Romance de la Guardia Civil española – Federico García Lorca

En agosto del año 1923 hubo una huelga campesina en la campiña jerezana. Los jornaleros la prolongaron durante veintitrés días. Eso no gustó a los caciques y terratenientes andaluces, ¿cómo podía permitirse el populacho alzar la mano contra quienes le daban un mendrugo a cambio de su sangre de siervos de la gleba.

Como no podía ser de otro modo hicieron lo habitual en España, utilizar al cuerpo militar de la guardia civil, una policía creada únicamente para que los ricos se protejan de los pobres utilizando a criaturas uniformadas que venden su dignidad de clase a cambio de unas migajas.

El resultado de la brutal represión serviría para que Lorca se inspirase y escribiera su durísimo poema en el que deja al cuerpo militar represivo en el lugar que le corresponde. Y no solo eso, Federico se permitió dedicarle un par de versos a uno de los principales caciques: Pedro Domecq, que participó de forma activa en la matanza.

Confirman la veracidad de los hechos informaciones aparecidas en ABC durante la huelga en las que daban fe de varios cortijos incendiados, como consecuencia de los actos represivos en los que se quemaron chozas de jornaleros, se destruyeron cosechas y se mató a muchas cabezas de ganado. Por otro lado, Miguel Caballero, investigador de la vida de Federico, reconstruye los episodios a partir de la poca información aparecida en la prensa local, principalmente El Guadalete —periódico controlado por los caciques— donde se habla del motín campesino y la «fuerte represión» liberada por los agentes de la Benemérita contra los agricultores y los gitanos asentados en los alrededores. También, según apunta la investigación realizada por Miguel Caballero, ese atrevimiento por parte del poeta tendría mucha relación con su trágico final, más allá de su tendencia sexual.

El poema, es una crítica feroz a esa estructura social tan española en la que grandes propietarios de tierras terminan convertidos en verdaderos caciques que utilizan a la Guardia Civil para que les proteja a ellos y a sus propiedades. De ahí que parezca extraño que, viendo el lugar en el que deja a la Benemérita y a uno de los principales caciques andaluces, el “Romancero Gitano” se publicara en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera. La explicación más plausible es que vio la luz en “La Revista de Occidente” fundada y dirigida por José Ortega y Gasset, simpatizante inicial del régimen militar. Solo eso puede explicar que la obra superase la censura gubernamental.


ROMANCE DE LA GUARDIA CIVIL ESPAÑOLA

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.
 
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.
 
Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.
 
La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.
 
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.
Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.
 
La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.
 
¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.
 
¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
juego de luna y arena

De este duro poema existe una versión musicada con muchísima dignidad que nos llega de la mano de Vicente Pradal. A comentar el ritmo que imprimen las percusiones de la guitarra como imitación del galope de los caballos. La potencia de los momentos de silencio y recitativo en los que el oyente puede visualizar las escenas de salvajismo.

Como nota personal me permito indicar que en la parte recitada han desaparecido los siguientes versos:  

La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.

Casualmente la parte en la que aparece el nombre del cacique cuya familia todavía perpetúa el caciquismo en la triste Andalucía a la que no se deja levantar cabeza. Mi pregunta es: ¿Ha desaparecido el nombre del cacique para evitar represalias presentes contra quienes se atrevan a mentar la verdad? En esta españa triste, oscura, paseacristos y adora reyezuelos, todo, absolutamente todo es posible. Así no va.

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La vulva de Lucía vista por Lucas

Días después de que Lucía describiera su pene, Lucas no paraba de pensar en que también a él le gustaría describirle su vulva de un modo parecido. De ahí que ahora esté echado y mirándola entre las piernas abiertas de ella.

Primero la observa sin hacer nada. Es un ritual que repite siempre, como cada vez que se pone ante las Meninas de Velázquez para quedarse extasiado. Algo a lo que Lucía ha llegado a acostumbrarse, cierto, pero que al principio la hacía sentirse incómoda. No le agradaba estar con su sexo abierto y con Lucas frente a él como quien mira una película de Bergman. Todavía hoy no sabe qué hacer ni qué decir ante el silencio de su amante. De ahí que también observe sus maniobras.

Ahora siente como unos dedos firmes pero delicados lo abren, separan esa flor con pétalos de carne y nota la calidez de su aliento que, acariciándola, le habla con cadencia de adagio.

