El baile de los átomos (Rumi)

Rumi, poeta y maestro sufí, cuyos discípulos fundaron la Orden Mevleví o de los Derviches Giróvagos de Turquía. Los mevlevíes alcanzan el éxtasis místico (uaÿd) en virtud de la danza (samá’), símbolo del baile de los planetas. Los derviches giran sobre sí mismos hasta conseguir el éxtasis usando para ello la música. Su poema titulado “El baile de los átomos” dice:

Oh día, despierta! Los átomos bailan.

Todo el universo baila gracias a ellos.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído… a donde les arrastra esta danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto… , parecen poseídos.

Cada átomo, feliz o triste… está encantado por el sol.

No hay nada más que decir.

Nada más.

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EL SONIDO

LA PALABRA

Nos movemos sobre la Tierra, que se mueve sobre sí misma y alrededor del Sol, que se mueve con la Vía Láctea, que se mueve dentro de su grupo local de galaxias, que se mueven alejándose de la explosión primigenia. Nada está quieto.

Si miramos dentro de nosotros, o miramos a nuestro alrededor, podemos ver que también somos materia viva, compuesta de moléculas, que descomponen en átomos, formados por electrones, protones y neutrones, que a su vez se desglosan hasta llegar a las partículas más elementales de todas, los doce ladrillos que conforman todo el Universo. Y ese Universo se une y compacta sin disgregarse gracias a  cuatro fuerzas: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil. Todo vibrando, pues nada está quieto.

Si pudiéramos abstraernos de la pobre realidad que ven nuestros ojos asistiríamos a un espectáculo increíble ya que entonces seríamos capaces de ver esos átomos vibrantes dentro de los cuales existe una inmensidad de vacío. Caeríamos entonces en la cuenta de lo que nos dice Rumi: los átomos bailan.

Y tomaríamos conciencia de que los átomos de la punta de nuestros dedos se acercan, sin llegar a  tocarlos, a los átomos de las puntas de los dedos de nuestra amada, con la que bailamos.

Pero nos es imposible llegar a ese grado de abstracción. Lo único que podemos hacer es reconocer que eso que fuimos, somos y seremos, no es obra de los dioses; es simple materia que llegó del Sol y que volverá a él tras nuestro fin. Son los atomos que bailan al ritmo universal de los astros y de las partículas. Dos mundos unidos por la absoluta inmensidad que escapa a nuestro simple conocimiento.

Y así, mientras la flecha del tiempo nos dirige hacia el futuro, el derviche gira sobre sí mismo con su falda blanca convertida en onda —hermosa metáfora de la que produce el sonido—. Una mano mirando al cielo, en un intento de que sus átomos toquen a Dios; y la otra mirando a la tierra, para que no olvidemos nuestra finitud y el lugar al que volveremos.

BONUS

 

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