El miedo a la Mujer

El mundo musulmán, el fundamentalista, es sexista, machista y tiene un miedo terrible a la mujer, a la sexualidad de la mujer y al poder de la mujer. El mundo cristiano, el fundamentalista de la iglesia católica sobre todo, ve con buenos ojos la violación de mujeres si ellas actúan en contra de sus preceptos. Y el mundo judaico no le anda a la zaga a ninguno de los otros dos. La conclusión es clara: las religiones monoteístas utilizan su odio para oprimir a la Mujer. Y ello no es así por ningún tipo de locura ni precepto divino, es por puro miedo a las mujeres y a la sexualidad femenina, porque en ellas y en ella reside la fuerza más poderosa de la Humanidad; aunque la mayoría de ellas no sean conscientes de su alcance.

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La Entrega es femenina, la Música es femenina, la Belleza es femenina. La Fuerza es femenina, la Lucha es femenina… Todo lo que da miedo, lo que enseña, lo que prepara, lo que da vida, lo que excita, es femenino. Ese es el miedo y el pavor de las religiones monoteístas, de sus integrantes y seguidores: que ellas entiendan el alcance de su Fuerza, como seres y como colectivo (el 50% de la Humanidad, ahí es nada).

La Mujer da la Vida, la mujer da el Alimento primigenio, la mujer da la primera sonrisa, la primera palabra, la primera mirada, la primera caricia; y derrama la primera lágrima de amor incondicional por cada criatura que trae al mundo.

Todo ello alimenta el miedo de los misóginos, castrados mentales, que no son nada ante esa fuerza que les precede y les aparta de su triste y mísero cometido. Porque la Sensualidad es femenina, a pesar de que el sexo sea masculino, y eso aterroriza a aquellos que no tienen más que su triste falo para ofrecer.

Desgraciados los Hombres el día que ellas entiendan realmente cual es Fuerza y se atrevan a utilizarla contra nosotros.

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¿Cómo ser Feliz sin pasar infelicidades?

Para seguir viendo esta entrada partimos de una premisa: tenemos la gran suerte de vivir en el primer mundo y de que, hoy por hoy, tenemos todas nuestras necesidades básicas cubiertas, aunque muchos de nosotros pensemos que no es así.
Dicho esto respondamos a la pregunta que da el título a la entrada. Para ello no entraremos en cuestiones filosóficas ni complejidades de otro tipo, porque resulta que para ser feliz solo debemos mantener dos premisas: la Felicidad está en lo sencillo, y lo sencillo no está en disputa con nuestras responsabilidades. Así de simple, y la segunda: Jamás perder ese punto de locura e inocencia que tienen los niños y niñas, tal vez los humanos más sabios que existen hasta el malogrado día en que entran en la escuela.
Claro que si eres de los que piensan que la felicidad (la del televisor) está en un coche de 60.000 euros, un ático en el centro, una casa en la playa, otra cerquita de las pistas de esquí y en un pareja “guapa guapa de cojones porque yo me lo merezco” no entenderás nada de lo que sucede en el vídeo.

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El pene de Lucas (visto por Lucía)

David (Miguel Ángel)

Lucía se lo ha dicho varias veces: «Me encanta tu “Cosita” cuando está en modo inocente, apenas pellejo escondiendo una cabecita tímida». Él parece no terminar de creérselo ni aceptarlo, pero es así. Aquello que Lucas menosprecia en ese estado ha resultado ser un más que deseado juguete en manos de su amante.
Ahora los encontramos echados en la cama, puestos cada cual frente a las piernas del otro y acariciándose los respectivos sexos. Lucía, que conoce en su propia piel el valor de la autoestima, le ha repetido una vez más cuánto le gusta ese pene con el que juguetea. Aprovecha esa comunión de ambos cuerpos para confesarle algo que él todavía no sabe: que en su imaginario, el amante perfecto siempre tiene un pene de dimensiones más discretas que excesivas.

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Pigmalión

Pigmalión y Galatea (Auguste Rodin)
https://historia-arte.com/obras/pigmalion-y-galatea-rodin

Te forjé con palabras
Y esculpiéndote a besos 
hasta ser tu. 
Te amé de un modo libre y al fin,
con tus propias alas, partiste. 
Lejos, de mí, de todo. 

Y fue hermoso tu  retorno, 
Tu volver a mi lado para contarme 
Cómo lo extenso y finito del mundo 
Se convierte en nada
Comparado con el alma del ser amado
Que es inabarcable.

Y supe de mares, 
imaginé grandes ríos 
y percibí el olor del musgo 
que crece al norte de las montañas. 

