Jeune femme nue couchée — Gustave Brisgand

La Pintura

Pelirroja lasciva desnuda_Gustave Brisgand

La Palabra

Lo sencillo para un narrador sería hablar de tu mirada usando términos geográficos como pozo o sima, pero me niego, no sé verlos de ese modo. Prefiero imaginar que tras ellos se accede a un espacio abierto y nítido donde construir extraños lugares en los que habitar contigo.
Aunque, si te soy sincero, prefiero centrarme en tu pubis —cúpula maravillosa que cubre el tesoro de tu sexo—, que coincide con el centro absoluto del cuadro. Como si también el pintor supiera que ahí reside el origen y el final de toda ansia, nacimiento y plácida muerte.
De él confluye todo el resto: la infinitud de tus piernas, la redondez de tus pechos, la lujuria de tu boca o esa cabellera que inundará de luz la noche, cuando una luna o una vela se conviertan en su astro.
Imagino la escena: un estudio que da al inmenso patio interior de unos edificios de un París incierto; de entre el olor a fritanga, los sonidos de los cacharros y las voces de las mujeres, asoman las notas de un piano; es Debussy tocando Clair de lune. Veo entonces al pintor enfrentado a tus ojos, a tu cabello y a tu cuerpo rotundo de mujer inaccesible. Lo imagino hablándote desde su concepción de la Belleza cuando, al comienzo, te desglosaba reduciéndote a tus geometrías básicas de circunferencias y triángulos. Lo imagino después, amándote ya aún sin haberte tocado. Lo imagino en la caricia previa de cada pincelada que preparaba la caricia real, esa sí, deseada…
Sea como fuere él ya no está y en cambio tú prevaleces. Y así continuarás por siempre, para ser admirada y amada más allá de mí, de otros y hasta de ti misma.

Bonus

 

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impromptu desde el reflejo del espejo

El sonido

La palabra

Hay momentos que son para la paz. Huir de este futuro incierto y distópico que se nos viene encima y entregarse al presente de cada nota regalada por Arvo Pärt. Es inevitable entonces rememorarte en aquel pasado que compartimos a manos llenas y sin ninguna mesura, ¿recuerdas? Sí, a mi también se me escapa una sonrisa. Y veo de nuevo tu cara mirándome y siento aquel aire cálido de verano que nos envolvía hasta hacernos invisibles a los demás. Así de extraña es la memoria.
Lo que me parece extraño es que te me presentes solo a través de unas pocas obras que, para colmo, no elijo yo, pues son ellas las que te traen a mi lado cuando suenan.
Ésta es una de ellas, aunque tú no la escucharás nunca.
Imagino que tendrá que ver su paz, pues fue paz lo que nos aportamos entonces. Imagino que tendrá que ver el timbre del chelo, que me recuerda a las palabras que nos decíamos iluminados por las velas. O esos arpegios del piano cuyas notas parecen las patitas de mi mano insecto cuando te acariciaban la piel. O esas notas largas que son tu lengua deslizándose como un caracol por mi cuerpo.
Fíjate, cariño, todo podría ser tristeza y sin embargo es luz gracias a la bendita música. La muerte te arrebató de mi lado demasiado pronto, pero tú me regalase la capacidad de sentir eso que llamamos música. Y gracias a ella nunca te irás mi lado.

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La decisión de Alba

  En la novela original Alba Garcés quedó deslavazada y vacía. Lo intenté pero erré en la voz (primera persona) y en vez de un personaje redondo quedó en un personaje plano. Incluso ñoño, me atrevería a decir.
Eso me llevó a concluir que era necesaria la reescritura de su subtrama.
Y no solo eso, gracias a Maria Antonia de Miquel, mi profesora de novela, caí en la cuenta de que una de las subtramas, la relativa a Santos Márquez, podía ser otra novela en sí misma.
Lo que iré publicando formará parte de esa nueva voz de Alba.

