¿DESEO AUTOPUBLICAR TODO LO QUE ESCRIBA?

Vista mi experiencia editorial y a tenor de lo que escribí en una entrada anterior, cabría pensar que sí. Pero la realidad es otra. Si bien tengo trabajos que no tendrán otra salida que ser autoeditados, pues:

  • ¿Qué editorial querría reeditar una primera novela de un autor desconocido? Eso es lo que sucede con la primera parte de la trilogía de Diego: “El ladrón de rostros”. Una vez pasó por una editorial, ya no la desea nadie. Y lo peor de todo es que es un trabajo con muchísima más dignidad literaria (no lo digo yo) que bastantes de las cosas que me encuentro en grandes espacios de venta como esos almacenes ingleses y librerías de renombre. Pero ahí andaba, languideciendo por la culpa de haber sido mal editada.
  • ¿Qué editorial publicaría un libro extraño, creado a partir de un podcast y en el que se mezclan charlas de problemáticas sexuales con breves relatos eróticos? Es evidente que no tiene cabida ni en obras eróticas ni en libros de autoayuda ni en manuales sexuales, todo y ser un compendio que incluye cada una de dichas disciplinas.
  • ¿Cómo iba a mandar un brevísimo compendio de relatos cortitos, de apenas dos minutos de lectura, que languidecían en casa pero que a mí me gustan mucho? Es más que comprensible que me tocara publicarlo del modo que lo he hecho.

Si tengo estos trabajos, repito, a lo que no vi otra salida, existen otros como los que ando escribiendo en la actualidad:

  • De un lado, la segunda parte de “El ladrón de rostros”, cuyo título provisional es “Therese” (en otra entrada os contaré el porqué de ese nombre) Una novela cuyo tema será: La culpa y el perdón. Ahí es nada. Una novela de la que también os iré hablando en otras entradas. Un trabajo en el que recuperaré al antagonista conocido como Diego, el pintor, que incluso encerrado como alguien peligroso mantiene en vilo a Alba. Unas páginas en las que aparecerá Jesús Loperena, un policía jubilado que dedicó su vida a perseguir a alguien que siempre salió impune de todo… hasta aquí os puedo leer.
  • De otro lado el compromiso que adquirí con mi madre de que escribiría sobre la vida de la suya, mi abuela. Una novela intimista que, al igual que Therese, también nos hablará de la culpa y el perdón. La historia de una mujer con cuatro hijas y un hijo, viviendo una guerra civil en Barcelona, conociendo el hambre, viviendo el dolor de un marido en la guerra y la inmensa suerte de que sus hijas sobrevivieran a una de las primeras bombas italianas lanzada sobre la barriada de Poble Sec. Una mujer entre dos amores y la culpa por la reacción de una de sus hijas que jamás entendió que los golpes de un borracho no son plato de gusto para quien le amó con locura.

Confieso pues que esas obras sí querría verlas publicadas por una editorial al uso. Por supuesto que desearía vivir de nuevo las correcciones, los maquetados, las peleas por la portada. Claro que desearía que una persona, representante de una editorial con un mínimo de dignidad, viniera a acompañarme en la primera presentación de cada una de ellas si la salud me permite terminarlas… Lo que tengo muy claro es que no me voy a conformar con cualquier cosa. Siquiera voy a ir mendigando detrás de nadie. Eso es así porque mi dignidad como escritor ya sabe qué lugar ocupa y no voy a perder mi tiempo en ir detrás de nadie como un perrito faldero.

No sé qué opinaréis vosotros de mi modo de actuar, me gustaría conocer otros puntos de vista para debatirlos. Pero a mi edad uno anda de vuelta de muchas cosas, ha visto la muerte más de cerca de lo deseable y cuando se lee a sí mismo tiene suficiente objetividad como para discernir qué cosas están bien y cuales merecen un mayor respeto todavía.

Y esto es todo, os emplazo a la siguiente entrada en la que os hablaré un poco del proceso de construcción de “Therese” la segunda parte de “El ladrón de rostros” o, como a mi me gusta llamarle: “La trilogía de Diego”.

Un saludo para todos.