Desde tus ojos, desde tu corazón,
supe que eras mía 
cuando aprendiste que no eras de nadie 
y que solo desde la libertad más absoluta 
podemos quedarnos al lado de alguien.

Yo en ti
Tú en mi
ninguno en ambos.
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Novelas y partes metereológicos

gotasdelluviaenelfondodelpozo

Tú dirás que no, siempre lo dices, pero te desarma las ganas entrar a leer lo que ha escrito alguien y encontrarte con el parte meteorológico.

           Porque tú vas con todos los brazos de las ganas abiertos de par en par y entonces pasa que lees el título: “La sombra de la Atalaya”, te atrae, abres el documento y te cuenta: “el día amaneció nublado…”; o te impacta este otro: “Los amoríos de Gustava” y cuando llegas a la primera línea un narrador sin personalidad te dice:” la lluvia azotaba los cristales…”

            Que no te digo que no, que igual resulta que el amor de Gustava era como el de la canción aquella en la que una mujer, a la que aterrorizaban las tormentas y su marido era vendedor de pararrayos, debía ser consolada por el vecino, pues siempre que había tormenta su marido salía a vender su producto estrella.

Pero no acostumbra a ser el caso. Es más bien una cuestión de no darle importancia al comienzo. Cuando el comienzo, como sucede con el amor, ha de ser lo más cuidado de todo. Anotación: “pensar que alguien debería escribir un tratado sobre la importancia del íncipit[1] a la hora de enlazar palabras.”

            Es peor la ortografía, Lucas, me dice ella como exculpando la falta de imaginación de los escritores noveles. Pero no me apetece en absoluto enzarzarme en una discusión sobre calidad de escritura porque sé que, de manera irremediable, derivará en un choque de conceptos estéticos y valoraciones del contenido por encima de la forma y ahí que se nos jode la cena del sábado. Lo dejamos. Bien, lo dejo yo. Por ella esto sería Normandía todos los días y la vida en pareja, su equilibrio emocional, debe prevalecer ante cualquier contingencia.

            Mira, aquí hay otra: “El jardín de Nosferatu”, clasificada como novela de terror. La abro. Primera frase: “Una niebla húmeda, mezclada con una llovizna que se clavaba en la cara, hacía imposible ver el camino…” Pues quédate en casa, pero no nos hagas perder el tiempo con un comienzo que recuerda a los de las películas de Drácula que hacía la Hammer Productions entre los años cincuenta a setenta. Qué sé yo, empieza diciendo que “Un grito desgarrador hizo que el caballo se asustara y él dio con sus huesos en el fangal en que la lluvia había convertido el camino…” o con “El jinete descabalgó y al ir a golpear la aldaba de puerta vio que estaba abierta ¿Debía entrar al castillo para guarecerse de la lluvia?” La acción sucede en medio de la lluvia, pero ¡Che, nano! La das otro toque.

           ¿Dónde quedan comienzos memorables como los de: “El guardián entre el centeno”, “Rayuela”, “Lolita”… ¡Oh, el maravilloso comienzo de Lolita! que, tal como lo vas leyendo y aún sin conocerla todavía, te permite entender que Humbert Humber caiga de bruces en las garras de aquella nínfula adolescente.

            De caer va la cosa, hemos caído de lleno en la mediocridad más absoluta. Nos comparamos con lo más bajo y eso nos lleva a ir convirtiéndonos en mierda que lee mierda y que a su vez genera mierda.

            ¡Mierda, voy a releer a Nabokov!


[1] En las descripciones bibliográficas, primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo

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Los pechos de Lucía


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Los pechos de Lucía son breves y redondos. Se acomodan en la mano apenas sin rebasarla y en una boca experta que los inhalara, casi podrían sorberse enteros.
Son blandos al tacto y andan lejos de la dureza de cuarenta años atrás, pero todavía hoy, sus pezones miran hacia arriba en una clara muestra de insolencia juvenil.
Su piel es morena, suave y fina, pero alejada de las que son traslúcidas o tensas por su contenido. Parecería un vestido hecho a medida para su volumen.
Están constelados de algunas pecas que, lejos de afearlos, les dan esa personalidad que pocos tienen y que, para colmo, hacen juego con las aureolas rosadas de unos pezones breves y robustos si los despierta una caricia experta.
Su tacto en la boca es llegar a un cielo de sensaciones: besarlos, aprisionando apenas la piel, es un regalo para un buen amante; cubrirlos de mordiscos breves, dados apenas con los labios y sentir que ambas pieles se acomodan a una caricia común que los unirá para siempre; humedecerlos apenas y sentir cómo se adaptan al frío endureciéndose, contrayendo las aureolas y convirtiendo los pezones en pequeñas torres de vigilancia que avisan al Sur donde se ubica el último tesoro.
No, no son tetas para amantes zafios que gustan de la cantidad sin más valoraciones. Ellos jamás serían capaces de ver cómo esas dos semiesferas se adaptan al cuerpo de Lucía, formando un conjunto hermoso que se enaltece el uno al otro hasta iluminar los espejos. Esos pechos nacieron preparados para ser alimento de bebé y para hombres que, como los pequeños, también deseen alimentar su deseo en recipientes tan hermosos.
Cuán orgullosa debe sentirse Lucía de que le hablen así de ellos, cuán orgullosa de mostrárselos y ofrecérselos a Lucas que siempre los recibe como uno de los mayores regalos ¡Que envidia para el resto de hombres por no saber verlos y ellas por no sentirse tan halagadas!