[…]
Habían sido once años tirados a la basura. Un primer año de pasión seguido por seis de amor compartido. Después, con un reloj biológico que la avisaba cada mes, tuvieron que pasar tres más mareando la perdiz con frases como con lo bien que estamos así… no tenemos tanta prisa, cariño… ya veremos… no es el momento. Al final, después de una bronca que ella barnizó de ultimátum, él le soltó el mazazo, Lo siento, Alba, pero no estoy preparado para ser padre. No por el momento. Tal vez en unos años, pero ahora no.
Le pedía unos años. Años que Alba ya no podría permitirse ¡No con treinta y ocho! ¡No con aquel cobarde que se atrevía a amenazarla como si fuera el único hombre sobre la Tierra!
Después de aquello todavía hubo de pasar otro año hasta tenerlo todo claro y organizado para decirle, Te dejo Juan, no tiraré un día más con alguien tan egoísta como tú. Ante la cara de estupor de él, ella consumió las fuerzas que le quedaban en salir a la calle con la máxima dignidad y dirigirse con pasos rápidos y resueltos al piso que había alquilado en el barrio de Poble Sec.
Una vez allí se dejó llorar encima toda la rabia, la impotencia, la pena y la tristeza. En una sola tarde y su correspondiente noche, se arrepintió y se reafirmó, se culpó y se perdonó. La mañana siguiente descubrió a una Alba agotada y endurecida, tanto, que podría quebrarse en cualquier momento. Le tocaba rehacerse hasta volverse acero dulce capaz de resistirlo todo de nuevo.
El primer paso era aceptar que el sol seguiría saliendo por el este  y recuperar su autoestima. Cosa que ya había conseguido otra vez. Tenía experiencia en equivocarse con los hombres y ésta no era más que una reiteración del error que representaba la vida en pareja. Cierto que las situaciones habían sido distintas. Pero el resultado era el mismo: Alba sola y hecha polvo.
La gran diferencia entre la primera y la esta se llamaba Tiempo. Porque ahora no tenía tiempo que perder si quería llevar adelante su proyecto como madre. Ni debía huir de nuevo. A lo largo de su vida ya había huido de su padre, de una primera relación sofocante y esta última por la imposibilidad de tener un padre para su hijo. Para qué le habían servido las relaciones con los hombres salvo para desperdiciar la vida, el único bien que atesoraba. Tampoco le quedaba ya corazón qué romper y eso la fortalecía.
[…]

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Alba busca en Internet sin resultado

Un acto creativo

Se dijo que el siglo XXI sería la Época de la Información. Permitidme que me ría. Lo que  hacen los medios, esos que pertenecen a una minoría oligárquica, es que nos enseñan infinidad de árboles, pero jamás nos dejan que podamos ver el bosque, pues eso nos permitiría decidir cuáles queremos ver.

La protagonista de mi novela efectúa una búsqueda por la Red y el resultado le lleva a una serie de reflexiones.

[…]
Como haría la mayoría de europeos, abrió la ventana del explorador y entró en Google. Tecleó “Diego pintor”. Apenas un parpadeo y la pantalla le dijo que había encontrado más de medio millón de acepciones. Al ver el resultado cayó en la cuenta de que la búsqueda era inútil. Las páginas ofrecidas hablaban de Diego de Velázquez, Diego Rivera, pintores de brocha gorda con el mismo nombre, pintores llamados Diego cuya obra se alejaba mucho de…

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La más guapa (microrelato)

barbie humana
Una mujer hizo todo los esfuerzos a su alcance para llegar a ser el culmen de la belleza.
Pero se gastó tanto por dentro que hoy solo es un lindo envase reluciente y vacio.

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Será el destino (microrelato)

Heredé de mi padre el amor por el campo y la vida de labriego, de mi madre, en cambio, heredé el gusto por el cine de terror, sobre todo el de género Gore.
Ahora, ya que estoy en paro y apenas tengo para alimentar a mi familia, he decidido ir a la sede del gobierno y sembrar el pánico.

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Llegar a ser uno (microrelato)

medianaranja

 

Eran la envidia de todos, siempre tan acaramelados. Se sabían tan compenetrados que no veían el momento de llegar a ser uno. Debido a ese amor ahora cada uno es media persona.

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Auschwitz, una historia de amor a la sombra de la muerte.

El baúl de Josete

Cualquier historia relacionada con el campo de exterminio de Auschwitz, equivale a dolor y horror. Hasta tres millones de personas murieron allí, (2,5 millones exterminados y 500.000 de enfermedad y hambre), aproximadamente alrededor del 90 por ciento de los judíos. En su puerta, el cínico lema nazi, “Arbeit Match Frei”, el trabajo nos hace libres.