Verás mi amor, dice Lucas, En este momento diría que tu coño es la suma de diversas instantáneas de nuestras vidas: comienza casi de niña siendo la rajita que imaginé en la pubertad, cuando sabíamos menos que nada; es la vulva adolescente que tuve ante mí por un instante y se me escapó sin remedio; también es aquel sexo posterior temido, lejano, casi olvidado pero reconstruido cien veces en la memoria entre alivios solitarios. Y es este coño inconmensurable de cuya visión disfruto ahora…

Cuando te lo vi por primera vez al cabo de los años, y esto es algo que no te había confesado, me sorprendió —¡Cuánto difiere la memoria de la realidad! — No se parecía en nada. Tu coño real es infinitamente más hermoso que el recordado. Fíjate, Comienza en ese monte de venus tan carnoso y acogedor que tú cubres con un pelo ralo y suave. Un bultito delicioso donde juguetear pasándole la nariz y olisquear lo que esconde más abajo, donde se curva para dividirse en los labios externos, acogedores como toda tú, mi amor.

Mientras habla, su nariz copia a la palabra y pasa suavemente por el pubis mientras el aliento cálido que empuja cada palabra llega al centro de Lucía que cierra los ojos. Sin ser apenas perceptible, un ligero espasmo nace en su pelvis para empujarla un poco hacia esa boca deseada que acerca los labios sin apenas rozarla.

Dentro de ellos —continua Lucas—, otros dos labios más finos, no excesivos y casi simétricos, protegen lo más íntimo de ti. En la parte superior se unen como dos muñoncitos para cubrir la delicia de tu clítoris; debajo, como una puerta blanda, se entrecierran para esconder el vestíbulo de tu vagina voraz a veces. Permíteme…

Los dedos se ayudan ahora de una lengua blanda que da un lametón desde el perineo hasta el pubis emulando a Moisés y separando los labios internos que se acomodan como alas de mariposa desplegadas.

Si pudieras vértelo, mi amor —dice él desde una sonrisa que nadie mira—, no hay espectáculo más estético que éste, admirar cómo tu vagina se contrae; acercar mi nariz y oler ese sexo todavía limpio, pero ya sudado tras los avatares del día. No, no es desagradable, no pongas ese mohín, para mí es delicioso, mezclado con el olor y el sabor a Ti que emana de tu interior. Pocas cosas hay más excitantes que esta.

O ahora, mirando como esas alitas de carne se mueven como seres vivos si las soplo un poquito. Déjame que les dé calor. Permíteme que las despliegue de nuevo con mi lengua y sorba tu clítoris para agrandarlo, que se hinche y se me ofrezca. Déjame que introduzca mi lengua en ti para beber de tu elixir de hembra.

Lucía escucha cada vez de más lejos. La letanía de la voz de Lucas y esa boca que tan bien la conocen la van llevando al paraíso de Eros. Le es imposible permanecer inmóvil y libera a sus caderas para que se muevan buscando su ritmo, adaptándolo a esas caricias que poco a poco van sustituyendo a la palabra.

Lo que era lengua suave ahora ya es boca. Un animal sensible que engulle cada uno de sus labios, un animal feroz que mordisquea su pubis conteniendo la dentellada, una boca delicada que sorbe su clítoris hasta que le falta el aliento. Mientras el mundo desaparece siente como un dedo la penetra invitándola a abrirse. El animal se aparta y habla:

No sabría describirte lo acogedor de tu vagina, esa capacidad de abrirse y aferrar lo que encuentra hasta hacerlo suyo. Su humedad pastosa que lo suaviza todo, permitiendo que mis dedos jueguen en ella como un sustituto articulado de mi polla.

Poco a poco la palabra va dejando espacio al acto. Los movimientos de ella le invitan a seguir sin pausa. Aunque todavía tiene tiempo de degustar los labios mayores y lamerlos como a un helado tibio; permitirse apartar la cabeza para admirarlos en ese instante en que la excitación los lleva a hincharse como carrillitos de conejo. Decirle desde la distancia cuan hermosa es y cuan afortunado es él de poder beberla y degustarla del modo que lo hace.

