Enrique Pertegás Ferrer, el pintor del nu femení. Valencianista polític.

EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

Valenciana nua, oli.

Acabe de descobrir a Pertegás, un pintor que mereix ser recordat, en el blog Un rincón literario, que us recomane. Era el favorit de Blasco i amic seu. El tema de la dona nua és característic de la seua obra. Va ser molt estimat en la seua època, el primer terç del segle XX. Va ser valencianista i republicà. Durant la postguerra va malviure fent treballs malpagats per als tebeos que es publicaven, que signava amb pseudònims on s’amagava de la censura franquista. Va morir en 1962 totalment oblidat.

El digital ValenciaPlaza li va dedicar un article il·lustrat que faré servir de font per a la meua versió en valencià. També hi afegiré alguna il·lustració o informació provinent d’Internet.

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No sé qui sóc ni on vaig.

EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

La ballarina d’striptease descansant.

No sé qui sóc ni on vaig
Evoque el pobre desgraciat borratxo fins la darrera copa
No pot dormir i se’n va on els peus el duguen
Un striptease. Demana whisky, alça el cap i veu una ballarina
La ballarina ja no és jove. Li pengen les mamelles i sembla ella dues bessones en una, però fa el seu treball el millor que pot encara que no aconsegueix que se m’aixeque, la polla clar, que està dormida de no usar-la. Tinc ganes de pixar.
Intente entrar al bany però no puc.  Ho intente una i altra vegada.
Finalment, la porta cedix. Quan hi entre em trobe amb un regal de la vida.
El cadàver d’un noi suïcida que s’ha tallat en silenci la gola.
Eixe xic podria ser jo. No puc aguantar-me més i em pose a pixar en la tapa del vàter.

