La vaquita (cuento infantil, o no)

La vaquita

(adaptación libre de un cuento explicado en la serie Merlí)

Sucedió hace muchos años, en la lejana China rural, que un viejo monje, discípulo de Lao Tse, andaba por un camino polvoriento acompañado de otro joven discípulo. Las horas transcurrian en silencio. Ambos entregados a la meditación y contemplación de todo lo hermoso que les rodeaba.
Al culminar una pequeña loma, ya en la cima de la montaña, apareció una humilde cabaña hecha de barro y coronada con un techo de paja que apenas servía para proteger a sus habitantes de las inclemencias del invierno.
Los dos caminantes se acercaron. Necesitaban descansar y reponerse. Los gritos de varios chiquillos que saltaban curiosos a su alrededor alertó a quienes permanecían dentro de ella que salieron a ver qué sucedía. Eran un hombre joven, otro de mediana edad y una mujer que parecía ser la esposa de este último.
El monje pidió si les podrían dar agua y algo de comida. El hombre miró a la mujer y con una seña la autorizó a que entrara a buscar algunos víveres. Salió al instante con una jarra de agua, dos cuencos, unos trozos de queso y un poco de pan. Los monjes comieron aquellos humildes manjares y, mientras decansaban, hablaron con los habitantes de la casa:
¿Cómo es la vida aquí en la montaña?, preguntó el discípulo del monje. El hombre les contó de la dureza de la tierra, de lo difícil que era arrancarle un poco de arroz. El monje, a su vez, alabó la pureza del agua y lo bueno del queso que les habían ofrecido. Y dijo que solo por aquello ya podían considerarse afortunados. El hombre se deshizo en agradecimientos y le confirmó que sí, que eran una familia humilde pero feliz. Que el agua nacía de una fuente cercana y que tenían una vaca que les suministraba leche, y con ella podían hacer queso, y parte del queso lo cambiaban por pescado seco y harina para hacer pan.
Así, hablando, se hizo hora de partir.
Mientras se alejaban el joven discípulo le habló a su maestro de la poca fortuna de aquella humilde gente y de cómo podrían ayudarles como premio por haber compartido la comida con ellos.
El monje se quedó pensativo durante unos instantes y después, mirando a su discípulo le dijo:
—Vuelve atrás y mátales la vaca sin que nadie te vea.
El discípulo no entendió aquella orden. Incluso intentó replicarle a su maestro, pero aquel le mandó callar y obedecer. Y así lo hizo. Después siguieron su camino, en silencio, todavía afectado por por aquella orden que consideraba cruel.
Pasaron los años y aquel discípulo, convertido en maestro, repetía el mismo camino. Pero hoy, liberado de la carga de la obediencia, creyó llegado el momento de acercarse a la cabaña y disculparse con aquellos que allí vivieran.
Cuál fue su sorpresa cuando, superada la loma, no apareció frente a él la humilde cabaña sino una hermosa casita construida con ladrillo y techada con madera. El monje se quedó allí, frente a ella, pensando en qué podía haber sucedido.
Salió el hombre de la primera vez, ahora un anciano. Después, hechas las presentaciones, y mientras tomaban un té al abrigo de la casa, el monje alabó los cambios producidos en la familia y después, llevado por la curiosidad, preguntó cómo se había podido producir aquel cambio tan grande.
El hombre, con la mirada fija en el monje, respondió: nosotros teníamos una vaquita, un animal que nos suministraba el mínimo de leche para beber y para hacer queso. Con lo que nos daba, subsistíamos. Pero un día murió, se cayó por el barranco que hay detrás. Lloramos. En un primer momento nos sentimos perdidos. Pero después, llevados por la necesidad, empezamos a hacer otras cosas: trabajar con nuestras manos, cosechar otros alimentos… descubrimos cualidades en nosotros que no sabíamos que existían.
El monje, ahora liberado de la carga de la culpa, se despidió del anciano y siguió su camino. Mientras se alejaba miró al cielo y pidió perdón al desaparecido maestro. Ahora, por fin, entendía. Todos arrastramos nuestra propia vaquita personal. Para unos puede ser su pareja, para otros su trabajo, o sus bienes. Cualquier cosa que les sirva para permanecer enraizados a la tierra sin posibilidad de moverse. Solo cuando somos capaces de apartarla de nuestras vidas tenemos la capacidad de ver más allá, de probar cosas nuevas y de descubrir que nuestro límite está más lejos. Cierto que aquello que probemos podrá ir bien o podrá ir mal, pero cualquiera que sea el resultado, será porque tuvimos el valor de echarnos a caminar.

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