Los pechos de Lucía


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Los pechos de Lucía son breves y redondos. Se acomodan en la mano apenas sin rebasarla y en una boca experta que los inhalara, casi podrían sorberse enteros.
Son blandos al tacto y andan lejos de la dureza de cuarenta años atrás, pero todavía hoy, sus pezones miran hacia arriba en una clara muestra de insolencia juvenil.
Su piel es morena, suave y fina, pero alejada de las que son traslúcidas o tensas por su contenido. Parecería un vestido hecho a medida para su volumen.
Están constelados de algunas pecas que, lejos de afearlos, les dan esa personalidad que pocos tienen y que, para colmo, hacen juego con las aureolas rosadas de unos pezones breves y robustos si los despierta una caricia experta.
Su tacto en la boca es llegar a un cielo de sensaciones: besarlos, aprisionando apenas la piel, es un regalo para un buen amante; cubrirlos de mordiscos breves, dados apenas con los labios y sentir que ambas pieles se acomodan a una caricia común que los unirá para siempre; humedecerlos apenas y sentir cómo se adaptan al frío endureciéndose, contrayendo las aureolas y convirtiendo los pezones en pequeñas torres de vigilancia que avisan al Sur donde se ubica el último tesoro.
No, no son tetas para amantes zafios que gustan de la cantidad sin más valoraciones. Ellos jamás serían capaces de ver cómo esas dos semiesferas se adaptan al cuerpo de Lucía, formando un conjunto hermoso que se enaltece el uno al otro hasta iluminar los espejos. Esos pechos nacieron preparados para ser alimento de bebé y para hombres que, como los pequeños, también deseen alimentar su deseo en recipientes tan hermosos.
Cuán orgullosa debe sentirse Lucía de que le hablen así de ellos, cuán orgullosa de mostrárselos y ofrecérselos a Lucas que siempre los recibe como uno de los mayores regalos ¡Que envidia para el resto de hombres por no saber verlos y ellas por no sentirse tan halagadas!

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La ducha (un preludio)


