Su fotografía

Miró el WhatsApp y se encontró con una fotografía de Lucía. La acompañaba un escueto mensaje: “te la debía. Besos”.
Se quedó allí, mirando embobado. Como si hubieran puesto frente a él el tesoro más hermoso. Aunque eso no se lo diría jamás. Nunca se atrevería a confesarle lo que sentía por ella, lo hermosa que era ni cuánto la había deseado a pesar de no querer darse cuenta. Prefirió quedarse allí, en su silloncito, contemplando la exquisita madurez de una mujer a la que apenas conoció de adolescente y a quien ahora, al cabo de los años, había reencontrado en las redes sociales.
«Si me atreviera…» Prefirió dejar escapar el pensamiento y centrarse en la foto.
Imagen demasiado pequeña para su vista gastada. La maximizó. Tampoco era suficiente. Prefirió enviársela a su dirección de correo, abrir el ordenador, el correo, abrir de nuevo la foto con el visor de Windows y en su pantalla apareció ella de nuevo. Solo que más nítida.
Era incapaz de apartar la mirada.
Lo primero que le impactó fue esa pierna infinita, ese muslo de mujer rotunda y cierta; sin abalorios, sin más contenido que ella misma, su inexcusable edad y ese instante en el tiempo que la había capturado para él…
«Solo para mí», se reafirmó en voz baja.
Cuando fue capaz de apartar la mirada de las piernas la vio en su globalidad y entonces cayó en otra cosa, la espectacular estética del posado: La forma de sentarse en el poyete, apenas ladeada; el brazo izquierdo descansando indolente en el soporte de obra que sobresalía del banco y la mano abandonada a la ley de la gravedad. La derecha, cruzada sobre el pecho, sujetaba unas gafas de sol, una de cuyas varillas apenas se introducía entre la comisura de sus labios; en un gesto de una sensualidad tan grande que sintió que le pinchaba en el sexo.
De toda la fotografía lo único que le molestaba era que sus pechos quedaran tan escondidos detrás del brazo y la sombra. Aunque le dio igual. Esa era una parte de ella que había tenido la suerte de conocer de joven, en la playa. Y todavía ahora recordaba su redondez como si los tuviera delante. No pudo evitar sonreírse al recordar esa vuelta al pasado y la imagen de aquellos pechitos redondos y duros que solo regala la adolescencia, cuando vivimos cargados de complejos y temores.
Quería, deseaba más bien, observarla en detalle hasta aprenderla de nuevo, hasta conocer cada rincón de “esa Lucía del presente” que el global de la foto escondía a su vista de viejo. Fue a la barra de zoom, maximizó al 100% y centró el rostro de ella en la pantalla. Sus labios seguían siendo los de siempre: sensuales, apetitosos, firmes. El rostro, todo y el paso de los años, apenas se alejaba de la muchacha que conoció hacía ya una vida… Pero fue la mirada lo que captó su atención. No recordaba esa sensualidad en sus ojos. Los sabía oscuros, guardaba en la memoria el tono moreno y excitante de su piel, pero jamás la había visto mirar de aquel modo tan sensual, no lo hubiera olvidado. Le dio por pensar que esa mirada a cámara miraba en realidad a sus ojos. Imaginaba en ella una invitación a acercarse a besarla por primera vez. «Como si fuera a ser capaz».


Intentó sentir ese improbable primer beso ¿Cómo sería, habría química en él, sería como volver al pasado y resolverlo? Dejándose llevar por los labios de la fotografía decidió imaginar un futuro beso. El momento del primer contacto de los labios… pero no sintió nada. Cayó en la cuenta de que el beso, más allá de un acto que puede ser hasta técnico, es algo que no depende de una boca sino de las dos que lo construyen. Es el punto inicial que puede desembocar en el juego más hermoso, durante el cual cada uno de los amantes actuará con mayor o menor libertad y habilidad. Pero el comienzo, ese primer contacto carnal, no es reproducible salvo que acudamos al recuerdo de otras bocas y otros cuerpos.
Extasiado en la fotografía apenas se dio cuenta de la profundidad de lo que acababa de pensar. Tuvo que salirse de la pantalla y mirar al techo para recapacitar en todo ello. Se sonrió pensando que un pensamiento tan profundo hubiera nacido en él. Por unos segundos redirigió la mente preguntándose si sería capaz de besarla como merecía, si ella le devolvería la misma pasión e incluso si, caso de llegar a ese hermoso instante, le rehuiría los labios en un hábil y esquivo regate.
Hizo una mueca y volvió a la imagen. Ahora el pensamiento tomó un giro más lujurioso al centrarse en la varilla de las gafas que jugueteaba entre su mano y la comisura de los labios. La mente de Lucas la transformó en uno de sus dedos semiescondido en aquella boca apetecible. Ese pensamiento le excitó mucho. Por un momento sintió cómo el dedo imaginado en la boca de Lucía era succionado por ésta, aferrado entre el paladar y la lengua y apenas acariciado por unos dientes que podían ser feroces amigos. Por un instante, la boca de la cara de la foto se alimentaba de ese dedo inmaterial, mientras Lucas lo derivaba a su sexo y efectuaba una extraña transformación en la que el dedo pasaba a ser su pene dentro la boca ilimitada y perfecta de la foto de Lucía, “de Lucía”, de ella al fin. Tuvo que apartar la imagen de la mente. Echó un trago de la taza de té y se serenó un momento antes de mirar la pantalla de nuevo y mover la foto con el ratón haciendo desaparecer el rosto y ceder protagonismo a las manos.