En éste escenario trágico del mismo infierno, donde la vida carecía de significado, surgió una trágica historia de amor de dos personas ante la cara inminente de la muerte. Una historia de amor y muerte que podría representar perfectamente, ” la historia de Romeo y Julieta, pero de Auschswitz“.   Esta es su historia.

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Manuel, el niño santo

Manuel nació en Nazaret, en una fecha indeterminada y en uno de esos pueblos asentados en una pobre provincia al sur del reino de Miranda. Era un buen lugar para un niño como él: callejas tranquilas, todo rodeado de olivos, protegido de los vientos del norte por unos cerros cubiertos de pino mediterráneo y poblado por buena gente que se entrega a la fe y a las tareas de los campos del señor.
Como el resto de niños del pueblo, Manuel creció entre juegos y asistió a la escuela hasta los once años, edad en la que se daba por aprendido todo lo que un labriego debe saber. Después empezó su aprendizaje en el molino del señor, lugar que debería ser su casa para el resto de sus días. Así había sido siempre.
Pero Manuel, más allá de los juegos y la escuela, no era como los demás. Ya desde muy niño se había comportado de forma distinta a la de sus compañeros. Acostumbraba a quedarse quieto, con los ojos fijos en la lejanía mientras musitaba palabras ininteligibles que los mayores relacionaban con rezos. O de tanto en tanto se negaba a comer porque decía que aquél sacrificio le era grato a Dios. O cuando asistía a la misa, donde su entrega era tal que parecía irradiar calor hacia aquellos que tenía cerca.
Con el paso del tiempo se fue corriendo la voz, y las gentes del lugar, amparadas en la ignorancia de la doctrina, acudían a Manuel para que les reconfortara de los males que les aquejaban. Y era así que si el niño tocaba la extremidad enferma de una anciana, ésta mejoraba. Y sucedía que si Manuel tomaba de las manos y miraba a quien había sucumbido al desespero, éste recuperaba la alegría. Porque la calidez que irradiaban sus manos era capaz de sanar a los enfermos. De ahí que con penas doce años, Manuel, ahora llamado “el Niño Santo”, era venerado por todos. Tal era el poder de su bondad y su cercanía con el buen Dios.
Incluso el párroco, que decía mantenerse al margen, era el primero en recibirlo cuando entraba en la iglesia, donde siempre tenía un lugar reservado en el primer banco, al lado del atril desde donde daba las homilías. Y su virtud era usada como ejemplo para muchos: nuestro Niño Santo lo es porque siempre ha abrazado la Virtud, Manuel es ejemplo de bondad y de cómo quienes desean alcanzar la gloria pueden hacerlo por el camino de la obediencia y la mansedumbre.
Cuando cumplió los catorce años, lejos de sucumbir como tantos otros a los dictados de la carne, se abocó más y más al sacrificio de la abstinencia. Sentía deseo, sí, pero mortificaba sus carnes hasta que aquél desaparecía. Con cada punta de cilicio que se clavaba, más crecía su virtud y su fuerza. Con cada golpe de la fusta, más se elevaba su alma hacia el cielo.