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Encuentro con Borges

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El hecho, que podría tacharse de extraño, se desarrolló en un desangelado y decadente bar de la Rambla Santa Mónica. Sucedió en un tiempo demasiado alejado del ahora en que escribo estas líneas y la certeza fue el encuentro con un personaje anciano y ciego llamado Borges.
A la hora que sucedió todo apenas quedaban parroquianos en el lugar: algún travestido, alguna que otra puta sin clientela y unos pocos snobs de la zona noble de Barcelona que bajaban allí a sentir que seguían vivos.  En mi caso concreto he de decir que me hallaba allí sólo, en un infructuoso intento de huir de mi mismo y de un entorno humano que ya había colmado todo el espacio del desencanto. Puro hastío desinfectándose en alcohol.
No negaré que estuviera algo ebrio, en absoluto. Pero aceptadme que os diga que mi estado se hallaba más cercano a la sobriedad que a la niebla etílica que todo lo confunde.
Fue en ese estado que me dio por mirar hacia uno de los espejos del fondo. Éste, tal y como lo haría una pantalla de cine, me devolvió dos imágenes en lento movimiento: La mía, encendiendome el enésimo cigarrillo de la noche y la de un anciano sentado a mi derecha que sujetaba un bastón con su mano izquierda y levantaba con la otra mano una taza que presumí de café. Me sorprendí. Me pareció sumamente extraño que aquel anciano fuera la viva imagen del Jorge Luís Borges que tantas veces había visto en entrevistas hechas en programas que hoy apenas nadie mira.
El primer pensamiento, ese al que todos deberíamos obedecer, me dijo que algo no andaba bien en mi cabeza, que era totalmente imposible que el Borges muerto que yo había conocido se encontrara allí, a tres mesas de la mía. Pero lo mismo que uno no aprende del desengaño, cayendo el él una vez tras otra, también entonces pensé que cabía la posibilidad de que el confundido fuera yo «a cierta edad uno no se atreve a aceptar ninguna certeza por clara que parezca». Me armé del valor necesario para irrumpir en su mesa y decirle: Espero que me perdone, caballero, mi nombre es Julio ¿Le molestaría decirme cómo se llama usted?
—Yo me llamo Jorge, Jorge Luis Borges. Encantado de conocerle. —Me respondió él, girando la cabeza hacia mí y tendiéndome la mano sin mirarme.
No puedo decir que me sorprendiera. En mi interior ya tenía claro que lo realmente sorprendente hubiera sido que me dijera que era otro y no él. Aún y así necesitaba saber por qué un Borges muerto para el resto del mundo se permitía estar allí aceptándome en su mesa como un contertulio más. Antes de que pudiera comentar otra cosa volvió a hablarme.
—Sabe usted Julio, si no fuera porque el lugar es diferente me atrevería a decirle que esta situación es muy parecida a la que viví hace años en otra historia. Una en la que me encontraba conmigo mismo en dos tiempos y lugares distintos. Tal vez la haya leído, “El otro” se llamaba.
Afirmé con un gesto, dándome cuenta al instante de que a los ciegos hay que hablarles. Reiteré la afirmación desde la palabra y le plantee a bocajarro la imposibilidad de que aquello tuviera que ver con la realidad ya que él estaba muerto.
—¿Muerte? ¿Realidad? Utiliza usted palabras muy profundas con demasiada ligereza para referirse a cosas que muchas veces son difíciles de definir, amigo mío. Piense una cosa ¿No cree usted que para estar muerto tal vez debiera haber existido?
La pregunta me sorprendió. Yo había leído muchos de sus relatos y poemas. Eran tan reales como yo mismo. Por eso le dije que yo había leído su obra, visto sus entrevistas y leído en el periódico que había muerto y que todo ello demostraba de modo fehaciente su existencia. Él no se inmutó. Tomó un breve sorbo de su café, dejó la taza en la mesa y habló de nuevo
—Usted ha leído unos textos que se me atribuyen, eso es cierto, pero en ningún momento me vio escribir una sola línea; por esa razón no existe ninguna certeza de que el autor de las obras que se me asignan sean mías, ergo no tengo por qué existir. ¿Y si le dijera que mis escritos no son tales sino el producto de la mente de Adolfo Bioy Casares y otros? ¿Me creería? Lo mismo que el yo que esta usted viendo puede no ser real, tampoco han de serlo forzosamente las palabras que se señalan como mías. Por otro lado, no puedo descartar que me haya visto en diferentes entrevistas, es verdad que estuve en ellas pero… ¿tiene la certeza de que cada una de las palabras que dije eran propias? Al igual que lo escrito, aquello también pudo ser una absurda falacia construida por unos pocos para reírse de los crédulos y por tanto, seguiríamos sin aclarar el hecho de mi realidad.
Yo seguía escuchándole sin hablar mientras él continuaba.
—Sí que existe un atisbo de problema en el hecho de mi muerte. No por la muerte en sí, en principio pudiera parecer que todos debemos morir, sino por que la edad en la que presuntamente morí era razonable, y por esa causa igual no debería estar vivo, pero esto tampoco resuelve el problema. Tal vez yo sea un sueño suyo o usted un sueño mío, o incluso cada uno seamos un sueño de otro.
Callamos ambos y me permití invitarle a otro café mientras yo pedía uno para mí. Borges había dejado de hablar y se dedicaba a juguetear con el bastón. Aquél silencio me incomodaba ya que mi mente intentaba buscar argumentos para convencerme de lo real de aquel momento.
—Es imposible que esto sea un sueño o que la vida, al menos la mía, lo sea —Acerté a decir—. Yo tengo muy claro que soy real, que el lugar en el que nos hallamos también lo es y de todo ello deduzco que usted ha de serlo. Piense, señor Borges, que si aceptara que usted es un sueño debería aceptar, sin lugar a dudas, que toda mi vida lo ha sido, no en vano le vengo leyendo desde mi adolescencia y ya van para sesenta años los que acumulo. Es del todo imposible que mi vida haya devenido un sueño. El engaño sería tal que no tendría más remedio que pensar en el suicidio.
—No sea tan visceral, amigo Julio, no lo piense de ese modo. Piense, en cambio, que en los sueños no existe el tiempo, que cabe la posibilidad de que eso que usted mesura como una vida entera no sea sino un instante de ensoñación y despertemos alguno de los dos o aquel que nos sueña a ambos. Destruyendo esta realidad en la que nos encontramos.
—Pero, dejando de lado la idea del sueño, a la que me veo incapaz de aceptar como certeza, confírmeme que realmente usted fue el autor de sus escritos. Bastante duro es para mí estar con alguien que creí muerto, como para aceptar que jamás escribió las maravillas que he leído.
—¿No se da usted cuenta de que eso no es lo importante? Lo escrito, escrito está, independientemente de la mano que lo llevó a término. Esa importante relación que usted necesita entre pluma y mano es innecesaria salvo por dos razones: Una, debida a la egolatría del autor que se piensa único e irrepetible, la otra, la necesidad humana de clasificar para que todo quede en un orden de asociación. Una biblioteca, en suma.
Yo me mantenía callado, calibrando sus últimas palabras. Él continuó con voz más cansada.
—No deseo jugar más este juego Julio. Voy a contarle la verdad, mi verdad más bien.
Mi nivel de alcohol se había reducido lo suficiente como para prever la importancia de lo que vendría ahora y simplemente deje ir un “prosiga entonces, escucho”.
—Primero le diré que el hecho de que algo sea verdad no lo hace más creíble que una inmensa mentira —Confirmé sus palabras con un escueto sí y continuó. — . A lo largo de los tiempos la humanidad ha aprovechado esto para inventar dioses o calumniar a los genios. Es inherente al hombre ese comportamiento.
Se interrumpió un instante para beber un sorbo de agua y continuar
—Le resumiré mi biografía para que me entienda mejor, aunque soy consciente de que ella pueda confundirle todavía más. Nací en Mileto, frente al mediterráneo, en tiempos de Anaximandro del que fui discípulo.
»Muy temprano supe que formaba parte de la raza de los inmortales y ello forzó a que planificara mi vida entorno a esa desgracia atroz. Fui griego, romano y conocí a Arquímedes, a quien le fue arrebatada la vida en aras de la incultura. Fui hispalense, bretón y castellano. Luché y morí, si ello hubiera sido posible, en muchas batallas. Me embarqué por fin en un viaje a las indias y participé en cruentas masacres de indígenas cuyos espíritus aún ahora me persiguen. En America me olvidé de mis orígenes y renací campesino, pampeño, gaucho…
»A lo largo del tiempo he tomado parte en grandes acontecimientos y he cometido las peores bajezas posibles. El momento en el que usted me conoce soy Borges, lo mismo que hubiera podido ser cualquier otro. A pesar de la brevedad con la que he narrado mi vida, imagino que se habrá dado cuenta de que parte de mi obra puede ser mía, ciertamente, aunque otra sea un juego tejido con unos buenos amigos. Probablemente hoy deje de ser definitivamente Borges para renacer en otro lugar y otro nombre, aunque el mundo actual es cada vez más pequeño. Lo único que le pido, Julio, es el olvido. La única cosa que necesito, dado que he sido sincero con usted, es que no reproduzca con nadie esta noche. Si le hablé fue llevado por la necesidad de contar y su deseo de saber. Eso es todo.
Se calló. Mientras había estado escuchándole caí en la cuenta de cuanto más creíble era la primera mentira que aquella terrible verdad. No quise indagar más en lo explicado, nada invitaba a ello. Preferí comprometerme en la promesa y ofrecerle un paseo para terminar la noche antes de la despedida. Pagué y salimos en silencio.
Bajamos lentamente por las Ramblas hasta desembocar en el mar a esa hora sombrío. Paseamos a lo largo del muelle reconvertido en paseo. Era la hora triste del final de las noches de septiembre, cuando todo parece más carente de vida. Andábamos en silencio, él asido a mi brazo. Lo notaba tan liviano como debía serlo un fantasma. Subimos después por el barrio del Raval para sentir el abrigo de los viejos edificios y el eco, entonces terrible, de nuestros propios pasos. Ninguno de los dos hablaba —¿Qué podría decirse después de lo confesado?—. Llegamos hasta la plaza de Sant Felip Neri, donde nos despedimos con un apretón de manos y ni una palabra. Después le vi marchar, erguido y sin usar el bastón. Al poco se borró el último eco de sus pasos y todo se sumió en silencio. Solo el zarandeo de un brazo y la voz de un policía que me urgía a levantarme del suelo dieron por finalizada la extraña noche.