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Es un día de calor, esos regalos primaverales con que nos sorprende el final del invierno. Por esa razón al entrar en la habitación del hotel, en vez de lanzarse a comerse el uno al otro, plantean la necesidad de una ducha.
Primero, desnudarse.
Lucas, rápido de reflejos, le saca el jersey a su amante, le desabrocha el sostén y libera los insolentes pechos de Lucía. Mientras los mordisquea, ella se desabrocha el pantalón y, antes de que pueda proceder a bajárselo lo hace él con una maniobra estudiada, en la que ha dejado su cara frente al sexo de ella, protegido todavía por las bragas. Prenda que Lucas se apresura a quitar con habilidad de relojero. Así, desnuda frente a él, acerca el rostro al pubis de la amada y lo huele con deseo. Para él es tan excitante ese olor íntimo de Lucía. De nada ha servido jamás que ella ponga excusas de suciedad, sudor u olores, porque el olor a “Ella” siempre está por encima del olor a los fluidos que todos desprendemos.
Así, desnuda, intercambian los papeles y es Lucía la que le saca la camiseta para dejar a la luz el vello suave que puebla su pecho. Mientras le besa las tetillas desabrocha el pantalón que cae al suelo por la propia gravedad. Desplazando su lengua hacia abajo, como si la acción necesitara alguna guía, le baja lo calzoncillos dejando frente a sí su pene casi flácido. Le encanta verlo en ese estado, casi inocente. También ella, la que tanto se quejaba, acerca el rostro a la ingle del amante para absorber su olor de hombre —es difícil olvidar que somos mamíferos y estamos sujetos a nuestro cerebro animal—.
Tras besarle la punta de la piel del prepucio se levanta, coge el pene con la mano derecha y se dirige al baño. Casi sin miramientos, entra en la cabina de ducha seguida por el propietario del pene que aferra en su mano y da el agua.
Mientras se adapta la temperatura se regalan el primer beso.
No es salvaje. Tampoco tierno. Solo es la certeza es que está envuelto de pasión y deseo.
Bocados suaves en los labios, batalla de lenguas para conquistar la boca del otro, bocados de labios con labios e incluso algún lametón salival sin mesura. Y mientras eso sucede las manos no saben estar quietas y juegan con la piel del contrario como si el mundo terminara hoy y ahí.
Metidos en ese juego mojan sus cuerpos y comienza la higiene.
Mientras Lucas se enjabona el cabello Lucía se llena las manos de gel de baño y procede a enjabonarle: los brazos, la espalda, los glúteos. En ese punto se detiene para introducir dos dedos entre las nalgas y enjabonar el ano a conciencia. Y todavía sin darle la vuelta llega a su escroto y lo agarra entre las manos apretándolo mientras se le escurre por efecto del agua y el jabón.
Lucas se da la vuelta para aclararse el cabello. Ella aprovecha para enjabonarle el pecho y bajar casi con prisa a aferrar su juguete, más alegre ya que minutos antes. Lo toma con una mano, baja el prepucio hasta dejar el glande engalanado para ella y lo enjabona con tanto mimo como si esa polla pudiera estropearse ante el menor maltrato.
—Ya estás limpio, mi amor —le dice.
Ahora es ella la que se deja enjabonar por él. Primero girándose y, apoyando las manos en la pared, ofreciéndose de espaldas para que Lucas le enjabone los sobacos, la espalda, el culo… Incluso aprovecha la postura para abrazarla desde atrás presionándole los pechos e introduciendo su pene erecto por entre las nalgas y los muslos. Lo que la lleva a entreabrir algo más las piernas y que él aprovecha para enjabonar y masajear el ano y la vulva.
Un “date la vuelta” dicho con voz entre deseosa e imperativa la hace girarse para entregarse frontalmente a él. Lucas, que siente predilección por la geometría triangular del sexo de Lucía, lleva su mano derecha a acariciar el pubis carnoso y los labios del coño, ahora hinchado por la excitación. Ella separa las piernas hasta descansar cada uno de los pies en el lateral del plato de ducha y cierra lo ojos. Su amante le introduce dos dedos dentro y comienza a moverlos con suavidad.
—Estás tan mojada por dentro como por fuera, mi amor —le dice mientras bebe el agua tibia que resbala de los pezones que chupetea con deleite.
—Pues esa humedad no es algo que aparezca así sin más —responde ella de forma entrecortada.
Callan. No necesitan decirse nada más. Él sigue acariciándole el coño y chupándole los pechos como el adolescente que se enfrenta por primera vez a una mujer.
Ella, como si el mundo se centrara en la entrepierna de Lucas, aferra los testículos con la mano izquierda mientras con la derecha le masturba al ritmo que le mandan los dedos de su coño.
Sabemos que no terminarán ahí. Las duchas entrañan mucho peligro. Sabemos, porque les hemos visto otras veces, que saldrán, se secarán el uno al otro y seguirán regalándose caricias hasta la cama, o hasta la terraza o incluso en esos silloncitos horribles que complementan los mobiliarios de las habitaciones.
Los dejamos solos. Sus gemidos finales de placer solo a ellos les pertenecen.

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Su fotografía

Miró el WhatsApp y se encontró con una fotografía de Lucía. La acompañaba un escueto mensaje: “te la debía. Besos”.
Se quedó allí, mirando embobado. Como si hubieran puesto frente a él el tesoro más hermoso. Aunque eso no se lo diría jamás. Nunca se atrevería a confesarle lo que sentía por ella, lo hermosa que era ni cuánto la había deseado a pesar de no querer darse cuenta. Prefirió quedarse allí, en su silloncito, contemplando la exquisita madurez de una mujer a la que apenas conoció de adolescente y a quien ahora, al cabo de los años, había reencontrado en las redes sociales.
«Si me atreviera…» Prefirió dejar escapar el pensamiento y centrarse en la foto.
Imagen demasiado pequeña para su vista gastada. La maximizó. Tampoco era suficiente. Prefirió enviársela a su dirección de correo, abrir el ordenador, el correo, abrir de nuevo la foto con el visor de Windows y en su pantalla apareció ella de nuevo. Solo que más nítida.
Era incapaz de apartar la mirada.
Lo primero que le impactó fue esa pierna infinita, ese muslo de mujer rotunda y cierta; sin abalorios, sin más contenido que ella misma, su inexcusable edad y ese instante en el tiempo que la había capturado para él…
«Solo para mí», se reafirmó en voz baja.
Cuando fue capaz de apartar la mirada de las piernas la vio en su globalidad y entonces cayó en otra cosa, la espectacular estética del posado: La forma de sentarse en el poyete, apenas ladeada; el brazo izquierdo descansando indolente en el soporte de obra que sobresalía del banco y la mano abandonada a la ley de la gravedad. La derecha, cruzada sobre el pecho, sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas varillas apenas se introducía entre la comisura de sus labios; en un gesto de una sensualidad tan grande que sintió que le pinchaba en el sexo.
De toda la fotografía lo único que le molestaba era que sus pechos quedaran tan escondidos detrás del brazo y la sombra. Aunque le dio igual. Esa era una parte de ella que había tenido la suerte de conocer de joven, en la playa. Y todavía ahora recordaba su redondez como si los tuviera delante. No pudo evitar sonreírse al recordar esa vuelta al pasado y la imagen de aquellos pechitos redondos y duros que solo regala la adolescencia, cuando vivimos cargados de complejos y temores.
Quería, deseaba más bien, observarla en detalle hasta aprenderla de nuevo, hasta conocer cada rincón de “esa Lucía del presente” que el global de la foto escondía a su vista de viejo. Fue a la barra de zoom, maximizó al 100% y centró el rostro de ella en la pantalla. Sus labios seguían siendo los de siempre: sensuales, apetitosos, firmes. El rostro, todo y el paso de los años, apenas se alejaba de la muchacha que conoció hacía ya una vida… Pero fue la mirada lo que captó su atención. No recordaba esa sensualidad en sus ojos. Los sabía oscuros, guardaba en la memoria el tono moreno y excitante de su piel, pero jamás la había visto mirar de aquel modo tan sensual, no lo hubiera olvidado. Le dio por pensar que esa mirada a cámara miraba en realidad a sus ojos. Imaginaba en ella una invitación a acercarse a besarla por primera vez. «Como si fuera a ser capaz».