#editoriales #lectores #lecturarecomendada #lecturas

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¿POR QUÉ DECIDÍ AUTOPUBLICARME?

Mi primera y única relación con una editorial no fue satisfactoria por mi parte. ¿De quién fue la culpa? Os podréis preguntar. Está claro: mía y solo mía ¿Qué hubierais hecho vosotros, escritores en ciernes, de haber mandado vuestro manuscrito a una de ellas y que a los pocos días os llamaran por teléfono para loar vuestra obra y decir que merecía ser publicada?

En ese momento no sabía nada del mundo de la edición. Y no solo eso, tampoco tenía la suficiente capacidad crítica como para valorar mi novela como se merecía (esa humildad del aprendiz que prefiere compararse con quienes siempre le enseñan algo).

Luego, pasados los dos años de contrato no renové con ella. También mi vida personal andaba en un infierno indeseado de enfermedades graves, propias y ajenas; pérdida de seres queridos y esa pandemia que nos cortó a muchos por la mitad.

Así andaba yo, sin ganas de escribir porque había perdido la ilusión por un lado y el hábito por el otro. Mi “El ladrón de rostros” languidecía sin futuro hasta que decidí autopublicármelo yo mismo en esa tienda monstruosa conocida como AMAZON.

La realidad que vivo en la actualidad es que en este medio año que llevamos he vendido más que en los dos años dependiendo de terceros. Que no es mucho, lo confieso, Es difícil vender cuando no se te conoce ni se conoce cuanto escribes. Pero me remito a la primera certeza de este párrafo: vendo más que antes.

¿Significa eso que renuncio al proceso habitual que debería seguir todo escritor? No. Claro que desearía ser publicado por una editorial que valore lo que escribo. Y llegar a las librerías, el verdadero primer hogar de los libros; y volver a las firmas de ejemplares en las ferias, y las presentaciones, charlas…

A pesar de ello, no estoy dispuesto a mendigar a nadie. No a mi edad. Quien quiera encontrarme sabe donde está mi casa y las muchas formas de comunicarse conmigo. Será bien recibido y aceptaré las críticas, pues de ellas se aprende. Pero… mientras llega la llamada invitándome a volver al redil, sigo publicando mi humilde aportación al mundo de la palabra de forma autónoma y libre. Pues después de la Salud y el Amor, la Libertad es ya un bien que escasea.

Un cordial saludo para todos.

#editoriales #lectores #lecturarecomendada #lecturas

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Charlas de sexo libres de morbo

«Charlas de sexo libres de morbo» ha comenzado su andadura y ya ha vendido los primeros ejemplares.

No puedo quejarme. Los dieciséis temas del Podcast que incluyo en él parecen ser del agrado de algunas y algunos.

Sin abandonar mis dos principales proyectos, comienzo a trabajar en un segundo volumen.

¿Podría ser más feliz? ni me importa. Estoy contento

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Dos habaneras (un experimento)

No era nuestra primera colaboración. Tiempo atrás ya le había presentado la letra de una canción y él la musicó con bastante acierto. Después nació el proyecto de las “Dues havaneres” en el que Jordi Sarrà Moyano, pianista y compositor, y este que escribe, colaboramos de nuevo de forma conjunta.

¿Cómo nació el proyecto? Pues la verdad es que nuestra colaboración fue más interesante de lo que cabría esperar. Os cuento.

Después de aquella primera canción me dio por buscar entre mis poesías —todo y que no me considero poeta— y encontré el esbozo de un poema-canción que había comenzado a escribir tarareando un ritmo de habanera. Ni corto ni perezoso se lo presenté a Jordi y le dije si veía la posibilidad de musicarlo.

Esa fue la primera habanera “Cançó del vell mariner” que podéis leer más abajo. Partiendo de una letra escrita por mi, él construyo las melodías y armonías hasta tener el producto final llamado canción.

La siguiente nació de una forma totalmente opuesta. Jordi me propuso una melodía para que, sobre ella, escribiera una letra. Si a él en la anterior le había tocado encajar sus notas en cada una de mis palabras, ahora me tocaba a mí completar el extraño puzle de encajar mis palabras entre las notas de su melodía. El resultado final fue la “Havanera dels intrèpids” cuya letra podéis leer a continuación.

