Qué me ha enseñado la vida

Mucho, claro, pero de todo ello hay algunas lecciones que me gustaría compartir.

Que el amor nunca se acaba por más que lo uses, en cambio el odio necesita de tanta energía para retroalimentarse que termina detruyendo a quien lo padece.

Que existen una pocas personas que pueden hacerte crecer como un gigante y otras, muchas, que viven, trabajan y se esfuerzan para hacerte sentir pequeño y miserable. Saber detectarlas solo depende de cómo te aceptes a ti mismo.

Que hoy, un tiempo en el que se le ha puesto precio a todo, es más necesario que nunca saber cuáles son las cosas que tienen valor. 

Que hay criaturas tan pobres que tan solo viven para acumular bienes y dinero; y en cambio las hay tan ricas que te regalan sonrisas sin pedir nada a cambio.

Que no hay más pasado que la experiencia ni más futuro que el ahora. Y es en ese presente que debemos luchar hasta los dientes.

Que la Libertad es un bien tan grande que solo está al alcance de quienes la usan con absoluta responsabilidad.

Que el bien más grande a que puede aspirar una Sociedad se llama “Educación”

Que una cosa es el respeto, algo que se gana trabajando codo con codo con los demás, y otra muy distinta es la autoridad, algo que se gana subyugando a los más débiles.

Que una cosa cosa es la Ley, que no siempre es justa, y otra muy distinta la Justicia, que siempre perseguirá la mayor acuanimidad entre las personas.

Que las palabras tienen tanta fuerza que pueden conseguir cosas inauditas. Y es por ello que la autoridad gusta de acallar todas las voces.

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 Dios es un obseso sexual

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Hablando con dios hace unos días, me dio por tacharle de obseso sexual. Como no podía ser de otro modo se enfadó muchísimo y se lanzó a darme la vara con toda la retahíla de virtudes y demás tonterías que usa para manejar las mentes de los simples, que no la mía.
La cosa es que hemos llegado a un punto en el que yo no creo en él y él casi me deja por imposible. Pero a pesar de nuestras diferencias nos gusta debatir, por más que siempre le pillo en falta. Pero qué queréis que haga si su trabajo a nivel Humanidad es una chapuza sin paliativos.
Pero a lo que iba. Que después de ver mi cara de póker me preguntó que en qué me basaba para decir una blasfemia como aquella. Yo cogí una biblia, se la enseñé, le pedí la enésima confirmación de que lo escrito allí había sido dictado por su mano, me respondió de forma afirmativa y yo le dije que iba a recordarle la clase de historias que cuenta en ella.
Mira, solo para que te hagas una idea, leeremos algunos versículos del capítulo 19 del Génesis contados por ti mismo, como bien has reconocido. Por si no te acuerdas son los sucesos posteriores a la destrucción de Sodoma y Gomorra, de la que tú, en tu infinita bondad, fuiste responsable. Silencio y mirada altiva por su parte. Leo: «Pero Lot subió de Zoar y moró en el monte, y sus dos hijas con él; porque tuvo miedo de quedarse en Zoar, y habitó en una cueva él y sus dos hijas. Entonces la mayor dijo a la menor: Nuestro padre es viejo, y no queda varón en la tierra que entre a nosotras conforme a la costumbre de toda la tierra. Ven, demos a beber vino a nuestro padre, y durmamos con él, y conservaremos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó. El día siguiente, dijo la mayor a la menor: He aquí, yo dormí la noche pasada con mi padre; démosle a beber vino también esta noche, y entra y duerme con él, para que conservemos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre también aquella noche, y se levantó la menor, y durmió con él; pero él no echó de ver cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó. Y las dos hijas de Lot concibieron de su padre».
Él permanecía atento mientras dejaba ir una media sonrisa bobalicona de quien no se siente responsable de sus actos.
—¿Tú tienes idea de lo que representa esta escena? —le dije.
Él me miró sin entender.
—No solo te cargas a los habitantes de dos ciudades, que eso ya tiene delito viniendo de quien “fabricó” al Ser Humano, es que además, a las pocas criaturas que dejaste con vida las corrompes. Inventas el incesto y te quedas tan ancho ¿Qué pretendías? Empeorar a la raza humana con esa mezcla consanguínea que, por cierto, algún día hablaremos de la familia Adán. Lo tuyo no tiene nombre, dios.
Llegados a ese punto empezó a excusarse, como hace siempre, tirando pelotas fuera con que si fue un error de cálculo, que no le apetecía volver a crear a toda la Humanidad, que si ya se encargó él de que la descendencia de Lot tuviera calidad humana…
Le interrumpí. No estaba dispuesto a escuchar otra de sus peroratas sin lógica. Solo tenía ganas de acabar y de que se largara a vigilar las iglesias de las que se apropia sin pagar ni un euro.
—Solo me queda una cosa por decirte.
—Dime, hijo mío.
—Primero, que no soy tu hijo. Ni loco aceptaría un padre bipolar y enfermo como tú. Y segundo que quería reconocerte un increíble milagro en la historia que te he leído.
Se extrañó. Parecía darle vueltas a la escena de la cueva, las muchachas, el viejo… después de un pesado silencio me preguntó cuál fue ese milagro del que le hablaba.
—¡Coño, es evidente, dios! Que Lot, un viejo al que las muchachas han emborrachado, es capaz de tener una erección suficiente como para preñarlas a ambas y con solo veinticuatro horas de diferencia. Eso, nano, es un milagro de la hostia lo mires como lo mires.
No sé como sería, pero después de eso tuve dos gatillazos seguidos. Y deberíais haber visto con qué dos mujeres. Al final resultará que dios existe.