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Frente a la ermita (Relato irreverente)



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Cerca del pueblo donde pasan sus días de vacaciones hay una ermita. Es un paseo relativamente largo y algo incómodo. Pero a esa hora ya mengua el calor, apenas sube nadie y han decidido hacerlo.
Llegan sobre las seis de la tarde. Corre una brisa suave y la temperatura es agradable. El único problema es que encuentran la puerta cerrada y les será imposible entrar a echar un vistazo. Se sientan en unos de los poyetes que hay a cada lado de la entrada, protegidos por un tejadillo soportado por un bonito artesonado de madera.
Siempre he tenido una fantasía y pensaba que hoy la satisfaría. Ha dejado ir Lucas como si echara las palabras cuesta abajo. Mirando hacía el horizonte en un gesto que da a entender que lo imagina incluso antes de contarlo.
Lucía, de vuelta de todo, sólo pide confirmación de si su fantasía tiene que ver con sexo. Sexo y profanación, confirma él girando la cabeza y regalando una sonrisa tan lasciva que provoca una punzada de excitación en el vientre de la mujer.
Así, sentados y mirándose a los ojos, le cuenta. Siempre he tenido dos deseos que no he podido satisfacer. El primero, tener a una mujer (mejor una novicia) de pie, desnuda y reclinada sobre el altar mientras la penetro desde atrás. Lo veo como un acto tan carnal como irreverente. Escuchar los gemidos de placer mientras ahí delante, mirando, tienes el símbolo Gore del catolicismo. Lucía escucha sin abrir la boca mientras él continúa: mi segundo deseo es masturbar a una mujer tal y como debe hacerlo el cura desde dentro del confesionario para terminar follando en su interior con las cortinillas pasadas. Si además me lo imagino durante la misa, me parece algo tan divertido y perverso… “la fantasía de la beata”, le llamo.
Se calla. Apenas unos segundos después es Lucía la que plantea una imposibilidad manifiesta de llevar a término unos actos tan hermosos y sacrílegos como aquellos.
—Hay una cosa que sí podríamos hacer —concluye.
Ante la mirada inquisidora de su amante explica que podría conformarse con metérsela frente a la puerta. Ella podría agarrarse a los pequeños enrejados que cubren los dos ventanucos que permiten ver el interior y él podría subirle la falda y metérsela desde atrás al estilo de la novicia pero algo más lejos del altar.

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En esa esperada tarde (Poema y Canción)


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En esa esperada tarde (Poema)

En esa esperada tarde 
uniremos nuestros labios
y con los ojos cerrados 
nos nacerá el primer beso.

Será como sin quererlo,  
sin ni siquiera buscarlo,
con brazos entrelazados, 
abiertos los sentimientos
y aletearán las palomas 
que anidan en nuestro pecho.
  
Serán minutos eternos, 
detenidos los relojes
en una imprecisa hora 
de primavera y de flores.

Cantarán nuestras canciones 
voces puras de otros tiempos.
Viviremos el momento 
como un continuo presente.
Y habrá lindos soles tibios 
fundiendo nuestros dos cuerpos.
  
