La Casualidad y “El ladrón de rostros”

“El ladrón de rostros” ya está en marcha. Editorial MaLuma la mandó al corrector y todo sigue su curso. Hasta aquí nada que reseñar. Pero sucede que el tema de la novela, aunque pueda parecer otra cosa, es: la casualidad. Y es ahí donde reside la necesidad de esta entrada en el blog. Os cuento por orden.
El RAE define la casualidad como «la combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar».
En la novela, ¿pudo evitar Diego que su madre fuera hija de María Kardos, cuyas acciones, unidas a los desastres de la guerra, marcarían a todos para el resto de sus vidas? ¿Podía prever Alba lo que encontraría en una mansión de Sant Cugat mientras restauraba un cristo románico? ¿Podían prever ambos que esas circusntancias les llevarían a encontrarse, y que eso les abocaría a un final de violencia inevitable?
Y es que estamos rodeados de casualidades y situaciones imprevistas e inevitables. El nacimiento de la propia novela fue una de ellas. Porque qué probabilidades había de que mi gran amiga, Núria, me preguntara un día, en medio de uno de nuestros escasos almuerzos, que de dónde sacaba las ideas para escribir mis relatos. Y qué extraño destino me llevó a nombras tres palabras sobre las que construir una historia: Un cuadro, una joven y un tren. O qué extraña circunstancia me hizo imaginar en aquella mesa una serie de historias que las contenían. Y que entre ellas hubiera una que, tiempo después, daría lugar a “El ladrón de rostros”.
Creo mucho en las casualidades. Sobre todo porque suelen producirse en un extraño mundo cortazariano vinculado a Rayuela:

“[…]
la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
[…]”

El colofón de todo lo viví hace un par de días, y ese es el motivo principal de esta entrada. La anécdota sucedió del siguiente modo: el corrector de la novela llamó a una de las responsables de la editorial para pedirle mi teléfono. Ella, después de pedirme permiso, se lo dió y él me llamo. Yo, como autor novel, imaginaba que sería para comentar alguna situación extraña o algo que no era demasiado inteligible en el manuscrito.

Nada de eso, resulta que Diego, mi ladrón de rostros, utiliza una de las obras del olvidado pintor: Enrique Pertegás Ferrer (1) que, casualidad de casualidades, es pariente de la esposa del corrector
¡Puede haber mayor casualidad que esta! Que un escritor desconocido se empecine en buscar autores españoles, que se enamore de la obra (escueta) que aparece en la Red de un pintor maldito y que ese pintor sea pariente de la esposa de quien está corrigiendo su primera novela… no sé, parece que todo es Destino y Casualidad. Ya lo dice nuesto ladrón de rostros:

“[…]
jamás fue consciente de que sus acciones provocarían la caída de una primera pieza de dominó que arrastraría tras ella al resto de generaciones de nuestra familia, hasta abocarnos a este momento. Creo que la palabra que mejor lo define es hado, aunque muchos preferirán nombrarlo como Karma, Destino o Fatalidad.
[…]

***

(1) Enrique Pertegás Muñoz tuvo la mala suerte de ser republicano en un país de vergüenza comandado por un general traidor y golpista. Eso le relegó al olvido mientras miles de mediocres sobresalían besando las botas del militar asesino.

Publicado en Novela | Etiquetado | 2 comentarios

¡Cómo está el servicio!

tioatadoalacama

La doncella
Entonces… se escuchó un grito, dijo la mujer ¿Y después?, preguntó la subinspectora Abadías. La mujer se quedó pensativa y, negando con la cabeza, juró que no se había escuchado nada más. Solo silencio, se lo juro por la Macarena. Yo, como “usté” comprenderá, no me atreví a entrar. El señor no quiere que se entre en su habitación. Y yo no estoy para que me abronquen o me echen, que tengo a los zagales en casa mi madre y todavía me queda mucho que mantenerlos, hasta que se hagan mayores, ¿sabe “usté”?
La subinspectora levantó la palma de la mano ante la mujer invitándola a callar. Espere un momento por favor, me llama mi compañero. Se excusó.

El mayordomo
Si claro. Yo había subido a dejarle al señor la prensa y su café de la mañana. Cuando estaba frente a la puerta e iba golpearla para pedir permiso y entrar, se escuchó el grito. Hablaba Melquíades, el mayordomo. Cuando se quedó en silenció habló de nuevo el subinspector Mariño ¿Y usted que hizo, entró? Melquíades lo miró como si viera una tarántula subiéndole por el brazo. Jamás se me ocurriría. Respondió.
Ante la mirada inquisidora del subinspector continuó diciendo que el Señor era tajante en eso. Estando él en la habitación no podía entrar nadie salvo que lo pidiera u otorgara permiso para ello. Como comprenderá, ninguno lo incumplimos. No estamos en situación de perder el empleo, con la que está cayendo.
Entonces… cuando escuchó el grito, ¿qué hizo usted? repitió el subinspector ¿Qué iba a hacer?, respondió Melquíades con voz firme, llamé varias veces a la puerta y al no obtener permiso bajé a la cocina. Ordené a la cocinera que les llamase y esperamos allí a que llegaran.
El subinspector salió hacia la habitación haciendo una seña a su compañera.