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La Casualidad y “El ladrón de rostros”

“El ladrón de rostros” ya está en marcha. Editorial MaLuma la mandó al corrector y todo sigue su curso. Hasta aquí nada que reseñar. Pero sucede que el tema de la novela, aunque pueda parecer otra cosa, es: la casualidad. Y es ahí donde reside la necesidad de esta entrada en el blog. Os cuento por orden.
El RAE define la casualidad como «la combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar».
En la novela, ¿pudo evitar Diego que su madre fuera hija de María Kardos, cuyas acciones, unidas a los desastres de la guerra, marcarían a todos para el resto de sus vidas? ¿Podía prever Alba lo que encontraría en una mansión de Sant Cugat mientras restauraba un cristo románico? ¿Podían prever ambos que esas circusntancias les llevarían a encontrarse, y que eso les abocaría a un final de violencia inevitable?
Y es que estamos rodeados de casualidades y situaciones imprevistas e inevitables. El nacimiento de la propia novela fue una de ellas. Porque qué probabilidades había de que mi gran amiga, Núria, me preguntara un día, en medio de uno de nuestros escasos almuerzos, que de dónde sacaba las ideas para escribir mis relatos. Y qué extraño destino me llevó a nombras tres palabras sobre las que construir una historia: Un cuadro, una joven y un tren. O qué extraña circunstancia me hizo imaginar en aquella mesa una serie de historias que las contenían. Y que entre ellas hubiera una que, tiempo después, daría lugar a “El ladrón de rostros”.
Creo mucho en las casualidades. Sobre todo porque suelen producirse en un extraño mundo cortazariano vinculado a Rayuela:

“[…]
la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
[…]”

El colofón de todo lo viví hace un par de días, y ese es el motivo principal de esta entrada. La anécdota sucedió del siguiente modo: el corrector de la novela llamó a una de las responsables de la editorial para pedirle mi teléfono. Ella, después de pedirme permiso, se lo dió y él me llamo. Yo, como autor novel, imaginaba que sería para comentar alguna situación extraña o algo que no era demasiado inteligible en el manuscrito.

Nada de eso, resulta que Diego, mi ladrón de rostros, utiliza una de las obras del olvidado pintor: Enrique Pertegás Ferrer (1) que, casualidad de casualidades, es pariente de la esposa del corrector
¡Puede haber mayor casualidad que esta! Que un escritor desconocido se empecine en buscar autores españoles, que se enamore de la obra (escueta) que aparece en la Red de un pintor maldito y que ese pintor sea pariente de la esposa de quien está corrigiendo su primera novela… no sé, parece que todo es Destino y Casualidad. Ya lo dice nuesto ladrón de rostros:

“[…]
jamás fue consciente de que sus acciones provocarían la caída de una primera pieza de dominó que arrastraría tras ella al resto de generaciones de nuestra familia, hasta abocarnos a este momento. Creo que la palabra que mejor lo define es hado, aunque muchos preferirán nombrarlo como Karma, Destino o Fatalidad.
[…]

***

(1) Enrique Pertegás Muñoz tuvo la mala suerte de ser republicano en un país de vergüenza comandado por un general traidor y golpista. Eso le relegó al olvido mientras miles de mediocres sobresalían besando las botas del militar asesino.

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¡Cómo está el servicio!

