Nunca te fíes

La editorial La Fragua del Trovador, como viene siendo habitual en los últimos años, ha convocado su nuevo concurso de relatos: “Palabras contadas”, en el que, como premisa, está la de que los escritos deben empezar por una frase propuesta. La de esta convocatoria es la siguiente: “La puerta chirrió”.
Preparé un total de tres relatos de los que escogí uno para el concurso. Los otros dos son éste y el que publiqué en otra entrada anterior.
Espero que os gusten.

 

La puerta chirrió al abrirla. Que lo hiciera no era algo nuevo. Que eso sucediera a la hora en que todos estaban en casa significaba algo desconocido hasta entonces.
Siguieron cenando. No se escuchaba ningún otro ruido que obligara a dejar de hacerlo. Los niños se sirvieron algo más de carne, Berta sirvió un vaso de vino a su marido y él, con una sonrisa, preguntó cómo había ido el día de forma genérica. Eran una familia unida y dedicaban la hora en la que podían compartir mesa para hablar de los logros de unos y de los problemas de otros.
No eran conscientes de la sombra que acechaba en la oscuridad que reinaba en el pasillo anexo —Es sabido que desde las sombras es fácil ver donde está la luz, mientras la situación inversa es imposible—. Amparada en esa ventaja La sombra planificaba las acciones futuras: saldría blandiendo el machete, amenazaría con causar daños irreparables, ataría y amordazaría a los cuatro miembros y se llevaría lo que pudiera haber de valor en la casa. A priori, un plan infalible.
Como si deseara respetar el evento familiar, La sombra permanecía en silencio. Pero no era esa la causa, la realidad es que aun se preguntaba cómo era posible que tras el escándalo producido por la puerta —un ruido tan infernal que a punto estuvo de hacerle desistir de sus intenciones—, nadie se hubiera alertado. Habrá sido una percepción mía llevado por el miedo a ser descubierto, se dijo para calmarse. A pesar de todo, tenía un pálpito incómodo en la boca del estómago. Lo obvió y permaneció agazapado, escuchando. La necesidad vence todos los miedos.
Desde el comedor le llegaban unas risas. Quien parecía ser el cabeza de familia acababa de contar algo que desató las carcajadas del resto. La mujer, sin abandonar todavía la sonrisa le miraba a él con admiración y a los dos pequeños con ternura. Los niños jugueteaban con los cubiertos mientras contaban cosas de la escuela: el tal no sabía la lección, la cual me ha tirado del pelo, la profesora ha castigado a éste o al otro… daba hasta pena ir a romper una magia familiar que a La sombra siempre le fue vedada. Cuan distinta su infancia de la de aquellos pequeños, casi le daba pena hacerles pasar el mal rato que llegaría en breve.
Cuando la cena parecía a punto de terminar y antes de que la familia se levantara a recoger la mesa y se disgregara el grupo, La sombra decidió actuar. Salió de su escondrijo blandiendo el machete como la batuta de un director de orquesta y gritando:
—Venga, vamos, todos en pie y de espaldas a la pared si no queréis que esto se convierta en un baño de sangre.
Se hizo el silencio. Los cuatro ocupantes de la mesa miraron al intruso con cara de sorpresa pero nadie se movió. Por un instante la escena se convirtió en fotografía congelada en el tiempo. Nada se movía, ni las motas de polvo se atrevían a dar la cara.
Fue entonces que La sombra comprendió la causa de su pálpito de antes. Fue entonces que vio asomar el cañón de una escopeta de entre las piernas del hombre. Fue entonces cuando sintió cómo una hoguera se le incrustaba en las entrañas y cayó al suelo quedando sentado contra la pared del fondo. Fue entonces que descubrió, para su desgracia y la de su familia, cuál iba a ser su futuro inmediato. Fueron necesarias las palabras del hombre para que la realidad cayera como una losa.
—Veis hijos, en tiempos como estos, cuando la crisis acecha, no podemos desperdiciar ninguna oportunidad de conseguir alimento. Y este espécimen, contando por lo bajo, nos servirá para una semana entera. Hemos estado de suerte.

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