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La ducha (un preludio)


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Es un día de calor, esos regalos primaverales con que nos sorprende el final del invierno. Por esa razón al entrar en la habitación del hotel, en vez de lanzarse a comerse el uno al otro, plantean la necesidad de una ducha.
Primero, desnudarse.
Lucas, rápido de reflejos, le saca el jersey a su amante, le desabrocha el sostén y libera los insolentes pechos de Lucía. Mientras los mordisquea, ella se desabrocha el pantalón y, antes de que pueda proceder a bajárselo lo hace él con una maniobra estudiada, en la que ha dejado su cara frente al sexo de ella, protegido todavía por las bragas. Prenda que Lucas se apresura a quitar con habilidad de relojero. Así, desnuda frente a él, acerca el rostro al pubis de la amada y lo huele con deseo. Para él es tan excitante ese olor íntimo de Lucía. De nada ha servido jamás que ella ponga excusas de suciedad, sudor u olores, porque el olor a “Ella” siempre está por encima del olor a los fluidos que todos desprendemos.
Así, desnuda, intercambian los papeles y es Lucía la que le saca la camiseta para dejar a la luz el vello suave que puebla su pecho. Mientras le besa las tetillas desabrocha el pantalón que cae al suelo por la propia gravedad. Desplazando su lengua hacia abajo, como si la acción necesitara alguna guía, le baja lo calzoncillos dejando frente a sí su pene casi flácido. Le encanta verlo en ese estado, casi inocente. También ella, la que tanto se quejaba, acerca el rostro a la ingle del amante para absorber su olor de hombre —es difícil olvidar que somos mamíferos y estamos sujetos a nuestro cerebro animal—.
Tras besarle la punta de la piel del prepucio se levanta, coge el pene con la mano derecha y se dirige al baño. Casi sin miramientos, entra en la cabina de ducha seguida por el propietario del pene que aferra en su mano y da el agua.
Mientras se adapta la temperatura se regalan el primer beso.
No es salvaje. Tampoco tierno. Solo es la certeza es que está envuelto de pasión y deseo.
Bocados suaves en los labios, batalla de lenguas para conquistar la boca del otro, bocados de labios con labios e incluso algún lametón salival sin mesura. Y mientras eso sucede las manos no saben estar quietas y juegan con la piel del contrario como si el mundo terminara hoy y ahí.
Metidos en ese juego mojan sus cuerpos y comienza la higiene.
Mientras Lucas se enjabona el cabello Lucía se llena las manos de gel de baño y procede a enjabonarle: los brazos, la espalda, los glúteos. En ese punto se detiene para introducir dos dedos entre las nalgas y enjabonar el ano a conciencia. Y todavía sin darle la vuelta llega a su escroto y lo agarra entre las manos apretándolo mientras se le escurre por efecto del agua y el jabón.
Lucas se da la vuelta para aclararse el cabello. Ella aprovecha para enjabonarle el pecho y bajar casi con prisa a aferrar su juguete, más alegre ya que minutos antes. Lo toma con una mano, baja el prepucio hasta dejar el glande engalanado para ella y lo enjabona con tanto mimo como si esa polla pudiera estropearse ante el menor maltrato.
—Ya estás limpio, mi amor —le dice.
Ahora es ella la que se deja enjabonar por él. Primero girándose y, apoyando las manos en la pared, ofreciéndose de espaldas para que Lucas le enjabone los sobacos, la espalda, el culo… Incluso aprovecha la postura para abrazarla desde atrás presionándole los pechos e introduciendo su pene erecto por entre las nalgas y los muslos. Lo que la lleva a entreabrir algo más las piernas y que él aprovecha para enjabonar y masajear el ano y la vulva.
Un “date la vuelta” dicho con voz entre deseosa e imperativa la hace girarse para entregarse frontalmente a él. Lucas, que siente predilección por la geometría triangular del sexo de Lucía, lleva su mano derecha a acariciar el pubis carnoso y los labios del coño, ahora hinchado por la excitación. Ella separa las piernas hasta descansar cada uno de los pies en el lateral del plato de ducha y cierra lo ojos. Su amante le introduce dos dedos dentro y comienza a moverlos con suavidad.
—Estás tan mojada por dentro como por fuera, mi amor —le dice mientras bebe el agua tibia que resbala de los pezones que chupetea con deleite.
—Pues esa humedad no es algo que aparezca así sin más —responde ella de forma entrecortada.
Callan. No necesitan decirse nada más. Él sigue acariciándole el coño y chupándole los pechos como el adolescente que se enfrenta por primera vez a una mujer.
Ella, como si el mundo se centrara en la entrepierna de Lucas, aferra los testículos con la mano izquierda mientras con la derecha le masturba al ritmo que le mandan los dedos de su coño.
Sabemos que no terminarán ahí. Las duchas entrañan mucho peligro. Sabemos, porque les hemos visto otras veces, que saldrán, se secarán el uno al otro y seguirán regalándose caricias hasta la cama, o hasta la terraza o incluso en esos silloncitos horribles que complementan los mobiliarios de las habitaciones.
Los dejamos solos. Sus gemidos finales de placer solo a ellos les pertenecen.