Ya no hay descripción alguna. La boca de Lucas sabe que ahora Lucía le demanda un ritmo constante, que los dos dedos de la vagina no han de quedar inertes hasta alcanzar el orgasmo. Un instante siempre único que llega ahora en oleadas y en sonidos contenidos que cada boca emite a su modo. Lucas va parando, con la mayor delicadeza saca cada dedo y aparta su lengua del clítoris ya escondido.

Ya está cariño, dice mientras ella intenta apartarle la cabeza, ya te dejo tranquila, unos besitos suaves, así, suave, déjame que me quede mirando, déjame que te siga degustando desde mis ojos…

Ella sonríe y desde allá arriba le dice: “Te quiero”

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Lucía y la asimetría de los labios de su sexo

Dedicado a todas aquellas que sufren por no ser el estándar esperado y que, para colmo, se castigan por tener peculiaridades que las convierten en únicas a los ojos de un buen amante.

Nos gusta mucho el juego, forma parte de una máxima personal que definimos del siguiente modo: “somos de poco follar, pero de mucho sexo”. Entendiendo por sexo un juego con etapas, pero sin meta alguna y durante el cual nos encanta charlar y reír.

Ayer fue uno de esos días. Estábamos tendidos, ahítos de comernos, y nos dio por ponernos confesionales. Bien, ella lo hizo. Me confesó cuánto le había costado abrirse de piernas frente a mi cara sin sentir vergüenza de su vulva.

Me sorprendió, claro, pensaba que el único que había tenido complejo con sus atributos sexuales había sido yo, algo que habíamos comentado entre risas muchas veces. Y ahora me salía ella diciéndome que se avergonzaba de esa maravilla que degusto una vez tras otra como el más rico de los manjares.

Así, echados, y mientras mi mano se perdía entre los labios de su sexo cálido y húmedo, me lo contó todo: Siento mucha vergüenza de lo asimétricos que son los labios internos de mi vulva, soltó a bocajarro, uno me cuelga mucho más que el otro y es horrible… Me quedé estupefacto, pero preferí dejarla hablar. Si a mí me había sido de tanta ayuda confesarle lo jodida que fue mi adolescencia por el poco tamaño aparente de mi polla, imaginé que a ella le haría el mismo bien.

Me confesó de cuando era joven, la de muchachos con los que había renunciado a intimar por culpa de ese problema; cómo a lo largo de la vida siempre hizo esfuerzos por disimular eso que ella consideraba una monstruosidad anatómica y también la de veces que había negado la posibilidad de un cunnilingus para no tener que abrir su sexo frente a un hombre. Mientras me contaba sus cuitas me entró una ternura tan grande que la abracé con fuerza. Ella continuaba liberándose de su pesada carga explicándome los distintos fracasos con otros tantos amantes y de cómo su baja autoestima había tenido mucho que ver en ello.

Cuando terminó de contarme y sin dejar de acariciarla, hablé yo.

Ante todo, gracias, Lucia, le dije. Gracias por desnudarte ante mi y hacerme partícipe de tu complejo. Te juro que no tenía ni idea. Yo, que pensaba que en esta cama solo había un tonto y resulta que ambos lo somos. Jodiéndonos la vida por siquiera un par de centímetros; en mi caso de falsa hombría y en el tuyo por la asimetría en una pequeña parte de tu precioso sexo. Pero es que hay dos cosas que no pareces entender: Una es que la inmensa mayoría de coños, y he visto algunos, son asimétricos, sobre todo sus labios internos; y la otra, cariño, es que los hombres nos dividimos en dos grandes grupos: Los que cuando os ven apenas vislumbran en vosotras algunos agujeros acogedores donde meter su trocito de carne y los que, como me sucede a mí, idolatramos cada parte de vuestro cuerpo, sobre todo la absoluta belleza de vuestro sexo. De los primeros no hace falta hablar, habrás conocido a alguno y te habrás dado cuenta de que ahí, ni se asoman; de los otros, entre los que me incluyo, puedo garantizarte que jamás escucharás una mala palabra de esa parte de vuestra anatomía.

Mientras le hablaba me fui deslizando hacia abajo, ubicándome entre sus piernas y poniendo mi cara frente a su vulva para darle un lametón largo y salival que separó ambos labios, dejando a la vista la entrada de su vagina y poniendo en evidencia la causa de su complejo. Mira que bonitos son, le hablaba mientras sorbía el más pequeño; es precioso, sentencié luego de dejarlo en libertad. A continuación, sorbí el otro, con más deleite si cabe y canté sus excelencias como un trovador le cantaría a su amada. Es tan hermoso tu coño, le decía poniendo una nariz ariete en la entrada de su femineidad: su color, su olor, su sabor, la textura de tus fluidos de hembra madura.

