Frente a la ermita (Relato irreverente)



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Cerca del pueblo donde pasan sus días de vacaciones hay una ermita. Es un paseo relativamente largo y algo incómodo. Pero a esa hora ya mengua el calor, apenas sube nadie y han decidido hacerlo.
Llegan sobre las seis de la tarde. Corre una brisa suave y la temperatura es agradable. El único problema es que encuentran la puerta cerrada y les será imposible entrar a echar un vistazo. Se sientan en unos de los poyetes que hay a cada lado de la entrada, protegidos por un tejadillo soportado por un bonito artesonado de madera.
Siempre he tenido una fantasía y pensaba que hoy la satisfaría. Ha dejado ir Lucas como si echara las palabras cuesta abajo. Mirando hacía el horizonte en un gesto que da a entender que lo imagina incluso antes de contarlo.
Lucía, de vuelta de todo, sólo pide confirmación de si su fantasía tiene que ver con sexo. Sexo y profanación, confirma él girando la cabeza y regalando una sonrisa tan lasciva que provoca una punzada de excitación en el vientre de la mujer.
Así, sentados y mirándose a los ojos, le cuenta. Siempre he tenido dos deseos que no he podido satisfacer. El primero, tener a una mujer (mejor una novicia) de pie, desnuda y reclinada sobre el altar mientras la penetro desde atrás. Lo veo como un acto tan carnal como irreverente. Escuchar los gemidos de placer mientras ahí delante, mirando, tienes el símbolo Gore del catolicismo. Lucía escucha sin abrir la boca mientras él continúa: mi segundo deseo es masturbar a una mujer tal y como debe hacerlo el cura desde dentro del confesionario para terminar follando en su interior con las cortinillas pasadas. Si además me lo imagino durante la misa, me parece algo tan divertido y perverso… “la fantasía de la beata”, le llamo.
Se calla. Apenas unos segundos después es Lucía la que plantea una imposibilidad manifiesta de llevar a término unos actos tan hermosos y sacrílegos como aquellos.
—Hay una cosa que sí podríamos hacer —concluye.
Ante la mirada inquisidora de su amante explica que podría conformarse con metérsela frente a la puerta. Ella podría agarrarse a los pequeños enrejados que cubren los dos ventanucos que permiten ver el interior y él podría subirle la falda y metérsela desde atrás al estilo de la novicia pero algo más lejos del altar.