La policía
—¿Algo nuevo por parte de la doncella, Laura? —preguntó Mariño cuando la tuvo a su lado.
—Nada Juan, no para de hablar, pero no aporta nada. Dice que a las nueve subió a esta planta y, mientras limpiaba una de las habitaciones, escuchó el grito sin atreverse a hacer nada. Después dice que bajó a la cocina y se lo comentó a la cocinera. La misma que nos ha llamado.
El subinspector asentía. Cuando la otra calló siguió él:
—Esto es de locos, ¿sabes? El estirado del uniforme dice que tampoco él miró qué pasaba. Escuchó un grito y tuvo los santos cojones de no entrar “por si el señor se enfadaba”, dice. No me creo nada. Pero por otro lado, un tipo como éste, ¿a ti te extraña que haya podido morir de este modo sin que nadie haya entrado a socorrerle?
Ella no respondió, permanecía callada, ajena, mirando el escenario: la cara de sorpresa del cadáver, los brazos en cruz con las manos atadas al dosel; el tremendo charco de sangre entre las piernas y éstas atadas también al dosel; el cadáver de la mujer sobre el suyo y cristales por todas partes. Qué lástima, pensó, unas sábanas carísimas echadas a perder.
—¿Crees que el juez imputará al servicio por denegación de auxilio? —Fue lo único que acertó a responder.
—No sé qué decirte. Por mí que venga pronto, zanjamos el tema y me voy a comer con mi señora que hoy es nuestro aniversario.
—Felicidades, Mariño. Que dure. Al menos que no te pillen como a éste.

El muerto
¡Mierda! ¿Nadie ha escuchado mi grito? ¿Cómo se ha podido romper el espejo del techo? Pesa mucho. Sí, está muerta, seguro. No me deja respirar. No puedo hablar. Con ésta encima. Por suerte, sino el cristal me habría degollado a mi. No puedo moverme. ¿Por qué me dejaría atar a la cama por esta loca? Me falta el aire ¿Se ha meado encima? Qué es ese líquido caliente que noto entre las piernas. No, no es solo el líquido. Algo no marcha bien. No noto nada. Nada entre las piernas, solo algo líquido, espeso. Estoy cansado. Si pudiera gritar. Pero ni puedo respirar ¿Por qué no viene nadie a quitármela de encima? ¿Dónde está el inútil de Melquíades, o la tonta de la doncella, o la imbécil de la cocinera? Cada vez me falta más el aire. Noto frío. Sueño. Estoy cansado. Me falta el aire… no puedo… no…

Epílogo
Pasados unos días la prensa publicaba: “Muere accidentalmente el empresario Jano Rosellón, destacado miembro de la Patronal. Solo ha trascendido que los hechos ocurrieron mientras trabajaba en casa con su secretaria personal, también fallecida. Nadie pudo socorrerles ya que el resto de la familia se hallaba veraneando en su residencia de Palamós”.
En la foto que acompañaba la escueta nota podía verse al personal de servicio en segundo plano. Para un buen observador, en sus caras podía adivinarse una sonrisa.

(Relato finalista del segundo concurso de relatos “Palabras contadas” de la Editorial La Fragua del Trovador y publicado en un volumen del mismo nombre)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

Publicado en Cuentos, relatos | Etiquetado , , | 1 Comentario

Ja no existeix Benimar (bilingüe). Ya no existe Benimar.

la vejez, el olvido, el amor, el recuerdo…

EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

Platja de Benimar davant del balneari.

Ma mare era baixeta. Gairebé tenia més perímetre que alçada. Estava gruixuda. Jo hi era amb mon pare esperant l’alta mèdica. Ens van dir que ja podia anar-se’n. Estava al llit estirada amb el cap al coixí. No podia alçar-se sola. La vaig destapar i vaig agafar el seu cos per posar-li els peus a prop de les sabatilles. Va ser trepitjar el terra i dir que s’orinava, que m’afanyés que s’orinava…. Es va orinar dempeus junt al llit. No va donar temps d’anar al bany. Vaig buscar una infermera. Em va dir quedés tranquil, que es fregava en un moment i ja estava tot en regla. Mon pare mirava, però no feia res.