Mientras me lo comía de nuevo para sentirla vibrar frente a mi cara le explicaba cuán poco importante era esa carnecita de más. Cuanto más hermoso se convertía su sexo gracias a esa particularidad y cómo esa telilla suave de carne jamás podría eliminar su visión global, hermosa e irrepetible: el monte de venus carnoso y cubierto de pelo ralo, el capuchón de piel que escondía la perla valiosa de su clítoris, la entrada dentada y absorbente de su vagina y la visión completa de esos labios externos, hinchados ya por la excitación.

Tuvo un orgasmo comedido y largo, como mi deseo hacia ella.

Luego nos callamos, la abracé por la espalda y me dediqué a sentir cómo su respiración se calmaba e iba entrando en la somnolencia pacífica que viene tras la crispación del orgasmo.

Pensaba en ambos. Pensaba en tantos y tantas que hemos perdido los mejores años de nuestras vidas escondiendo pequeñas diferencias anatómicas que nos igualan a los demás. Pensaba en cuánto daño provocan las pornografías manipuladas y la falta de verdaderas educaciones sexuales en el hogar y en las escuelas. Pensaba en qué sociedad tan enferma conformamos que somos capaces de trivializar las violencias más salvajes mientras escondemos como pecado lo que es tan natural y necesario. Pensaba… pensaba…

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Brujas yendo al Sabbath

Qué puede haber más vivo que ellas. Si algo nos llena es la transgresión, caer en el pecado, olvidar la inútil virtud y entregarnos a la fornicación, al conocimiento carnal del otro, al contacto y la caricia. Degustar todo aquello que nos regaló Dios para negárnoslo después envuelto en la absurda premisa del pecado.

Líbrame pues Señor del Averno de cualquier virtud y hazme conocedor de cada centímetro de su intimidad para que el goce mutuo nos eleve hasta ti.

Tú, que venciste a Dios en mil batallas, eres el Señor de la Creación, pues sin apenas esfuerzo te apoderaste de cada una de las virtudes para convertirlas en gozosos pecados a los que el Hombre se entrega con amor y deseo.

Tú, que nunca has necesitado el miedo para conseguir que los seres libres te sigamos, líbranos del mal influjo de los falsos dioses que se atribuyen el Todo siendo ellos Nada.

Señor del Averno, me entrego al placer como a un sacrificio necesario para alcanzar tu gloria. Beberé de sus bocas, de las fuentes de sus pechos y del ansiado origen de su sexo. Desde aquí y ahora me comprometo a someterme y a someterlas a los más extraordinarios placeres que seamos capaces de infligirnos. Y todo en tu nombre, amado nuestro.

Que se cumpla tu voluntad.

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San Valentín

¿Sabes una cosa mi amor?
Prefiero que me busques en los otros trescientos sesenta y cuatro. 
Y si todavía te falta algo, 
que juguemos al cíclope las seis horas restantes.
Hoy, descansemos,
dejemos paso al tedio de los otros.

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(de mi para ti)
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Thérèse soñando – Balthus

