La entrevista

No deja de ser una anormalidad que el Demonio en persona se aparezca de madrugada en la habitación del Sumo Pontífice. Que lo haga vistiendo su aspecto infernal y que, acercándose con sigilo a la cama del Papa, le susurre al oído «Vengo a por ti, muchacho» ya es algo que raya lo grotesco. Pero eso fue lo que sucedió.

De resultas de aquel susto el Papa Bonifacio X tuvo que ser hospitalizado con un amago de infarto y una parálisis facial. Pero nada trascendió a los medios ¿Cómo iban a contarle al mundo que Lucifer en persona se había presentado para llevarse al Infierno al delegado de Dios en la Tierra?

Mientras duró el ingreso, el Diablo, vestido ahora de intelectual, permaneció a su lado. Le hacía compañía y, de tanto en tanto, ponía una mano sobre el pecho para sanarle las dolencias —consciente tal vez de que su broma podía haber llevado al cielo a quien debía ser su interlocutor—. De resultas del buen hacer de los médicos y la innegable ayuda del Demonio, el Papa se recuperó y fue dado de alta.

El lugar elegido para convalecer fue el palacio de Castel Gandolfo, edificio con la dignidad requerida tanto para el representante de Cristo como para su nuevo compañero, ya que la relación de ambos, sin ser amigable, había llegado a ser suficientemente cordial para otorgarle ese título.

Es una mañana indeterminada y nuestros personajes pasean al sol. Lucifer viste cuerpo de novicio. Dialogan.

—Alguna vez te habrás preguntado cuál fue la causa de mi aparición, ¿verdad?

Bonifacio asiente en silencio. Intenta no demostrarlo, pero de un tiempo a esta parte se siente cohibido ante la grandeza de quien no es de este mundo.

—Creo llegado el momento de hacerte partícipe de mis deseos.

Tras una pausa teatral que mantiene expectante a Bonifacio, el Maligno concluye:

—Deseo entrevistarme con Dios.

El Sumo Pontífice, pillado por sorpresa, se detiene a procesar sus palabras: desea hablar con el mismo Dios. Pero cómo puedo ponerme en contacto con Dios y decirle que su Némesis desea verle, piensa. Y así se lo transmite a su compañero.

—¿Cómo que no sabes el modo de ponerte en contacto con Él?

—Pues…

—A través de la oración, Bonifacio, no existe otro modo.

—La oración, claro, sí, es cierto, pero verás, es que nosotros rezamos y él decide si accede a nuestras peticiones.

Ahora es Lucifer quien se detiene y pone cara de sorpresa envuelta en sonrisa.

—Así que Dios, el Omnipotente Dios, no siempre acepta vuestras peticiones. Quién iba a decirlo de quien hace alarde de ser el Ser Supremo.

Bonifacio se ofende. Una cosa es la cordialidad y la tolerancia y otra muy distinta que alguien se ría del Dios único y trino. Con una voz más chulesca de lo que sería menester en quien se dirige al Demonio, dice que vale, que desde ese momento se pondrá en contacto con Dios a través de la oración y que tendrá noticias suyas.

—Pero antes de que te marches, ¿qué deseas del Altísimo? —concluye el Papa con el brazo derecho apuntando a la salida de palacio.

—Eso no te compete a ti, vulgar siervo. Solo a Él y a Mí.

Esa última frase ha sido dicha con voz atronadora. El efebo ha sido sustituido por la majestuosidad del Ser demoníaco que desaparece en medio de una nube de azufre y un penetrante olor a carne quemada.

El Papa, notando un peso que tira de sus calzoncillos hacia el suelo, corre a toda prisa hacia su baño privado. Necesita una ducha, el rezo deberá posponerse durante al menos una hora.

Han pasado cinco días y Bonifacio sigue postrado en oración. Apenas come y casi no duerme. Jamás se había tomado tan en serio el acto de hablar con el Señor. Está agotado, triste, desesperado, enfadado. Dónde estás, Dios mío, reza en voz baja. Nunca fui consciente de que la comunicación contigo debiera trascender lo etéreo hasta llegar al plano real al que ahora te llamo. Pero tú no atiendes, no apareces, no muestras la menor señal, ¿significa eso que el Demonio tiene más interés en el Hombre que tú? Esto último lo ha dicho con lágrimas de rabia en los ojos, un sentimiento que le aturde desde hace días. Duda y su fe se resiente.

Unos golpes en la puerta le sacan de la oración y de sus casillas. Se levanta como puede y va hacia ella para enfrentarse con quien osa interrumpirle. La abre y se queda pasmado. Un anciano, pequeño y con pinta de achacoso, le pide permiso para entrar. Bonifacio, como por obligación, se aparta y el hombrecillo entra.

—Tú dirás —dice el viejo.

El Papa no da crédito ¿Ese hombrecillo es el Ser Supremo? Eso es imposible. Así se lo hace saber. El anciano, impertérrito, chasquea suavemente los dedos: pulgar y medio de la mano derecha y todos los cristales del palacio revientan al unísono en medio de un gran estruendo. Pasados unos segundos se escuchan los primeros gritos de los heridos por la metralla pulimentada.

Bonifacio cae de bruces a los pies del anciano, está tan aturdido que ni piensa en el personal que anda desangrándose por palacio. No hará falta. Otro chasquido lo devuelve todo a su estado original como si nada hubiera sucedido. Potestad de los dioses.

—Para qué me has llamado de forma tan insistente. No es normal en ti.

El Papa le invita a sentarse y le cuenta la petición del Diablo acompañada de todos los pormenores que puede recordar. Dios aprieta los puños de forma leve, levanta la ceja izquierda y musita: «así que todavía se acuerda». Después calla y se queda pensativo. Hay un silencio incómodo. Bonifacio le da vueltas a qué puede significar esa frase dicha entre dientes por Dios. El Creador parece estar en otro lugar.

