Amor concluido

La editorial La Fragua del Trovador, como viene siendo habitual en los últimos años, ha convocado su nuevo concurso de relatos: “Palabras contadas”, en el que, como premisa, está la de que los escritos deben empezar por una frase propuesta. La de esta convocatoria es la siguiente: “La puerta chirrió”.
Preparé un total de tres relatos de los que escogí uno para el concurso. Los otros dos son los que publico en esta y en otra entrada posterior.
Espero que os gusten.

La puerta chirrió al abrirla ¡Mierda!, pensó Cosme mientras hacía lo indecible para cerrarla sin ruido. alertar a Berta representaría un sinfín de explicaciones para algo imposible de contar. Pero ni modo, la puerta devolvió los mismos gritos y quejidos que obsequió al entrar.
Como no podía ser de otro modo, ella, escondida en la penumbra y tras haberse apagado el último lamento de los goznes, lanzó la pregunta incómoda que pilló a Cosme por sorpresa.
—Me he entretenido con los amigos— improvisó él.
Silencio como respuesta.
—Me han dicho de ir a tomar algo— continuó inseguro—, y no paraban de decirme que si era un calzonazos… que si no tienes lo que hay que tener… y me he dejado convencer… yo…
—Hablaremos mañana— sentenció ella con sequedad, dando por terminado el conato de discusión.
Mientras él iba al baño a realizar sus abluciones, Berta se acostaba dando la espalda al otro lado de la cama. No dormía. De hecho, no podía dormir por la excitación insatisfecha. La culpa la tenían los chirridos de la maldita puerta, porque el ruido alertó a Paco, el compañero de trabajo de Cosme, abortando cualquier intento de culminar la escena de sexo adúltero a la que se hallaban entregados; también fue una suerte, claro, pues ese aviso permitió al amante salir pitando por el balcón con la ropa y los zapatos en la mano y saltar los poco más de tres metros que le separaban de la calle.
Sintió cómo Cosme se acostaba con sigilo, sin siquiera acercársele. Mejor, pensó, no soportaba a aquel hombrecillo ridículo. Ni su poca hombría ni su falta de ansias ni su aletargamiento vital. A estas alturas de la relación sentía verdadero asco por él. Apartó la imagen del esposo sustituyéndola por la del amante y se entregó a dejarse adormecer por él y sus caricias y sus susurros que poco a poco la fueron llevando lejos, mucho más allá de aquella cama y de ese ridículo pisito de obrero en el que vivía enclaustrada.
Cosme, por su parte, viendo que su excusa parecía haber surtido efecto, revivió las horas anteriores, sintiendo todavía breves conatos de pulsión sexual en el pubis al rememorar el maravilloso encuentro amoroso con Susana. Sí, ella era la responsable de que hubiera renacido como hombre. Ella era la que le había devuelto la confianza que su esposa le había negado durante años hasta castrarle sin misericordia. Ahora, gracias a su amante, de ser un cero a la izquierda había pasado a sentirse Primus inter pares .
Volvió a la realidad, y mientras esperaba que le venciera el sueño repasó de nuevo el plan que había malogrado la maldita puerta. Lo visualizaba a cámara lenta. Lo repetía una y otra vez con una sensación cercana a la que le regalaba su amante. Así, a medida que la respiración de su esposa se iba acompasando volviéndose más serena, la de él se acelerara llevada por la excitación.
Abandonó ese pensamiento. Era más importante pensar en lo que vendría después. Debía repasar el momento en el que debería hablar con la policía para confesar. Contarles su verdad: que él había entrado en casa con ánimo de no despertar a su esposa porque era muy tarde, que tras cerrar la puerta escuchó ruidos extraños, que se fue al armario del recibidor donde guardaba la escopeta, que la cargó y después se acercó a la habitación donde pudo oír los extraños gritos y lamentos de su mujer…
Me atenazó el miedo y la rabia, inspector, se imaginó que diría, y al abrir la puerta vi, entre la penumbra, a un hombre montado sobre ella. No sé que me pasó inspector, pero disparé. Él se levantó, y volví a disparar. Y ya ve que desgracia. Ambos muertos. La maté en vez de protegerla…
Cayó en la cuenta de que lo decía con tal convencimiento que hasta las lágrimas habían asomado a sus ojos. Sí, era un buen plan. La escopeta permanecía cargada en el armario del recibidor. Ahora lo único que faltaba era un poco de aceite lubricante que no le delatara. Pero eso ya sería mañana. Ahora era mejor dormir y descansar.

***

BONUS

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