Novelas y partes metereológicos

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Tú dirás que no, siempre lo dices, pero te desarma las ganas entrar a leer lo que ha escrito alguien y encontrarte con el parte meteorológico.

           Porque tú vas con todos los brazos de las ganas abiertos de par en par y entonces pasa que lees el título: “La sombra de la Atalaya”, te atrae, abres el documento y te cuenta: “el día amaneció nublado…”; o te impacta este otro: “Los amoríos de Gustava” y cuando llegas a la primera línea un narrador sin personalidad te dice:” la lluvia azotaba los cristales…”

            Que no te digo que no, que igual resulta que el amor de Gustava era como el de la canción aquella en la que una mujer, a la que aterrorizaban las tormentas y su marido era vendedor de pararrayos, debía ser consolada por el vecino, pues siempre que había tormenta su marido salía a vender su producto estrella.

Pero no acostumbra a ser el caso. Es más bien una cuestión de no darle importancia al comienzo. Cuando el comienzo, como sucede con el amor, ha de ser lo más cuidado de todo. Anotación: “pensar que alguien debería escribir un tratado sobre la importancia del íncipit[1] a la hora de enlazar palabras.”

            Es peor la ortografía, Lucas, me dice ella como exculpando la falta de imaginación de los escritores noveles. Pero no me apetece en absoluto enzarzarme en una discusión sobre calidad de escritura porque sé que, de manera irremediable, derivará en un choque de conceptos estéticos y valoraciones del contenido por encima de la forma y ahí que se nos jode la cena del sábado. Lo dejamos. Bien, lo dejo yo. Por ella esto sería Normandía todos los días y la vida en pareja, su equilibrio emocional, debe prevalecer ante cualquier contingencia.

            Mira, aquí hay otra: “El jardín de Nosferatu”, clasificada como novela de terror. La abro. Primera frase: “Una niebla húmeda, mezclada con una llovizna que se clavaba en la cara, hacía imposible ver el camino…” Pues quédate en casa, pero no nos hagas perder el tiempo con un comienzo que recuerda a los de las películas de Drácula que hacía la Hammer Productions entre los años cincuenta a setenta. Qué sé yo, empieza diciendo que “Un grito desgarrador hizo que el caballo se asustara y él dio con sus huesos en el fangal en que la lluvia había convertido el camino…” o con “El jinete descabalgó y al ir a golpear la aldaba de puerta vio que estaba abierta ¿Debía entrar al castillo para guarecerse de la lluvia?” La acción sucede en medio de la lluvia, pero ¡Che, nano! La das otro toque.

           ¿Dónde quedan comienzos memorables como los de: “El guardián entre el centeno”, “Rayuela”, “Lolita”… ¡Oh, el maravilloso comienzo de Lolita! que, tal como lo vas leyendo y aún sin conocerla todavía, te permite entender que Humbert Humber caiga de bruces en las garras de aquella nínfula adolescente.

            De caer va la cosa, hemos caído de lleno en la mediocridad más absoluta. Nos comparamos con lo más bajo y eso nos lleva a ir convirtiéndonos en mierda que lee mierda y que a su vez genera mierda.

            ¡Mierda, voy a releer a Nabokov!


[1] En las descripciones bibliográficas, primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo

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