La concusión que saco como escritor es que me ha parecido un excelente ejercicio creativo. Un proyecto muy distinto a cualquier otro que haya realizado hasta la fecha

¿Seguiré escribiendo canciones? Nunca podemos descartar nada ni decir que “De esta agua no beberé”. Para ser sincero, tengo algunas letras susceptibles de ser cantadas, pero otros proyectos exigen toda mi dedicación y cariño. Por el momento entenderé las “Dues Havaneres” como algo de lo que aprendí, incluso más de lo que hubiera pensado, pero que ha de detenerse ahí.

El día que escribo esta entrada del blog todavía no existe ninguna versión cantada. Parece ser que las dos voces han de ser de soprano y no hay ninguna que esté dispuesta a grabarlas, al menos sin cobrar. Sin embargo Jordi hizo unas versiones musicales en las que sustituyó las letras cantadas por el timbre de dos oboes. El resultado final es el que podéis escuchar a continuación y donde, si os apetece y os véis capaces, podéis leer las letras y canturrearlas mentalmente mientras suena la música:

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Charlas de sexo… Libres de morbo

Este libro que os invito a leer (sobretodo con vuestras parejas) nació como un humilde compendio de relatos que debían formar parte de un proyecto que abandoné. Para no perderlos, los convertí en un podcast de IVOOX que alcanzó un éxito inesperado. Eso, unido a las experiencias propias y a muchas charlas confesionales, sobre todo con amigas, me dieron que pensar.
Hablaba con ellas, les daba a leer los relatos y la mayoría terminaba confesándome sus vivencias íntimas y diciéndome que sería bueno escribir sobre las distintas problemáticas sexuales que vivimos, sobre todo los que hemos alcanzado una cierta edad y tuvimos un nulo aprendizaje sobre el juego del amor.
Eso me llevó a escribir cada una de las charlas que acompañarían a los relatos y cuya pretensión era que complementaran el programa de podcast: “Charlando de sexo… liberado de morbo”

Ir a _ Charlando de Sexo… liberado de morbo – Podcast en iVoox

A medida que escribía, se repetía la misma situación: comentarios de oyentes agradeciendo que se desmitificara algo tan peliagudo para muchas y muchos; comentarios de amigas que, cuando leían los textos me decían cosas como: “es que es tal cual vivimos o hemos vivido el sexo”. Y el comentario común en el que se me agradecía que desmitificara el sexo y que hablara de él como algo normal, cotidiano y necesaro.
Todo ello me fue animando a convertirlo en este libro atípico en el que hablo sin tapujos del sexo anal, oral, alejado del coito las más de las veces. Una suma de páginas que sólo pretende entretener a parejas de una cierta edad que igual perdieron la ilusión y las ganas, cuando en los cuerpos nos queda un sinfín de caricias por dar y recibir.

Quiero dejar claro que este no es un libro pornográfico, todo y que contiene relatos eróticos que pretenden dar calor a las parejas que los lean.
Quiero dejar claro también que no es un manual de sexología ¡Dios me libre de meterme en un jardín que desconozco! Tan solo son pensamientos y comentarios de situaciones vividas por quien os escribe o por terceros que desean serviros como guía que os confirme lo que hayáis vivido u os plantee la posibilidad de superar ciertos escollos.
Mi deseo personal es que os entretengan, os arrebaten alguna sonrisa, os liberen de algún complejo y os abran las puertas de un sexo más divertido.

Podéis conseguir vuestro ejemplar en este ENLACE A AMAZON:

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Los primeros capítulos de «El ladrón de rostros»

Probando distintas cosas he visto que era posible compartir el libro electrónico de Amazon dentro de una entrada del blog. Es una forma cómoda de que podáis leer los primeros capítulos de la novela.

Si os gustan, que espero que así sea, sería lindo que comprarais un ejemplar que me permitiera lanzarme a terminar esa segunda parte que se me resiste por culpa de una cierta desilusión.