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La Creación por capítulos

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Debido a que a veces dios viene a casa a tocarme las narices, hoy, a las siete de la mañana, me he levantado y he empezado a rezarle. Por joder, más que nada.
Cuando lo tenía despierto, y sin dejarle tomarse el café, le he soltado a bocajarro que a qué venía esa gilipollez de la creación en una semana. Que quede claro que cada uno reza lo que le place. Y he seguido con mi soliloquio. ¿Qué es, dios, que no tenías ni idea de lo que ibas a crear e ibas haciendo pruebas? «Hágase la Luz» ¿Por qué, resulta que el superdios superomnipotente no ve un pijo con la luz apagada? Después empiezas con lo de los cielos y la Tierra. Se ve que tenías que hacer las prácticas con nosotros y después crear el resto del Universo. Imagino que a partir de aquí te hiciste tal lío que se te mezclo tierra con agua y te tocó separarlas. Y viendo la mierda de trabajo fuiste al Ikea de los dioses y compraste artículos decorativos para adecentarla: mamíferos, plantas, peces, y hasta insectos, ¿pero en qué mierda de sección te vendieron unos bichos tan horribles?
Sí, a estas alturas se había nublado todo y casi me estaba dando cagalera. Que dios, cuando se pone, y por incompetente que parezca, saca el genio del antiguo testamento, manda la Bondad a Tel Aviv y te quema Barcelona con toque de trompetas celestiales y chorros de fuego de espadas flamígeras
—¿Qué, te molesta que te hablen así de claro? —Le he dicho.
Un trueno. Pero yo he seguido. Si iba a mandarme al infierno, que fuera con todo el mérito.
Con lo poco que te costaba partir de un proyecto acabado, con buenos planos y un diseño digno de Dios; que solo te hubiera tocado chasquear un dedo omnisciente y ¡Zas! Todo con acabados de lujo. Pero tú no, tú, con la chulería del que se cree mejor que nadie, haciendo el moñas con el barro y la costilla y la hijoputez del árbol, que ahí te pasaste de frenada, que hay que ser malo, que es como hacer un coche con las ruedas débiles y hacer todas las carreteras repletas de clavos, solo por joder.
En ese momento ha comenzado a llover como si el mismo dios vomitara toda su incompetencia. Llegados a ese punto yo, por si las moscas, me he retirado en silencio y me he echado a dormir de nuevo. Todavía truena por la zona costera.

