El fraile y la monja – Cornelis van Haarlem

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Se cuenta que en la ciudad holandesa de Haarlem sucedió un milagro.

Parece ser que una monja, poco entregada a la virtud, quedó embarazada e iba a ser juzgada por ello. Era normal que en una sociedad teocrática, aletargada por la obsesión de Dios y el pecado, la pobre monja terminara frente al tribunal eclesiástico.

Es en este punto que aparece nuestro gran protagonista: el monje. Pues fue un monje y no un putero —que sería lo más normal— quien se ofreció para certificar, o no, las tales acusaciones.

Yo me ofrezco, o santísimo jurado, a efectuar la prueba que determine la veracidad de las acusaciones, soltó a voz en grito. La sala quedó expectante. Él continuó relatando su propuesta: le cogeré un pecho y se lo apretaré, sus ilustrísimas. Y si de su pezón saliera leche, que la peor pena recaiga sobre la pecadora, en cualquier otro caso habremos de liberarla y entender que solo es Virtud lo que alberga esta pobre mujer.

El público murmuró, pero se mantuvo atento. Sobre todo en el momento en que la diestra mano del monje sacó a la luz del día un pecho redondo coronado por un insolente pezón rodeado de una aureola rosácea. Oes y Aes salieron de las gargantas de la curia allí reunida. Fue entonces que el monje, con un magreo más excesivo de lo que sería menester, aprisionó el pezón entre sus dedos índice y medio y, ¡Oh, Dios mío, milagro! De aquel pezón no brotó leche, sino vino tinto. 

Sí, lector, es solo una leyenda y no existe documentación judicial que confirme que se produjera tal evento, pero da que pensar. Pensar en esa vida tan difícil de los monasterios y conventos. La vida de la clausura, entre rezos y quehaceres, sin hablar. Pero viviéndolo todo desde un cuerpo que siente. Mirando hacia otro lado mientras la pulsión del sexo late cálida en la vulva en desuso. Y ellos, con los miembros erectos por causa del propio funcionamiento del órgano. Jóvenes cuya sangre llena una y otra vez los cuerpos cavernosos que su Dios, quien se los otorgó, ahora les niega su utilidad humana. Cómo no caer entonces en el pecado de la lascivia. Cómo no llenar los monasterios de sodomitas, masturbadores, tumba monjas, tocadores de confesionario, asaltadores de feligresas casquivanas o monjas de poca fe.

De ahí que el pintor nos regale esa imagen. Esa monja regordeta, ese monje hinchado; rellenos ambos por la gracia de la gula. Es por ello que el pintor nos sirve una mesa llena de comida y vino, para que ese pecado pueda ser transgredido. Es por ello que el pintor muestra el pezón como centro absoluto del cuadro, para que la lujuria, la base en la que se fundamenta la castidad, pueda prevalecer como la mejor de las virtudes.

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