A parte de leerlo y comprarlo, también tenéis la posibilidad de compartirlo para que haya otros afortunados que lleguen a ella.

Sea cual fuere vuestra elección, tanto mis personajes como yo mismo, os estaremos muy agradecidos.

Os dejo leyendo.

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De cigarras artistas y hormigas obreras

Todos conocemos la preciosa fábula de la cigarra y la hormiga. Sabemos que la pobre hormiga trabajó duramente para tener comida durante el invierno mientras la cigarra se dedicaba a cantar y cantar… Y como tantas otras veces, esta historia también terminó mal, ya que, llegado el invierno, la hormiga se negó a dar de comer a la pobre y cantarina cigarra condenándola a la muerte. Fin de la historia.

Toda fábula no lo sería si no escondiera una moraleja. Esa lección moral que persigue ser atesorada como una verdad. Ésta, claro, no iba a ser menos y su moraleja, la que nos han dado a entender, es que: para comer debemos trabajar (entendiendo por trabajo aquello que cansa y produce infelicidad).

¿Hemos puesto en duda alguna vez que dicha moraleja sea la correcta? Para mí lo fue durante años. Mentiría si dijera lo contrario. Sobre todo porque me la enseñaron en la escuela, lugar donde nos adoctrinan cuando todavía no tenemos criterio. Después, al liberarme de ella, olvidé la fábula, la escuela y a gran parte de sus contenidos.

Ahora, al cabo de los años, me dio por pensar que tal vez la lección moral de Esopo, la Fontaine y Samaniego no fuera la correcta o, al menos, no fuera la única que podíamos aprender.

Se me ocurre otra lectura.

La hormiga, la obrera, trabajaba durante el verano, duramente, pero lo hacía porque no sabía hacer otra cosa. Para su suerte, trabajaba acompañada por el canto de la cigarra, la artista. Mientras la una dedicaba su tiempo al esfuerzo físico, la otra se esmeraba en ofrecer su arte para mitigar dicha dureza.

El trabajo de la cigarra no era cuantificable. Lo único que sabemos es que su esfuerzo iba encaminado a aliviarle a la otra el calor y el cansancio. Y ahí reside uno de los grandes problemas del Arte: visto el resultado, apenas nadie es capaz de cuantificar el tiempo (y hasta el sufrimiento) que fue necesario.

  • ¿Alguien ha pensado alguna vez en el sufrimiento de Beethoven para escoger vivir sordo en vez de suicidarse? Preferir una vida de oscuridad auditiva mientras nos regalaba sus últimas cinco sinfonías, la fantasía coral y tantas otras.
  • ¿Alguien a pensado en el dolor de Joaquín Rodrigo mientras escribía el adagio del concierto de Aranjuez al ritmo de las palpitaciones del corazón de su esposa que permanecía ingresada en el hospital?
  • ¿Alguien ha pensado en Gabriel García Márquez mientras empeñaba lo último que le quedaba para poder hacer una copia de “Cien años de soledad” y mandarla a una editorial esperando que fuera publicada?
  • ¿Pensamos en los esfuerzos de cualquier genio de la pintura, buscándose lienzo tras lienzo, hasta dar con la Gioconda, el Gernika, El café de Arlés o las Meninas?

Me atrevería a decir que visto de ese modo la moraleja cambia. Nos cuenta que al artista no se le valora por lo que aporta. Entregado a su tarea de crear no dispone de tiempo material para recoger otro alimento que el que sale de su interior. En cambio la hormiga, con ese comportamiento tan humano, la desprecia condenándola a la muerte. La hormiga humana de la fábula cae en la soberbia y olvida que gracias al esfuerzo de la cigarra menguó algo su mal vivir pero no acepta pagar por ello. Al final da a entender que solo lo material prevalece y que el arte es solo para suicidas que no saben aceptar que la realidad es lo otro. 

Mi Moraleja: Para las hormigas, la vida tiene un precio y, si no lo pagas, no merece vivir; para las cigarras, la vida tiene un valor y es hermoso compartirlo..