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Una cuestión de elección

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La tuve de nuevo con dios, tanto, que me tocó acabar la charla con el cura párroco de la iglesia de mi barrio.
¡Hombre, Manel, que caro verte por aquí! Me soltó el padre Benito nada más verme. Le conté que siento repelús por las sotanas desde la más tierna infancia, que ni me gustan los toqueteos babosos ni las hostias que me pegaban cuando iba a la escuela. Él ha hecho mutis y ha ido al grano. A qué debemos el honor de tu visita. Le he contado la verdad, que había empezado a rezarle a dios, como hago siempre y que esta vez, a media charla, se ha desconectado y me ha dejado con la palabra en la boca. El cura, hombre de fe contrastada, ha argumentado la imposibilidad de que eso pudiera suceder. Dios siempre escucha a quien le habla, ha sentenciado. Pues a mí me ha dejado con la palabra en la boca, padre, he contrarrestado yo con cierto enfado.
Después de un silencio en el que me pensaba que el anciano echaría a volar en un éxtasis místico me ha mirado a los ojos, me ha puesto la mano en la rodilla que yo, con un sutil golpe con los nudillos, le he forzado a retirar, y ha preguntado sobre qué versaba mi conversación con Dios. Eso ha derivado en el diálogo que intentaré reproducir con la máxima fidelidad que puedo otorgar a mi pobre memoria.
—hablábamos de la trinidad, padre.
—Arduo misterio es ese, hijo mío ¿Y cuáles eran tus dudas?
—En realidad no eran dudas sobre la trinidad en sí, ¿sabe?, eso lo tengo claro porque comprendo la complejidad de dios y sus poderes. Mis dudas eran otras.
—¿Cuáles?, si pueden saberse.
—Pues me corroe una duda con el espíritu santo.
—El maravilloso Espíritu Santo —ha repetido él como sin tocar el suelo—. Continúa, hijo mío.
—Sí, sobre el embarazo de María, la madre de Jesús, Lucas nos cuenta en su capítulo 1, versículo 35, que: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra»…
—Correcto, hijo mío, veo que conoces bien la palabra de Dios.
—Sí, sí, al dedillo. Sigo. Después, para que viera que no me lo tomo a broma, le dije que, también en Lucas, capítulo 3, versículo 22, podía leerse: «y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma.»
—Exacto, exacto. Sigue.
—Pues eso, que según sus propias palabras, atendiendo a que la biblia es su propia palabra, ese espíritu santo viene a los terrícolas en forma de paloma y que esa paloma, de algún modo, es la que embaraza a María ¿Sería correcto?
—Hombre, es un modo burdo de decirlo pero no se aleja de la verdad.
—Esas mismas palabras me ha dicho él antes de enfadarse.
—¿Y qué ha sucedido para que se enfadara del modo que dices?
—Que le he hecho un simple comentario.
—¿Puedes repetírmelo a mí que pueda yo asistirte en tus dudas?
—Pues mire, solo le he dicho que para ser milagroso de verdad y que esa historia tuviera una carga más dramática, el espíritu santo no debería aparecerse a los terrícolas en forma de paloma sino en forma de caballo percherón. Y me mandado a tomarpolculo ¿es eso normal?
Vete a tomarpolculo han sido sus últimas palabras. Está claro que dios y yo no estamos hechos para entendernos.

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Susana y los viejos — Artemisa Gentileschi

LA OBRA

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EL ORIGEN

La pintora Artemisia Gentileschi nació en Roma en 1593. Fue la primogénita y única hija del pintor toscano Orazio Gentileschi. Y podría ser considerada —al menos por muchos lo es— como una de las primeras feministas reconocidas de la Historia.

En aquella época incontables artistas viajaban a Roma a buscar trabajo, pues era un lugar donde había un gran interés por la pintura, las restauraciones y proyectos artísticos de toda índole.Uno de ellos fue un tal Agostino Tassi, paisajista, que pronto simpatizó con Orazio Gentileschi.

Fue en 1611, cuando Artemisia tenía18 años, que Tassi, aprovechándose de la confianza de la familia, la violó.  Años más tarde la propia Artemisa lo contaría de este modo:

«Cerró con llave la habitación y después me tiró sobre la cama, inmovilizándome con una mano sobre el pecho y poniéndome una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos y me levantó las ropas, algo que le costó muchísimo trabajo. Me puso una mano con un pañuelo en la garganta y en la boca para que no gritara (…). Yo le arañé el rostro y le tiré del pelo”.

Esta angustiosa experiencia cambiaría la vida de la pintora. No solo en lo relativo a la propia agresión sino en el hecho de que la opinión pública casi nunca se ponía de parte de la víctima. Máxime si esta no había terminado martirizada como sacrificio a dios. Pero Artemisia, siempre apoyada por su padre y tras una dura lucha, consiguió que Agostino Tassi fuera declarado culpable.

