El encuentro imposible

El París de finales del diecinueve y primer cuarto del siglo veinte era un hervidero de artistas. Allí nacían la mayoría de corrientes artísticas que marcarían la modernidad mundial para dejarnos obras irrepetibles.

Es en ese París, en un día indeterminado y en uno de los grandes cafés de Montmartre, donde ha quedado Marc Chagall con “l’enfant terrible” de la modernidad musical: Igor Stravinsky.

Aquí es necesario hacer un inciso para comentar que Igor era un enamorado de las bebidas espiritosas de alto contenido alcohólico. De hecho, decía de sí mismo que debería haberse llamado Igor Strawhisky, ya que ese era su licor favorito.

Hecho el inciso volvamos al bar. Igor ha llegado bastante temprano y decide esperar al pintor sentado en una de las mesas del interior del local. Para entretener el tiempo decide rendirle honores a una botella de whisky. Pasan los minutos. Un cuarto de hora y un par de copazos… otros veinte minutos y un par de copazos más… y así, como quien no quiere la cosa, la bebida de los dioses pasa al cuerpo del músico que se deja llevar por los brazos de Morfeo.

Es en ese instante que llega Chagall, con mucho retraso ya que otras obligaciones le han retenido más de lo previsto. Mira en la terraza, nada. Entra en el local, bullicioso ya a esa hora. Busca hacia un lado, busca hacia el otro. Nada. Ninguna mano que le haga señas, ningún rostro que pertenezca al músico. Imagina que no ha esperado. Piensa que no ha estado dispuesto a perdonar su impuntualidad y decide marcharse. Después de ese día ya no volverán a coincidir. Ese desencuentro dejará al mundo sin saber qué podía haber nacido de esa reunión: ¿Un ballet con decorados del pintor, una obra pictórica relacionada con una obra musical, una película —como sucedió con el encuentro de Dalí y Buñuel? Nunca lo sabremos.

No obstante nos queda una certeza: aquello que no pudo ser, jamás será una pérdida, pues solo podemos perder aquello que poseemos. En su caso nos quedará la incerteza, un “lo que pudo ser”. Y eso convertirá esa intención en algo ilimitado, indescriptible, capaz de adoptar cualquier forma, cualquier color o cualquier sonido. Su no existencia como “cosa” cotidiana le conferirá, y esa es la maravilla, una existencia eterna como “deseo”.

Parafraseando al protagonista del poema “The unending gift” de Borges podemos concluir que: “Si los dioses pueden prometer, porque son inmortales. También los hombres pueden prometer, porque en la promesa habita algo inmortal

Obra de referencia: Pastoral para violín y cuarteto de viento de Igor Stravinsky

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en La palabra entre el sonido y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s