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La doncella
Entonces… se escuchó un grito, dijo la mujer ¿Y después?, preguntó la subinspectora Abadías. La mujer se quedó pensativa y, negando con la cabeza, juró que no se había escuchado nada más. Solo silencio, se lo juro por la Macarena. Yo, como “usté” comprenderá, no me atreví a entrar. El señor no quiere que se entre en su habitación. Y yo no estoy para que me abronquen o me echen, que tengo a los zagales en casa mi madre y todavía me queda mucho que mantenerlos, hasta que se hagan mayores, ¿sabe “usté”?
La subinspectora levantó la palma de la mano ante la mujer invitándola a callar. Espere un momento por favor, me llama mi compañero. Se excusó.

El mayordomo
Si claro. Yo había subido a dejarle al señor la prensa y su café de la mañana. Cuando estaba frente a la puerta e iba golpearla para pedir permiso y entrar, se escuchó el grito. Hablaba Melquíades, el mayordomo. Cuando se quedó en silenció habló de nuevo el subinspector Mariño ¿Y usted que hizo, entró? Melquíades lo miró como si viera una tarántula subiéndole por el brazo. Jamás se me ocurriría. Respondió.
Ante la mirada inquisidora del subinspector continuó diciendo que el Señor era tajante en eso. Estando él en la habitación no podía entrar nadie salvo que lo pidiera u otorgara permiso para ello. Como comprenderá, ninguno lo incumplimos. No estamos en situación de perder el empleo, con la que está cayendo.
Entonces… cuando escuchó el grito, ¿qué hizo usted? repitió el subinspector ¿Qué iba a hacer?, respondió Melquíades con voz firme, llamé varias veces a la puerta y al no obtener permiso bajé a la cocina. Ordené a la cocinera que les llamase y esperamos allí a que llegaran.
El subinspector salió hacia la habitación haciendo una seña a su compañera.

La policía
—¿Algo nuevo por parte de la doncella, Laura? —preguntó Mariño cuando la tuvo a su lado.
—Nada Juan, no para de hablar, pero no aporta nada. Dice que a las nueve subió a esta planta y, mientras limpiaba una de las habitaciones, escuchó el grito sin atreverse a hacer nada. Después dice que bajó a la cocina y se lo comentó a la cocinera. La misma que nos ha llamado.
El subinspector asentía. Cuando la otra calló siguió él:
—Esto es de locos, ¿sabes? El estirado del uniforme dice que tampoco él miró qué pasaba. Escuchó un grito y tuvo los santos cojones de no entrar “por si el señor se enfadaba”, dice. No me creo nada. Pero por otro lado, un tipo como éste, ¿a ti te extraña que haya podido morir de este modo sin que nadie haya entrado a socorrerle?
Ella no respondió, permanecía callada, ajena, mirando el escenario: la cara de sorpresa del cadáver, los brazos en cruz con las manos atadas al dosel; el tremendo charco de sangre entre las piernas y éstas atadas también al dosel; el cadáver de la mujer sobre el suyo y cristales por todas partes. Qué lástima, pensó, unas sábanas carísimas echadas a perder.
—¿Crees que el juez imputará al servicio por denegación de auxilio? —Fue lo único que acertó a responder.
—No sé qué decirte. Por mí que venga pronto, zanjamos el tema y me voy a comer con mi señora que hoy es nuestro aniversario.
—Felicidades, Mariño. Que dure. Al menos que no te pillen como a éste.

El muerto
¡Mierda! ¿Nadie ha escuchado mi grito? ¿Cómo se ha podido romper el espejo del techo? Pesa mucho. Sí, está muerta, seguro. No me deja respirar. No puedo hablar. Con ésta encima. Por suerte, sino el cristal me habría degollado a mi. No puedo moverme. ¿Por qué me dejaría atar a la cama por esta loca? Me falta el aire ¿Se ha meado encima? Qué es ese líquido caliente que noto entre las piernas. No, no es solo el líquido. Algo no marcha bien. No noto nada. Nada entre las piernas, solo algo líquido, espeso. Estoy cansado. Si pudiera gritar. Pero ni puedo respirar ¿Por qué no viene nadie a quitármela de encima? ¿Dónde está el inútil de Melquíades, o la tonta de la doncella, o la imbécil de la cocinera? Cada vez me falta más el aire. Noto frío. Sueño. Estoy cansado. Me falta el aire… no puedo… no…

Epílogo
Pasados unos días la prensa publicaba: “Muere accidentalmente el empresario Jano Rosellón, destacado miembro de la Patronal. Solo ha trascendido que los hechos ocurrieron mientras trabajaba en casa con su secretaria personal, también fallecida. Nadie pudo socorrerles ya que el resto de la familia se hallaba veraneando en su residencia de Palamós”.
En la foto que acompañaba la escueta nota podía verse al personal de servicio en segundo plano. Para un buen observador, en sus caras podía adivinarse una sonrisa.

(Relato finalista del segundo concurso de relatos “Palabras contadas” de la Editorial La Fragua del Trovador y publicado en un volumen del mismo nombre)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

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Ja no existeix Benimar (bilingüe). Ya no existe Benimar.

la vejez, el olvido, el amor, el recuerdo…

EL CAVALLER DEL CIGNE ciutadà valencià de nació catalana //*//

Platja de Benimar davant del balneari.