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Su fotografía

Miró el WhatsApp y se encontró con una fotografía de Lucía. La acompañaba un escueto mensaje: “te la debía. Besos”.
Se quedó allí, mirando embobado. Como si hubieran puesto frente a él el tesoro más hermoso. Aunque eso no se lo diría jamás. Nunca se atrevería a confesarle lo que sentía por ella, lo hermosa que era ni cuánto la había deseado a pesar de no querer darse cuenta. Prefirió quedarse allí, en su silloncito, contemplando la exquisita madurez de una mujer a la que apenas conoció de adolescente y a quien ahora, al cabo de los años, había reencontrado en las redes sociales.
«Si me atreviera…» Prefirió dejar escapar el pensamiento y centrarse en la foto.
Imagen demasiado pequeña para su vista gastada. La maximizó. Tampoco era suficiente. Prefirió enviársela a su dirección de correo, abrir el ordenador, el correo, abrir de nuevo la foto con el visor de Windows y en su pantalla apareció ella de nuevo. Solo que más nítida.
Era incapaz de apartar la mirada.
Lo primero que le impactó fue esa pierna infinita, ese muslo de mujer rotunda y cierta; sin abalorios, sin más contenido que ella misma, su inexcusable edad y ese instante en el tiempo que la había capturado para él…
«Solo para mí», se reafirmó en voz baja.
Cuando fue capaz de apartar la mirada de las piernas la vio en su globalidad y entonces cayó en otra cosa, la espectacular estética del posado: La forma de sentarse en el poyete, apenas ladeada; el brazo izquierdo descansando indolente en el soporte de obra que sobresalía del banco y la mano abandonada a la ley de la gravedad. La derecha, cruzada sobre el pecho, sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas varillas apenas se introducía entre la comisura de sus labios; en un gesto de una sensualidad tan grande que sintió que le pinchaba en el sexo.
De toda la fotografía lo único que le molestaba era que sus pechos quedaran tan escondidos detrás del brazo y la sombra. Aunque le dio igual. Esa era una parte de ella que había tenido la suerte de conocer de joven, en la playa. Y todavía ahora recordaba su redondez como si los tuviera delante. No pudo evitar sonreírse al recordar esa vuelta al pasado y la imagen de aquellos pechitos redondos y duros que solo regala la adolescencia, cuando vivimos cargados de complejos y temores.
Quería, deseaba más bien, observarla en detalle hasta aprenderla de nuevo, hasta conocer cada rincón de “esa Lucía del presente” que el global de la foto escondía a su vista de viejo. Fue a la barra de zoom, maximizó al 100% y centró el rostro de ella en la pantalla. Sus labios seguían siendo los de siempre: sensuales, apetitosos, firmes. El rostro, todo y el paso de los años, apenas se alejaba de la muchacha que conoció hacía ya una vida… Pero fue la mirada lo que captó su atención. No recordaba esa sensualidad en sus ojos. Los sabía oscuros, guardaba en la memoria el tono moreno y excitante de su piel, pero jamás la había visto mirar de aquel modo tan sensual, no lo hubiera olvidado. Le dio por pensar que esa mirada a cámara miraba en realidad a sus ojos. Imaginaba en ella una invitación a acercarse a besarla por primera vez. «Como si fuera a ser capaz».

