Posible comienzo de Pertegás

Me planteo la posibilidad de que la segunda parte de la trilogía de Diego comience con el diario que escribirá el pintor a partir de los consejos del doctor Cuixart, su psiquiatra. Podría ser algo como lo que sigue:

27 de mayo de 2015
Te perdono mamá. Perdono todo el mal que me hiciste. Perdono a la amante de nombre María y a la madre exclusiva y excluyente. Perdono a la mujer dicotómica que llegó a convertirme en quien fui y, por extensión, en quien soy y seré, muy a mi pesar. Pero hoy por fin puedo escribir en este cuaderno que me acompañará desde ahora estas tres palabras: «Te perdono mamá».
Ha debido pasar casi una vida. He tenido que dejar un reguero de cadáveres y pasar aquí cinco años encerrado para que el doctor Cuixart, por fin, me hiciera ver que Diego no es un psicópata.
Hoy, principios de mayo del 2015, por fin he podido perdonar a mi madre. MADRE… Madre… por fin puedo llamarla «madre», liberada de toda la connotación sexual que la convertía en María. Madre, mamá, cuánto daño me hiciste sin saberlo. Cuánta violencia bebí de ti sin desearla.
¿Qué podía hacer un niño más que seguir los dictados de su madre? Era apenas un bebé que fui encerrado en el caserón de Galicia. Crecí sin otro referente ni tuve otro conocimiento carnal que el tuyo. Y a pesar de ello me he reinventado. Reconvertí mi mente hasta poder regurgitar todas las vivencias y, como haría un rumiante con el alimento, digerirlas de nuevo sin la pátina de odio y dolor de que estaban envueltas.
Soy otro Diego. Poder perdonarte es una evidencia de ello. Poder nombrarte con la correcta nomenclatura también. Por eso ahora puedo decir que no existirá más Raúl Ouso, ni retornará de nuevo Diego Kardos. Lo que fue mi origen, aquello que me forjó, desaparece hoy para dar lugar a un nuevo Diego (sin más) que se constituye en ave fénix para renacer de sus cenizas.
No sé que volveré a ser. Pero soy consciente de que un nuevo núcleo ha comenzado a crecer en mi interior. Si fuera música mi corazón latiría con tiempo de bolero y sería el tambor de la inefable obra de Ravel, mi vida su tema y mi futuro el desarrollo que el genio hizo a lo largo de la obra.

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Despidos y caídas de sistemas informáticos (un resumen necesario)

A las pocas horas ser despedido de la empresa del sector del recreativo donde trabajaba, dejó de funcionar todo el sistema informático.
Al ver aquello, los responsables de echarme, montaron en cólera ya que pensaron que todo había sido una maniobra mía para hacerles daño.
Así comienza la historia, Ahora llega la verdad.

En los días siguientes los encargados de sustituirme —gente a la que yo mismo había dado las premisas de funcionamiento de las dos bases de datos replicadas que allí se manejaban—, fueron del todo punto incapaces de volver a poner en marcha el software y la empresa se vio en la necesidad de partir de cero y reprogramar todo de nuevo. Eso generó, como no podía ser de otro modo, que dicha empresa interpusiera una demanda contra mí por delito informático. Todo ello basado en los estudios de risa que prepararon aquellos pretendidos profesionales.
No negaré que desde el primer momento me partí de risa, pero solo por ver la infinita estupidez e incompetencia de quienes se suponían técnicos cualificados y la todavía peor elección de personal realizada por quienes iban a echarme. Aunque esto último es normal pues aquellas pobres criaturas nunca supieron cuál era el nivel de complejidad del trabajo que yo realizaba.
Pero si por un lado me pareció divertido, por el otro me sentí insultado al ver que aquella gerencia, tan chulesca y endiosada, me creía tan estúpido y mal profesional como para realizar tal chapuza: echar abajo la gestión informática de la empresa ¿Qué clase de incompetente se pensaban que era yo? Si hubiera querido hacerles daño de verdad hubiera actuado al cabo de muchos meses y de manera muchísimo más destructiva copiando su comportamiento. Porque si a alguien le leen y airean sus correos corporativos y privados, y le siguen con detectives para inmiscuirse en su vida privada —todo por atreverse a presentarse a delegado sindical—. Imaginaos lo que puede hacer dicho individuo, con poder para tener y gestionar TODA la información de la empresa, si decide pagar con la misma moneda y la sacar a pasear …
Pero para actuar con tal hijoputez uno debe tener la misma hijoputez y amargura. Y qué queréis que os diga, preferí más ser feliz que acercarme a su bajeza y no hice absolutamente nada. No me apetecía provocar infartos.