A Lucas se le ilumina la cara. A pesar de ello tiene dudas: podría subir alguien, podrían verles… Lucía no da crédito y lo corrobora diciendo:
—¿Quieres follar en el altar de una iglesia pero te da corte hacerlo en medio del campo?
Su recriminación no está exenta de lógica. Pero la tiene, piensa él, para la mente de un creyente, debe ser infinitamente peor pecar en el altar frente a su cristo que a unos metros y en la calle. De todos modos tanto los pensamientos como los temores se diluyen cuando la ve subiéndose la falda con la mano derecha para tirar de las bragas hacia abajo. Después, con una inclinación estudiada del cuerpo que deja la faldita al límite de la unión del culo con el coño, se las quita y se las da diciendo que las guarde él, que tiene bolsillos en el pantalón. Hecho esto y como si fuera la acción más inocente del mundo, se agarra a las pequeñas verjas de los ventanucos, separa un poco las piernas y se entrega a describir el interior con voz casi inocente.
Lucas que ante esa visión se ha encendido como una cerilla se le acerca por detrás hasta abrazarle los pechos y mordisquearle el cuello y los lóbulos de las orejas. La mano derecha apenas ha esperado para esconderse bajo la falda y hacerse un hueco entre las nalgas hasta llegar a la entrada de la vagina. Ella, húmeda ya desde hace minutos, entreabre un poco más las piernas para facilitar el acceso a unos dedos hábiles que desean prepararla para lo que vendrá.
No es exactamente su fantasía, cierto, pero la vive tan cercana que la polla se le ha endurecido como si hubiera viajado a su juventud. Ella, que la ha tomado en la mano para guiarlo en su ceguera, percibe esa sangre presionando a su juguete preferido. De ahí, excitada como está, le pide que la acerque a su destino final y la penetre con fuerza.
—Quiero sentirte como si yo no fuera yo sino una novicia lasciva que necesita que la follen —susurra sin apenas girar la cabeza.
Lucas construye la imagen en su cerebro y la penetra con fuerza. De un modo tan salvaje que la mujer ha sentido incluso algo de dolor, pero la excitación es tan grande que se contradice a sí misma pidiéndole que sea más feroz, como si esa violencia la llevara a un lugar más primitivo y arcano. Aferrada con fuerza al metal se ve en la necesidad de presionar hacia atrás para que las embestidas del hombre no la empujen contra la puerta. Lucas, en un acto instintivo, la agarra por el pubis metiéndole los dedos entre los labios hasta alcanzar el clítoris y magrearlo sin el menor miramiento.
Lucía se deja ir en un grito sin control que resuena en el interior de la pequeña capilla hasta ser absorbido por los gruesos muros tras varios ecos que lo amplifican sin dejarlo salir del interior.
Se quedan allí quietos escuchando las últimas reverberaciones que les llegan como un recordatorio de su maravilloso sacrilegio. Ella, que se había ido agachando para facilitar la penetración, se levanta poco a poco. Él, todavía abrazado, siente como la vagina se endereza hasta echarlo fuera. Aún y así permanece abrazado a ella con la polla entre sus muslos, que Lucía mueve suavemente para no dejar de masajear a su juguete. Mientras él se mueve parsimonioso para no perder la erección y mordisquea el cuello de la amada, ella habla de nuevo, todavía con la voz algo trémula:
—Ahora faltaría la otra fantasía.
—Y qué hacemos, ¿compramos un confesionario estilo sueco y lo montamos aquí fuera?
Lo ha dicho en broma mientras abandonaba el abrazo intenso que ya incomodaba por el calor. Ella bromea a su vez respondiendo que el IKEA más cercano está a demasiados quilómetros para cualquier erección. Y le propone una relectura. Hacerle una paja allí mismo, sentados en el poyete y a la fresca. Cierras los ojos e imaginas que este atardecer es el interior de un confesionario y aparece la primera adolescente.
Mientras hablaba le ha cogido el pene con la mano y lo ha ido acercando hacia el banco de piedra. Ahora, sentados, Lucía le susurra al oído:
—Ave María Purísima.
Lucas, como si volviera a las confesiones de la infancia, responde el consabido “Sin pecado concebida” para continuar con la fórmula: “De qué te acusas hija mía”.
Lucía, como si volviera a la pubertad, ahora sin pudor alguno, empieza a relatarle sus primeros escarceos sexuales: estuve con un chico que me puso la mano en el muslo, padre… Y yo no quería pero él subió por debajo de la falda hasta llegar a mis braguitas y metió uno de sus dedos dentro para tocarme la “cosita”… Y a mí me gustó mucho, padre, ¿eso es pecado?
Lo cuenta mientras le tiene los huevos cogidos con la mano izquierda y la derecha se mueve por la polla de arriba a abajo, subiendo y bajando el prepucio y regalando un movimiento extra como de tornillo. Él, metido en su papel de confesor, agarra uno de los pechos mientras pide más detalles… y qué más te hizo ese muchacho, hija mía.
¡Ay padre, no sé qué me pasó! Continúa ella en su papel, al final le dejé que metiera toda la mano por dentro y la debilidad me llevó a abrir las piernas hasta que me metió un dedo allí dentro de mi “cosa”. Pero me decía palabras dulces, me chupaba el cuello y al final, cuando me besó en la boca, no sé qué sucedió que sin darme cuenta tenía su cosa en la mano. Era como un palo duro y blando a la vez, padre, y muy caliente y parecía que estuviera vivo y respirara, padre…
Imaginar la escena mientras ella, metida en el personaje como si fuera Meryl Streep, le sigue masturbando, es esfuerzo suficiente como para que se corra en un orgasmo que después, llevados por la religiosidad del lugar, Lucas cataloga de “divino”:
Anochece cuando han terminado de recomponer ropas y cuerpos. Nadie les ha interrumpido, tan solo el buen Dios habrá pasado por allí permitiéndoles un momento tan íntimo y hermoso. Como un último homenaje a la irreverencia hacen el signo de la cruz frente a la puerta y después se marchan, vuelven al pueblo.

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2 respuestas a Frente a la ermita (Relato irreverente)

  1. baaldemont dijo:

    Muy buen relato 👍

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