Ma mare era baixeta. Gairebé tenia més perímetre que alçada. Estava gruixuda. Jo hi era amb mon pare esperant l’alta mèdica. Ens van dir que ja podia anar-se’n. Estava al llit estirada amb el cap al coixí. No podia alçar-se sola. La vaig destapar i vaig agafar el seu cos per posar-li els peus a prop de les sabatilles. Va ser trepitjar el terra i dir que s’orinava, que m’afanyés que s’orinava…. Es va orinar dempeus junt al llit. No va donar temps d’anar al bany. Vaig buscar una infermera. Em va dir quedés tranquil, que es fregava en un moment i ja estava tot en regla. Mon pare mirava, però no feia res.

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La cena terminó mal

 

Sinestesia En neurofisiología, sinestesia es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Una persona sinestésica puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente. La sinestesia es también un efecto común de algunas sustancias psicodélicas, como el LSD, la mescalina o los hongos psilocibios, pero hay personas que, sin haber consumido sustancia alguna, tienen esa capacidad de percibir sensaciones de diferentes sentidos de manera conjunta o “cruzada” o con “correspondencias”.

El chef en persona salió a preguntar a los comensales. Era vital que los integrantes de la mesa dos salieran satisfechos.
La apuesta del hotel Tristán al contratarlo para dirigir la cocina de su restaurante, el reconocido Prometeo, había sido la oportunidad de su vida. La posibilidad de demostrar su valía a una clientela selecta que podían llevarle de la mano hasta conseguir su primera estrella Michelin. En esa mesa, esa noche, había al menos tres de esas personas.
¿Satisfechos con la cena, caballeros… señoras?, preguntó con cierto servilismo.
Ha sido una experiencia única, Matías, ú-n-i-c-a, comenzó a hablar el caballero gordo que la presidía. El primer plato, crujiente de callos al aroma de romero sobre espuma de garbanzos, me supo a un maravilloso Boccherini, el pasacaglia de su “Quinteto de cuerda en Re Mayor, n º 6”, concretamente ¿Qué te han parecido a ti, querida?, le preguntó a la acompañante sentada a su derecha. Ella se tomó su tiempo, entornando los ojos, degustando el plato de nuevo. Cuando los abrió dijo que había sido puro Goya: retratos de corte.
—No saben lo que me alegra, de verdad —Dijo el cocinero, con una sonrisa que colgaba de sus orejas.
Si hubieras probado los huevos estrellados con yema al cava y jamón de Teruel cristalizado, estoy seguro de que te hubiera sabido a Rodrigo. Habló un joven calvo sentado a su izquierda.
Al escuchar el nombre del compositor el chef, disimulando el malestar, preguntó al joven si podría precisar la obra en cuestión; nada le hubiera dolido más que escuchar el consabido “Concierto de Aranjuez” su plato no se lo merecía. Pero no dijo eso. El joven nombró “El concierto Madrigal para dos guitarras”. No hubiera podido ser otra, Matías. Concluyó.
La distensión del cocinero fue visible a los ojos de todos. Ahora vendrán a tomar nota de los cafés y las copas. Dicho esto los dejó y se encerró de nuevo en su templo de fuego y sartenes. De salir bien el fin de semana con todo ese grupo, tanto el restaurante como el hotel habrían subido un peldaño más hacia la élite gastronómica. Mientras el personal de cocina seguía sus labores él, agazapado tras la puerta, no dejaba de observar al grupo de comensales.
Una señora bajita que se sentaba al otro lado de la mesa aprovechó un momento de silencio para dirigirse a la acompañante del comensal gordo. Jamás se podrá asociar su plato con el Goya costumbrista, le soltó a bocajarro. La otra, la ofendida, le lanzó una mirada que iluminó la mesa de rojo y preguntó cuál debía ser, según ella, el sabor de ese plato. La señora bajita, sin siquiera mirar a la otra, respondió que el sabor de un plato tan español no podía ser otro que “Galatea de las esferas” de Salvador Dalí.
Un anciano, sentado en el ala izquierda de donde se hallaba la señora bajita, soltó una risita indisimulada que pronto fue copiada por varios comensales. Ahí la cosa comenzó a derivar hacia lugares donde no se hace pie.
¿De qué se ríe usted, señor, si puede saberse? Dijo una copia reducida en edad de la señora bajita. El aludido levantó la mirada y puso a juego su vozarrón. Del comentario de la buena señora, dijo, de que ese primer plato sabe a Dalí. Ni a Dalí ni a Goya, los callos sabían a Gaspar Sanz con un toque de Luys de Narvaez, terminó.
El murmullo subía de intensidad a la misma velocidad que la histeria del chef. ¿Debía salir, debía permitir que los comensales dirimieran sus diferencias sin inmiscuirse? No esa noche. Empujó la puerta batiente y salió a intentar poner paz.
—Por favor señoras, por favor señores, la casa les invita a cava. Una noche como ésta lo merece.
Levantó una mano y la dirigió hacia el personal como el mismísimo Toscanini. Las consignas fueron claras: botellas de cava, cubiteras y copas. Tempo: prestissimo.
En un par de minutos había tres camareros distribuyendo copas, sirviendo cava y situando el sobrante de las botellas en sendas cubiteras. Los ánimos, lejos de relajarse, se mantenían en una calma tensa ya que el murmullo acallado en aquella mesa se había extendido en las del resto del salón.
La tensión la rompió un anciano de la mesa más cercana cuando se levantó, se plantó ante los comensales y les expuso su criterio. Hubiera deseado una cena tranquila con mi señora, dijo, pero me ha sido inevitable escuchar las tonterías que han estado diciendo unos y otras. Comparar ese primer plato con Goya, Rodrigo o Boccherini. Absurdo, me parece una completa trivialidad. Ese plato sabe, y siempre sabrá, a la hermosa literatura de Francisco de Quevedo…
Ahí acabó la paz.
Tres horas más tarde dos unidades de la policía nacional procedían a llevar a comisaría a los menos magullados y diversas ambulancias repartían al resto por distintos hospitales de la ciudad. El personal del restaurante, y parte del personal de servicio del hotel, intentaban eliminar la imagen de campo de batalla en la que se había convertido la preciosa sala. Matías, el chef, lloraba desconsolado sentado en una de las sillas que todavía permanecían enteras. Acababa de declarar ante el subinspector Melchor y éste departía ahora con el comisario Moreno, pormenorizándole todo lo que había podido recabar de los distintos protagonistas de la batalla campal. El comisario asentía con la cabeza.
Cuando el subinspector terminó, el comisario dio las órdenes pertinentes y salió en dirección a su casa. Mientras el chofer conducía, él iba pensado en lo estúpido que había que ser para ofrecer una cena a los integrantes de una convención de afectados graves de sinestesia. Era de prever que las cosas no marcharían bien, sobre todo porque un plato que contenga callos y garbanzos solo puede saber a Manuel de Falla y no a otra cosa.