Y si no hiciste nada, ¿cómo es posible que cayera todo el sistema informático?, os preguntaréis. Pues esa es la última parte de mi confesión. Y la más graciosa de todas. Y la que les hizo ganar un buen dinerillo a unos cuantos listos que se hicieron los tontos para sacarles el dinero a los tontos de verdad.
Veréis, cuando despiden al informático de la empresa echan a alguien que está en posesión de todas las palabras de paso de todos los servidores y programas. Lo cual significa que mientras los conozca, tiene acceso a entrar en todas y cada una de las máquinas. Dicho esto ¿Qué hicieron mis sustitutos? Pues lo que hubiera hecho yo en su mismo caso: darse toda la prisa posible en cambiar TODAS las palabras de paso de Todos los sevidores: correo, ofimática, Internet y de SQL Server…
Hasta aquí parece todo correcto, ¿cierto?, pueso no, porque como dije al principio, hablábamos de: “…dos bases de datos …”. Ninguno de aquellos técnicos pensó que la OTRA base de datos de entorno carácter (conocida como PICK D3) también tenía su tarea en el servidor y también era necesario cambiarle la palabra de paso. Pequeñísimo detalle que provocó que al descargar las recaudaciones que traían los recaudadores,  el software encargado de la replicación se encontrara con que una de las llaves estaba equivocada y se negara, como no podía ser de otro modo, a abrir la puertecita que realizaba las actualizaciones pertinentes. Lo que generó que después de varios intentos (time Out) devolviera un error y se quedara a la espera de que alguien CAPAZ lo solucionara.
Y es en esa simple tontería donde reside la caída estrepitosa de todo un sistema informático, en la incapacidad de cambiar una simple palabra de paso y la prepotencia de no haberme hecho caso durante las explicaciones dadas a quienes me iban a sustituir. Aunque vete a saber si no fue una maniobra planificada para sacarles el dinero. Pero  esto es solo una elucubración personal y sin fundamento, del mismo nivel que los estudios que presentaron en el juzgado para demostrar mi pretendida culpabilidad y esconder su incompetencia.

Sí, sé que todavía queda pendiente una pregunta: ¿Por qué dos bases de datos? Por una sencilla razón, porque uno de los gerentes solo sabía moverse en la consulta de clientes del sistema antiguo. Básicamente por eso.

Ahora, pasado suficiente tiempo, creo que debía la explicación de aquellos hechos a quien desee conocerlos —también a mí mismo— . Ya he cumplido. Solo me resta agradecer aquel despido, pues representó la posibilidad de disponer del tiempo necesario para poder escribir, algo que ha posibilitado a su vez que mi primera novela viera la luz. Vaya desde aquí un inmenso “Gracias” y una sonrisa en recuerdo de tanta estupidez.

NOTA: No negaré que todo esto me hubiera gustado explicarlo ante el juez. Dejar en ridículo a todo el mundo mirándoles a los ojos. Sobre todo por la bajeza que representa leer los correos privados de una persona —tanto quien los pirateó como quien pidió que se hiciera y después los enseñó a quien deseara verlos. Pero por desgracia no encontraron a ningún perito de PICK D3 que les diera la razón en todos sus despropósitos y el proceso se desestimó. Lástima.

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Entre Dios y la locura (Cuento casi bíblico)

