Doña Águeda

 Este cuento nace de una propuesta que hice en una plataforma de escritores: escribir un relato tomando al azar una frase del maravilloso best seller de esa gran escritora que es Belén Esteban. En el caso que nos trae la frase es: “Gracias a san Judas mi vida profesional dio un giro radical

Gracias a san Judas mi vida profesional dio un giro radical —entendiendo el sacerdocio como una profesión y no como una devoción, claro—. Pero no adelantaré acontecimientos. Bastará con que sepáis que ese santo es el patrón de las causas perdidas, como llegó a ser la mía.

Confieso aquí ante todos vosotros que siempre me perdió la lascivia. De pequeño, ya antes de la pubertad, me entregaba a tocamientos impuros con el solaz que da el propio desconocimiento del pecado. Así era yo. Asomado al ventanuco del baño, siempre que tenía ocasión, para mirar a Maite, la vecinita de enfrente y de una planta más abajo, que en verano se duchaba con el batiente abierto sin pudor alguno. Sus trece años de entonces eran un abismo insalvable para un pecador de apenas diez años, pero sus formas ya contradecían toda moral invitando a la lujuria.

Ya en la adolescencia mi fe en Cristo luchaba a muerte contra mi mano aviesa que siempre andaba aferrada a mi pene. Todas me gustaban y todas me excitaban hasta lo insoportable: Angustias, la vecina amiga de mamá, a la que siempre me acercaba hasta conseguir rozarla, confirmando que jamás rehuía mi contacto; las distintas amigas de la pandilla, poco dadas a relacionarse conmigo, aunque después fueran protagonistas de mis innumerables masturbaciones. Como cualquier otro muchacho de mi tiempo tuve alguna novia y con todas, sin excepción, obtuve el máximo acercamiento sexual que permitía la moral de la época.

 Pensaréis que es una contradicción mezclar a Cristo con la impureza, pero así vivía mi alma, inserta en un cuerpo lascivo que no correspondía a mi amor por la Santa Madre Iglesia. Y en esa lucha, y a pesar de lo que muchos preveían, ganó la fe y entré como seminarista.

 No contaré los sucesos del seminario, atañen a la intimidad de sus salas y de sus celdas, baste comentar que muchos de los que allí había lo estaban por sus más que evidentes desviaciones y gustos contra natura.

Ya ordenado sacerdote, y lejos de lo que podría pensarse desde fuera, nunca me faltaron mujeres que calmaran la lascivia que continuaba aferrada a mí, desde novicias apenas púberes hasta beatas de carnes flácidas a las que también debía dar consuelo pues ellas, ojos y oídos atentos, se presentaban ante mí  como voces díscolas para con mi transgresión del voto de castidad exigiendo su cuota de placer.

Esa fue mi vida durante años. Lejos de un castigo, una liberación. Sobre todo a partir de que entré como ayudante del señor obispo, monseñor Benito Cañizares Sigfredo, obispo de esta maravillosa ciudad. Con él adquirí la confianza necesaria para contarle todas mis cuitas y de él recibí la comprensión que siempre había necesitado. No sufras por nada, recuerdo que me dijo, el buen católico peca, se confiesa y pone su contador a cero, hijo mío. Pero monseñor… intenté hablar antes de que me hiciera callar con su mano. No sufras, te digo, deja que la carne tome de la carne lo que le sea menester, después ora y entrégate a la contemplación, así es la Santa Madre Iglesia y así se gana el Cielo el buen católico.

Lo dicho, todos mis miedos y penurias solucionados de un plumazo. Podía seguir alimentando a la carne y entregarme a la oración para así purificar mi alma. Podía comenzar una misa observando la calidad de las feligresas y entrar en éxtasis en el instante de la transustanciación. Dios siempre estaría de mi lado.