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Si deseara parafrasear a Humbert Humber empezaría diciendo: “Thérèse, luz de mi vida, fuego de mis entrañas…” Pero como podéis imaginar, ni soy él ni mi intención es copiarle.
Solo soy, y en eso sí coincidimos, víctima de una Lolita llamada Thérèse, otra nínfula con cuerpo de adorable criatura que esclaviza a quien la conoce, impidiéndole, además, liberarse de la conciencia del pecado. Ese soy yo ahora, un pecador irredento que bebe los vientos por esa criatura que conseguiría de mi lo que deseara.
Pero qué puedo hacer yo cuando se presenta en mi estudio y se sienta frente a mí de ese modo, con las piernas entreabiertas mostrándome las bragas sin pudor alguno; levantando los brazos e insinuándome sus incipientes pechos de los que bebería la leche y la miel que desearan darme.
Y ella lo sabe. Desde su falsa inocencia Thérèse se muestra, se insinúa, se ofrece como la fruta a la que apenas le quedan unas horas para llegar al punto óptimo de maduración.
Si fuera cristiano, ella sería Eva ofreciéndome la manzana. Pero soy un pintor descreído y mi Eva es Thérèse afreciéndome su sexo de mujer inacabada, pero completo en su capacidad tentadora.
Mis amigos —no todos claro— me definen como un “vicioso”, pero cuando los observo mientras miran el cuadro, pudo percibir cómo sus lenguas se relamen por detrás de los labios entrecerrados. Y es entonces que aparece la sutil diferencia entre ellos y yo. Y aparece la pregunta sobre quién es peor, yo que no escondo mis deseos a pesar de no complacerlos, o ellos que bajo ese disfraz moralista le harían todo lo que mi deseo coarta. La respuesta es obvia: a los ojos del mundo ellos son las buenas gentes y yo la maldad. Y es así que se constata que lo que cuenta en este mundo hipócrita no es la verdad, sino la apariencia.
Pero no me importa. Yo soy quien soy y jamás esconderé a los ojos de los demás lo que mis ojos ven y plasman en el lienzo. Y así como esas buenas gentes, iconos de la cúspide moral, babearán por cada niña o mujer que se ponga frente a ellos, yo permaneceré fiel a Thérèse y a esa candidez preñada de sensualidad que la acompañará por siempre.

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Cançó del vell mariner

Vet aquí la mar, barqueta.
de nit, que no bufi vent,
deixarem la platja quieta,
i farem proa a ponent.

Més enllà de les balises,
lluny d’esculleres i ports.
Sota el cel lluent d’estrelles
comptarem els meus amors.

La primera, menudeta,
Que se’m obrí com les flors.
La segona jove i fresca
M’omplí de vida el meu cor..

La tercera una sorpresa
Desig bonic i madur
La quarta, tot passió encesa
il·lusió del meu futur.

Ara sol, sen se cap d’elles,
mentre solqui el mar faré
un farcell de records d’elles,
lligat amb tot el seu bé.

I al final, en mig del mar
L’abocaré amb les vivències
Fins quedar-me buit del tot
A la espera de trobar-me
Amb la última: la Mort.
He aquí la mar, barquita.
De noche, que no sople viento,
Dejaremos la playa quieta
Y pondremos proa a poniente.

Más allá de las balizas,
lejos de escolleras y puertos.
Bajo el cielo reluciente de estrellas
contaremos mis amores.

La primera, menudita,
Que se me abrió como las flores.
La segunda joven y fresca
Llenó de vida mi corazón.

La tercera una sorpresa,
deseo hermoso y maduro.
La cuarta, pasión encendida
Ilusión de mi futuro.

Ahora solo ya y sin ellas,
mientras surque el mar haré
un hatillo con sus recuerdos,
anudado de su bien.

Al final, en medio del mar
Lo derramaré con las vivencias
Hasta vaciarme del todo
A la espera de encontrarme
Con la última: la Muerte
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En la tardor… (Cançó)

En la tardor càlida
Ella i ell es van trobar.
Com si res, casualitat
L'un d’aquí, l'altre d'allà.

Tot i els anys i els desencants.
Tot i els mons tan divergents
I les vivències distants
Va néixer un nou sentiment.

La llavor de l’amistat.
Treballada des d’el joc.
Regada amb complicitat
Donaren un fruit: L’amor.

aprenents encara avui
Habiten un paradís
On gaudeixen del bell joc
Innocent, senzill i fort.

Un camí sen se destí.
Un espai il·limitat.
Un món subtil on sentir
El que van perdre al passat.

La llavor de l’amistat.
Treballada des d’el joc.
Regada amb complicitat
Donaren un fruit: L’amor.

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Razón o emoción (Ciencia versus Espíritu)

Si hago una retrospección de mí mismo llego a un momento de mi vida en que todo me parecía estar sujeto a los dictados de la ciencia. Cualquier cosa era demostrable a través de las Matemática, la Física, la Química… Los sentimientos no era más que una bioquímica específica del cerebro que según anduviera de reacciones te llevaba a amar, sentir celos, odiar, ser corroído por la envidia; la Música no era sino una estructuración formal de un lenguaje el cual, llevado de la mano del experto, podía hacerte escuchar las melodías más bellas o las más dolorosas disonancias. Lo mismo sucedía con la Literatura, la Pintura… el Arte en general.