Ver la entrada original 1.338 palabras más

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La cena terminó mal

 

Sinestesia En neurofisiología, sinestesia es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Una persona sinestésica puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente. La sinestesia es también un efecto común de algunas sustancias psicodélicas, como el LSD, la mescalina o los hongos psilocibios, pero hay personas que, sin haber consumido sustancia alguna, tienen esa capacidad de percibir sensaciones de diferentes sentidos de manera conjunta o “cruzada” o con “correspondencias”.

El chef en persona salió a preguntar a los comensales. Era vital que los integrantes de la mesa dos salieran satisfechos.
La apuesta del hotel Tristán al contratarlo para dirigir la cocina de su restaurante, el reconocido Prometeo, había sido la oportunidad de su vida. La posibilidad de demostrar su valía a una clientela selecta que podían llevarle de la mano hasta conseguir su primera estrella Michelin. En esa mesa, esa noche, había al menos tres de esas personas.
¿Satisfechos con la cena, caballeros… señoras?, preguntó con cierto servilismo.
Ha sido una experiencia única, Matías, ú-n-i-c-a, comenzó a hablar el caballero gordo que la presidía. El primer plato, crujiente de callos al aroma de romero sobre espuma de garbanzos, me supo a un maravilloso Boccherini, el pasacaglia de su “Quinteto de cuerda en Re Mayor, n º 6”, concretamente ¿Qué te han parecido a ti, querida?, le preguntó a la acompañante sentada a su derecha. Ella se tomó su tiempo, entornando los ojos, degustando el plato de nuevo. Cuando los abrió dijo que había sido puro Goya: retratos de corte.
—No saben lo que me alegra, de verdad —Dijo el cocinero, con una sonrisa que colgaba de sus orejas.
Si hubieras probado los huevos estrellados con yema al cava y jamón de Teruel cristalizado, estoy seguro de que te hubiera sabido a Rodrigo. Habló un joven calvo sentado a su izquierda.
Al escuchar el nombre del compositor el chef, disimulando el malestar, preguntó al joven si podría precisar la obra en cuestión; nada le hubiera dolido más que escuchar el consabido “Concierto de Aranjuez” su plato no se lo merecía. Pero no dijo eso. El joven nombró “El concierto Madrigal para dos guitarras”. No hubiera podido ser otra, Matías. Concluyó.
La distensión del cocinero fue visible a los ojos de todos. Ahora vendrán a tomar nota de los cafés y las copas. Dicho esto los dejó y se encerró de nuevo en su templo de fuego y sartenes. De salir bien el fin de semana con todo ese grupo, tanto el restaurante como el hotel habrían subido un peldaño más hacia la élite gastronómica. Mientras el personal de cocina seguía sus labores él, agazapado tras la puerta, no dejaba de observar al grupo de comensales.
Una señora bajita que se sentaba al otro lado de la mesa aprovechó un momento de silencio para dirigirse a la acompañante del comensal gordo. Jamás se podrá asociar su plato con el Goya costumbrista, le soltó a bocajarro. La otra, la ofendida, le lanzó una mirada que iluminó la mesa de rojo y preguntó cuál debía ser, según ella, el sabor de ese plato. La señora bajita, sin siquiera mirar a la otra, respondió que el sabor de un plato tan español no podía ser otro que “Galatea de las esferas” de Salvador Dalí.
Un anciano, sentado en el ala izquierda de donde se hallaba la señora bajita, soltó una risita indisimulada que pronto fue copiada por varios comensales. Ahí la cosa comenzó a derivar hacia lugares donde no se hace pie.
¿De qué se ríe usted, señor, si puede saberse? Dijo una copia reducida en edad de la señora bajita. El aludido levantó la mirada y puso a juego su vozarrón. Del comentario de la buena señora, dijo, de que ese primer plato sabe a Dalí. Ni a Dalí ni a Goya, los callos sabían a Gaspar Sanz con un toque de Luys de Narvaez, terminó.
El murmullo subía de intensidad a la misma velocidad que la histeria del chef. ¿Debía salir, debía permitir que los comensales dirimieran sus diferencias sin inmiscuirse? No esa noche. Empujó la puerta batiente y salió a intentar poner paz.
—Por favor señoras, por favor señores, la casa les invita a cava. Una noche como ésta lo merece.
Levantó una mano y la dirigió hacia el personal como el mismísimo Toscanini. Las consignas fueron claras: botellas de cava, cubiteras y copas. Tempo: prestissimo.
En un par de minutos había tres camareros distribuyendo copas, sirviendo cava y situando el sobrante de las botellas en sendas cubiteras. Los ánimos, lejos de relajarse, se mantenían en una calma tensa ya que el murmullo acallado en aquella mesa se había extendido en las del resto del salón.
La tensión la rompió un anciano de la mesa más cercana cuando se levantó, se plantó ante los comensales y les expuso su criterio. Hubiera deseado una cena tranquila con mi señora, dijo, pero me ha sido inevitable escuchar las tonterías que han estado diciendo unos y otras. Comparar ese primer plato con Goya, Rodrigo o Boccherini. Absurdo, me parece una completa trivialidad. Ese plato sabe, y siempre sabrá, a la hermosa literatura de Francisco de Quevedo…
Ahí acabó la paz.
Tres horas más tarde dos unidades de la policía nacional procedían a llevar a comisaría a los menos magullados y diversas ambulancias repartían al resto por distintos hospitales de la ciudad. El personal del restaurante, y parte del personal de servicio del hotel, intentaban eliminar la imagen de campo de batalla en la que se había convertido la preciosa sala. Matías, el chef, lloraba desconsolado sentado en una de las sillas que todavía permanecían enteras. Acababa de declarar ante el subinspector Melchor y éste departía ahora con el comisario Moreno, pormenorizándole todo lo que había podido recabar de los distintos protagonistas de la batalla campal. El comisario asentía con la cabeza.
Cuando el subinspector terminó, el comisario dio las órdenes pertinentes y salió en dirección a su casa. Mientras el chofer conducía, él iba pensado en lo estúpido que había que ser para ofrecer una cena a los integrantes de una convención de afectados graves de sinestesia. Era de prever que las cosas no marcharían bien, sobre todo porque un plato que contenga callos y garbanzos solo puede saber a Manuel de Falla y no a otra cosa.

