Encuentro con Borges

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El hecho, que podría tacharse de extraño, se desarrolló en un desangelado y decadente bar de la Rambla Santa Mónica. Sucedió en un tiempo demasiado alejado del ahora en que escribo estas líneas y la certeza fue el encuentro con un personaje anciano y ciego llamado Borges.
A la hora que sucedió todo apenas quedaban parroquianos en el lugar: algún travestido, alguna que otra puta sin clientela y unos pocos snobs de la zona noble de Barcelona que bajaban allí a sentir que seguían vivos.  En mi caso concreto he de decir que me hallaba allí sólo, en un infructuoso intento de huir de mi mismo y de un entorno humano que ya había colmado todo el espacio del desencanto. Puro hastío desinfectándose en alcohol.
No negaré que estuviera algo ebrio, en absoluto. Pero aceptadme que os diga que mi estado se hallaba más cercano a la sobriedad que a la niebla etílica que todo lo confunde.
Fue en ese estado que me dio por mirar hacia uno de los espejos del fondo. Éste, tal y como lo haría una pantalla de cine, me devolvió dos imágenes en lento movimiento: La mía, encendiendome el enésimo cigarrillo de la noche y la de un anciano sentado a mi derecha que sujetaba un bastón con su mano izquierda y levantaba con la otra mano una taza que presumí de café. Me sorprendí. Me pareció sumamente extraño que aquel anciano fuera la viva imagen del Jorge Luís Borges que tantas veces había visto en entrevistas hechas en programas que hoy apenas nadie mira.
El primer pensamiento, ese al que todos deberíamos obedecer, me dijo que algo no andaba bien en mi cabeza, que era totalmente imposible que el Borges muerto que yo había conocido se encontrara allí, a tres mesas de la mía. Pero lo mismo que uno no aprende del desengaño, cayendo el él una vez tras otra, también entonces pensé que cabía la posibilidad de que el confundido fuera yo «a cierta edad uno no se atreve a aceptar ninguna certeza por clara que parezca». Me armé del valor necesario para irrumpir en su mesa y decirle: Espero que me perdone, caballero, mi nombre es Julio ¿Le molestaría decirme cómo se llama usted?
—Yo me llamo Jorge, Jorge Luis Borges. Encantado de conocerle. —Me respondió él, girando la cabeza hacia mí y tendiéndome la mano sin mirarme.
No puedo decir que me sorprendiera. En mi interior ya tenía claro que lo realmente sorprendente hubiera sido que me dijera que era otro y no él. Aún y así necesitaba saber por qué un Borges muerto para el resto del mundo se permitía estar allí aceptándome en su mesa como un contertulio más. Antes de que pudiera comentar otra cosa volvió a hablarme.
—Sabe usted Julio, si no fuera porque el lugar es diferente me atrevería a decirle que esta situación es muy parecida a la que viví hace años en otra historia. Una en la que me encontraba conmigo mismo en dos tiempos y lugares distintos. Tal vez la haya leído, “El otro” se llamaba.
Afirmé con un gesto, dándome cuenta al instante de que a los ciegos hay que hablarles. Reiteré la afirmación desde la palabra y le plantee a bocajarro la imposibilidad de que aquello tuviera que ver con la realidad ya que él estaba muerto.
—¿Muerte? ¿Realidad? Utiliza usted palabras muy profundas con demasiada ligereza para referirse a cosas que muchas veces son difíciles de definir, amigo mío. Piense una cosa ¿No cree usted que para estar muerto tal vez debiera haber existido?
La pregunta me sorprendió. Yo había leído muchos de sus relatos y poemas. Eran tan reales como yo mismo. Por eso le dije que yo había leído su obra, visto sus entrevistas y leído en el periódico que había muerto y que todo ello demostraba de modo fehaciente su existencia. Él no se inmutó. Tomó un breve sorbo de su café, dejó la taza en la mesa y habló de nuevo
—Usted ha leído unos textos que se me atribuyen, eso es cierto, pero en ningún momento me vio escribir una sola línea; por esa razón no existe ninguna certeza de que el autor de las obras que se me asignan sean mías, ergo no tengo por qué existir. ¿Y si le dijera que mis escritos no son tales sino el producto de la mente de Adolfo Bioy Casares y otros? ¿Me creería? Lo mismo que el yo que esta usted viendo puede no ser real, tampoco han de serlo forzosamente las palabras que se señalan como mías. Por otro lado, no puedo descartar que me haya visto en diferentes entrevistas, es verdad que estuve en ellas pero… ¿tiene la certeza de que cada una de las palabras que dije eran propias? Al igual que lo escrito, aquello también pudo ser una absurda falacia construida por unos pocos para reírse de los crédulos y por tanto, seguiríamos sin aclarar el hecho de mi realidad.
Yo seguía escuchándole sin hablar mientras él continuaba.
—Sí que existe un atisbo de problema en el hecho de mi muerte. No por la muerte en sí, en principio pudiera parecer que todos debemos morir, sino por que la edad en la que presuntamente morí era razonable, y por esa causa igual no debería estar vivo, pero esto tampoco resuelve el problema. Tal vez yo sea un sueño suyo o usted un sueño mío, o incluso cada uno seamos un sueño de otro.
Callamos ambos y me permití invitarle a otro café mientras yo pedía uno para mí. Borges había dejado de hablar y se dedicaba a juguetear con el bastón. Aquél silencio me incomodaba ya que mi mente intentaba buscar argumentos para convencerme de lo real de aquel momento.