Después, puesto en marcha el tiempo 
y el tic tac de los relojes,
se apartarán las caricias 
de la orilla de los cuerpos.

Más todo será distinto 
después de ese primer beso.
Habrá nacido un nosotros 
y un amor compacto y nuevo.
Pájaro batiendo alas 
y elevándonos al cielo

::::::
 

Versión Canción


 En esa esperada tarde (canción)

 En esa esperada tarde uniremos nuestros labios
 y con los ojos cerrados nos nacerá el primer beso.
 Será como sin quererlo,  sin ni siquiera buscarlo,
 con brazos entrelazados, abiertos los sentimientos
 y aletearán las palomas que anidan en nuestro pecho.
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
  
 Serán minutos eternos, detenidos los relojes
 en una imprecisa hora de primavera y de flores
 Cantarán nuestras canciones voces puras de otros tiempos.
 Viviremos el momento como un continuo presente.
 Y habrá lindos soles tibios fundiendo nuestros dos cuerpos.
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
  
 Después, puesto en marcha el tiempo y el tic tac de los relojes,
 se apartarán las caricias de la orilla de los cuerpos
 Más todo será distinto después de ese primer beso.
 Habrá nacido un nosotros y un amor compacto y nuevo.
 Pájaro batiendo alas y elevándonos al cielo
  
 Se fue formando, formando
 Un amor nuevo entre los dos
 Y fue brotando, brotando
 Como la planta en la tierra...
 Como la planta en la tierra, sí, sí, sí...
 
::::::
 

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En el coche

Mientras pasean por la carretera que baja hasta la playa cercana pasan por una zona arbolada. A medida que andan se empiezan a escuchar unos gemidos que suenan cada ver más fuerte. Es evidente que no pueden ser otra cosa que la expresión sonora de una mujer sintiendo un placer intenso. Buscan con los ojos y ahí está el automóvil, lo bastante lejos como para esconderse de miradas de curiosos, pero actuando como una imprevista caja de resonancia al tener las ventanillas bajadas. Ellos, prudentes, ni se plantean la posibilidad de acercarse a molestar. Eso no quita que los gritos de la mujer al llegar al orgasmo, hayan excitado a Lucia por la posibilidad de sentirlo en su cuerpo y a Lucas por la posibilidad de regalárselo.

            Se miran sabedores de la excitación del otro y sin más, dan la vuelta para volver al coche. La primera pregunta obligada la hace Lucía ¿Quieres que follemos en el coche como esa parejita que todavía se escucha? La respuesta no termina de convencerla. Cabría pensar que es por envidia de los gritos de la joven del bosque, pero quien conozca bien la relación que mantiene con su amante sabrá que el mohín que ha hecho ha sido porque piensa que la autoestima de Lucas debería estar muy por encima de la respuesta que ha dado.

—Cómo que no serás capaz —le recrimina—, si tienes el mejor pene al norte de la Antártida.

Él sonríe un piropo tan exagerado y lo premia agarrándola por el hombro y estampándole un apasionado beso. No hacen falta más palabras, todo lo más, agilizar el paso para aprovechar la tarde. Pero tras dar varias vueltas con el coche, desisten. El único lugar que han visto con privacidad, sombra y tranquilidad todavía está ocupado por la pareja que aún debe dormitar tras el esfuerzo. Lucas, que a partir del piropo de Lucía se ha encendido como una cerilla, plantea diversas opciones. Ella, por el contrario, no desea la interrupción de cualquier mirón.

—Quiero follar, cariño, pero si no estoy tranquila será como si se la metieras a una muñeca hinchable.

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Qué será…


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 Qué será...
  
 ¿Qué será de lo que pudo ser?
 Dónde perderemos nuestro: “tal vez...”
   construido con palabras
            escritas con intenciones
                 amparadas en pasión.
  
 Qué forma tan sutil de amor
 nos prodigamos aún sin vernos.
 Qué pasión inevitable
 nos nació de entre los dedos.
  
 “Maravilla” es la palabra
 Y hoy “dolor” es su sinónimo
  
 Es una lucha desigual.
 Lo confieso.
 Y te juro que lo intento.
 Has de saberlo.

 Pero hoy salgo perdedor.

 Nuestro colibrí no vence
 al águila distante.
 Como el corazón no vence a la razón
 si matamos el deseo.
  
 Habrá quien diga:
 “no desaparece el sentimiento,
 como no desaparece el poeta”...
 Salvo que muera su palabra.
 Si ella perece, 
la memoria desaparece .
  