Ese era yo entonces.

Después, a media que abandonaba la juventud —ese tiempo de absolutos— y entraba en la madurez, me descubría a mí mismo cuestionándome ese pensamiento y dándome cuenta de que si esa era la realidad objetiva, la percepción del mundo tenía matices. Matices que estaban ahí para que las mentes abiertas los percibieran, comprendieran y les dieran forma.

Porque si es una realidad que el concierto para violín de Tchaikovsky “sólo” son unas figuras sobre un papel —un lenguaje como cualquier otro—, también lo es que al escucharlo interpretado por distintos violinistas recibimos percepciones muy diferentes de unos a otros. Entonces, si hablamos de un simple lenguaje, algo tangible, cómo es posible que puedan ser expresados de una manera tan distinta. Y no solo eso, si la realidad de esa partitura es la que es y su construcción se basa en algo formal, cómo es posible que solo haya existido un Johannes Sebastian Bach, un solo Ludwig Van Beethoven o un único Tchaikovsky.

Pensamientos como ese me llevaron a darme cuenta de que mi visión de la Realidad se tambaleaba. Porque, si sucedía eso con la música, cabía la posibilidad de que esa bioquímica que nos moldea, idéntica para todos los humanos, dejara un espacio, por pequeño que fuera, a una extensión más amplia, a algo que, no encontrando mejor nombre, podríamos llamar: espíritu. Una variante de cada cual en la que las percepciones cambian y se reconstruyen de distinto modo a partir de cualidades como la Pasión y la Sensibilidad.

Imaginad un atardecer rojizo, con un sol mortecino en el horizonte y antes de desaparecer tras el mar en calma ¿Es poético, os transmite alguna cosa? Un escritor se lanzará a describirlo con palabras que os emocionen, un pintor sacará su paleta para plasmar su visión personal de esa imagen y un músico perseguirá armonías que os lleven a llenar más los pulmones.

En cambio, esa misma escena, vista sin emoción alguna solo nos mostrará un efecto de la Dispersión de Rayleigh y se nos definirá como “un fenómeno óptico que se refiere a la dispersión de la luz causada por las moléculas del aire, y se puede ampliar a la dispersión por partículas de hasta aproximadamente una décima parte de la longitud de onda de la luz que ocurre cuando la luz viaja por sólidos y líquidos transparentes, pero se ve con mayor frecuencia en los gases, poco antes del amanecer o algo después del atardecer”.

Se ve entonces que el artista y el científico, todo y que sus vías de comunicación son antagónicas, nos hablan del mismo atardecer y en ambos sus descripciones son ciertas.

Es entonces que el cuadro “terraza del café de Arlés por la noche” de Vincent Van Gogh sea mucho más que colores en un lienzo…. Es entonces que las esculturas de Miguel Ángel se convierten en algo más que mármol tallado… Es entonces que el Liebestod (la muerte de amor de Isolda, del drama Tristán e Isolda de Richard Wagner) sea muchísimo más que notas frías en un papel que un instrumento, a partir de la vibración del aire y sus correspondientes armónicos convertirán en sonido… Es entonces, para terminar, que los versos de Pablo Neruda:

He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta

Describen más pasión que la propia bioquímica del sentimiento. Porque todas y cada una de ellas, naciendo de conocimientos técnicos que forman parte del mundo de la razón, viajan más allá hasta entrar en lo espiritual e intangible a través de cualidades como: pasión, amor, sensibilidad…


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Dialoguemos

Los diálogos son un tema farragoso en una obra. Se lo digo siempre a Maite pero ella, ávida lectora, me manda a la mierda y sigue a lo suyo. A pesar de su desinterés y, porque no decirlo, de su mala educación, sigo sentado a su lado y le transmito mis sensaciones, mal que le pese. Mira, aquí tenemos un dialogo absurdo. Te leo:

“
—¿Quieres café?
—Sí.
—¿Dos terrones?
—solo uno.
—Aquí tienes.
—Gracias.
—De nada.
”