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Así hasta el día de su decimoséptimo aniversario. Ese día, mientras paseaba  por el pueblo en absoluta soledad, entregado a sus rezos y letanías, su fuerza, su calor y su santidad eran tan fuertes que la gente empezó a seguirle de forma inconsciente.
En su andar sin rumbo llegó al final de la última calle pero no se detuvo. Sus pasos le dirigían a la ermita del calvario, una pequeña construcción sacralizada que colmaba una loma preñada a ambos lados por los pasos de Jesús en su tránsito hacia el suplicio.
Los vecinos le seguían, las buenas gentes que todavía estaban en el campo se llamaban unas a otras y abandonaban herramientas y enseres porque no podían evitar seguirle. Nadie sabía por qué, era una fuerza interior, casi celestial, que les empujaba a mantenerse cerca del Niño Santo. Tanto, que a medida que se acercaban a la burda réplica del Gólgota ya no podían evitar tocarle.
Su luz, ahora visible, atraía a todas las personas como luciérnagas. Una mano, otra. Un tirón, otro. Sin mediar palabra, una duplicidad de brazos se lanzaban hacia aquel centro universal. El Niño Santo parecía haberse convertido en una estrella masiva que lo atraía todo hacia él. Las manos ya no se detenían ante nada. Lo que habían sido roces, leves manotazos ciegos, ahora se convertían en uñas, zarpas, monstruos pentacéfalos ciegos que arrancaban ropa y pequeños trozos de piel.
Manuel, consciente ya de lo que estaba sucediendo, deseaba zafarse de todo aquello. Ni siquiera sabía ya qué extraña fuerza le había llevado a aquel lugar, pero la humedad de su propia sangre deslizándose por su espalda, brazos y pecho le había devuelto a una realidad de la que deseaba huir.
No había manera. La muchedumbre, sin freno, sin orden ni ley, pugnaba por tocar, al precio que fuera, al santo adolescente. y no solo eso, el olor de la sangre y su reflejo en algún cielo que solo ellos veían, les llevaba al deseo de besarle, de lamer sus heridas, de beber aquella transustanciación que nadie había percibido jamás.
Se lanzaron sobre él, sedientos, y le chuparon entero hasta que cayó al suelo agotado y entregado. La imagen de postración y sumisión que se ofreció a la mayoría de hombres les hizo ir un paso más allá en el sacrificio y le sodomizaron. Una vez, otra y otra. Faltaba cuerpo para aquella comunión mística, que no lujuria. Y mientras el deseo de alcanzar la Gracia llevaba a la plebe a un éxtasis insaciable, la vida de Manuel se escapaba por todas y cada una de sus heridas profanadas.
Al poco tiempo todo había terminado. La vergüenza se cubrió de silencio, aunque la buena gente, ahora saciada, seguía vacía. Habían ido allí sin nada, creedores de que los sentimientos como el amor o la bondad vienen de algún lugar exógeno al cuerpo, y volvían a bajar sin nada porque nada da quien nada tiene. Ni jamás entenderían que el vacío de la Doctrina solo se llena con rezos, fe ciega y contrición. Más allá de eso nada es ni nada hay si el individuo no lo alimenta desde dentro.
Arriba quedaban los restos del Niño Santo, ahora un amasijo de carne  apenas reconocible, esparcidos frente a la ermita. Pasarían a ser alimento de alimañas y se irían diluyendo en la tierra hasta ser materia pura de nuevo.
Al día siguiente nadie se acordaría de Manuel. Para qué, de qué serviría remover el pasado. La buena gente volvería a sus anodinas vidas de culpa y perdón, a la repetición hasta la locura de sus liturgias amparadas tras imágenes de santos, cristos y vírgenes. La campana sonaría mañana y el resto de los días hasta la hora de la muerte. Su tañido seguiría diciendo: Creed.

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Visiting — William Ackerman

Todavía hoy lo recuerdo de forma nítida. Era un vinilo del sello Windham Hill, comprado apenas unas horas antes en aquel local de la Gran Vía, ¿lo recuerdas? Después salimos cogidos de la mano, subimos al coche y nos fuimos a tu casa.
Una vez allí me invitaste a ponerlo. Y mientras comenzabas a preparar la cena y yo servía un par de copas de vino, las notas del primer corte: “visiting”, nos llegaban a la cocina. Fíjate, recuerdo todo eso y no recuerdo, sin embargo, si estaba abrazándote desde la espalda o solo estábamos charlando.
La memoria es así de extraña. Lo digo porque aún sin saber cómo estábamos, recuerdo que te dije Esta música es para follar. Con estas mismas palabras y tan a bocajarro como ahora. Y tú no te extrañaste en absoluto. Eras una mujer mucho más vivida que yo, entonces, y el sexo era una de tus virtudes.
Después desapareciste. Todo termina desapareciendo de un modo u otro. Se va, lo dejas, llega el olvido, el repuesto, el cansancio, ¿qué sé yo? hay tantas y tantas cosas que revientan la realidad.
Desde entonces, y esto te lo confieso ahora, cada vez que pongo ese vinilo repito aquella noche contigo, y no puedo evitar sentir algo de nostalgia y una leve punzada en el pubis.
Solo espero que la vida te haya tratado bien, estés donde estés, Pasifae.

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