 :::::: 

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Colibrí


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 Colibrí
  
 Me maravilla, mujer,
 Cuando en invierno dices: 
 “huelo a primavera todo el rato.”
  
 Ambos lo sabemos...
 El estallido de sentimiento.
 El aviso para salir del nido,
  
 Y colibrí que soy,
 me acercaré a libar
 la flor de mayo
 que me abras y ofrezcas 
 como alimento de amor.
  
 Me acercaré a ella
 batiendo deprisa mis alas.
 .Que el corazón 
 se me salga del pecho
 Ante su hermosa presencia
  
 La miraré, la oleré
 Y beberé su néctar.
 Volaré hacia atrás y me elevaré
 para mirarte
  
 De forma que el tú y yo
 sea un nosotros.
 Por un instante.
  
 :::: 

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Cunnilingus acompañado de Debussy



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Se lo debía desde su último encuentro, el de la maravillosa masturbación a dos que se prodigaron. Hoy se lo ha recordado mientras subían al piso: «Me apetece muchísimo escuchar el “preludio a la siesta de una Fauno, Lucas». Lo ha dicho con esa sonrisa que solo ella sabe poner y que le sube la libido a cien. De ahí que tal y como han sobrepasado la puerta ninguno de los dos ha necesitado palabras. Ella ha ido al baño a prepararse y él a buscar el vinilo con la obra de Debussy. Después de mirar su duración, unos once minutos, lo ha colocado con cuidado en el viejo giradiscos Thorens, lo ha puesto en marcha y ha dejado el brazo posicionado en su lugar.
Lucía ha aparecido en el salón totalmente desnuda y Lucas, como le sucede siempre, se ha quedado prendado de la perfecta normalidad de todas sus formas y del equilibrio maduro de un cuerpo que ha parido y ha superado la infinidad de sinsabores que prodiga la vida por el hecho de vivirla. Le pide que se dé la vuelta para admirarla de espaldas. Claro que está lejos de un cuerpo de veinte años. Y mucho. Pero la ve tan hermosa solo por ser Lucía, por ser su amor otoñal y ofrecerse del modo que lo hace…
Le pide que se tumbe en el sofá que ahora irá él. Ella, que no había dicho una palabra, le dice ahora que puede hacer lo que le plazca con su cuerpo. Soy totalmente tuya, cariño, concluye con voz sensual y desde un acto de absoluta confianza.
Él, después de admirarla allí tendida y preparada para ser alimento de su pasión, deja caer el brazo que tras el primer golpe de la aguja con los surcos, da paso a la música. El sinuoso solo de la flauta coincide con un primer beso en los labios. Suave, apenas húmedo, la tarjeta de presentación. De ahí su boca emprende un viaje hacia el Sur. Primero van los dedos guía abriendo el camino, detrás ella tanteando con los labios ciegos. El trayecto errático parece imitar la melodía de la flauta: persiguiendo colmar los pezones, rodear sus aureolas o calibrar la textura de los pechos. No existe prisa, claro, pero no es lícito detenerse cuando el botín y la apuesta confluyen en la vulva aún lejana. Los dedos, hábiles exploradores, han sobrepasado el bosque que la delimita pero no se detienen, por más que ella les entreabra la puerta a su interior. Prefieren seguir por entre los muslos, alcanzar las rodillas, llegar a los tobillos y emprender un viaje de subida que recuerda al de una sierra cuando separa su objeto en dos.

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Un paso atrás

Busqué el fruto de un árbol no florecido
 Un paso atrás
  
 Sucede amor que el amor duele,
 a veces.
 En un punto irremediable del camino
 golpea en lo más hondo
 doblegando fortalezas.
  
 Se precisa entonces un paso atrás.
 Ahogar deseo, acallar pasión.
 Decir: “no puedo más..:” y detenerse
 sin mirar a otro lado que a los pies.
 A un lugar inocuo donde por un instante,
 No te vea.
  
 Ya ves, pensando en no dañarte 
 me olvidé de mi dolor
 ¡Qué cosas!
 Me lancé salvaje, buscando el fruto
 de un árbol no florecido.
 Me abrí como la flor se abre a las abejas,
 sin pensar en los “después”
 ni en este ahora.
  
 Toca guardar
  la pasión en un cajón,
 caricias en la papelera,
 el cariño en un rincón,
 el amor en la alacena.
 Desnudar nuestra amistad
 y esperar a que no duela. 

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