(Relato finalista del primer concurso de relatos del Hotel Tudemir y publicado en una antología)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

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Chucho y yo (de Cat Stevens a Beethoven)

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Hoy empecé el día sumamente triste. En vez de echar de más y sentirme cómodo con mi soledad, me dio por echar de menos. A mis hijos, a mis nietos. A esas amigas que atesoré a lo largo de los años y que ahora se han perdido o no me atrevo a llamar por no inmiscuirme en sus vidas… solo me queda Chucho, y a él todavía no me atrevo a confesarle ciertas cosas. En cambio sí he decidido ponerle un apellido. Es un entendido en música y eso merece un premio. ¿No se le da apellido a cualquier imbécil que babea frente a cualquier programa basura de la televisión? Pues mi perro está muy por encima de muchos de ellos.
Mirad, la cosa ha ido más o menos de este modo. Hemos escuchado las variaciones Goldberg durante un buen rato —es un desayuno que tomo cada mañana desde hace un tiempo. Sobre todo la versión de Gould de 1955—. Bien, al terminar nos hemos mirado y se lo he dicho, Te llamaré Darwin, Entiéndeme, entre nosotros seguirás siendo Chucho, es como cuando mis nietos me llaman “abuelo”, un apelativo cariñoso, pero quiero que sepas que en círculos más formales serás Darwin. Me ha mirado, preguntándome el porqué de ese nombre tan inglés. Pues porque tú eres un beagle, le he explicado, y ese era también el nombre del barco en el que viajó Charles Darwin —autor del “Origen de las Especies”— en su primer viaje como. Me ha movido el rabo, no sé si para mostrar contento o porque tenía ganas de que lo sacara a pasear. Le he dado unos golpecitos en el lomo y hemos salido a la calle. Ese perro me está ablandando.
Pero os contaba que siento tristeza. Y cuando eso me sucede echo mano de la música. Soy así de previsible. El problema entonces es la elección. No tengo el ánimo para escuchar nada alegre, pues no es ese el ánimo al que pretendo llegar; ni me apetece una música triste, nada peor que bajar más peldaños hacia la auto lamentación.

Lo que he hecho ha sido llamar a Darwin. Él, como es habitual, no ha dicho palabra, me ha mirado con la cabeza ladeada y esos ojos que parece que te lean la mente y se ha sentado en el sofá, a mi lado. Después me he dejado llevar por los recuerdos: he puesto a Cat Stevens y su maravillosa “How can I tell you”. No sé, sus palabras me transportan a una primavera en octubre en la que me sentí amado como nunca antes. Ha estado bien, ha conseguido mutar la tristeza en simple melancolía. A continuación he pasado por varias canciones importantes para mí pero que no deseo compartir ahora. Al final, y como no podía ser de otro modo, he terminado en la sexta sinfonía de Beethoven “Pastoral”. Ha sido empezar y nos ha cambiado la cara. Darwin ha puesto las orejas en modo atención y ha abierto más los ojos. Incluso me atrevería a decir que sonreía. No me hagáis caso, igual es que he mimetizado la mía en la suya. Ya sabéis, eso de la edad, la excusa perfecta.
Verás, Chucho, le he dicho, ¿sabes que esta sinfonía se podría calificar como el primer ejemplo de lo que años después conoceríamos como música programática? Música asociada a algún objeto del mundo real, un río en el caso de “El Moldava” de Smetana o las conocidas Suites de “Peer Gynt” que pondremos otro día. El mismo Beethoven bautizó cada uno de sus movimientos. Este primero se subtitula: “Apacibles sentimientos que despierta la contemplación de los campos”. Y nos hemos dejado envolver por la ingenuidad y la sencillez que se desprende de los temas del primer movimiento. Cargadas de humor, de alegría por escuchar los sonidos de la Naturaleza. Eso seguro que lo debes percibir tú mejor que yo, le decía, mientras él apenas podía mantenerse quieto, parado sobre sus patas traseras y mirándome a mí y al cuadro que hay situado entre los altavoces. No te pierdas ahora la serenidad que transmite el segundo movimiento. “Escenas junto al arroyo” se llama. Y le iba contado mis sensaciones al escuchar cada tema, cada cambio de orquestación, los distintos colores y armonías. Él, animal joven, apenas podía permanecer quieto. En el tercer movimiento, “Escenas junto al arroyo” se ha subido al sillón, a mi lado, para que le tocara la cabeza. En el cuarto: “La tempestad”, algunos ladridos han creado disonancias con los golpes de timbal. Pensaba que no sería capaz de terminar la obra a mi lado. Pero la sorpresa ha llegado en el alegretto quinto movimiento: “Himno de los pastores después de la tormenta”. Ahí se ha vuelto a sentar en el suelo y ha levantado la cabeza como si necesitara de toda la concentración para captar el juego sutil que Beethoven hace de los temas, mezclándolos como si eso fuera lo más sencillo del mundo.
Ese perrito me está devolviendo la ilusión. Entre él y el gran Ludwig se me ha quitado la nostalgia y he sentido como se me llenaba el pecho de aire nuevo. También influye, y esto lo confieso en voz baja, que no pasan las horas para que vuelva a encontrarme con la encantadora desconocida de ayer. Me siento un chaval. Habrá que ver si, llegado el momento, el resto del cuerpo se comporta con la misma alegría que mi cabeza.