Mamá tenía razón cuando me decía papá está raro, lleva un tiempo que parece estar en otro lugar, e incluso a veces parece que hable solo. Yo entonces no le hacía caso. A diferencia de otros muchachos de la aldea, siempre me he sentido muy vinculado a él: trabajamos el campo juntos, juntos cuidamos a los animales y el poco tiempo libre que Dios nos da lo dedicamos a repasar las Escrituras.
Por más que intenté explicárselo no había modo de hacérselo entender. Y era inevitable que, de tanto en tanto, me cogiera del brazo y me arrastrara hasta donde estuviera él. Mírale, solía decir, ahí lo tienes, mirando por el ventanuco a ninguna parte y hablando con la noche.
Pero si mamá vivía empecinada en lo suyo, yo no dejaba de reiterarle una y otra vez que lo que ella creía soliloquios de enfermo no eran otra cosa que rezos; una comunicación con Dios que ella, como mujer, tenía negado entender.
Pero como dije al comienzo, y si nada cambia, mamá habrá tenido razón. Y a mí me habrá costado tanto darme cuenta que tal vez sea ya demasiado tarde. Y mira que debía haberlo imaginado cuando hace unos días me dijo que debía acompañarle a ofrecer un sacrificio al Señor. Es el tiempo de las mieses y no podemos dejar que se pierda la cosecha, moriríamos de hambre. Así se lo hice ver, pero él, al igual que hace siempre, me contestó que así lo quería Dios.
Hoy, que andábamos por el tercer día de deambular montes, todavía no nos habíamos provisto de ningún cordero. Yo, hijo obediente, no abría la boca —Cómo un hijo va a ofender a su padre cuestionándole sus actos—, pero viendo que ya habíamos dejado atrás el asno, quedándose a cargo de los dos hombres que nos acompañaban, y ascendíamos la montaña, me he atrevido a preguntar: Padre, cómo es que hemos recogido leña, llevamos los enseres y el cuchillo ceremonial pero no hemos traído ningún cordero. Él, con el semblante serio, ha seguido en sus letanías sin responderme.
Ahora, ya en la cima, me ha ordenado tumbarme sobre el altar de piedras que he construido y me ha dicho que Yahvé le ordenó ofrecer a su hijo Isaac en sacrificio en vez de un cordero. Yo, hijo obediente y siervo de Dios, he debido aceptar sus designios y me he tumbado a esperar sin entender otra cosa que la llegada de algún ángel que me salve…

Interludio

No es normal que un narrador se inmiscuya en su relato. Pero en este caso es necesario que quien cuenta desee dejar al amigo lector la posibilidad de elegir entre dos finales. No por un banal narcisismo que demuestre mis capacidades narrativas, ellas son las que son y no hay más oficio. Es más bien porque incluso a mí me invade la duda de cuál de las dos posibilidades planteadas pudieran haber sucedido en ese improbable episodio que os transmito.
Dicho esto, que vengan ya esos dos desenlaces.

Desenlace uno

El tiempo pasa y pienso y cuestiono y dudo, cada vez más. Percibo que llega la hora y no aparece ningún ángel. Ni siquiera Dios, ese dios al que tanto hemos rezado, se decide a aparecer y detener esta locura. Ahora, en este sublime instante de la muerte, solo veo a un anciano loco llamado Abraham que levanta un cuchillo feroz hacia el cielo.
Y solo veo el resplandor de la muerte que centellea en su hoja.
Y solo veo que ya nada vaya a suceder salvo lo inevitable.
Y lo estúpido de mi fe.
Y su locura.
Y zas.

Desenlace segundo

El tiempo pasa y pienso y cuestiono y dudo, cada vez más. Percibo que llega la hora y no aparece ningún ángel, ni siquiera Dios ¿Dónde esta ahora ese Dios al que tanto hemos rezado? ¿Forma parte del alma enferma de quien es mi padre? Si ello es así es que no hay tal Dios de bondad y que mamá tenía razón, siempre la tiene. Siempre es ella la que nos lleva adelante, la que trabaja, la que sufre, la que soporta los exabruptos de este monstruo llamado Abraham al que yo, pobre estúpido, llevo escuchando desde que tengo uso de razón.
Y apenas me queda una posibilidad tras el centelleo de la hoja del cuchillo.
Y apenas me queda tiempo de coger una piedra antes de lo inevitable.
Y parar esta locura.
Y zas.

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Nunca te fíes

La editorial La Fragua del Trovador, como viene siendo habitual en los últimos años, ha convocado su nuevo concurso de relatos: “Palabras contadas”, en el que, como premisa, está la de que los escritos deben empezar por una frase propuesta. La de esta convocatoria es la siguiente: “La puerta chirrió”.
Preparé un total de tres relatos de los que escogí uno para el concurso. Los otros dos son éste y el que publiqué en otra entrada anterior.
Espero que os gusten.

