocupada? ¿En qué lugar quedaba yo, y sus juegos, las miradas, las manitas y los besos? Conmigo jugaba y con él se acostaba. A mí, a un hombre, me trataba como a un niño y a él, criatura infantiloide, como al hombre que nunca sería ¿Qué era yo entonces, eso que llaman el Pagafantas? ¡Dios mío, con casi sesenta años! La realidad me cayó encima como plomo ardiente. La miré parlotear al aire e imaginé mi cara de iluso. Dirigí los ojos a los parroquianos del lugar y tuve la sensación de que todos y cada uno de ellos se sonreían ¿Qué había esperado, que una mujer de bandera como aquella iba a caer rendida a los pies de un tipo decrépito? Y con todo no era eso lo que me dolía. Lo insultante era que prefiriera a aquel ser absurdo, un envoltorio bonito vacío de contenido, que a quien había sido capaz de hacerlo todo por ella.

            Me sentí tan cansado mientras ella lloriqueaba farfullando en un idioma que no conocía. Ninguna mano cerca, ningún beso regalado, ninguna mirada luminosa. Hice un último intento por abrazarla y darle consuelo y solo conseguí su rechazo y sus palabras hirientes:

            —No me toques. No soporto que me toques.

            No había otro remedio, debía contárselo todo, decirle la verdad, que estaba en mi casa y que si no ponía reparos la llevaría con él para que pudiera verle. Surtió el mismo efecto que si le hubiera dado Diazepam: se calmó de repente, los ojos le brillaron de nuevo, me sacudió el brazo y se levantó con urgencia. Pagué la consumición que no me había tomado y salimos.

            La llevé despacio, dando un rodeo. La intención era calmarla, la otra, la oculta, era que ese último instante de estar con ella no terminara. Después de veinte minutos en recorrer un trayecto que no duraba ni la mitad llegamos al portal. Le conté que vivía en el último piso desde el que se divisaban unas hermosas vistas del Mediterráneo. La preparé para la contingencia de que Jesús no estuviera. Ella parecía no escucharme. Se la veía nerviosa de nuevo. Entramos en el ascensor y pulse la última planta.

            Apenas había abierto la puerta que lo estaba llamando.

            —Jesús, soy Ingrid, llevo dos días esperándote…

            Como respuesta tan solo el silencio. Salió a la terraza y ni tan siquiera dedicó un instante a mirar el hermoso espectáculo de la luna llena rielando en el mar tranquilo de la madrugada. Tan solo deambulaba como una hembra en celo detrás de su macho. No paraba de Preguntar por su envoltorio vacío una y otra vez. Cada vez a un volumen más fuerte. Hablé de nuevo:

            —Estate tranquila, por favor, en breve estaréis juntos. Anda ven a la cocina y tómate un vaso de agua fría que te calmará.

            El tono de mi voz pareció surtir efecto y me siguió mansamente hasta allí. Abrí el armario de encima del fregadero y saqué un par de vasos mientras le pedía que abriera el frigorífico y me trajera la jarra de agua fría que había en la puerta.

            Ella, obediente, lo abrió, momento en el que se quedó petrificada al ver frente a su cara la cabeza de Jesús descansando en una bandeja. Se giró mirándome horrorizada y sin poder articular palabra.

            Me gusta imaginar que lo último que vio fue mi rostro sonriente. Aunque no sé el tiempo exacto que tardan los ojos en dejar de mandar señales al cerebro mientras la sangre sale a borbotones de un cuello cortado de un solo tajo con un cúter.

            Pero no es algo que me importe demasiado, aquí tengo mucho trabajo: de momento he desmembrado el cadáver de Jesús para que sea más sencillo deshacerme de él. La voracidad de los peces se encargará de hacerlo desaparecer durante el otoño y el invierno.

            Ahora empezaré a preparar a Ingrid, despiezarla como me enseñó a hacer mi padre cuando le ayudaba en la carnicería, sacar las vísceras, separar cada músculo, eliminar el máximo de grasa, los tendones y cartílagos, apartar los huesos y machacarlos más tarde para que no quede rastro. Es necesario tenerlo todo a punto lo antes posible y planificar cuidadosamente los menús de las próximas semanas.

            Es realmente odioso. Nunca me ha gustado trabajar con tanta improvisación. Por lo general se cumple que la falta de cautela lleva al error. De ahí que siempre haya preferido ir paso a paso, ganarme su confianza, que vengan a casa, conocerlas mejor, amarlas… Pero tuvo que aparecer Jesús a pedirme fuego y todo se convirtió en urgencia. Con lo que yo odio las prisas.

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