(Relato finalista del primer concurso de relatos del Hotel Tudemir y publicado en una antología)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

Publicado en Cuentos, relatos | Etiquetado , | 1 Comentario

Chucho y yo (de Cat Stevens a Beethoven)

Continúa desde esta entrada anterior

 

Hoy empecé el día sumamente triste. En vez de echar de más y sentirme cómodo con mi soledad, me dio por echar de menos. A mis hijos, a mis nietos. A esas amigas que atesoré a lo largo de los años y que ahora se han perdido o no me atrevo a llamar por no inmiscuirme en sus vidas… solo me queda Chucho, y a él todavía no me atrevo a confesarle ciertas cosas. En cambio sí he decidido ponerle un apellido. Es un entendido en música y eso merece un premio. ¿No se le da apellido a cualquier imbécil que babea frente a cualquier programa basura de la televisión? Pues mi perro está muy por encima de muchos de ellos.
Mirad, la cosa ha ido más o menos de este modo. Hemos escuchado las variaciones Goldberg durante un buen rato —es un desayuno que tomo cada mañana desde hace un tiempo. Sobre todo la versión de Gould de 1955—. Bien, al terminar nos hemos mirado y se lo he dicho, Te llamaré Darwin, Entiéndeme, entre nosotros seguirás siendo Chucho, es como cuando mis nietos me llaman “abuelo”, un apelativo cariñoso, pero quiero que sepas que en círculos más formales serás Darwin. Me ha mirado, preguntándome el porqué de ese nombre tan inglés. Pues porque tú eres un beagle, le he explicado, y ese era también el nombre del barco en el que viajó Charles Darwin —autor del “Origen de las Especies”— en su primer viaje como. Me ha movido el rabo, no sé si para mostrar contento o porque tenía ganas de que lo sacara a pasear. Le he dado unos golpecitos en el lomo y hemos salido a la calle. Ese perro me está ablandando.
Pero os contaba que siento tristeza. Y cuando eso me sucede echo mano de la música. Soy así de previsible. El problema entonces es la elección. No tengo el ánimo para escuchar nada alegre, pues no es ese el ánimo al que pretendo llegar; ni me apetece una música triste, nada peor que bajar más peldaños hacia la auto lamentación.