 

La puerta chirrió al abrirla. Que lo hiciera no era algo nuevo. Que eso sucediera a la hora en que todos estaban en casa significaba algo desconocido hasta entonces.
Siguieron cenando. No se escuchaba ningún otro ruido que obligara a dejar de hacerlo. Los niños se sirvieron algo más de carne, Berta sirvió un vaso de vino a su marido y él, con una sonrisa, preguntó cómo había ido el día de forma genérica. Eran una familia unida y dedicaban la hora en la que podían compartir mesa para hablar de los logros de unos y de los problemas de otros.
No eran conscientes de la sombra que acechaba en la oscuridad que reinaba en el pasillo anexo —Es sabido que desde las sombras es fácil ver donde está la luz, mientras la situación inversa es imposible—. Amparada en esa ventaja La sombra planificaba las acciones futuras: saldría blandiendo el machete, amenazaría con causar daños irreparables, ataría y amordazaría a los cuatro miembros y se llevaría lo que pudiera haber de valor en la casa. A priori, un plan infalible.
Como si deseara respetar el evento familiar, La sombra permanecía en silencio. Pero no era esa la causa, la realidad es que aun se preguntaba cómo era posible que tras el escándalo producido por la puerta —un ruido tan infernal que a punto estuvo de hacerle desistir de sus intenciones—, nadie se hubiera alertado. Habrá sido una percepción mía llevado por el miedo a ser descubierto, se dijo para calmarse. A pesar de todo, tenía un pálpito incómodo en la boca del estómago. Lo obvió y permaneció agazapado, escuchando. La necesidad vence todos los miedos.
Desde el comedor le llegaban unas risas. Quien parecía ser el cabeza de familia acababa de contar algo que desató las carcajadas del resto. La mujer, sin abandonar todavía la sonrisa le miraba a él con admiración y a los dos pequeños con ternura. Los niños jugueteaban con los cubiertos mientras contaban cosas de la escuela: el tal no sabía la lección, la cual me ha tirado del pelo, la profesora ha castigado a éste o al otro… daba hasta pena ir a romper una magia familiar que a La sombra siempre le fue vedada. Cuan distinta su infancia de la de aquellos pequeños, casi le daba pena hacerles pasar el mal rato que llegaría en breve.
Cuando la cena parecía a punto de terminar y antes de que la familia se levantara a recoger la mesa y se disgregara el grupo, La sombra decidió actuar. Salió de su escondrijo blandiendo el machete como la batuta de un director de orquesta y gritando:
—Venga, vamos, todos en pie y de espaldas a la pared si no queréis que esto se convierta en un baño de sangre.
Se hizo el silencio. Los cuatro ocupantes de la mesa miraron al intruso con cara de sorpresa pero nadie se movió. Por un instante la escena se convirtió en fotografía congelada en el tiempo. Nada se movía, ni las motas de polvo se atrevían a dar la cara.
Fue entonces que La sombra comprendió la causa de su pálpito de antes. Fue entonces que vio asomar el cañón de una escopeta de entre las piernas del hombre. Fue entonces cuando sintió cómo una hoguera se le incrustaba en las entrañas y cayó al suelo quedando sentado contra la pared del fondo. Fue entonces que descubrió, para su desgracia y la de su familia, cuál iba a ser su futuro inmediato. Fueron necesarias las palabras del hombre para que la realidad cayera como una losa.
—Veis hijos, en tiempos como estos, cuando la crisis acecha, no podemos desperdiciar ninguna oportunidad de conseguir alimento. Y este espécimen, contando por lo bajo, nos servirá para una semana entera. Hemos estado de suerte.

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La cura de la tontez

Mira, yo hasta hace poco era muy tonto. Pero un Tonto con guirnaldas, Tonto con balcones a la calle y con toda la luz del sol. Era Tonto de los que vamos a donde van todos los Tontos, que es al mismo lugar y a la misma hora para hacer las mismas cosas.
Ahora sigo siendo tonto, claro. Eso no es curable cuando eres un humanito de a pie de los que no salimos en los libros ni nos hacen fotos por la calle. Pero con buena profilaxis uno mejora. Veréis:
Primero dejé de ver Tele 5 y leí cositas suaves del estilo de “los pilares de la tierra”. Un best seller siempre es digerible.
Después abandoné de forma definitiva antena 3 y ya me vi capaz de enfrentarme a libros escritos por Kundera y otros.
Gracias al PP fue fácil desintonizar de manera definitiva con la televisión pública. Eso me llevó a descubrir que había tipos como Murakami, Auster…
De CUATRO me echaron, lo reconozco. Su programa de las mañanas era de una dignidad tan grande que no es de extrañar que defenestraran a unos profesionales de tanta categoría. No son lo que merece el Tonto. Y con ese tiempo ganado pude releer hasta el éxtasis a gente como Gabriel García Márquez o descubrir la inmensa genialidad de Saramago (ese genio convertido en mujer por mor de ministro Tonto).
Hace poco desperté del embrujo de la SEXTA. Verle los cuernos al farreras y la maldad a la pastor le hacen salir a uno de una pesadilla de la que pensaba no estar formando parte. Y eso me ha llevado a redescubrir a Russell y a mirar por la ventana y ver que por encima y alrededor de toda las mierdas aparecen florecillas en primavera.
Ahora solo me queda esperar a que la Izquierda de este estados borbónico se dé cuenta de que solo les queda la vía del entendimiento si no quieren acabar unidos en los campos de exterminio que montará la extrema derecha si no la paramos. Pero claro, igual es que también ellos, para nuestra desgracia, también son Tontos.

