Chucho y yo (de Cat Stevens a Beethoven)

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Hoy empecé el día sumamente triste. En vez de echar de más y sentirme cómodo con mi soledad, me dio por echar de menos. A mis hijos, a mis nietos. A esas amigas que atesoré a lo largo de los años y que ahora se han perdido o no me atrevo a llamar por no inmiscuirme en sus vidas… solo me queda Chucho, y a él todavía no me atrevo a confesarle ciertas cosas. En cambio sí he decidido ponerle un apellido. Es un entendido en música y eso merece un premio. ¿No se le da apellido a cualquier imbécil que babea frente a cualquier programa basura de la televisión? Pues mi perro está muy por encima de muchos de ellos.
Mirad, la cosa ha ido más o menos de este modo. Hemos escuchado las variaciones Goldberg durante un buen rato —es un desayuno que tomo cada mañana desde hace un tiempo. Sobre todo la versión de Gould de 1955—. Bien, al terminar nos hemos mirado y se lo he dicho, Te llamaré Darwin, Entiéndeme, entre nosotros seguirás siendo Chucho, es como cuando mis nietos me llaman “abuelo”, un apelativo cariñoso, pero quiero que sepas que en círculos más formales serás Darwin. Me ha mirado, preguntándome el porqué de ese nombre tan inglés. Pues porque tú eres un beagle, le he explicado, y ese era también el nombre del barco en el que viajó Charles Darwin —autor del “Origen de las Especies”— en su primer viaje como. Me ha movido el rabo, no sé si para mostrar contento o porque tenía ganas de que lo sacara a pasear. Le he dado unos golpecitos en el lomo y hemos salido a la calle. Ese perro me está ablandando.
Pero os contaba que siento tristeza. Y cuando eso me sucede echo mano de la música. Soy así de previsible. El problema entonces es la elección. No tengo el ánimo para escuchar nada alegre, pues no es ese el ánimo al que pretendo llegar; ni me apetece una música triste, nada peor que bajar más peldaños hacia la auto lamentación.

Lo que he hecho ha sido llamar a Darwin. Él, como es habitual, no ha dicho palabra, me ha mirado con la cabeza ladeada y esos ojos que parece que te lean la mente y se ha sentado en el sofá, a mi lado. Después me he dejado llevar por los recuerdos: he puesto a Cat Stevens y su maravillosa “How can I tell you”. No sé, sus palabras me transportan a una primavera en octubre en la que me sentí amado como nunca antes. Ha estado bien, ha conseguido mutar la tristeza en simple melancolía. A continuación he pasado por varias canciones importantes para mí pero que no deseo compartir ahora. Al final, y como no podía ser de otro modo, he terminado en la sexta sinfonía de Beethoven “Pastoral”. Ha sido empezar y nos ha cambiado la cara. Darwin ha puesto las orejas en modo atención y ha abierto más los ojos. Incluso me atrevería a decir que sonreía. No me hagáis caso, igual es que he mimetizado la mía en la suya. Ya sabéis, eso de la edad, la excusa perfecta.
Verás, Chucho, le he dicho, ¿sabes que esta sinfonía se podría calificar como el primer ejemplo de lo que años después conoceríamos como música programática? Música asociada a algún objeto del mundo real, un río en el caso de “El Moldava” de Smetana o las conocidas Suites de “Peer Gynt” que pondremos otro día. El mismo Beethoven bautizó cada uno de sus movimientos. Este primero se subtitula: “Apacibles sentimientos que despierta la contemplación de los campos”. Y nos hemos dejado envolver por la ingenuidad y la sencillez que se desprende de los temas del primer movimiento. Cargadas de humor, de alegría por escuchar los sonidos de la Naturaleza. Eso seguro que lo debes percibir tú mejor que yo, le decía, mientras él apenas podía mantenerse quieto, parado sobre sus patas traseras y mirándome a mí y al cuadro que hay situado entre los altavoces. No te pierdas ahora la serenidad que transmite el segundo movimiento. “Escenas junto al arroyo” se llama. Y le iba contado mis sensaciones al escuchar cada tema, cada cambio de orquestación, los distintos colores y armonías. Él, animal joven, apenas podía permanecer quieto. En el tercer movimiento, “Escenas junto al arroyo” se ha subido al sillón, a mi lado, para que le tocara la cabeza. En el cuarto: “La tempestad”, algunos ladridos han creado disonancias con los golpes de timbal. Pensaba que no sería capaz de terminar la obra a mi lado. Pero la sorpresa ha llegado en el alegretto quinto movimiento: “Himno de los pastores después de la tormenta”. Ahí se ha vuelto a sentar en el suelo y ha levantado la cabeza como si necesitara de toda la concentración para captar el juego sutil que Beethoven hace de los temas, mezclándolos como si eso fuera lo más sencillo del mundo.
Ese perrito me está devolviendo la ilusión. Entre él y el gran Ludwig se me ha quitado la nostalgia y he sentido como se me llenaba el pecho de aire nuevo. También influye, y esto lo confieso en voz baja, que no pasan las horas para que vuelva a encontrarme con la encantadora desconocida de ayer. Me siento un chaval. Habrá que ver si, llegado el momento, el resto del cuerpo se comporta con la misma alegría que mi cabeza.

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