Lo que he hecho ha sido llamar a Darwin. Él, como es habitual, no ha dicho palabra, me ha mirado con la cabeza ladeada y esos ojos que parece que te lean la mente y se ha sentado en el sofá, a mi lado. Después me he dejado llevar por los recuerdos: he puesto a Cat Stevens y su maravillosa “How can I tell you”. No sé, sus palabras me transportan a una primavera en octubre en la que me sentí amado como nunca antes. Ha estado bien, ha conseguido mutar la tristeza en simple melancolía. A continuación he pasado por varias canciones importantes para mí pero que no deseo compartir ahora. Al final, y como no podía ser de otro modo, he terminado en la sexta sinfonía de Beethoven “Pastoral”. Ha sido empezar y nos ha cambiado la cara. Darwin ha puesto las orejas en modo atención y ha abierto más los ojos. Incluso me atrevería a decir que sonreía. No me hagáis caso, igual es que he mimetizado la mía en la suya. Ya sabéis, eso de la edad, la excusa perfecta.
Verás, Chucho, le he dicho, ¿sabes que esta sinfonía se podría calificar como el primer ejemplo de lo que años después conoceríamos como música programática? Música asociada a algún objeto del mundo real, un río en el caso de “El Moldava” de Smetana o las conocidas Suites de “Peer Gynt” que pondremos otro día. El mismo Beethoven bautizó cada uno de sus movimientos. Este primero se subtitula: “Apacibles sentimientos que despierta la contemplación de los campos”. Y nos hemos dejado envolver por la ingenuidad y la sencillez que se desprende de los temas del primer movimiento. Cargadas de humor, de alegría por escuchar los sonidos de la Naturaleza. Eso seguro que lo debes percibir tú mejor que yo, le decía, mientras él apenas podía mantenerse quieto, parado sobre sus patas traseras y mirándome a mí y al cuadro que hay situado entre los altavoces. No te pierdas ahora la serenidad que transmite el segundo movimiento. “Escenas junto al arroyo” se llama. Y le iba contado mis sensaciones al escuchar cada tema, cada cambio de orquestación, los distintos colores y armonías. Él, animal joven, apenas podía permanecer quieto. En el tercer movimiento, “Escenas junto al arroyo” se ha subido al sillón, a mi lado, para que le tocara la cabeza. En el cuarto: “La tempestad”, algunos ladridos han creado disonancias con los golpes de timbal. Pensaba que no sería capaz de terminar la obra a mi lado. Pero la sorpresa ha llegado en el alegretto quinto movimiento: “Himno de los pastores después de la tormenta”. Ahí se ha vuelto a sentar en el suelo y ha levantado la cabeza como si necesitara de toda la concentración para captar el juego sutil que Beethoven hace de los temas, mezclándolos como si eso fuera lo más sencillo del mundo.
Ese perrito me está devolviendo la ilusión. Entre él y el gran Ludwig se me ha quitado la nostalgia y he sentido como se me llenaba el pecho de aire nuevo. También influye, y esto lo confieso en voz baja, que no pasan las horas para que vuelva a encontrarme con la encantadora desconocida de ayer. Me siento un chaval. Habrá que ver si, llegado el momento, el resto del cuerpo se comporta con la misma alegría que mi cabeza.

Publicado en Chucho y yo | Etiquetado , , , , | 1 Comentario

Chucho y yo (Álbum Past light, William Ackerman)

Continúa desde esta entrada anterior

43997887

Llamadme nostálgico, pero todavía hoy conservo uno de aquellos dispositivos que se bautizaron como Walkman (caminante, o algo así). Un lector portátil de cintas de cassette. Es una antigualla que viene de mis tiempos de informático, cuando, para inhibirme del ruido del entorno me ponía unos auriculares y alguna música suave. Era el único modo de concentrarme en la programación mientras a mi alrededor pululaban administrativas, contables, comerciales y jefecillos varios. También por esa época descubrí unos sellos discográficos: ECM y Windham Hill. Ambos se caracterizaban, no solo por su contenido musical, sino también por la altísima calidad de sus grabaciones.  Y es de esa época y de esos sellos que todavía conservo algunas cintas.

Que porqué os he contado todo esto. Pues porque antes de sacar a Chucho de paseo, me he puesto mis auriculares, los he conectado a mi Walkman y he puesto una de esas cintas, con una excelente grabación del álbum Past Light, de William Ackermann. Así de esa guisa he salido a la calle.

Las tardes de junio son largas, el ambiente todavía no ha perdido la luminosidad de la primavera, que el verano sustituirá por una calima densa y caliente. Vaya a saber si sería por eso, o porque ese perrillo me está afectando al cerebro,  pero miraba a las personas que andaban paseando sin rumbo y se me antojaban hermosas. Entendedme, uso «hermoso» en un espectro muy amplio. Ni hablo de absoluta belleza, ni me refiero a ese concepto masculino de la tía buena ni me estoy dejando llevar por el amor griego. Era solo que veía a todo el mundo sonriente, andando con la cabeza alta y mirando al infinito con dignidad.

Todas estas conclusiones de arriba las he tenido sentado en un banco. Uno que se encuentra al lado de un pipi-can que hay cerca de mi casa. Y ha sido así, ensimismado como estaba, que he escuchado una voz por encima de la de William Ackermann. A mi me sucede como a usted, ha dicho. Me he sacado los auriculares, he girado la cabeza y me he encontrado frente a una mujer tan hermosa (ahora sí), que se me ha acelerado el corazón como a un adolescente. Viendo que yo no hablaba ella ha continuado. También se me escapa una sonrisa mirando a mi perrita, sabe, Hacen tanta compañía, El suyo cuál es, ha preguntado. No he tenido más remedio que sobreponerme y responder. Es ese de ahí, el beagle joven que anda persiguiendo a ese otro de color grisáceo. Me sentía tan imbécil. Sesenta y siete años y balbuceando como un chaval con su primera chica.