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Amor concluido

La editorial La Fragua del Trovador, como viene siendo habitual en los últimos años, ha convocado su nuevo concurso de relatos: “Palabras contadas”, en el que, como premisa, está la de que los escritos deben empezar por una frase propuesta. La de esta convocatoria es la siguiente: “La puerta chirrió”.
Preparé un total de tres relatos de los que escogí uno para el concurso. Los otros dos son los que publico en esta y en otra entrada posterior.
Espero que os gusten.

La puerta chirrió al abrirla ¡Mierda!, pensó Cosme mientras hacía lo indecible para cerrarla sin ruido. alertar a Berta representaría un sinfín de explicaciones para algo imposible de contar. Pero ni modo, la puerta devolvió los mismos gritos y quejidos que obsequió al entrar.
Como no podía ser de otro modo, ella, escondida en la penumbra y tras haberse apagado el último lamento de los goznes, lanzó la pregunta incómoda que pilló a Cosme por sorpresa.
—Me he entretenido con los amigos— improvisó él.
Silencio como respuesta.
—Me han dicho de ir a tomar algo— continuó inseguro—, y no paraban de decirme que si era un calzonazos… que si no tienes lo que hay que tener… y me he dejado convencer… yo…
—Hablaremos mañana— sentenció ella con sequedad, dando por terminado el conato de discusión.
Mientras él iba al baño a realizar sus abluciones, Berta se acostaba dando la espalda al otro lado de la cama. No dormía. De hecho, no podía dormir por la excitación insatisfecha. La culpa la tenían los chirridos de la maldita puerta, porque el ruido alertó a Paco, el compañero de trabajo de Cosme, abortando cualquier intento de culminar la escena de sexo adúltero a la que se hallaban entregados; también fue una suerte, claro, pues ese aviso permitió al amante salir pitando por el balcón con la ropa y los zapatos en la mano y saltar los poco más de tres metros que le separaban de la calle.
Sintió cómo Cosme se acostaba con sigilo, sin siquiera acercársele. Mejor, pensó, no soportaba a aquel hombrecillo ridículo. Ni su poca hombría ni su falta de ansias ni su aletargamiento vital. A estas alturas de la relación sentía verdadero asco por él. Apartó la imagen del esposo sustituyéndola por la del amante y se entregó a dejarse adormecer por él y sus caricias y sus susurros que poco a poco la fueron llevando lejos, mucho más allá de aquella cama y de ese ridículo pisito de obrero en el que vivía enclaustrada.
Cosme, por su parte, viendo que su excusa parecía haber surtido efecto, revivió las horas anteriores, sintiendo todavía breves conatos de pulsión sexual en el pubis al rememorar el maravilloso encuentro amoroso con Susana. Sí, ella era la responsable de que hubiera renacido como hombre. Ella era la que le había devuelto la confianza que su esposa le había negado durante años hasta castrarle sin misericordia. Ahora, gracias a su amante, de ser un cero a la izquierda había pasado a sentirse Primus inter pares .
Volvió a la realidad, y mientras esperaba que le venciera el sueño repasó de nuevo el plan que había malogrado la maldita puerta. Lo visualizaba a cámara lenta. Lo repetía una y otra vez con una sensación cercana a la que le regalaba su amante. Así, a medida que la respiración de su esposa se iba acompasando volviéndose más serena, la de él se acelerara llevada por la excitación.
Abandonó ese pensamiento. Era más importante pensar en lo que vendría después. Debía repasar el momento en el que debería hablar con la policía para confesar. Contarles su verdad: que él había entrado en casa con ánimo de no despertar a su esposa porque era muy tarde, que tras cerrar la puerta escuchó ruidos extraños, que se fue al armario del recibidor donde guardaba la escopeta, que la cargó y después se acercó a la habitación donde pudo oír los extraños gritos y lamentos de su mujer…
Me atenazó el miedo y la rabia, inspector, se imaginó que diría, y al abrir la puerta vi, entre la penumbra, a un hombre montado sobre ella. No sé que me pasó inspector, pero disparé. Él se levantó, y volví a disparar. Y ya ve que desgracia. Ambos muertos. La maté en vez de protegerla…
Cayó en la cuenta de que lo decía con tal convencimiento que hasta las lágrimas habían asomado a sus ojos. Sí, era un buen plan. La escopeta permanecía cargada en el armario del recibidor. Ahora lo único que faltaba era un poco de aceite lubricante que no le delatara. Pero eso ya sería mañana. Ahora era mejor dormir y descansar.