A ellas, por su parte, tampoco parecía importarles demasiado que el objeto que calmara sus ansias vistiera sotana, es más, muchas lo agradecían pues les facilitaba la tarea del manoseo o incluso les servía para tapar la vergüenza si acercaban sus bocas a prodigarme una felación.

¡Cuántas veces agradecí a Dios mi suerte!

Hasta doña Águeda.

Doña Águeda es una mujerona que superó la cincuentena aunque mantiene carnes prietas, formas redondeadas, acomodos suaves y una boca que haría dudar de su fe al mismísimo Job. Sus labios son la certidumbre del Cielo y su lengua, el retorno a un Paraíso solo conocido por Adán. Pero su sexo… ¡Ah! Su sexo es una vorágine de sensaciones, el Aleph que tan bien definió el inolvidable Jorge Luís Borges.

Pues doña Águeda vive en esta maravillosa ciudad de provincias, aunque es hija de la calle Serrano de Madrid. Allí conoció al que sería su marido, allí convivió con él veinte años y allí enviudó, Nunca tuvieron hijos, Las malas lenguas dijeron de ella que se había trajinado a todos y cada uno de los soldados del regimiento del que su esposo era coronel. Una mentira, claro, le hubiera faltado tiempo material para ello. Pero es bien sabido, y lo confirmo por mis años de confesionario, que la envidia es el peor pecado para los españoles.

Fuera por las malas lenguas, desatadas tras la ausencia del coronel, fuera porque se sentía sola, terminó vendiendo su piso y se mudó a esta maravillosa tierra, donde tenía, por herencia, una casa en pleno centro, muy cerca de la parroquia.

Y es aquí donde empieza todo. Una mañana, antes de la misa de ocho de un frío mes de febrero, se acercó a confesarse. Padre, he pecado, me dijo en ese primer contacto. Cuéntame hija mía, le respondí con esa voz de letanía que dan los años de confesionario. Verá… continuó, y me fue relatando sus pecados, todos ellos sin excepción sobre el sexto mandamientos. Yo, sacerdote avezado y hombre procaz acostumbrado a todo tipo de acciones, llegué a escandalizarme. Aquella mujer y con aquella edad, pecaba día sí día también con un hombre del que no podía dar referencia alguna, pues su cargo podría resentirse de conocerse sus devaneos. La certeza era que aquella mujer, por como describía sus proezas, debía ser el sueño de todo hombre.

Le di la absolución y como no podía ser de otro modo, me asomé por la cortinilla frontal del confesionario para ver a qué banco se dirigía para hacer penitencia. Fue como ver el Cielo: tobillos finos que se prolongaban en unas pantorrillas definidas que dirigían los ojos del observador hacia unas nalgas que parecían crujir como sandías maduras al andar con un contoneo que hubiera mareado al mismísimo capitán Ahab. Agradecí a Dios que los sacerdotes vistiéramos sotana, salir en ese momento del confesionario hubiera supuesto un grave contratiempo en caso de vestir unos simples pantalones.

Salí a toda prisa y entré en la sacristía como alma que lleva el diablo, me fui al servicio y allí me liberé de la tensión que la buena mujer había provocado en mis partes pudendas. Ya relajado, me vestí el alba y la até con el cíngulo, me puse la casulla, la estola y salí frente al altar a dar la misa.

Ese día no pude concentrarme en nada. Mis ojos se iban una vez tras otra al banco de la segunda fila, primer espacio por la izquierda junto al pasillo central. Ella, conocedora ya de mis debilidades de hombre, me regalaba miradas a cual más insinuante. Para colmo su jersey, demasiado fino para el frío de la nave, mostraba sin decoro el resultado de dicha combinación: esas protuberancias rosadas a las que nos abocamos cualquiera que sea la edad.

Imaginaos mi vida desde ese día. Obsesionado, incapaz de mirar otros senos, acariciar a otras feligresas. Confesaba a las monjas y tan siquiera las novicias venidas de lugares remotos, apenas adolescentes, de pieles sedosas y morenas, hacían mella en mi hombría ahora aletargada. Debía conseguir a esa mujer del modo que fuera. La opción más sencilla era esperarla en su siguiente confesión y allí intentar hacer mella en su ánimo hasta conseguir que sus piernas se abrieran ofreciéndome su fruto prohibido.