Si le enamoraba ella, cómo no iban a enamorarle también sus manos. Se fijó en los dedos: los pliegues de piel y el relieve óseo entre las falanges, los surcos venosos del dorso y en las marcas que regala la edad. De nuevo el deseo trascendió lo físico para imaginar esas manos en la caricia ¿Cómo se comportarían al unirlas con otras manos, serían algo inerte, acariciarían el tejido blando de entre los dedos, jugarían con él…? Las imaginó recorriendo su pecho y su espalda, reconociendo los brazos o recorriéndole el rostro como lo harían las de un ciego. No dejaba de imaginar cuál sería su ritmo, la presión ejercida, si acariciaría con las yemas de los dedos o se dejaría llevar por la sutileza del filo de las uñas. Pensaba en ello y las sentía en él como reales. Cerró los ojos y como lo haría una cámara en un plano subjetivo, las vio bajando hasta el pantalón, desabrochándolo, bajando la cremallera y apenas sin esfuerzo dejar al descubierto sus slips. Vio entonces a una de ellas pasando suavemente por encima de la tela fina de algodón para tomar conciencia de lo que habitaba debajo. Sintió, porque casi podía sentirlo, cómo ahora una de las manos se escondía por debajo de los calzoncillos y le agarraba el pene apenas erecto, jugueteaba con él hasta engrandecerlo y después se escondía por su entrepierna hasta acomodar su escroto entre la palma y los dedos…
Abrió los ojos y se dio cuenta de que la mano real que le acariciaba era la suya mientras la de la fotografía seguía allí, lejana, formada por un número indeterminado de píxeles que excitaban su retina y a su pene sin más propósito que la emisión de fotones y el llenado gratuito de sus cuerpos cavernosos.
«Estoy loco», se dijo Lucas, «estoy loco por pensar que una mujer como ella va a venir a mí, a echarse en mis brazos y colmarme de caricias».
Deseaba cerrar el visor de imágenes y terminar con esa especie de tortura, pero una fuerza que no sabía definir le obligaba a seguir moviendo la barra de desplazamiento vertical para que apareciera ella en detalle. Hasta que llegó a un lugar hipnótico: el vértice superior del cruce de las piernas, el lugar donde habitaba su pubis y que quedaba escondido bajo la camiseta. Pero le restó importancia. Incluso pensó que tal vez era mejor así, porque gracias a ella podía percibir la ligera curva que se generaba en los pantalones y que el asoció con la carnosidad de esa leve loma previa a su sexo ¿Podía ser que los dioses le premiaran con algo tan apetecible como excitante?
¿Cómo sería el tesoro escondido de Lucía? Intentó recordar los que había conocido pero le era imposible desligarlos de cada mujer y reubicarlos en ella. Le sucedió lo mismo al pensar en los que había encontrado en las páginas pornográficas, no podía asociarlos a ella y embrutecerla. Prefirió partir de esa carnosidad e imaginarlo. En ese momento ideal del pensamiento le quitaba el pantalón, le bajaba las bragas, que se le antojaron negras, y descubría frente a sí el pubis adivinado. Le puso pelo, se lo quitó, le dio distintas formas… al final lo aceptó con el vello recortado en la hermosa forma de copa, de cáliz para él. Así imaginado le separó las piernas con lentitud para ver aparecer, como en un tiempo de adagio, los dos labios externos y carnosos, de los que apenas sobresalía la fina piel de los labios internos… y se detuvo.
No podía más con ese juego ¿De qué le servía imaginarlo si jamás lo degustaría de forma real? ¿De qué le servía hacer cábalas sobre su coño soñado si el coño real, la vulva deseada de Lucía nunca estaría a su alcance?
¿Qué sentido tenía volver a perseguir fantasmas después de una vida que siquiera le había servido para olvidarla? Se daba cuenta ahora de que había necesitado esa fotografía para comprender que nunca se la sacaría de la cabeza. Y de que fotografías como aquella solo servirían para excitarle y aliviarse después en un acto que ya conseguía en páginas de la Red ¿Deseaba usar la imagen de esa maravillosa mujer para eso? No, ella era algo muchísimo más importante. Tal vez la mujer de la que podría enamorarse, caso de volverla a ver…
Aunque no, jamás le contaría a Lucía sus sentimientos, qué iba a pensar ella. Después de toda una vida, él ya casi un anciano ¿Cómo iba a fijarse en él una mujer así? No la merecía. Ese era el mantra que dejó rebotando en su cerebro: No la merezco, no te merezco Lucía, no te merezco, no te, no… Sonó el móvil. Miró la llamada entrante: “Lucía, amiga”. El corazón estuvo a punto de reventarle y sintió cómo la sangre bombeaba por su cuello sin freno. Desplazó el dedo hacia el icono verde de responder. Dejó ir un apenas audible “Hola, Lucía…” y una voz firme y calmada le habló del otro lado:
—Hola Lucas ¿Te iría bien quedar y vernos? Tenemos toda una vida que contarnos.

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