***

BONUS

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Cáncer colorectal: preparar la colonoscopia

Vas al hospital, llega tu turno y entras a la consulta. Tú te esperabas a un médico que te contara las cosas con todo detalle, pero te atiende una enfermera Una persona cordial, que no se ahorra una sonrisa y que intenta transmitirte toda la calma del mundo. Te cuenta cómo es esa nueva experiencia y te explica cómo debes hacer la preparación con el brebaje que deberás tomarte para hacer una limpieza de intestinos que los deje pulcros para ser explorados.
Tú le preguntas por lo que en realidad te interesa; quieres saber la importancia de ese rastro de sangre que se detectó en la analítica, quieres saber la incidencia que puede tener en esa posible enfermedad. Pero no puede decirte nada porque nada sabe. Lo único que te dice es que estés tranquilo porque ya verás como esto no será nada y que hay un alto porcentaje de pacientes que terminan la colonoscopia sin tener nada serio. Lo que ya sabías, solo que a nadie parece preocuparle que a ti te preocupe estar en lado incorrecto de la estadística.
La cosa es que te marchas a casa, te lees los papeles con las instrucciones y cuando llega el momento preparas la botella de líquido.
Todo perfecto salvo que nadie te dijo lo inmundo que era ni lo difícil que sería tragarlo —y mira que soy bueno para los medicamentos—, pero ese, no sé porqué, es horrible. Ni Mary Poppins sería capaz de convertirlo en algo llevadero. Pero te lo tragas y punto. Dos botellas de litro y medio si no recuerdo mal.
En todo el tiempo que ha pasado y debido a la incertidumbre, ya te has adelgazado algo. Ahora debes estar sin comer y sacando de tu interior hasta el alma, caso de que la tuvieras. Viajes y viajes a ese inodoro que se ha convertido en tu enemigo. Y sí, cada tanto en tanto sigues dándote ánimos diciéndote que ya verás, que llegarás allí, que te sacarán algún pólipo y después para casa.
Ahora, limpio por dentro como no habías estado ni en tus peores gastroenteritis, ya preparas todo para ir al hospital a que te miren ese interior que tanto te preocupa.
¿Nervioso? Pues sí, para qué engañaros.
Llegas al lugar y, como no podía ser de otro modo, un personal encantador, te acompaña al box para que te cambies y te tumbes en la camilla. Ya no hay vuelta atrás. Vienen a buscarte.

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Cáncer colorectal: Primera incertidumbre