No hizo falta. Apenas habían pasado dos días que hizo llegar una nota manuscrita a mi casa a través de un muchacho, fue tras terminar la primera misa del día. En ella decía que necesitaba consuelo para su alma, que me acercara a su casa aquella misma noche tomando las mayores precauciones en no dejarme ver. Imaginaos cuan largas se me hicieron cada una de las horas de aquel día. Imaginad cómo volvió a ser la misa de doce… apenas comí nada, me di tres duchas, repasé todas las armas que conocía para satisfacer a una mujer, imaginé una y mil veces cómo debía ser aquel cuerpo desnudo.

Cuando a la noche la tuve entre mis brazos, nada de lo imaginado se acercó a la realidad. Doña Águeda superaba las artes amatorias de la mejor meretriz y su cuerpo cumplía con creces lo que cualquier hombre hubiera deseado. Sería banal desarrollar aquí lo que solo compete a la intimidad de los amantes, solo confesaré que si en los momentos cercanos al clímax me hubiera pedido renunciar a mi fe, lo había hecho sin dudarlo, y que Dios me perdone por ello.

Ya en la madrugada, mientras todavía retozábamos entre sábanas sudorosas, me confesó que desde muy jovencita sentía debilidad por las sotanas. Según ella, los hombres que andan bregados en trabajos físicos, sufren de un cansancio que mengua la libido; los que dedican la vida a tareas mentales se obsesionan con ellas hasta conseguir el mismo efecto; los curas, en cambio, gozamos de una potencia sexual vedada al común de los mortales. Me contó también de su marido. Los militares son una raza aparte, me dijo, mi esposo, por ejemplo, mucho coronel, mucho sable y muchas armas, pero en la intimidad disparaba poco, pronto y mal. Nos reímos. Fue después que me confesó quién era su amante y la decisión de jubilarlo para convertirme a mí en el agraciado de sus favores. He decidido que a partir de hoy sustituirás al obispo en la tarea de procurarme el placer y el perdón que necesito, como mujer y como buena católica.

Fue un mazazo, ¡El obispo!, un hombre que mantenía a las mujeres que le gustaban como concubinas valiosas a las que nadie más podía acercarse ni tocar. Cuando él tomaba alguna monja como amante, el resto de curas que hubiera en la órbita de aquella, debían hacerse a un lado y olvidarlas. Lo mismo sucedía con feligresas y beatas. Sólo si él renunciaba a ellas cabía alguna posibilidad, pero era remota. En el caso de las monjas las trasladaba a otro convento hasta volverlas invisibles; en el caso de las seglares terminaba convenciéndolas de que aquella vía de pecado las echaría al Infierno de forma irremediable.

Y ahí estaba yo ahora, alguien que se había aprovechado de la confianza dispensada por el obispo para robarle, aunque de modo inconsciente, a la mujer de la que andaba encaprichado. Y ella pensaba, no solo decírselo, sino convertirme a mí en su sustituto. Tenía bastante claro que aquello, de seguir en esa tesitura, podía acabar mal, sobre todo para mí. Sabía por terceros que más de un cura había terminado recorriendo aldeas dispersas por alguna geografía vaciada de España.

Le rogué, le imploré y hasta casi le exigí que no lo hiciera y que se olvidara de mí, un pobre pecador irredento. Pero nada. Ella no se entregaba a un hombre si no era para degustarlo hasta saciarse, algo a todas luces imposible; ella era una señora, tenía un nombre y nadie iba a jugar con su reputación.

