Thérèse soñando — Balthus

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Si deseara parafrasear a Humbert Humber empezaría diciendo: “Thérèse, luz de mi vida, fuego de mis entrañas…” Pero como podéis imaginar, ni soy él ni mi intención es copiarle.
Solo soy, y en eso sí coincidimos, víctima de una Lolita llamada Thérèse, otra nínfula con cuerpo de adorable criatura que esclaviza a quien la conoce, impidiéndole, además, liberarse de la conciencia del pecado. Ese soy yo ahora, un pecador irredento que bebe los vientos por esa criatura que conseguiría de mi lo que deseara.
Pero qué puedo hacer yo cuando se presenta en mi estudio y se sienta frente a mí de ese modo, con las piernas entreabiertas mostrándome las bragas sin pudor alguno; levantando los brazos e insinuándome sus incipientes pechos de los que bebería la leche y la miel que desearan darme.
Y ella lo sabe. Desde su falsa inocencia Thérèse se muestra, se insinúa, se ofrece como la fruta a la que apenas le quedan unas horas para llegar al punto óptimo de maduración.
Si fuera cristiano, ella sería Eva ofreciéndome la manzana. Pero soy un pintor descreído y mi Eva es Thérèse afreciéndome su sexo de mujer inacabada, pero completo en su capacidad tentadora.
Mis amigos —no todos claro— me definen como un “vicioso”, pero cuando los observo mientras miran el cuadro, pudo percibir cómo sus lenguas se relamen por detrás de los labios entrecerrados. Y es entonces que aparece la sutil diferencia entre ellos y yo. Y aparece la pregunta sobre quién es peor, yo que no escondo mis deseos a pesar de no complacerlos, o ellos que bajo ese disfraz moralista le harían todo lo que mi deseo coarta. La respuesta es obvia: a los ojos del mundo ellos son las buenas gentes y yo la maldad. Y es así que se constata que lo que cuenta en este mundo hipócrita no es la verdad, sino la apariencia.
Pero no me importa. Yo soy quien soy y jamás esconderé a los ojos de los demás lo que mis ojos ven y plasman en el lienzo. Y así como esas buenas gentes, iconos de la cúspide moral, babearán por cada niña o mujer que se ponga frente a ellos, yo permaneceré fiel a Thérèse y a esa candidez preñada de sensualidad que la acompañará por siempre.

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