Nos hemos quedado en silencio. Ella mirando a los perros y yo mirándola a ella mientras llegaba el lejano rumor del tema Synopsis II. Perdone que haya interrumpido lo que estaba escuchando, Siga, por mí no lo haga. Lo ha dicho sin mirarme, pero vistiendo una sonrisa que me ha llevado a imitarla. No se preocupe, le he dicho sin apartar mis ojos de ella, es una vieja grabación de los años ochenta y me la sé de memoria. Otro silencio, el giro de su cabeza, terminado cuando han coincidido las dos miradas, y otra pregunta, Si no es mucha indiscreción, qué estaba escuchando. Le he ofrecido los auriculares, se ha acercado uno a la oreja y lo ha tenido así hasta el final del tema. Es muy bonito, Qué es, no lo conocía. Se lo he dicho, incluso le he repetido la retahíla del sello discográfico. Ella escuchaba con atención, sin apartar los ojos. No sabría explicar lo que he sentido. Bueno, sí que sabría, pero ni este es el lugar ni tengo desparpajo como para soltar ciertas intimidades.

Después de hablar de algunas banalidades y contar algunas anécdotas de nuestras mascotas (las mías inventadas), me ha dicho que debía irse a casa. Volverá mañana, me he atrevido a preguntar. De normal vengo cada día, salvo que mi hija me necesite, ha sido su respuesta. Pues entonces espero verla mañana, he dicho mientras le ofrecía la mano para estrecharla. Me la aceptado y se ha ido. Allí me he quedado yo, con cara de imbécil, mirándole el trasero a la mujer más guapa que puedo recordar y sin saber su nombre ¡Hemos olvidado presentarnos!

Desaparecida ella, he entrado a coger a Chucho. Era hora de cenar y ver un poco la tele. Mientras íbamos para casa y después, mientras preparaba la cena, le he estado explicando lo sucedido. Y todo gracias a ti, Chucho, le decía mientras le acariciaba la cabeza y él me lo agradecía moviendo la cola. Lo que son las cosas, Darwin, ¿te das cuenta de cómo las distintas casualidades construyen nuestros hilos de vida? Él apenas ha movido las orejas mientras se dejaba hacer. Después se ha sentado, se ha rascado el lomo con la pata trasera y se ha echado a dormir el cansancio. Yo me he quedado escribiendo estas lineas, escuchado de nuevo a William Ackermann y recordando el vinilo original sonando en un giradiscos, y a Julia, y a cómo mientras cenábamos le dije, esta música es perfecta para hacer el amor…y ya han pasado más de treinta años. Jodidos recuerdos.

Por petición del sello discográfico está prohibida la inserción de vídeo. Para escuchar el álbum entero ir a este enlace 

Publicado en Chucho y yo | Etiquetado , , , | 1 Comentario

Chucho y yo (Beethoven, sonata No.14 ‘Claro de luna’)

Continúa desde esta entrada anterior

 

