Nos ha dejado Pau Donés

Nos ha dejado Pau Donés. Descansa en paz, nos vemos camino de las estrellas.
Tenía 53 años, una mala edad para morir. En un corto lapso de tiempo es la cuarta víctima de cáncer de la que tengo conocimiento. De las otras, dos eran todavía más jóvenes, apenas superaban la cuarentena, y el último de una edad parecida a la mía. Es lo que tiene esta enfermedad, que nos trata a todos por igual: jóvenes, viejos, niños; ricos, pobres, buenas personas, miserables; catalanes, castellanos, isleños…ni los hijo puta se salvan llegado el momento.
Y con todo no era de la enfermedad en sí de lo que quería hablar sino de cómo cambia la percepción del mundo y del entorno el día que, tras un sinnúmero de pruebas, te reúnes con un médico, cada uno sentado a un lado de una mesa y te suelta el mazazo. Bien, lo que tiene, comienza a decir, es una neoplasia maligna de “……”
¿Sabéis lo que importan entonces la bandera, el trabajo, el tamaño del coche, las vacaciones que le envidiamos a la vecina, la misma vecina a la que deseamos en secreto, la supremacía del idioma…? Os lo puedo responder porque he estado en el lado malo de la mesa: Una Puta Mierda. Nada. Menos que nada.
Desde ese mismo instante, cuando el Destino pone en marcha su cuenta atrás, la percepción de lo que te rodea cambia y la realidad fluye a una velocidad distinta, influenciada, claro, por el órgano afectado y el tipo de tumor. En unos casos sabes que te quedan apenas semanas, en otros meses, en muchísimos más, y gracias a los avances médicos, una lucha de años o, puedes tener mucha suerte y salir indemne. Sea como sea la espada de Damocles que cuelga sobre tu cabeza ya siempre permanecerá ahí oscilando amenazante.
Por otro lado —y eso puede parecer una barbaridad—, salvo que la condena a muerte sea inminente, hay detalles de la vida que cambian para mejor. Porque la maldita enfermedad acostumbra a abrirte los ojos. Al menos si eres normal.
Recuerdo los primeros días que salía a pasear, cuando me recuperaba de la intervención quirúrgica. Era finales de otoño, comienzos del invierno. Recuerdo, el frío en la cara, el calorcillo del sol de la mañana, la belleza de los árboles. Los mismos árboles por los que había pasado miles de veces sin ver porque andaba cargado de mierda inútil e innecesaria. Recuerdo los sentimientos hacia los seres queridos —esos a los que dejas de lado por el trabajo— convertidos en una sensación física que rascaba por dentro.
Yo he tenido mucha suerte, al menos hasta ahora; Pau y tantos otros no. Pero creo que, de ser preguntados, todos podríamos dar consejos parecidos:

  • Las cosas que tienen valor acostumbran a ser pequeñas y están al alcance de la mano, si sabemos verlas; las que tienen precio son prescindibles y solo dan servicio a quien no tiene otra cosa.
  • La vida es el Ahora porque es efímera —no sirven el recuerdo de felicidades pasadas ni la planificación de paraísos futuros—. Mañana, no lo olvides, puedes estar del lado malo de la mesa.
  • El odio arrebata un tiempo precioso del que jamás volverás a disfrutar.
  • La gente tóxica es todavía peor que la enfermedad y debes apartarla de tu lado.
  • En el trabajo os habrán olvidado al cabo de unos meses, en casa os añorarán por siempre.
  • Verbos como dar, amar, compartir, respetar, ayudar… son más paliativos que sus antónimos.

Y poca cosa más. Intentad ser útiles, perdonad más, odiad menos. Llegado el momento os iréis igual que llegasteis: desnudos. Y la materia que os formó, pasado el tiempo, volverá al Sol, el lugar de donde venimos todos.

Descansa en paz, Pau y los demás, nos vemos camino de las estrellas.

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