En el coche

Mientras pasean por la carretera que baja hasta la playa cercana pasan por una zona arbolada. A medida que andan se empiezan a escuchar unos gemidos que suenan cada ver más fuerte. Es evidente que no pueden ser otra cosa que la expresión sonora de una mujer sintiendo un placer intenso. Buscan con los ojos y ahí está el automóvil, lo bastante lejos como para esconderse de miradas de curiosos, pero actuando como una imprevista caja de resonancia al tener las ventanillas bajadas. Ellos, prudentes, ni se plantean la posibilidad de acercarse a molestar. Eso no quita que los gritos de la mujer al llegar al orgasmo, hayan excitado a Lucia por la posibilidad de sentirlo en su cuerpo y a Lucas por la posibilidad de regalárselo.

            Se miran sabedores de la excitación del otro y sin más, dan la vuelta para volver al coche. La primera pregunta obligada la hace Lucía ¿Quieres que follemos en el coche como esa parejita que todavía se escucha? La respuesta no termina de convencerla. Cabría pensar que es por envidia de los gritos de la joven del bosque, pero quien conozca bien la relación que mantiene con su amante sabrá que el mohín que ha hecho ha sido porque piensa que la autoestima de Lucas debería estar muy por encima de la respuesta que ha dado.

—Cómo que no serás capaz —le recrimina—, si tienes el mejor pene al norte de la Antártida.

Él sonríe un piropo tan exagerado y lo premia agarrándola por el hombro y estampándole un apasionado beso. No hacen falta más palabras, todo lo más, agilizar el paso para aprovechar la tarde. Pero tras dar varias vueltas con el coche, desisten. El único lugar que han visto con privacidad, sombra y tranquilidad todavía está ocupado por la pareja que aún debe dormitar tras el esfuerzo. Lucas, que a partir del piropo de Lucía se ha encendido como una cerilla, plantea diversas opciones. Ella, por el contrario, no desea la interrupción de cualquier mirón.

—Quiero follar, cariño, pero si no estoy tranquila será como si se la metieras a una muñeca hinchable.

Medio enfadado, abandona la idea inicial y dirige el automóvil hacia el apartamento donde pasan las vacaciones. En el camino se paran a comer algo, charlan y poco a poco apartan de sus mentes la excitación del mediodía. Casi ha anochecido cuando llegan a uno de los pueblecitos cercanos. Todavía tienen tiempo de comprar algo para el desayuno y tomarse una cena frugal para no haber de cocinar nada al llegar al destino. Apenas han salido del pueblo, Lucía ve un desvío a una pedanía que se encuentra a tres kilómetros de allí.

—Ve por aquí —ordena a Lucas—, quiero probar una cosa.

Él, solicito y pensando que quiera enseñarle alguna de las ermitas de la zona, gira y enfila para el lugar. Cuando llegan pasan de las once de la noche. El lugar apenas da para una plaza con su iglesia y unas cinco o seis calles adyacentes. Todo está el silencio y no se ve un alma por las calles. Lucía sale del coche y Lucas la sigue. Contrariamente a lo que pensaba, ella abre la puerta trasera del coche y antes de entrar en él se quita las bragas sin el menor disimulo y se las tira a la cara, ¿te pensabas que no ibas echarme ese polvo que ha quedado pendiente?, le dice. Lucas, con las bragas todavía en la cara, está tan sorprendido que se queda pasmado sin moverse. Ella en un acto de hermosa entrega abre la puerta del otro lado, levanta su pierna izquierda y le enseña a Lucas un coño totalmente depilado y deseoso. De nada sirven las excusas que pone él:

—Estamos al lado de una iglesia…

—pues mejor. Así si nos mira el cura se podrá tocar a gusto.

—Pero es que estamos en medio de un pueblo…

—Pero estas farolas dan más sombra que luz.

            En el transcurso de ese diálogo ella, con la pierna izquierda todavía sobre el asiento, se ha metido dos dedos en la vagina y con vocecita de niña dice: «Mira, cariño, ni toda la mano podría sustituir a la maravilla de tu polla meneándose dentro de mí como solo ella sabe.» Estamos en ese punto en el que la mente de Lucas ha descendido un metro para ceder el control a su sexo. Eso le lleva a echarse literalmente entre las piernas del amante.

          Si en ese momento pasara alguien por la calle vería un coche con una puerta trasera abierta y medio cuerpo masculino arrodillado ante ella. El otro medio estaría enterrado en la vulva de la mujer, degustando su excitante sabor después de vencer el trajín del día encerrado bajo la ropa. Ella, deseosa de participar de forma activa, se aparta como puede y le hace entrar dentro hasta sentarse en la parte central del asiento.

            Es sabida la merma de agilidad a partir de una edad. A pesar de ello y como pueden, le baja los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y se le sienta encima. Él mirando hacia la parte delantera del vehículo, ella hacia la luneta posterior. Puesta así y aprovechando la erección de su hombre, se lo introduce dentro y empieza a moverse de atrás hacia adelante. Al tener ambas manos agarradas a los asideros de encima de las puertas ofrece una imagen de entrega que resulta exquisita para la lujuria de Lucas quien, sin mediar palabra, le sube la camiseta y el sostén, sin siquiera desatarlo, y empieza a comerle ambas tetas como si saliera de un ayuno de días: sorbiendo los pezones, mordisqueándole cada rincón de aquellos pechos de tamaño justo, lamiéndolos enteros o agarrándolos con fuerza para amasarlos entre los dedos como la mejor masa de pan.

            Ella, llevada por el trabajo del amante con sus pechos, se suelta para cogerle la cabeza y enterrarla entre ellos mientras con la mano libre le clava literalmente las uñas en el hombro. Esa ferocidad enciende todavía más a Lucas que la agarra con fuerza de las caderas para controlarla hasta marcarle los dedos en la carne. Lucía, en un último acto de ferocidad previo al orgasmo muerde con fuerza los labios de Lucas que debe huir del dolor. En el instante del éxtasis y para evitar un grito que la delate, muerde con fuerza el hombro del amante. Después, terminada la maravilla, se deja caer encima de él, relajada. Lucas nota cómo una exquisita y cálida humedad se desliza por su pubis hasta mojarle el escroto.

            Con una voz tan sensual como lejana, Lucía le pregunta si desea ponerse cómodo:

            —Quiero comértela hasta que se corras en mi boca, cariño.

            Lucas se lo niega. No porque le apetezca, al contrario, porque le propone un final algo distinto. Ir hasta el apartamento, follarla a cuatro patas y después sí, regalarse entero dentro de su boca. La propuesta es aceptada de buen grado por Lucía que sale del coche recomponiéndose la ropa como mejor puede. Lo que lleva a Lucas a salir también, subiéndose los calzoncillos y los pantalones lo más aprisa posible. Hecho esto entran de nuevo en el automóvil, ahora en su parte delantera. Mientras lo pone en marcha le entrega las bragas que llevaba en la mano. Pero ella, en vez de ponérselas las esconde en la guantera.

            —Sigo estando tan cachonda, cariño, que me iré tocando para ti hasta que lleguemos a casa. Así que ya sabes, no te entretengas.

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