¿La condena? tan solo el exilio de la ciudad de Roma. Lo cual nos enseña que los jueces de entonces apenas difieren de los de ahora en cuanto al respeto por la dignidad de las mujeres

 

LA PALABRA

He vivido en mis carnes el profundo asco de ser sometida y profanada por un hombre. Viví el dolor del acto y la vergüenza posterior de haber de demostrarlo. Eso me ha cambiado. Siento un profundo asco por los hombres y un odio sin costuras hacia la mayoría de ellos.

Gracias a mi padre que me creyó desde el principio, y gracias a que acordó mi matrimonio con un hombre bueno que me respeta como persona que no he terminado con mi vida porque he comprendido que por mucha maldad que exista en la mayoría, siempre quedan almas buenas. Por ellas merece la pena la vida. Y por la posibilidad de pintar. Pues es a través de la pintura que encontré la posibilidad de expresar todos mis miedos: a ellos y a mí misma, a través de ella.

Eso sí, mi visión del arte ha cambiado. Mis temas no son los propios de una mujer ni lo es el modo de expresarlos. Pero no sé hacerlo de otro modo. En mis cuadros necesito sangre masculina. Porque es a través de esa sangre falsa que evito derramar sangre cierta. La mayoría no merecerían otra cosa. Pero de ello solo nos damos cuenta las mujeres, las dolientes mujeres, las víctimas débiles de una ciudad en la que prevalece lo masculino por encima de todo lo demás.

Míralos. Solo míralos y te darás cuenta. Si una mujer pasea sola y a la luz del día por cualquier mercado o se detiene en cualquier plaza para refrescarse en su fuente, siempre, de manera invariable, aparecerá un hombre, o varios, y babearán sobre ella, si no le hacen algo peor.

¿Por qué ese desprecio por la mujer, qué sentido tiene destruir la belleza de ese modo, qué moral tan laxa habita en ellos, en todos nosotros, que casi siempre perdonamos al culpable y señalamos a la víctima? ¿Dios nos hizo de este modo? Si eso fuera verdad solo significaría que ese dios es hombre y que nunca estará al servicio de las mujeres. Algo terrible.

Pero poco puede hacer una mujer sola, en mi caso pintar obras que expresen su desdén, su absoluto desprecio y su más intenso odio por todos y cada uno de aquellos que nos hacen mal. Que mi obra sirva para un futuro mejor a las que vendrán luego.

 

BONUS

Susana decapitando a Holofernes

Susana decapitando a Holofernes

 

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La palabra entre el Arte (documento completo)

Haciendo click en el enlace accederéis al documento que agrupa todas las entradas relacionadas hasta ahora con “La palabra entre el Arte”.
Espero que os guste.

La palabra entre el Arte

 

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De «OM» a «Amén», el sentido de la Música

EL SONIDO

LA PALABRA

Hubo un tiempo en el que se otorgaba un significado y una personalidad específica a cada una de las tonalidades[1] de nuestro sistema musical. Así sabemos que la música interpretada en la tonalidad de LA Mayor sonaba (o debía sonar): “Alegre, campestre, declaración de amor inocente, satisfacción, juventud, aplausos y creencia en Dios”.

Esto se ha demostrado completamente falso ya que la percepción musical depende de muchos más factores que los de la mera tonalidad. Pero sí que existe alguna cualidad sensorial en lo relativo a la nota LA. Veámoslo.

En los Vedas se encuentra una antigua sílaba sánscrita: “Aum”, que después se convertirá en la palabra sagrada “Hum” de los tibetanos; “Amin” de los musulmanes y “Amén” de los egipcios, griegos, romanos, judíos y cristianos. Ya para terminar, nos encontramos con la sílaba “OM”, cuya pronunciación, lenta y profunda provoca: primero, la vibración de la caja torácica en el sonido de la “O” y después la vibración del cráneo en el sonido de la “M”. Los lugares donde reside el corazón (sentimiento y alma) y el cerebro (razón y conocimiento). De ahí que el hinduismo hable de las bondades de su repetición y de su poder equilibrante y sanador.

Resulta que no es baladí esa afirmación. Este mantra, cantado, acostumbra a vibrar a unos 432 Hz, muy cerca de los 440 Hz de la nota LA 1 que se toma como unidad central de nuestra estructura musical en lo referente a la afinación. Sin olvidar que dicha frecuencia es matemáticamente coherente con los patrones de frecuencia vibratoria encontrados en el universo, la afinación del diapasón cósmico. También conocida como la frecuencia de la Paz.