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Chucho y yo (Álbum Past light, William Ackerman)

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Llamadme nostálgico, pero todavía hoy conservo uno de aquellos dispositivos que se bautizaron como Walkman (caminante, o algo así). Un lector portátil de cintas de cassette. Es una antigualla que viene de mis tiempos de informático, cuando, para inhibirme del ruido del entorno me ponía unos auriculares y alguna música suave. Era el único modo de concentrarme en la programación mientras a mi alrededor pululaban administrativas, contables, comerciales y jefecillos varios. También por esa época descubrí unos sellos discográficos: ECM y Windham Hill. Ambos se caracterizaban, no solo por su contenido musical, sino también por la altísima calidad de sus grabaciones.  Y es de esa época y de esos sellos que todavía conservo algunas cintas.

Que porqué os he contado todo esto. Pues porque antes de sacar a Chucho de paseo, me he puesto mis auriculares, los he conectado a mi Walkman y he puesto una de esas cintas, con una excelente grabación del álbum Past Light, de William Ackermann. Así de esa guisa he salido a la calle.

Las tardes de junio son largas, el ambiente todavía no ha perdido la luminosidad de la primavera, que el verano sustituirá por una calima densa y caliente. Vaya a saber si sería por eso, o porque ese perrillo me está afectando al cerebro,  pero miraba a las personas que andaban paseando sin rumbo y se me antojaban hermosas. Entendedme, uso «hermoso» en un espectro muy amplio. Ni hablo de absoluta belleza, ni me refiero a ese concepto masculino de la tía buena ni me estoy dejando llevar por el amor griego. Era solo que veía a todo el mundo sonriente, andando con la cabeza alta y mirando al infinito con dignidad.

Todas estas conclusiones de arriba las he tenido sentado en un banco. Uno que se encuentra al lado de un pipi-can que hay cerca de mi casa. Y ha sido así, ensimismado como estaba, que he escuchado una voz por encima de la de William Ackermann. A mi me sucede como a usted, ha dicho. Me he sacado los auriculares, he girado la cabeza y me he encontrado frente a una mujer tan hermosa (ahora sí), que se me ha acelerado el corazón como a un adolescente. Viendo que yo no hablaba ella ha continuado. También se me escapa una sonrisa mirando a mi perrita, sabe, Hacen tanta compañía, El suyo cuál es, ha preguntado. No he tenido más remedio que sobreponerme y responder. Es ese de ahí, el beagle joven que anda persiguiendo a ese otro de color grisáceo. Me sentía tan imbécil. Sesenta y siete años y balbuceando como un chaval con su primera chica.

Nos hemos quedado en silencio. Ella mirando a los perros y yo mirándola a ella mientras llegaba el lejano rumor del tema Synopsis II. Perdone que haya interrumpido lo que estaba escuchando, Siga, por mí no lo haga. Lo ha dicho sin mirarme, pero vistiendo una sonrisa que me ha llevado a imitarla. No se preocupe, le he dicho sin apartar mis ojos de ella, es una vieja grabación de los años ochenta y me la sé de memoria. Otro silencio, el giro de su cabeza, terminado cuando han coincidido las dos miradas, y otra pregunta, Si no es mucha indiscreción, qué estaba escuchando. Le he ofrecido los auriculares, se ha acercado uno a la oreja y lo ha tenido así hasta el final del tema. Es muy bonito, Qué es, no lo conocía. Se lo he dicho, incluso le he repetido la retahíla del sello discográfico. Ella escuchaba con atención, sin apartar los ojos. No sabría explicar lo que he sentido. Bueno, sí que sabría, pero ni este es el lugar ni tengo desparpajo como para soltar ciertas intimidades.