—Es imposible que esto sea un sueño o que la vida, al menos la mía, lo sea —Acerté a decir—. Yo tengo muy claro que soy real, que el lugar en el que nos hallamos también lo es y de todo ello deduzco que usted ha de serlo. Piense, señor Borges, que si aceptara que usted es un sueño debería aceptar, sin lugar a dudas, que toda mi vida lo ha sido, no en vano le vengo leyendo desde mi adolescencia y ya van para sesenta años los que acumulo. Es del todo imposible que mi vida haya devenido un sueño. El engaño sería tal que no tendría más remedio que pensar en el suicidio.
—No sea tan visceral, amigo Julio, no lo piense de ese modo. Piense, en cambio, que en los sueños no existe el tiempo, que cabe la posibilidad de que eso que usted mesura como una vida entera no sea sino un instante de ensoñación y despertemos alguno de los dos o aquel que nos sueña a ambos. Destruyendo esta realidad en la que nos encontramos.
—Pero, dejando de lado la idea del sueño, a la que me veo incapaz de aceptar como certeza, confírmeme que realmente usted fue el autor de sus escritos. Bastante duro es para mí estar con alguien que creí muerto, como para aceptar que jamás escribió las maravillas que he leído.
—¿No se da usted cuenta de que eso no es lo importante? Lo escrito, escrito está, independientemente de la mano que lo llevó a término. Esa importante relación que usted necesita entre pluma y mano es innecesaria salvo por dos razones: Una, debida a la egolatría del autor que se piensa único e irrepetible, la otra, la necesidad humana de clasificar para que todo quede en un orden de asociación. Una biblioteca, en suma.
Yo me mantenía callado, calibrando sus últimas palabras. Él continuó con voz más cansada.
—No deseo jugar más este juego Julio. Voy a contarle la verdad, mi verdad más bien.
Mi nivel de alcohol se había reducido lo suficiente como para prever la importancia de lo que vendría ahora y simplemente deje ir un “prosiga entonces, escucho”.
—Primero le diré que el hecho de que algo sea verdad no lo hace más creíble que una inmensa mentira —Confirmé sus palabras con un escueto sí y continuó. — . A lo largo de los tiempos la humanidad ha aprovechado esto para inventar dioses o calumniar a los genios. Es inherente al hombre ese comportamiento.
Se interrumpió un instante para beber un sorbo de agua y continuar
—Le resumiré mi biografía para que me entienda mejor, aunque soy consciente de que ella pueda confundirle todavía más. Nací en Mileto, frente al mediterráneo, en tiempos de Anaximandro del que fui discípulo.
»Muy temprano supe que formaba parte de la raza de los inmortales y ello forzó a que planificara mi vida entorno a esa desgracia atroz. Fui griego, romano y conocí a Arquímedes, a quien le fue arrebatada la vida en aras de la incultura. Fui hispalense, bretón y castellano. Luché y morí, si ello hubiera sido posible, en muchas batallas. Me embarqué por fin en un viaje a las indias y participé en cruentas masacres de indígenas cuyos espíritus aún ahora me persiguen. En America me olvidé de mis orígenes y renací campesino, pampeño, gaucho…
»A lo largo del tiempo he tomado parte en grandes acontecimientos y he cometido las peores bajezas posibles. El momento en el que usted me conoce soy Borges, lo mismo que hubiera podido ser cualquier otro. A pesar de la brevedad con la que he narrado mi vida, imagino que se habrá dado cuenta de que parte de mi obra puede ser mía, ciertamente, aunque otra sea un juego tejido con unos buenos amigos. Probablemente hoy deje de ser definitivamente Borges para renacer en otro lugar y otro nombre, aunque el mundo actual es cada vez más pequeño. Lo único que le pido, Julio, es el olvido. La única cosa que necesito, dado que he sido sincero con usted, es que no reproduzca con nadie esta noche. Si le hablé fue llevado por la necesidad de contar y su deseo de saber. Eso es todo.
Se calló. Mientras había estado escuchándole caí en la cuenta de cuanto más creíble era la primera mentira que aquella terrible verdad. No quise indagar más en lo explicado, nada invitaba a ello. Preferí comprometerme en la promesa y ofrecerle un paseo para terminar la noche antes de la despedida. Pagué y salimos en silencio.
Bajamos lentamente por las Ramblas hasta desembocar en el mar a esa hora sombrío. Paseamos a lo largo del muelle reconvertido en paseo. Era la hora triste del final de las noches de septiembre, cuando todo parece más carente de vida. Andábamos en silencio, él asido a mi brazo. Lo notaba tan liviano como debía serlo un fantasma. Subimos después por el barrio del Raval para sentir el abrigo de los viejos edificios y el eco, entonces terrible, de nuestros propios pasos. Ninguno de los dos hablaba —¿Qué podría decirse después de lo confesado?—. Llegamos hasta la plaza de Sant Felip Neri, donde nos despedimos con un apretón de manos y ni una palabra. Después le vi marchar, erguido y sin usar el bastón. Al poco se borró el último eco de sus pasos y todo se sumió en silencio. Solo el zarandeo de un brazo y la voz de un policía que me urgía a levantarme del suelo dieron por finalizada la extraña noche.

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2 respuestas a Encuentro con Borges

  1. 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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