La cena terminó mal

 

Sinestesia En neurofisiología, sinestesia es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo. Una persona sinestésica puede, por ejemplo, oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente. La sinestesia es también un efecto común de algunas sustancias psicodélicas, como el LSD, la mescalina o los hongos psilocibios, pero hay personas que, sin haber consumido sustancia alguna, tienen esa capacidad de percibir sensaciones de diferentes sentidos de manera conjunta o “cruzada” o con “correspondencias”.

El chef en persona salió a preguntar a los comensales. Era vital que los integrantes de la mesa dos salieran satisfechos.
La apuesta del hotel Tristán al contratarlo para dirigir la cocina de su restaurante, el reconocido Prometeo, había sido la oportunidad de su vida. La posibilidad de demostrar su valía a una clientela selecta que podían llevarle de la mano hasta conseguir su primera estrella Michelin. En esa mesa, esa noche, había al menos tres de esas personas.
¿Satisfechos con la cena, caballeros… señoras?, preguntó con cierto servilismo.
Ha sido una experiencia única, Matías, ú-n-i-c-a, comenzó a hablar el caballero gordo que la presidía. El primer plato, crujiente de callos al aroma de romero sobre espuma de garbanzos, me supo a un maravilloso Boccherini, el pasacaglia de su “Quinteto de cuerda en Re Mayor, n º 6”, concretamente ¿Qué te han parecido a ti, querida?, le preguntó a la acompañante sentada a su derecha. Ella se tomó su tiempo, entornando los ojos, degustando el plato de nuevo. Cuando los abrió dijo que había sido puro Goya: retratos de corte.
—No saben lo que me alegra, de verdad —Dijo el cocinero, con una sonrisa que colgaba de sus orejas.
Si hubieras probado los huevos estrellados con yema al cava y jamón de Teruel cristalizado, estoy seguro de que te hubiera sabido a Rodrigo. Habló un joven calvo sentado a su izquierda.
Al escuchar el nombre del compositor el chef, disimulando el malestar, preguntó al joven si podría precisar la obra en cuestión; nada le hubiera dolido más que escuchar el consabido “Concierto de Aranjuez” su plato no se lo merecía. Pero no dijo eso. El joven nombró “El concierto Madrigal para dos guitarras”. No hubiera podido ser otra, Matías. Concluyó.
La distensión del cocinero fue visible a los ojos de todos. Ahora vendrán a tomar nota de los cafés y las copas. Dicho esto los dejó y se encerró de nuevo en su templo de fuego y sartenes. De salir bien el fin de semana con todo ese grupo, tanto el restaurante como el hotel habrían subido un peldaño más hacia la élite gastronómica. Mientras el personal de cocina seguía sus labores él, agazapado tras la puerta, no dejaba de observar al grupo de comensales.
Una señora bajita que se sentaba al otro lado de la mesa aprovechó un momento de silencio para dirigirse a la acompañante del comensal gordo. Jamás se podrá asociar su plato con el Goya costumbrista, le soltó a bocajarro. La otra, la ofendida, le lanzó una mirada que iluminó la mesa de rojo y preguntó cuál debía ser, según ella, el sabor de ese plato. La señora bajita, sin siquiera mirar a la otra, respondió que el sabor de un plato tan español no podía ser otro que “Galatea de las esferas” de Salvador Dalí.
Un anciano, sentado en el ala izquierda de donde se hallaba la señora bajita, soltó una risita indisimulada que pronto fue copiada por varios comensales. Ahí la cosa comenzó a derivar hacia lugares donde no se hace pie.
¿De qué se ríe usted, señor, si puede saberse? Dijo una copia reducida en edad de la señora bajita. El aludido levantó la mirada y puso a juego su vozarrón. Del comentario de la buena señora, dijo, de que ese primer plato sabe a Dalí. Ni a Dalí ni a Goya, los callos sabían a Gaspar Sanz con un toque de Luys de Narvaez, terminó.
El murmullo subía de intensidad a la misma velocidad que la histeria del chef. ¿Debía salir, debía permitir que los comensales dirimieran sus diferencias sin inmiscuirse? No esa noche. Empujó la puerta batiente y salió a intentar poner paz.
—Por favor señoras, por favor señores, la casa les invita a cava. Una noche como ésta lo merece.
Levantó una mano y la dirigió hacia el personal como el mismísimo Toscanini. Las consignas fueron claras: botellas de cava, cubiteras y copas. Tempo: prestissimo.
En un par de minutos había tres camareros distribuyendo copas, sirviendo cava y situando el sobrante de las botellas en sendas cubiteras. Los ánimos, lejos de relajarse, se mantenían en una calma tensa ya que el murmullo acallado en aquella mesa se había extendido en las del resto del salón.
La tensión la rompió un anciano de la mesa más cercana cuando se levantó, se plantó ante los comensales y les expuso su criterio. Hubiera deseado una cena tranquila con mi señora, dijo, pero me ha sido inevitable escuchar las tonterías que han estado diciendo unos y otras. Comparar ese primer plato con Goya, Rodrigo o Boccherini. Absurdo, me parece una completa trivialidad. Ese plato sabe, y siempre sabrá, a la hermosa literatura de Francisco de Quevedo…
Ahí acabó la paz.
Tres horas más tarde dos unidades de la policía nacional procedían a llevar a comisaría a los menos magullados y diversas ambulancias repartían al resto por distintos hospitales de la ciudad. El personal del restaurante, y parte del personal de servicio del hotel, intentaban eliminar la imagen de campo de batalla en la que se había convertido la preciosa sala. Matías, el chef, lloraba desconsolado sentado en una de las sillas que todavía permanecían enteras. Acababa de declarar ante el subinspector Melchor y éste departía ahora con el comisario Moreno, pormenorizándole todo lo que había podido recabar de los distintos protagonistas de la batalla campal. El comisario asentía con la cabeza.
Cuando el subinspector terminó, el comisario dio las órdenes pertinentes y salió en dirección a su casa. Mientras el chofer conducía, él iba pensado en lo estúpido que había que ser para ofrecer una cena a los integrantes de una convención de afectados graves de sinestesia. Era de prever que las cosas no marcharían bien, sobre todo porque un plato que contenga callos y garbanzos solo puede saber a Manuel de Falla y no a otra cosa.

(Relato finalista del primer concurso de relatos del Hotel Tudemir y publicado en una antología)

 

AUDICIÓN RECOMENDADA

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Una respuesta a La cena terminó mal

  1. Manel Artero dijo:

    Reblogueó esto en Música que sientoy comentado:

    Un relato algo alejado de mi predilección por la muerte y las vísceras esparcidas por el asfalto…

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