Ofendida, me mandó para casa con la exigencia de que tomara una decisión a la mayor brevedad. Antes de una semana veré al obispo y debo saber si tú serás mi nuevo confesor o habremos de prescindir de ti, concluyó. Fueron unos días de absoluta incertidumbre. Vivía entregado a la oración y a buscar alguna solución

¡Dios mío! Rezaba yo, ¡cómo podré salir esta!

San Judas, tú que obras milagros cuando ningún otro puede, ayúdame en este trance del que no sé cómo salir.

Nada. Mis oraciones solo conseguían silencio. Después, por la noche, cuando conseguía dormirme, comencé a tener un sueño recurrente. En él me veía a mí mismo en una sala inmensa mirando la obra “La Santísima Trinidad” del Greco: Dios Padre sujetando a Cristo muerto, ambos rodeados por arcángeles y querubines y por encima de todos, el Espíritu Santo. Así noche tras noche, y me despertaba después de que se me acercaba un desconocido y me dijera al oído: «Hermoso cuadro, ¿verdad?, la solución de todos los problemas nos viene de la Santísima Trinidad».

Por fin había llegado el lunes fatídico que un muchacho vino a verme acabada la misa de doce para decirme que a la mayor brevedad posible, me acercara al palacio arzobispal y me pasara por el despacho del obispo que deseaba hablar conmigo.

Ya me veía por esas aldeas de Castilla, yendo de la una a la otra con una motocicleta vieja, oficiando misas para cuatro beatas mal contadas, en esos inviernos interminables que convierten la carne en mojama. Me imaginaba a mí mismo envejeciendo en una casita desvencijada, mirando por un ventanuco algún mar de trigo. Debía afrontar mi error y ver qué penitencia me imponía el señor obispo. Sobre todo que no me obligara a abandonar los hábitos. Porque si mala podía ser mi vida como sacerdote, la vida como seglar sería infinitamente peor.

Fue cuando entré en el despacho que lo vi claro, al ver al señor obispo sentado tras su mesa y frente a ésta, dos sillas; una ocupada por doña Águeda, la otra destinada a mí. Fue entonces que el desconocido de mis sueños tomó el rostro de San Judas y me repitió las mismas palabras.

¡La solución de mis problemas era la Santísima Trinidad!

Detallar a partir de aquí la larguísima conversación que hubo en aquel despacho sería una tarea tan ardua como estéril. Hubo recriminaciones hacia mí por parte de ambos. Hubo amenazas hacia mí por parte de ambos. Hubo disculpas por mi parte para ambos y finalmente hubo una propuesta que desencadenó una encendida polémica tras la que se sentaron las bases de lo que sería la solución de todos nuestros problemas.

Y así hemos terminado. Desde aquel día y siempre que corresponde, que es día sí día también, él señor obispo me da lo mío, yo le doy a él lo suyo y ambos calmamos las increíbles necesidades de doña Águeda. Ella, a su vez, nos prodiga todo tipo de atenciones con esa boca que es un deleite y los tres somos felices. Doña Águeda, como un homenaje a tan buena solución, nos ha bautizado como la Santísima Trinidad. Que Dios nos perdone.

La única cosa digna de mención desde entonces es que el otro día, estando ella a cuatro patas y satisfaciendo al obispo con su boca mientras yo se lo hacía a ella por detrás, me pareció ver una pequeña protuberancia parecida a una cola de color rojizo y punta de flecha que le asomaba por la región coxígea… Pero qué sé yo, sería producto de la excitación del momento.

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2 respuestas a Doña Águeda

  1. baaldemont dijo:

    Muy bueno jocoso. Me robo la frase “confesarse y poner el contador en cero”, creo que la puedo usar en algún relato.

    • Manel Artero dijo:

      Es la base del catolicismo.
      Permite muchas maldades, la confesión las limpia como el mejor desengrante.
      Tiene ciertos problemas. Si el creyente anda al borde de un precipicio, tropieza, suelta un ‘me cago en Dios” mientras el precipicio lo engulle… Va de cabeza al infierno. Pobrecillo.

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