Si en páginas anteriores hablábamos de Rumi y de cómo no hablaba de que los átomos del Universo vibran en una especie de música, ahora confirmamos que la vibración sonora, ese sencillo mecanismo por el que el aire ondula al paso de casa sonido, también nos puede reconvertir y cambiar por dentro.

Hace unos años, el malogrado Fernando Argenta, en un maravilloso programa radiofónico llamado “Clásicos Populares”, preguntó a los radio oyentes que definieran la Música. Una niña dio una de las respuestas más maravillosas que he escuchado jamás: “La Música es lo que siento cuando la escucho”.

BONUS

 


NOTAS:
[1]Tonalidad: Escala o sistema de sonidos que sirve de fundamento a una composición musical. Modo como organizamos los distintos sonidos a la hora de estructurar una composición musical.

 

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El baile de los átomos (Rumi)

Rumi, poeta y maestro sufí, cuyos discípulos fundaron la Orden Mevleví o de los Derviches Giróvagos de Turquía. Los mevlevíes alcanzan el éxtasis místico (uaÿd) en virtud de la danza (samá’), símbolo del baile de los planetas. Los derviches giran sobre sí mismos hasta conseguir el éxtasis usando para ello la música. Su poema titulado “El baile de los átomos” dice:

Oh día, despierta! Los átomos bailan.

Todo el universo baila gracias a ellos.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído… a donde les arrastra esta danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto… , parecen poseídos.

Cada átomo, feliz o triste… está encantado por el sol.

No hay nada más que decir.

Nada más.

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EL SONIDO

LA PALABRA

Nos movemos sobre la Tierra, que se mueve sobre sí misma y alrededor del Sol, que se mueve con la Vía Láctea, que se mueve dentro de su grupo local de galaxias, que se mueven alejándose de la explosión primigenia. Nada está quieto.

Si miramos dentro de nosotros, o miramos a nuestro alrededor, podemos ver que también somos materia viva, compuesta de moléculas, que descomponen en átomos, formados por electrones, protones y neutrones, que a su vez se desglosan hasta llegar a las partículas más elementales de todas, los doce ladrillos que conforman todo el Universo. Y ese Universo se une y compacta sin disgregarse gracias a  cuatro fuerzas: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil. Todo vibrando, pues nada está quieto.

Si pudiéramos abstraernos de la pobre realidad que ven nuestros ojos asistiríamos a un espectáculo increíble ya que entonces seríamos capaces de ver esos átomos vibrantes dentro de los cuales existe una inmensidad de vacío. Caeríamos entonces en la cuenta de lo que nos dice Rumi: los átomos bailan.

Y tomaríamos conciencia de que los átomos de la punta de nuestros dedos se acercan, sin llegar a  tocarlos, a los átomos de las puntas de los dedos de nuestra amada, con la que bailamos.

Pero nos es imposible llegar a ese grado de abstracción. Lo único que podemos hacer es reconocer que eso que fuimos, somos y seremos, no es obra de los dioses; es simple materia que llegó del Sol y que volverá a él tras nuestro fin. Son los atomos que bailan al ritmo universal de los astros y de las partículas. Dos mundos unidos por la absoluta inmensidad que escapa a nuestro simple conocimiento.

Y así, mientras la flecha del tiempo nos dirige hacia el futuro, el derviche gira sobre sí mismo con su falda blanca convertida en onda —hermosa metáfora de la que produce el sonido—. Una mano mirando al cielo, en un intento de que sus átomos toquen a Dios; y la otra mirando a la tierra, para que no olvidemos nuestra finitud y el lugar al que volveremos.

BONUS

 

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El encuentro imposible

El París de finales del diecinueve y primer cuarto del siglo veinte era un hervidero de artistas. Allí nacían la mayoría de corrientes artísticas que marcarían la modernidad mundial para dejarnos obras irrepetibles.

Es en ese París, en un día indeterminado y en uno de los grandes cafés de Montmartre, donde ha quedado Marc Chagall con “l’enfant terrible” de la modernidad musical: Igor Stravinsky.

Aquí es necesario hacer un inciso para comentar que Igor era un enamorado de las bebidas espiritosas de alto contenido alcohólico. De hecho, decía de sí mismo que debería haberse llamado Igor Strawhisky, ya que ese era su licor favorito.