Te quedas paralizado. En un instante y con una simple llamada de teléfono ha cambiado tu vida y tus expectativas. A partir de ese momento no dejas de mirar el fondo del inodoro tras hacer tus deposiciones. Ahora ves colores y texturas que siempre pasaron desapercibidas. Por más que intentas mantener el tipo y llevar la vida de antes tu cabeza no para de repetir que aquello no es normal, que tú tienes algo.
Y ese pensamiento lo intentas contrarrestar mirándote al espejo y diciéndote que no haces mala cara, que la vida sigue… y una pequeña parte de ti te sonríe diciéndote: ya verás como no será nada.
Día tras día esperas la llamada. Cada vez que suena el teléfono el corazón te da un vuelco.
Sin saber cómo, empieza a aparecer gente que ha pasado por el trance y te cuenta su experiencia: a mi me salió todo bien; si tardan tanto es porque no hay urgencia; ya verás como no será nada, a mi me sacaron algunos pólipos y después para casa con todo correcto… Sí, lo comprendes. Sí, deseas pensar que lo tuyo va a ser igual de sencillo. Pero la procesión va por dentro.
Tampoco falta la experiencia de terceros que te llega a través de la familia, los amigos, algún conocido a quien le contaste el trance en el que andas. Y todo te lleva a animarte y a pensar que ¡Sí, hombre, de esta se sale!
Y llega la llamada que esperabas y que te atemorizaba: venga tal día a tal hora para hacer la preparación. Y ya está, no hay vuelta atrás, lo que tenga que será. La única diferencia estriba en el hecho de que ahora ya existe un calendario, y con él una cuenta atrás. Y con la cuenta atrás una incertidumbre que no cesa.

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Cáncer colorectal: ¿Me hago la prueba?

No sé en otras comunidades, en Catalunya, donde vivo, hay un programa sanitario de detección precoz del cáncer colorrectal. Y no es una cuestión baladí ya que esta enfermedad actúa, la mayoría de las veces, en silencio y sin dar señales de vida hasta que es demasiado tarde.
Pues bien, aquí me tenéis a mí durante la primavera del 2017. Hacía mi vida normal, tenía en marcha mis proyectos de escritura, hacía mis talleres en la escuela de adultos e iba a ver a mis nietos. Lo normal en un tipo de 62 años, jubilado a la fuerza y con muchísimas ganas de hacer cosas.
Como a tantos otros me llegó el papelito. En él te explican que debes ir a la farmacia más cercana, pedir un botecito, poner en él algo de heces de tu deposición, devolverlo y ellos, vinculados con tu hospital de referencia, se encargan de mandarlo para hacer una analítica.
Antes de continuar debo confesar que soy un despistado patológico y que el periodo estipulado en la carta venció sin haberme acercado a la farmacia. La primera idea fue tirarlo al contenedor del papel y posponerlo para la siguiente vez. Pero algo me llevó a repensármelo —la tozudez de mi pareja, sobre todo— y a acercarme a preguntar si podía hacer la prueba a pesar de haberme pasado de fecha. Eso, amigos, fue mi gran acierto. Veréis porqué.
Las opciones de esta prueba son simples: si no aparecen rastros de sangre en las heces no te llamará nadie a tu casa y tú seguirás tu vida tranquila hasta la siguiente; si por el contrario aparece algo, te llamarán para decirte qué tienes que hacer.
¿Y cuánto tiempo va a tardar eso?, por saber hasta cuándo debo preocuparme. Te tranquilizan. No se preocupe, la mayoría de las veces no llaman, y si llaman, la mayoría de las veces no es nada importantes.
Y tú sigues con tu vida. Pasan los días, alguna semana… y llega una mañana en la que, mientras andabas tranquilo con tu vida de jubilado, recibes la llamada del hospital en la que una voz neutra (es necesario evitar todo tipo de empatía en esos momentos, lo entiendo) te dice algo así como: Buenos días, señor Tal, en su muestra de heces han aparecido rastros de sangre y deberá someterse a una colonoscopía. Ya le llamarán para darle día y hora.
Y ves como se te cae el mundo encima.

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Cáncer colorectal: Introducción

Hay una escena de la película “desmontado a Harry” de Woody Allen, en la que el protagonista suelta una frase que dice: “Las palabras más bonitas en inglés no son ‘te quiero’, sino ‘es benigno’”. Pero al igual que sucede con la mayoría de cosas de la vida, solo cobra sentido cuando el problema lo vivimos en nuestras propias carnes.
Y es de toda esa experiencia de la que trataré a lo largo de las siguientes páginas. En ellas intentaré ser lo más objetivo posible y transmitir, filtrado ya por el recuerdo, lo que viví en cada momento.
Debo confesar que este proyecto que pongo en marcha no se produce “a toro pasado”, apenas ha trascurrido un año y medio desde que comenzó todo y sigo sin tener el alta. Aunque, bien pensado, tal vez sea mejor así, pues una vez se haya puesto todo al día podré hablaros en presente y con la vivencia a flor de piel.
No me extiendo más en la introducción, no merece la pena. Mejor pasemos a los momentos previos de la enfermedad.

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