El día a diario

El acto de levantarse cada día. Acercarse somnoliento hacia el baño para acometer las acciones de vaciar la vejiga y meterse en la ducha. Tocar esa piel que a esa hora es de otro cuerpo. Aplicarse jabón y frotar esa piel sin conciencia que apenas siente que está siendo acariciada por esas manos. Defectos atribuidos a la somnolencia. O no, tal vez es algo peor, tal vez sea el tedio de tantos días entre los mismos actos. Secarse de prisa. Afeitarse mirándose en el espejo pero sin verse, porque a esa hora uno no se mira ni se siente, simplemente ejecuta, marcado por el horario y el horror de lo cotidiano, autómata de si mismo. Ya después queda el vestirse y el tomarse un café, ponerse el abrigo y verificar que todo lo necesario para salir al mundo exterior anda por entre los bolsillos o los bolsos. Abrir por fin la puerta, atravesarla, cerrarla, pasarle dos vuelta con la llave para que nadie profane el hogar y salir a la calle, al lugar donde tantos otros están actuando igual que nosotros.

Buscar el coche y meterse en él. Poner el informativo que nos contará las mismas noticias de cada día, las que ya sabemos y las que ya intuimos. Salir por entre los riachuelos de asfalto hasta desembocar en los grandes ríos hechos del mismo material – grandes contenedores de metal, gases y hastío – y entregarse a ese tiempo sin sentido. Lo cierto es que ese sería un buen momento para pararse a pensar en uno, en lo importante de la vida, en lo que merece la pena. Pero uno no lo hace, no es razonable hacerlo cuando ese tiempo del que hablábamos no es tiempo que transcurre sino tiempo que fluye y desaparece – lo mismo que los gases de cada uno de los vehículos que nos envuelven – . Es el miedo a enfrentarse con nuestra realidad. La tristeza de caer en la cuenta de que la mayoría del tiempo no vivimos la vida, ella se desliza a nuestro lado mientras nos mantenemos parados en la rutina de nuestra anodina existencia a la espera de que algo suceda, cosa que nunca ocurre.

Llegar por fin al trabajo y darse cuenta – lo mismo que cada uno de los días pasados y los días por llegar – de que aquella tampoco es la vida que uno desearía. Que a parte de unos pocos compañeros de trabajo a los que uno aprecia, el resto o no son nada o merecerían caer bajo crueles manos que los torturaran – he aquí el primer acto de pensamiento racional y consciente de las últimas dos horas –  Verse ahí sentado o moviéndose o picando o conduciendo, que más da, a la espera de que llegue la hora de salir para retomar lo andado por la mañana. Volver a revivir a la inversa, desde el río hacia los afluentes hasta llegar al hogar, a la familia. Al pequeño grupo de seres que nos aman y a los que amamos pero a los que apenas tenemos tiempo de contarles, de hablarles, de decirles cara a cara que los queremos porque apenas quedan ganas para ello.

Todo este transcurrir simplemente para esperar a que llegue el fin de semana o las vacaciones. Una gran porción de no vida para esperar a vivir esos lapsos de tiempo que de algún modo nos pertenecen. Solo que cuando llegan pasan rápido, tan deprisa que apenas nos damos cuenta, volvemos a inicio. Es la vida en circunferencia o tal vez no, tal vez sea más bien una vida en cicloide, de todos modos al fin y al cabo ambas vuelven a origen para repetirse una y otra vez.

¿Es esa la vida que queremos? Igual es que uno anda hurgando demasiado en las cosas y la solución sea el conformismo y no la pataleta. Tal vez el error sea esperar demasiado de demasiadas cosas cuando lo sencillo es dejarse vivir mientras dure. No sé, no lo tengo claro. En el fondo debe ser algo tan simple como que nos sobra tanto tiempo como cobardía. Vivimos a la espera de un futuro mejor cuando en realidad mañana podemos estar muertos o algún presidente hijo de la gran puta nos monta una guerrita de esas periféricas que convierte convivencia en masacre en un par de días. Lo dicho, somos unos imbéciles que no sabemos vivir.

Nos aferramos cruelmente al pasado. Mantenemos bellos recuerdos de aquello que tuvimos y nos dejó, o dejamos, para el caso es lo mismo. Nos torturamos continuamente pensando en condicionales del tipo ¿qué hubiera pasado si…? Ciertamente, qué hubiera pasado si nuestra cobardía no nos hubiera mantenido con los pies en la tierra. A dónde hubiéramos llegado de decidir cualquier otro rumbo dejándonos llevar por el sentimiento y no por la razón. Al fin y al cabo no dejan de ser estúpidas lamentaciones ya que el pasado no existe sino en el recuerdo y la memoria. Cada decisión tomada nos cambia la línea de vida y en nuestras manos está que ésta sea recta o quebrada ya que el punto de origen y el punto final siempre son los mismos: nacimiento y muerte. Solo cambian los intervalos en cada una de las decisiones que tomemos. Pero esa es también una de las crueldades de nuestro modo de vivir, el hecho de que las responsabilidades y las obligaciones adquiridas nos hagan renunciar a otras cosas. La idea de que, las más de las veces, debamos renunciar a cierta felicidad personal en favor de la estabilidad del grupo. Esa será entonces la razón de que existan tan pocos genios y tantos seres anodinos. Es lo que hay

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