Hecho el inciso volvamos al bar. Igor ha llegado bastante temprano y decide esperar al pintor sentado en una de las mesas del interior del local. Para entretener el tiempo decide rendirle honores a una botella de whisky. Pasan los minutos. Un cuarto de hora y un par de copazos… otros veinte minutos y un par de copazos más… y así, como quien no quiere la cosa, la bebida de los dioses pasa al cuerpo del músico que se deja llevar por los brazos de Morfeo.

Es en ese instante que llega Chagall, con mucho retraso ya que otras obligaciones le han retenido más de lo previsto. Mira en la terraza, nada. Entra en el local, bullicioso ya a esa hora. Busca hacia un lado, busca hacia el otro. Nada. Ninguna mano que le haga señas, ningún rostro que pertenezca al músico. Imagina que no ha esperado. Piensa que no ha estado dispuesto a perdonar su impuntualidad y decide marcharse. Después de ese día ya no volverán a coincidir. Ese desencuentro dejará al mundo sin saber qué podía haber nacido de esa reunión: ¿Un ballet con decorados del pintor, una obra pictórica relacionada con una obra musical, una película —como sucedió con el encuentro de Dalí y Buñuel? Nunca lo sabremos.

No obstante nos queda una certeza: aquello que no pudo ser, jamás será una pérdida, pues solo podemos perder aquello que poseemos. En su caso nos quedará la incerteza, un “lo que pudo ser”. Y eso convertirá esa intención en algo ilimitado, indescriptible, capaz de adoptar cualquier forma, cualquier color o cualquier sonido. Su no existencia como “cosa” cotidiana le conferirá, y esa es la maravilla, una existencia eterna como “deseo”.

Parafraseando al protagonista del poema “The unending gift” de Borges podemos concluir que: “Si los dioses pueden prometer, porque son inmortales. También los hombres pueden prometer, porque en la promesa habita algo inmortal

Obra de referencia: Pastoral para violín y cuarteto de viento de Igor Stravinsky

 

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Thérèse soñando — Balthus

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Si deseara parafrasear a Humbert Humber empezaría diciendo: “Thérèse, luz de mi vida, fuego de mis entrañas…” Pero como podéis imaginar, ni soy él ni mi intención es copiarle.
Solo soy, y en eso sí coincidimos, víctima de una Lolita llamada Thérèse, otra nínfula con cuerpo de adorable criatura que esclaviza a quien la conoce, impidiéndole, además, liberarse de la conciencia del pecado. Ese soy yo ahora, un pecador irredento que bebe los vientos por esa criatura que conseguiría de mi lo que deseara.
Pero qué puedo hacer yo cuando se presenta en mi estudio y se sienta frente a mí de ese modo, con las piernas entreabiertas mostrándome las bragas sin pudor alguno; levantando los brazos e insinuándome sus incipientes pechos de los que bebería la leche y la miel que desearan darme.
Y ella lo sabe. Desde su falsa inocencia Thérèse se muestra, se insinúa, se ofrece como la fruta a la que apenas le quedan unas horas para llegar al punto óptimo de maduración.
Si fuera cristiano, ella sería Eva ofreciéndome la manzana. Pero soy un pintor descreído y mi Eva es Thérèse afreciéndome su sexo de mujer inacabada, pero completo en su capacidad tentadora.
Mis amigos —no todos claro— me definen como un “vicioso”, pero cuando los observo mientras miran el cuadro, pudo percibir cómo sus lenguas se relamen por detrás de los labios entrecerrados. Y es entonces que aparece la sutil diferencia entre ellos y yo. Y aparece la pregunta sobre quién es peor, yo que no escondo mis deseos a pesar de no complacerlos, o ellos que bajo ese disfraz moralista le harían todo lo que mi deseo coarta. La respuesta es obvia: a los ojos del mundo ellos son las buenas gentes y yo la maldad. Y es así que se constata que lo que cuenta en este mundo hipócrita no es la verdad, sino la apariencia.
Pero no me importa. Yo soy quien soy y jamás esconderé a los ojos de los demás lo que mis ojos ven y plasman en el lienzo. Y así como esas buenas gentes, iconos de la cúspide moral, babearán por cada niña o mujer que se ponga frente a ellos, yo permaneceré fiel a Thérèse y a esa candidez preñada de sensualidad que la acompañará por siempre.

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