Maite ha levantado la mirada y me ha dicho que no encontraba nada raro, era el diálogo típico entre una pareja, Sí, claro, le he respondido, el mismo diálogo que podemos tener tú y yo o cualquier pareja que ande por el mundo un mediodía de domingo en la sobremesa ¿Y? Ha inquirido ella como sin comprender, Pues que no aporta nada a la historia, como no sea que el autor se ha cepillado siete líneas más de novela, ¿Qué debía haber hecho, poner acotaciones de narrador? Sí, claro, esa es una posible solución, he respondido, pero entonces te puede suceder que caigas del lado contrario y que, además de no aportar nada, conviertas el diálogo en algo tan lento como una película de Bergman.
Imagínate esto, me lo invento:

“
—¿Quieres café?  —preguntó él mientras regalaba una sonrisa a su compañera en aquella hermosa tarde primaveral de mediados de mayo.
—Sí    —respondió ella mirándolo a su vez con los mismos ojos de enamorada que el día que se casaron.
—¿Dos terrones? —preguntó él a pesar de conocer sus gustos. Solo por escuchar su voz era capaz de quedar como un inútil
—Solo uno —respondió ella con un tono recriminatorio que no escondía una más que visible admiración por él.
—Aquí tienes —dijo él mientras le acercaba la taza de manera que ella no tuviera que hacer esfuerzo alguno. Cuidarla era uno de sus más abnegados trabajos.
—Gracias —respondió ella con una entonación que no escondía el amor que sentía por su amado.
—De nada —concluyó él mientras clavaba sus ojos en los de ella, en un bendito momento de amor con tintes de eternidad.
”

Y podría seguir, pero para el ejemplo ya sirve. Me ha dado la razón y por fin, tras la coincidencia, hemos podido dialogar nosotros sobre los pros y contras, los límites y excesos de dicho recurso narrativo. Ella, como viene siendo normal, ha aportado su granito de arena: Es como cuando te encuentras cosas como de este estilo:

“
—¿Sería de tu agrado un café, cariño, está hecho con todo el amor del mundo?
—Nada sería más de mi agrado, amor mío. Me siento tan cuidada por un hombre tan amoroso como tú.
—¿Deseas que te eche dos terrones para endulzarlo convenientemente?
—¡Dios me libre! Con uno bastará que no desearía perder el atractivo que tanto te seduce desde que nos conocemos.
—Toma, pues, mi cielo, aquí lo tienes, preparado con todo el amor del que es capaz este amante que viviría postrado a tus pies…
”

No la he dejado terminar. Nos hemos echado a reír como si mil dedos nos hicieran cosquillas. Cuando se nos ha pasado hemos continuado la conversación inicial y lo poco que se cuidan ciertos detalles en la narrativa actual. Y dado que estábamos manejándonos en aquel diálogo tan vacío como absurdo, hemos seguido jugando con él.

¿Cómo podríamos mejorar ese mismo diálogo sin siquiera tocarlo?, he preguntado yo al aire. Ella, después de cogerme el libro y aislarlo del resto de la narración ha aportado una primera idea. Imagínate, me ha dicho, que esa pareja está enfadada y en crisis. Apenas necesitarías cuatro frases para darle un sentido y una intención. Verás:

“
Llevaban más de media hora en una calma que no presagiaba nada bueno.
—¿quieres café? —ofreció él.
—Sí.
—¿Dos terrones?
—solo uno —respondió ella sin entender que todavía no supiera sus gustos.
—Aquí tienes.
—Gracias.
—De nada.
El tintineo de la cucharilla llenó de sonido el inmenso silencio que había entre ambos.
”

O imagínate, he dicho yo, que estamos ante una escena en la que habrá un asesinato. Podíamos escribir lo siguiente:

“
Él no paraba de mirarla de reojo. No parecía sospechar nada. Era el momento.
—¿quieres café? —dijo levantando la cafetera que acababa de preparar.
—Sí.
—¿Dos terrones?
—solo uno.
—Aquí tienes —dijo mientras le ofrecía la taza que iba a cambiarlo todo.
—Gracias.
—De nada.
Se quedó mirándola, con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios.
”

Y así hemos estado un buen rato, readaptando el diálogo vacío hasta darle distintos sentidos: cómico, alegre, lúgubre, terrorífico, policiaco… después, como si hubiéramos jugado a vestir y desvestir muñecas, nos hemos echado en la cama y hemos hecho el amor dulcemente, en silencio, tal y como a veces deberían escribirse algunos diálogos.

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