Ayer me sorprendí. Tenía a Chucho sentado a mi lado. Él, lejos de expresar nerviosismo, movía las orejas como si quisiera captar más y más sonidos. Hoy habré de dedicar un tiempo a buscar el espectro sonoro del oído del perro para averiguar si él escuchaba realmente el piano de Baremboim o solo mimetizaba mi cara de extasiado cuando escucho cierta música.
He repetido el experimento. Bien, repetirlo no es la palabra exacta. Lo que he hecho ha sido mejorarlo. Cómo, preguntaréis. Pues he cogido la sonata que conocemos como Claro de Luna y la he escuchado en dos de sus versiones. La primera, como no podía ser de otro modo, ha sido la de Daniel. Pero no sé porqué, esta vez he detectado algo en lo que no había caído antes. La melodía es una nota Sol que se repite dos veces en diferentes figuras: una corchea con puntillo, una semicorchea, final de compás y enlace en una blanca. Pues bien, puedo entender que el intérprete, llevado por la idea romántica caiga en un exceso de rubato, pero que alargue esa semicorchea hasta desvirtuar el ritmo del compás, me ha parecido una licencia excesiva.
Tú cómo lo ves, Chucho, le he preguntado al perro. Él ha puesto cara de no entender pero ha girado la cabeza hacia la pantalla y ha permanecido a la expectativa. Mira, Chucho, vamos a buscar alguna otra versión para comprarla, le decía mientras buscaba otra versión. He descartado algunas y al final me he decantado por una que he encontrado de Wilhelm Kempff, mejor medida.
Nos hemos arrellanado en el sofá y la hemos escuchado entera. Cuando terminaba me he dado cuenta de que tenía la cabeza de Chucho apoyada en mi regazo y yo le acariciaba el lomo con suavidad, en el sentido del pelo. Ha sido curioso. He caído en la cuenta de cómo nos acostumbramos a la ausencia de caricias. Y no porque no sean necesarias, sino porque es el mecanismo de defensa que nos regala nuestro cerebro para no volvernos más locos de lo ya estamos.
Me he sentido triste. Me jode confesarlo, pero ese ha sido el sentimiento. Un triste viejo acariciando a un perro mientras Kempff nos regala una Claro de Luna memorable. Me lo he sacudido de encima. No me apetecía en absoluto que Chucho recibiera como regalo algo que yo echo en falta.
No sé si le ha dolido mi desprecio. Ha bajado del sofá, se ha sentado frente a mí, me ha mirado como quien mira un pedrusco, se ha lamido la entrepierna y se ha ido a la cocina, a su rincón, a beber agua y echarse en su canasto.
Una vez solo he hecho lo que tantas veces. Me he preparado una copa de vino, he ido a la carpeta de fotos y me he dedicado a mirar y remirar las fotografías de Lola, la mujer que estuvo ahí cuando ella me dejó. Y así he ido consumiendo las horas, transmutando el vino en lágrimas y convirtiendo la vida en auto lamentación.
No sé cuánto tiempo habrá transcurrido, pero casi una botella de vino después, mientras dormitaba con la cabeza apoyada en el brazo y éste sobre el teclado del portátil, he notado que algo se restregaba por mis piernas. He mirado, medio mareado como estaba, y allí se encontraba Chucho, acariciándome las pantorrillas con su cabeza. El maldito perro egoísta, haciendo caso omiso a mi necesidad de estar solo, quería que lo sacara a la calle.
Si, claro, lo he hecho. No me apetecía salir, pero menos me apetecía tener que limpiar meados y cagallones de perro. Como si uno no tuviera ya bastantes problemas.

Publicado en Chucho y yo | Etiquetado , , , | 1 Comentario

Enheduanna, la primera escritora.

El Santuario del Alba

Enheduanna o Enkheduanna fue una «poeta y escritora» acadia, considerada la autora más antigua conocida y una de las primeras mujeres en la historia cuyo nombre se tiene identificación.

Disk_of_Enheduanna Enheduanna es bien conocida por fuentes arqueológicas y textuales. Su existencia como personaje histórico se encuentra bien establecida. Está el disco de alabastro con su nombre y su imagen, obtenido en la excavación de Gipar en Ur, que era la residencia principal de la Sacerdotisa  (Museo University de Filadelfia)

Ver la entrada original 784 palabras más

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Chucho y yo (Beethoven, sonata No. 8 en Do menor “Patética”)

fotos-beagle_18

Te llamaré Chucho. Y a pesar de que me mires con esos ojos, la cabeza ladeada y las orejas colgando, no me vas a sacar ni una carantoña. No te quería, ni te necesitaba para nada. Si no estás conforme, ahí está la puerta. La coges y te largas con quien te ha traído. Eso es todo lo que le he dicho al perro que me acaban de traer mis hijos. Te va a hacer mucha compañía, papá, Así te obligarás a salir a la calle, papá, No es bueno que te pases los días solo, papá. Ya veis, toda la retahíla que se le suelta a uno cuando se ha quedado solo y los hijos no quieren que aparezcas por sus casas a tocar los cojones. Porque eso sí, a ninguno se le ha ocurrido decirme: papá, prepárate una bolsa con algo de ropa y vente unos días con nosotros ¿Qué se piensan, que a estas alturas voy a acudir mansamente a que me den cobijo? Como si no fuera capaz de valerme por mí mismo. Como si el hecho de que ella me haya abandonado me convierta en un inválido ¡Una mierda! Ni los necesito ni necesito a este beagle de pura raza, Que es un animal de lo más dócil, papá, No te va a costar nada que se adapte a ti… Mírale, ahí, moviendo el rabo. Como si un animal al que llevamos domesticando hace cuarenta mil años fuera capaz de obligarme a hacer nada que no me apetezca.

