Chucho y yo (Álbum Past light, William Ackerman)

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Llamadme nostálgico, pero todavía hoy conservo uno de aquellos dispositivos que se bautizaron como Walkman (caminante, o algo así). Un lector portátil de cintas de cassette. Es una antigualla que viene de mis tiempos de informático, cuando, para inhibirme del ruido del entorno me ponía unos auriculares y alguna música suave. Era el único modo de concentrarme en la programación mientras a mi alrededor pululaban administrativas, contables, comerciales y jefecillos varios. También por esa época descubrí unos sellos discográficos: ECM y Windham Hill. Ambos se caracterizaban, no solo por su contenido musical, sino también por la altísima calidad de sus grabaciones.  Y es de esa época y de esos sellos que todavía conservo algunas cintas.

Que porqué os he contado todo esto. Pues porque antes de sacar a Chucho de paseo, me he puesto mis auriculares, los he conectado a mi Walkman y he puesto una de esas cintas, con una excelente grabación del álbum Past Light, de William Ackermann. Así de esa guisa he salido a la calle.

Las tardes de junio son largas, el ambiente todavía no ha perdido la luminosidad de la primavera, que el verano sustituirá por una calima densa y caliente. Vaya a saber si sería por eso, o porque ese perrillo me está afectando al cerebro,  pero miraba a las personas que andaban paseando sin rumbo y se me antojaban hermosas. Entendedme, uso «hermoso» en un espectro muy amplio. Ni hablo de absoluta belleza, ni me refiero a ese concepto masculino de la tía buena ni me estoy dejando llevar por el amor griego. Era solo que veía a todo el mundo sonriente, andando con la cabeza alta y mirando al infinito con dignidad.

Todas estas conclusiones de arriba las he tenido sentado en un banco. Uno que se encuentra al lado de un pipi-can que hay cerca de mi casa. Y ha sido así, ensimismado como estaba, que he escuchado una voz por encima de la de William Ackermann. A mi me sucede como a usted, ha dicho. Me he sacado los auriculares, he girado la cabeza y me he encontrado frente a una mujer tan hermosa (ahora sí), que se me ha acelerado el corazón como a un adolescente. Viendo que yo no hablaba ella ha continuado. También se me escapa una sonrisa mirando a mi perrita, sabe, Hacen tanta compañía, El suyo cuál es, ha preguntado. No he tenido más remedio que sobreponerme y responder. Es ese de ahí, el beagle joven que anda persiguiendo a ese otro de color grisáceo. Me sentía tan imbécil. Sesenta y siete años y balbuceando como un chaval con su primera chica.

Nos hemos quedado en silencio. Ella mirando a los perros y yo mirándola a ella mientras llegaba el lejano rumor del tema Synopsis II. Perdone que haya interrumpido lo que estaba escuchando, Siga, por mí no lo haga. Lo ha dicho sin mirarme, pero vistiendo una sonrisa que me ha llevado a imitarla. No se preocupe, le he dicho sin apartar mis ojos de ella, es una vieja grabación de los años ochenta y me la sé de memoria. Otro silencio, el giro de su cabeza, terminado cuando han coincidido las dos miradas, y otra pregunta, Si no es mucha indiscreción, qué estaba escuchando. Le he ofrecido los auriculares, se ha acercado uno a la oreja y lo ha tenido así hasta el final del tema. Es muy bonito, Qué es, no lo conocía. Se lo he dicho, incluso le he repetido la retahíla del sello discográfico. Ella escuchaba con atención, sin apartar los ojos. No sabría explicar lo que he sentido. Bueno, sí que sabría, pero ni este es el lugar ni tengo desparpajo como para soltar ciertas intimidades.

Después de hablar de algunas banalidades y contar algunas anécdotas de nuestras mascotas (las mías inventadas), me ha dicho que debía irse a casa. Volverá mañana, me he atrevido a preguntar. De normal vengo cada día, salvo que mi hija me necesite, ha sido su respuesta. Pues entonces espero verla mañana, he dicho mientras le ofrecía la mano para estrecharla. Me la aceptado y se ha ido. Allí me he quedado yo, con cara de imbécil, mirándole el trasero a la mujer más guapa que puedo recordar y sin saber su nombre ¡Hemos olvidado presentarnos!

Desaparecida ella, he entrado a coger a Chucho. Era hora de cenar y ver un poco la tele. Mientras íbamos para casa y después, mientras preparaba la cena, le he estado explicando lo sucedido. Y todo gracias a ti, Chucho, le decía mientras le acariciaba la cabeza y él me lo agradecía moviendo la cola. Lo que son las cosas, Darwin, ¿te das cuenta de cómo las distintas casualidades construyen nuestros hilos de vida? Él apenas ha movido las orejas mientras se dejaba hacer. Después se ha sentado, se ha rascado el lomo con la pata trasera y se ha echado a dormir el cansancio. Yo me he quedado escribiendo estas lineas, escuchado de nuevo a William Ackermann y recordando el vinilo original sonando en un giradiscos, y a Julia, y a cómo mientras cenábamos le dije, esta música es perfecta para hacer el amor…y ya han pasado más de treinta años. Jodidos recuerdos.

Por petición del sello discográfico está prohibida la inserción de vídeo. Para escuchar el álbum entero ir a este enlace 

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