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Esa meteorología (cómo «NO» escribir un cuento)

Tú dirás que no, siempre lo dices, pero te desarma las ganas entrar a leer lo que ha escrito alguien y encontrarte con el parte meteorológico. Porque tú vas con todos los brazos de las ganas abiertos de par en par y entonces pasa que lees el título: “La sombra de la Atalaya”, te atrae, abres el documento y te cuenta: “el día amaneció nublado…”; o te atrae otro: “Los amoríos de Gustava” y cuando llegas a la primera línea un narrador sin personalidad te dice:” la lluvia azotaba los cristales…

            Que no te digo que no, que igual resulta que el amor de Gustava era como el de la canción de Bassens en la que una mujer, a la que aterrorizan las tormentas y cuyo marido es vendedor de pararrayos, acaba siendo consolada por el vecino, pues siempre que hay rayos y truenos el hombre aprovecha para salir a vender.

            Pero no acostumbra a ser el caso. Es más bien una cuestión de no darle importancia al comienzo. Cuando el comienzo, como sucede con el amor, ha de ser lo más cuidado de todo. Anotación: “pensar que alguien debería escribir un tratado sobre la importancia del íncipit[1] a la hora de lanzarse a escribir.”

            Es peor la ortografía, Lucas, me dice ella como exculpando la falta de imaginación de los escritores mediocres. Pero no me apetece en absoluto enzarzarme en una discusión sobre calidad de escritura porque sé que, de manera irremediable, derivará en un choque de conceptos estéticos y valoraciones del contenido por encima de la forma y ahí que se nos jode la cena del sábado. Lo dejamos. Bien, lo dejo yo. Por ella esto sería Normandía todos los días y la vida en pareja, su equilibrio emocional, debe prevalecer frente cualquier contingencia.

            Mira, aquí hay otra: “El jardín de Nosferatu”, clasificada como novela de terror me dice mientras me pasa el ejemplar. La abro. Primera frase: “Una niebla húmeda, mezclada con una llovizna que se clavaba en la cara, hacía imposible ver el camino…” Pues quédate en casa, pero no nos hagas perder el tiempo con un comienzo que recuerda a los de las películas de Drácula que hacía la Hammer Productions entre los años cincuenta a setenta. Qué sé yo, empieza diciendo que “Un grito desgarrador hizo que el caballo se asustara y él dio con sus huesos en el fangal en que la lluvia había convertido el camino…” o con “El jinete descabalgó y al ir a golpear la aldaba de la puerta vio que estaba abierta ¿Debía entrar al castillo para guarecerse de la lluvia?” La acción sucede en medio de la lluvia, pero ¡Vamos! Dale otro toque.

            ¿Dónde quedan comienzos memorables como los de “El guardián entre el centeno”, “Rayuela” o “Lolita”? El maravilloso comienzo de Lolita que, tal como lo vas leyendo y aún sin conocerla, te permite entender que Humbert Humber caiga rendido en los brazos de aquella nínfula adolescente.

            Hemos caído de patas en la mediocridad más absoluta. Nos comparamos con lo más bajo y eso nos lleva a ir convirtiéndonos en mierda que lee mierda y que a su vez genera mierda.

            ¡Mierda, voy a releer a Nabokov! 

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[1] En las descripciones bibliográficas, primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo

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Aurelia, Peralta y su falo (Como «NO» escribir un cuento)

Lo normal es que nos cuenten cómo escribir: consejos, técnicas, trucos… en la actualidad hay un sinfín de cursos y clases magistrales que pretenden hacer de nosotros nuevos Cervantes.
Lo que no nos cuenta nadie es cómo “NO” escribir. De ahí que sea normal encontrar escritos ilegibles, con un lenguaje tan florido y rebuscado que sorprenderían al mismo Góngora. Que tienen, además, a acérrimos defensores, que hacen más por una cuestión de esnobismo que por amor a la palabra.
Vaya como ejemplo este cuento erótico que sería capaz de dejar impotente al voraz Rasputín.


NOTA: Todo y que es mi autoría, el día que me den el Nobel o el Planeta y algún periodista me lo atribuya, me negaré a reconocerlo como mío.