Le he puesto algo de agua en un bol y un poco de pienso de un saco que me han traído y lo he encerrado en la galería. No quiero verlo. No necesito verlo. No necesito que me ablande con esos ojazos tristes que estaba poniendo. Necesito mi tiempo, necesito escribir, necesito escuchar música. Necesito a Beethoven. No sé porqué, pero es él quien me ha venido a la cabeza. Tal vez sea porque a ella no le gustaban demasiado sus sonatas para piano. Se me hacen pesadas, me decía. Como si el andante de la Patética no fuera capaz, por sí mismo, de oprimirte el pecho. Como si el allegro del primer movimiento no te hiciera saltar en el asiento. Como si el rondó del tercero no te arrebatara una sonrisa. Pero para gustos, colores, creo que dicen. Antes me tocaba escucharlas cuando ella se iba con los niños y yo me quedaba a solas. Cuánto ha llovido desde entonces. Ahora el equipo de música languidece en el comedor y a mí me basta el portátil, el tubo y los altavoces Bose que me regaló hace tres años. La única cosa visible que mantengo de ella.

De las versiones que conozco de esta sonata las que más me gustan son las interpretadas por Mauricio Pollini y Daniel Baremboim. Sobre todo las de éste último. No sé si serán las mejores, no entiendo demasiado de música, pero me encanta esa serenidad que muestra ante el teclado. Ni un aspaviento, ni una mueca a lo Lang Lang. Ningún guiño al oyente que no sea el sonido que arranca de las teclas como lo haría un alfarero con el barro… y de Beethoven, qué decir del genio alemán. Un adelantado a su tiempo. Un valiente capaz de escribir su música desde la más absoluta libertad. Marcado como estaba por el movimiento Sturm und Drang (tormenta e ímpetu) fue de los primeros en anteponer su arte al gusto de los poderosos. En su música no mandaba el mecenas, mandaba Él. De ahí que sus treinta y dos sonatas para piano hayan sido reconocidas más tarde, cuando el oído humano abandonó algo más su condición servil.

Le he abierto a Chucho. Andaba llorando y rascando la puerta. Qué queréis, todavía me quedan sentimiento. Le voy a dejar aquí conmigo para que se vaya empapando de Ludwig. Vete a saber, igual resulta que me sale un perro melómano. Os dejo. Ya empieza.

Publicado en Chucho y yo, Uncategorized | Etiquetado , , | 1 Comentario

Supermercados Bon Preu i amor por la Cultura

joan20salvat20papasseit20copy_1

Esta entrada llega un poco tarde, pero distintos problemas, entre ellos encontrar de nuevo el ticket, me han llevado a posponerla hasta ahora.
Hagamos una analepsis. Estábamos en abril, el día 23, día internacional del Libro. Como sucede de manera habitual, tuve que ir a reponer la intendencia. Eso, que para muchos es bastante simple, a mí me está costando cada día más. Para que me entendáis, la compra de todo lo que sea carne o pescado la realizo en el mercado. Por ese lado no hay problema. Pero cuando he de hacer el resto de acopio me encuentro con que me niego a ir a la hacienda del Don, sus productos son cada día peores. Y como ese la gran mayoría.
Por suerte me abrieron un “BonPreu”, en otras partes “Esclat”, una empresa familiar catalana (y me la pela que me llaméis catalanista) que me ha convencido gratamente: tienen gasolinera con combustible a muy bien precio; sus paradas de embutido, carne y pescado están gestionadas por grandísimas profesionales; lo mismo que el resto de su personal. Y, por supuesto, su marca blanca es de lo más respetable.
De normal acabaría aquí la cosa. Pero entonces os preguntaríais qué leches pinta lo de Sant Jordi y la Cultura con mis problemas personales con la compra de comida. Pues resulta que aquel día, cuando me dieron el ticket de la compra me encontré con lo siguiente:

Mester d’amor (Joan Salvat Papasseit)

Si en saps el pler no estalviïs el bes
que el goig d’amar no comporta mesura.
Deixa’t besar, i tu besa després
que és sempre als llavis que l’amor perdura.
[…]

BonPreu_i_Papasseit

Maestro de amor (Joan Salvat Papasseit)

Si conoces el placer no ahorres el beso,
Que la alegría de amar no comporta mesura.
Déjate besar, y besa tú después,
Que es siempre en los labios que el amor perdura.
[…]

 

No me digáis que no es un detalle, que en medio de este páramo de Ignorancia en que se ha convertido España, una pequeña empresa catalana tenga el detalle de compartir los versos del gran poeta del amor sencillo.
Tal vez para otros esto sea solo una estupidez. Y no descarto que la gran mayoría de los que recibieron sus tickets ni siquiera leyeran lo que allí se les regalaba. Pero da igual, el mundo se cambia así, a base de cosas pequeñas; con detalles que nos quiten capitas sucias de Ignorancia para que, con suerte, nos muramos menos tontos.
Gracias familia Font i Fabregó.
Gracias Joan Salvat Papasseit

 

Audición recomendada

Publicado en Pensamientos, Poesía | Etiquetado , , , | Deja un comentario