Después de hablar de algunas banalidades y contar algunas anécdotas de nuestras mascotas (las mías inventadas), me ha dicho que debía irse a casa. Volverá mañana, me he atrevido a preguntar. De normal vengo cada día, salvo que mi hija me necesite, ha sido su respuesta. Pues entonces espero verla mañana, he dicho mientras le ofrecía la mano para estrecharla. Me la aceptado y se ha ido. Allí me he quedado yo, con cara de imbécil, mirándole el trasero a la mujer más guapa que puedo recordar y sin saber su nombre ¡Hemos olvidado presentarnos!

Desaparecida ella, he entrado a coger a Chucho. Era hora de cenar y ver un poco la tele. Mientras íbamos para casa y después, mientras preparaba la cena, le he estado explicando lo sucedido. Y todo gracias a ti, Chucho, le decía mientras le acariciaba la cabeza y él me lo agradecía moviendo la cola. Lo que son las cosas, Darwin, ¿te das cuenta de cómo las distintas casualidades construyen nuestros hilos de vida? Él apenas ha movido las orejas mientras se dejaba hacer. Después se ha sentado, se ha rascado el lomo con la pata trasera y se ha echado a dormir el cansancio. Yo me he quedado escribiendo estas lineas, escuchado de nuevo a William Ackermann y recordando el vinilo original sonando en un giradiscos, y a Julia, y a cómo mientras cenábamos le dije, esta música es perfecta para hacer el amor…y ya han pasado más de treinta años. Jodidos recuerdos.

Por petición del sello discográfico está prohibida la inserción de vídeo. Para escuchar el álbum entero ir a este enlace 

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Chucho y yo (Beethoven, sonata No.14 ‘Claro de luna’)

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Ayer me sorprendí. Tenía a Chucho sentado a mi lado. Él, lejos de expresar nerviosismo, movía las orejas como si quisiera captar más y más sonidos. Hoy habré de dedicar un tiempo a buscar el espectro sonoro del oído del perro para averiguar si él escuchaba realmente el piano de Baremboim o solo mimetizaba mi cara de extasiado cuando escucho cierta música.
He repetido el experimento. Bien, repetirlo no es la palabra exacta. Lo que he hecho ha sido mejorarlo. Cómo, preguntaréis. Pues he cogido la sonata que conocemos como Claro de Luna y la he escuchado en dos de sus versiones. La primera, como no podía ser de otro modo, ha sido la de Daniel. Pero no sé porqué, esta vez he detectado algo en lo que no había caído antes. La melodía es una nota Sol que se repite dos veces en diferentes figuras: una corchea con puntillo, una semicorchea, final de compás y enlace en una blanca. Pues bien, puedo entender que el intérprete, llevado por la idea romántica caiga en un exceso de rubato, pero que alargue esa semicorchea hasta desvirtuar el ritmo del compás, me ha parecido una licencia excesiva.
Tú cómo lo ves, Chucho, le he preguntado al perro. Él ha puesto cara de no entender pero ha girado la cabeza hacia la pantalla y ha permanecido a la expectativa. Mira, Chucho, vamos a buscar alguna otra versión para comprarla, le decía mientras buscaba otra versión. He descartado algunas y al final me he decantado por una que he encontrado de Wilhelm Kempff, mejor medida.
Nos hemos arrellanado en el sofá y la hemos escuchado entera. Cuando terminaba me he dado cuenta de que tenía la cabeza de Chucho apoyada en mi regazo y yo le acariciaba el lomo con suavidad, en el sentido del pelo. Ha sido curioso. He caído en la cuenta de cómo nos acostumbramos a la ausencia de caricias. Y no porque no sean necesarias, sino porque es el mecanismo de defensa que nos regala nuestro cerebro para no volvernos más locos de lo ya estamos.
Me he sentido triste. Me jode confesarlo, pero ese ha sido el sentimiento. Un triste viejo acariciando a un perro mientras Kempff nos regala una Claro de Luna memorable. Me lo he sacudido de encima. No me apetecía en absoluto que Chucho recibiera como regalo algo que yo echo en falta.
No sé si le ha dolido mi desprecio. Ha bajado del sofá, se ha sentado frente a mí, me ha mirado como quien mira un pedrusco, se ha lamido la entrepierna y se ha ido a la cocina, a su rincón, a beber agua y echarse en su canasto.
Una vez solo he hecho lo que tantas veces. Me he preparado una copa de vino, he ido a la carpeta de fotos y me he dedicado a mirar y remirar las fotografías de Lola, la mujer que estuvo ahí cuando ella me dejó. Y así he ido consumiendo las horas, transmutando el vino en lágrimas y convirtiendo la vida en auto lamentación.
No sé cuánto tiempo habrá transcurrido, pero casi una botella de vino después, mientras dormitaba con la cabeza apoyada en el brazo y éste sobre el teclado del portátil, he notado que algo se restregaba por mis piernas. He mirado, medio mareado como estaba, y allí se encontraba Chucho, acariciándome las pantorrillas con su cabeza. El maldito perro egoísta, haciendo caso omiso a mi necesidad de estar solo, quería que lo sacara a la calle.
Si, claro, lo he hecho. No me apetecía salir, pero menos me apetecía tener que limpiar meados y cagallones de perro. Como si uno no tuviera ya bastantes problemas.

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