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Frente a la ermita (Relato irreverente)



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Cerca del pueblo donde pasan sus días de vacaciones hay una ermita. Es un paseo relativamente largo y algo incómodo. Pero a esa hora ya mengua el calor, apenas sube nadie y han decidido hacerlo.
Llegan sobre las seis de la tarde. Corre una brisa suave y la temperatura es agradable. El único problema es que encuentran la puerta cerrada y les será imposible entrar a echar un vistazo. Se sientan en unos de los poyetes que hay a cada lado de la entrada, protegidos por un tejadillo soportado por un bonito artesonado de madera.
Siempre he tenido una fantasía y pensaba que hoy la satisfaría. Ha dejado ir Lucas como si echara las palabras cuesta abajo. Mirando hacía el horizonte en un gesto que da a entender que lo imagina incluso antes de contarlo.
Lucía, de vuelta de todo, sólo pide confirmación de si su fantasía tiene que ver con sexo. Sexo y profanación, confirma él girando la cabeza y regalando una sonrisa tan lasciva que provoca una punzada de excitación en el vientre de la mujer.
Así, sentados y mirándose a los ojos, le cuenta. Siempre he tenido dos deseos que no he podido satisfacer. El primero, tener a una mujer (mejor una novicia) de pie, desnuda y reclinada sobre el altar mientras la penetro desde atrás. Lo veo como un acto tan carnal como irreverente. Escuchar los gemidos de placer mientras ahí delante, mirando, tienes el símbolo Gore del catolicismo. Lucía escucha sin abrir la boca mientras él continúa: mi segundo deseo es masturbar a una mujer tal y como debe hacerlo el cura desde dentro del confesionario para terminar follando en su interior con las cortinillas pasadas. Si además me lo imagino durante la misa, me parece algo tan divertido y perverso… “la fantasía de la beata”, le llamo.
Se calla. Apenas unos segundos después es Lucía la que plantea una imposibilidad manifiesta de llevar a término unos actos tan hermosos y sacrílegos como aquellos.
—Hay una cosa que sí podríamos hacer —concluye.
Ante la mirada inquisidora de su amante explica que podría conformarse con metérsela frente a la puerta. Ella podría agarrarse a los pequeños enrejados que cubren los dos ventanucos que permiten ver el interior y él podría subirle la falda y metérsela desde atrás al estilo de la novicia pero algo más lejos del altar.

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En esa esperada tarde (Poema y Canción)


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En esa esperada tarde (Poema)

En esa esperada tarde 
uniremos nuestros labios
y con los ojos cerrados 
nos nacerá el primer beso.

Será como sin quererlo,  
sin ni siquiera buscarlo,
con brazos entrelazados, 
abiertos los sentimientos
y aletearán las palomas 
que anidan en nuestro pecho.
  
Serán minutos eternos, 
detenidos los relojes
en una imprecisa hora 
de primavera y de flores.

Cantarán nuestras canciones 
voces puras de otros tiempos.
Viviremos el momento 
como un continuo presente.
Y habrá lindos soles tibios 
fundiendo nuestros dos cuerpos.
  
Después, puesto en marcha el tiempo 
y el tic tac de los relojes,
se apartarán las caricias 
de la orilla de los cuerpos.

Más todo será distinto 
después de ese primer beso.
Habrá nacido un nosotros 
y un amor compacto y nuevo.
Pájaro batiendo alas 
y elevándonos al cielo

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Versión Canción


 En esa esperada tarde (canción)

 En esa esperada tarde uniremos nuestros labios
 y con los ojos cerrados nos nacerá el primer beso.
 Será como sin quererlo,  sin ni siquiera buscarlo,
 con brazos entrelazados, abiertos los sentimientos
 y aletearán las palomas que anidan en nuestro pecho.
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
  
 Serán minutos eternos, detenidos los relojes
 en una imprecisa hora de primavera y de flores
 Cantarán nuestras canciones voces puras de otros tiempos.
 Viviremos el momento como un continuo presente.
 Y habrá lindos soles tibios fundiendo nuestros dos cuerpos.
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
  
 Después, puesto en marcha el tiempo y el tic tac de los relojes,
 se apartarán las caricias de la orilla de los cuerpos
 Más todo será distinto después de ese primer beso.
 Habrá nacido un nosotros y un amor compacto y nuevo.
 Pájaro batiendo alas y elevándonos al cielo
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
 
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