No era un amanecer cualquiera. Apenas asomó, el Sol refulgía con unos destellos inhabituales que, reflejándose en el agua mansa se amplificaban hasta confundir al observador, en una mezcla rojiza, azulada y de un amarillo blanco al que ya era imposible mirar. Atisbándolo entre sus dedos, pues era imposible mirarlo directamente, no pudo evitar relacionar su resplandor con ese calor que sentía en las entrañas después de la noche de placer vivida.

            Recordaba ahora el pene enhiesto de Peralta, con el glande brillante por la tirantez provocada por la sangre que, latiendo fuertemente, llenaba hasta la cúspide sus cuerpos cavernosos. Así mismo lo recordaba a él, cogiéndola por el cabello para acercar su cabeza a aquella muestra de hombría que la dominaba hasta la renuncia de sí misma.

Con un lenguaje soez que la sobreexcitaba, le dio una orden: “cómeme la polla”, mientras con la mano libre le pinzaba un pezón con tal fuerza que la hizo exhalar un quejido con el que él, lejos de detenerse, apretó más.

Aurelia, llevada por un acto reflejo, entreabrió algo más la boca. Cosa que aprovechó Peralta para introducirse más en aquellas fauces hambrientas de macho. Profundamente, como si la garganta de la mujer tuviera la capacidad de convertirse en sima en la que enterrar su falo entero. Eso produjo en ella unas arcadas, tan fuertes que él tuvo que salirse de mala gana para evitar un vómito que hubiera sido mal recibido. Su aprendiza debería practicar más y mejor para poder degustarle hasta el fondo, arguyó él para sí mismo. Ahora tocaba satisfacerla un poco para redirigir el posible rechazo por su fiero ataque sin apenas conocerse.

La tumbó en el tálamo sexual, en aquella cama de hotel de tercera al que la había llevado, y casi le arrancó las bragas con una virilidad impropia de un primer encuentro. Pero Peralta tenía ese carácter, era un hombre de los que empezaban a escasear, enamorado de su enorme polla capaz de sorprender a las putas más avezadas, orgulloso de hacer gritar a las hembras hasta producir la envidia irrefrenable de los hombrecillos de las habitaciones colindantes. Ella no iba a ser distinta, pero la edad, aquella petición urgente en el bar del puerto: necesito un hombre… con un matiz apenas perceptible en la longitud de la primera “o” y la eme nasal que casi se la pone dura. Sí, iba a recordarle por mucho tiempo, ¿qué edad podía tener, unos cincuenta y pico?, A buen seguro que se acordaría, por supuesto que si se volvieran a encontrar ella se le ofrecería como el cordero al sacrificio.

-Te voy a comer el coño como no te lo han comido jamás. –le dijo abriéndole las piernas y enterrando la cara entre unos muslos que todavía albergaban mucha de la tersura de la juventud perdida.

Ella, a medida que la lengua recorría longitudinalmente los labios de su vulva, pugnaba por moverse, algo que él, con unos brazos que parecían halteras, le impedía una vez tras otra. Cuando notaba que empezaba a temblar, como una antesala del punto de no retorno, se detenía y apenas introducía la punta de la lengua en la entrada de la vagina, que parecía tener vida propia.

Fue una noche en la que el deseo, de la densidad de la miel, se derramaba por las sábanas brillando entre los haces de luz tenue de una luna llena que lo impregnaba todo como de un olor de magnolios y una sensación de desesperanza. Peralta, exhausto, con el pene dolorido tras los embates bestiales a los que lo había sometido, pues ese y no otro era el cometido para el que lo entrenaba día tras día, se quedó arropado entre los brazos de un Morfeo envidioso y etéreo.

Ella, hembra supina de magnánimas necesidades libidinosas, ni de lejos había llegado a la relajación de su sexo. Punzadas notorias en el perineo, pulsiones sanguíneas continuas en la perla oculta de su clítoris, clamaban más y más. Por más que prodigó felaciones, caricias enguantadas en pasión líquida, palabras obscenas regadas de saliva originaria de una lengua deseosa, no consiguió despertar a la bestia que un lapso antes la llenaba hasta sentirse envoltorio carnal de aquel dios fálico.

