¡Cómo está el servicio!

tioatadoalacama

La doncella
Entonces… se escuchó un grito, dijo la mujer ¿Y después?, preguntó la subinspectora Abadías. La mujer se quedó pensativa y, negando con la cabeza, juró que no se había escuchado nada más. Solo silencio, se lo juro por la Macarena. Yo, como “usté” comprenderá, no me atreví a entrar. El señor no quiere que se entre en su habitación. Y yo no estoy para que me abronquen o me echen, que tengo a los zagales en casa mi madre y todavía me queda mucho que mantenerlos, hasta que se hagan mayores, ¿sabe “usté”?
La subinspectora levantó la palma de la mano ante la mujer invitándola a callar. Espere un momento por favor, me llama mi compañero. Se excusó.

El mayordomo
Si claro. Yo había subido a dejarle al señor la prensa y su café de la mañana. Cuando estaba frente a la puerta e iba golpearla para pedir permiso y entrar, se escuchó el grito. Hablaba Melquíades, el mayordomo. Cuando se quedó en silenció habló de nuevo el subinspector Mariño ¿Y usted que hizo, entró? Melquíades lo miró como si viera una tarántula subiéndole por el brazo. Jamás se me ocurriría. Respondió.
Ante la mirada inquisidora del subinspector continuó diciendo que el Señor era tajante en eso. Estando él en la habitación no podía entrar nadie salvo que lo pidiera u otorgara permiso para ello. Como comprenderá, ninguno lo incumplimos. No estamos en situación de perder el empleo, con la que está cayendo.
Entonces… cuando escuchó el grito, ¿qué hizo usted? repitió el subinspector ¿Qué iba a hacer?, respondió Melquíades con voz firme, llamé varias veces a la puerta y al no obtener permiso bajé a la cocina. Ordené a la cocinera que les llamase y esperamos allí a que llegaran.
El subinspector salió hacia la habitación haciendo una seña a su compañera.

La policía
—¿Algo nuevo por parte de la doncella, Laura? —preguntó Mariño cuando la tuvo a su lado.
—Nada Juan, no para de hablar, pero no aporta nada. Dice que a las nueve subió a esta planta y, mientras limpiaba una de las habitaciones, escuchó el grito sin atreverse a hacer nada. Después dice que bajó a la cocina y se lo comentó a la cocinera. La misma que nos ha llamado.
El subinspector asentía. Cuando la otra calló siguió él:
—Esto es de locos, ¿sabes? El estirado del uniforme dice que tampoco él miró qué pasaba. Escuchó un grito y tuvo los santos cojones de no entrar “por si el señor se enfadaba”, dice. No me creo nada. Pero por otro lado, un tipo como éste, ¿a ti te extraña que haya podido morir de este modo sin que nadie haya entrado a socorrerle?
Ella no respondió, permanecía callada, ajena, mirando el escenario: la cara de sorpresa del cadáver, los brazos en cruz con las manos atadas al dosel; el tremendo charco de sangre entre las piernas y éstas atadas también al dosel; el cadáver de la mujer sobre el suyo y cristales por todas partes. Qué lástima, pensó, unas sábanas carísimas echadas a perder.
—¿Crees que el juez imputará al servicio por denegación de auxilio? —Fue lo único que acertó a responder.
—No sé qué decirte. Por mí que venga pronto, zanjamos el tema y me voy a comer con mi señora que hoy es nuestro aniversario.
—Felicidades, Mariño. Que dure. Al menos que no te pillen como a éste.

El muerto
¡Mierda! ¿Nadie ha escuchado mi grito? ¿Cómo se ha podido romper el espejo del techo? Pesa mucho. Sí, está muerta, seguro. No me deja respirar. No puedo hablar. Con ésta encima. Por suerte, sino el cristal me habría degollado a mi. No puedo moverme. ¿Por qué me dejaría atar a la cama por esta loca? Me falta el aire ¿Se ha meado encima? Qué es ese líquido caliente que noto entre las piernas. No, no es solo el líquido. Algo no marcha bien. No noto nada. Nada entre las piernas, solo algo líquido, espeso. Estoy cansado. Si pudiera gritar. Pero ni puedo respirar ¿Por qué no viene nadie a quitármela de encima? ¿Dónde está el inútil de Melquíades, o la tonta de la doncella, o la imbécil de la cocinera? Cada vez me falta más el aire. Noto frío. Sueño. Estoy cansado. Me falta el aire… no puedo… no…

Epílogo
Pasados unos días la prensa publicaba: “Muere accidentalmente el empresario Jano Rosellón, destacado miembro de la Patronal. Solo ha trascendido que los hechos ocurrieron mientras trabajaba en casa con su secretaria personal, también fallecida. Nadie pudo socorrerles ya que el resto de la familia se hallaba veraneando en su residencia de Palamós”.
En la foto que acompañaba la escueta nota podía verse al personal de servicio en segundo plano. Para un buen observador, en sus caras podía adivinarse una sonrisa.

(Relato finalista del segundo concurso de relatos “Palabras contadas” de la Editorial La Fragua del Trovador y publicado en un volumen del mismo nombre)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

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