—Queda con él —sentencia por fin el Altísimo.

—¡Yo, Señor! No sé cómo podría hacerlo. A ti puedo rezarte, pero a Él, como comprenderás…

—Tienes razón, hijo, mío. Deja que yo me encargue.

—Lo que digas, Señor.

—¿Te molestaría que quedáramos aquí mañana? Es un lugar con la suficiente majestuosidad como para resolver nuestras diferencias de una vez por todas.

Bonifacio asiente y el anciano desaparece en el aire como lo hubiera hecho el mejor Houdini.

La salita destinada a tan importante encuentro está en el ala norte del palacio, en una habitación pequeña pero aislada de miradas y escuchas indiscretas. Una mesa redonda y tres sillas son todo el mobiliario que la viste. Es mediodía y Bonifacio espera.

Una vibración lejana avisa de que los dos enemigos deben estar acercándose. El Papa cierra los ojos, siente miedo, pero debe ser coherente con su dignidad. Fuera, ocupando una extensión de terreno que excede en mucho los límites del palacio, millares de personas se agolpan a la espera de ver a los más altos dignatarios de la Creación. Ya están ahí.

Dios aparece flanqueado por arcángeles tocando atronadoras trompetas que ensordecen al público y querubines lanzando destellos de luz que ciegan a la mayoría de los asistentes. Llegado a la puerta de palacio, todo desaparece y él, vestido de humano, entra en palacio para dirigirse hacia la salita.

La llegada de Lucifer no es menos teatral: la tierra se ennegrece y el cielo se vuelve rojo mientras unas altísimas llamaradas envuelven Castel Gandolfo y cientos de demonios menores lanzan rayos de un fuego azulado que quema los jardines y a unos cuantos asistentes que permanecían cegados por la luminosidad anterior. Al igual que hizo Dios, el Demonio, usando el mismo ardid y vestido también de humano, entra, va hacia la salita y se sienta frente al Altísimo.

El silencio es tal que el Papa se ve en la obligación de hacer las presentaciones, pero apenas ha empezado a hablar que la mano del Demonio le manda callar. Lo que vamos a dirimir aquí solo nos atañe a nosotros, dice Dios, tú, todo lo más, da fe de nuestro encuentro. Dicho esto mira a su contrincante y le interroga con un simple: «Tú dirás».

Lucifer, con una sonrisa, responde:

—Recordarás que en el principio de los tiempos me echaste de mi cargo. Después, en el Paraíso, te demostré que si me lo proponía podía vencerte. De ahí vino la primera reunión y la apuesta que acordamos. La has perdido y ha llegado el momento de que venga a cobrarla.

Dios, pensativo, se toma su tiempo. Duda. Parece contar o hacer algún tipo de cálculo. El Demonio toma de nuevo la palabra:

—No hace falta que eches cuentas, Dios, te he vencido: siete a tres. Mis siete pecados capitales contra tus tres virtudes teologales. Como dirían los humanos: una goleada.

El Altísimo, ofendido, habla de la grandiosidad de sus tres virtudes. Suelta una perorata bíblica y se queda callado y majestuoso esperando respuesta.

—¿Te crees tus palabras? —responde Lucifer—¿Sabes lo que son tus virtudes? Fe, que es creer a pies juntillas, porque así lo mandas; Esperanza, que es esperar que en algún momento otorgues un premio por la paciencia; y Caridad, que es darle al pobre todo aquello que sobra. Permíteme que me ría.

Bonifacio está aterrado. No tanto por la conversación como por el hecho de que ve muy razonables las deducciones del Ángel caído. El Diablo sigue con su soliloquio:

—En cambio yo ofrezco cosas tangibles y utilizando tus propios recursos. A saber: Lujuria, que es vivir para el gozo del sexo, cualidad de la que tú dotaste al ser humano; Gula, que es vivir para el placer de la comida, cualidad que convertiste en necesaria para que el Hombre no muriera de inanición; Pereza, que es vivir sin trabajar, algo que tú regalaste al mismo Adán; Ira, que es ese enfado necesario cuando uno ve el mundo que Tú has permitido; Orgullo, que es el amor por uno mismo, tan necesario en este mundo dejado de tu mano; Avaricia, que es ese afán por poseer, cualidad necesaria en este mundo tuyo en el que el Hombre es un lobo para el Hombre. Y por último la Envidia, el pecado entre los pecados, mi regalo a tu creación, la herramienta destinada a hacerle más y más desgraciado.

Bonifacio espera expectante. El silencio de un Lucifer satisfecho contrasta con ese ser, ahora pequeño, que no tiene respuesta alguna. El Pontífice se atreve a tocar el brazo de Dios y lo siente débil y frágil, Lo sacude ligeramente para que responda como quien es: el Ser Supremo. Pero la respuesta es un simple: «Tú ganas», dicho desde el más absoluto cansancio.

—Es de buen jugador saber perder —sentencia el Diablo.

—Dime, ¿cuál es tu deseo?

—Sustituirte en tus atribuciones hasta que seas capaz de convencer a los humanos de que eres mejor que yo.

—Hecho.

Bonifacio rompe su silencio para encararse a su Dios y gritarle que hacer aquello es aceptar la llegada del Anticristo. Es la renuncia a todo lo bueno para entregar al ser humano a las maldades del Ángel caído. Dios lo mira y sentencia:

—Maldad, Bondad, qué me importa a mi eso, solo son pequeñas cualidades de un mismo experimento: vosotros. Aquí solo hay una cosa importante, entender que una apuesta es una apuesta y que hay que pagarla.

BONUS

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