A pesar de ello, de que podría sentirse defraudada, engañada, tratada a medias, su comprensión, dictada por la experiencia de los años, le confesaban al oído que no podía exigir más hasta que naciera el nuevo día. Su anterior pareja, esa piltrafa a la que terminaba de abandonar a su suerte, nunca consiguió que su cuerpo se saliera de ella misma en ese sublime instante en el que el gozo supera a la fuerza del mismo corazón.

Decidió vestirse y preparar ese tesoro negro y oloroso que cada mañana le servía de bálsamo con el que echarse a andar. 

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CONCURSOS DE RELATOS un excelente camino para aprender el oficio de escritor.

No nos engañemos, la ignorancia da falsa seguridad y exceso de valentía. De ahí que sea normal que muchos, apenas nos damos cuenta de que sabemos enlazar sujeto, verbo y predicado o hemos hecho algún curso de Narrativa, creemos saber escribir y nos consideramos “escritores”. Vamos, lo mismo que si por el hecho de cambiar un interruptor nos consideráramos electricistas o por haber cambiado una rueda de nuestro coche nos pensáramos mecánicos. Es evidente que nos falta algo importante: “el oficio”. Ser escritor, en tanto que oficio, necesita tiempo y experiencia; pautas de trabajo, manejo de herramientas, horas y horas y horas de ensayos, pruebas, errores y aciertos.

De ahí que aconseje siempre los concursos de narrativa: relatos, poesía, microrrelatos… sobre todo ahora que uno puede presentarse a ellos de forma telemática y sin apenas coste.

En dichos concursos uno se ve obligado a escribir sobre temas que desconoce: que transcurran en un lugar, que hablen del vino, que sean de terror… y con formatos dispares: una página, tres mil caracteres, entre 5 y siete páginas…

Y ofrecen algo muy útil: es difícil ganar. Los concursos literarios nos ponen en el lugar que nos corresponde, nos obligan a algo muy necesario en cualquier disciplina: La Humildad. Nos hacen darnos cuenta de que hemos de ir paso a paso. No podemos empezar aspirando al premio Planeta o al Nadal. Es bueno empezar por concursos menores —que no de menor calidad literaria— en los que, con un poco de suerte, podemos llegar a finalistas o a llevarnos algún premio.

Lo sé porque he sido de los que se presentó a concursos con buenos premios monetarios y no recibí respuesta alguna. Después bajé el listón hasta llegar a los que podía competir con ciertas garantías y sí, he sido finalista en algunos y llegado a llevarme algún premio interesante.

Pero lo importante de verdad es que he ido aprendiendo.

  • Primero a adaptar y readaptar relatos en los que confiaba y podía presentar, pero cada vez en formatos distintos. Lo que me obligaba a reestructurar frases, acortar tramas sin que perdieran su identidad.
  • Después, a medida que inventas historias, personajes; a medida que emborronas páginas y más páginas, vas encontrando tu estilo, te ves capaz de hacer hablar a tus personajes con sus propias voces, aprendes a trabajar con distintas distancias narrativas…

Aprendía el oficio de escritor.

Si hacemos todo lo dicho arriba ¿al final seremos publicados, venderemos millares de ejemplares y ganaremos el Nobel? Siento deciros que no. Que escribáis bien, en tanto que seáis fieles a vuestro propio estilo narrativo, no es garantía de que vayáis a alcanzar el éxito. En un mundo que conozco bien, el de la música —en particular la guitarra— os puedo decir que uno de los mejores guitarristas que he escuchado tocaba en la calle y muchos otros, de mediocridad manifiesta, grababan discos destrozando a los grandes clásicos del instrumento. La vida es así de ingrata.

Lo que no os podrá quitar nadie, caso de perseverar, es esa primera ilusión de ver vuestro relato publicado en una antología junto con otros finalistas. sentiréis el vuelco del corazón cuando recibís una llamada diciéndoos que habéis sido los ganadores de un concurso. Viviréis la experiencia de leer vuestro relato ante un público. Esas pequeñas ilusiones y vuestra humildad (no la olvidéis nunca) son el mejor camino para el éxito, al menos el éxito personal al que todos aspiramos.

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