Chucho y yo (Beethoven, sonata No.14 ‘Claro de luna’)

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Ayer me sorprendí. Tenía a Chucho sentado a mi lado. Él, lejos de expresar nerviosismo, movía las orejas como si quisiera captar más y más sonidos. Hoy habré de dedicar un tiempo a buscar el espectro sonoro del oído del perro para averiguar si él escuchaba realmente el piano de Baremboim o solo mimetizaba mi cara de extasiado cuando escucho cierta música.
He repetido el experimento. Bien, repetirlo no es la palabra exacta. Lo que he hecho ha sido mejorarlo. Cómo, preguntaréis. Pues he cogido la sonata que conocemos como Claro de Luna y la he escuchado en dos de sus versiones. La primera, como no podía ser de otro modo, ha sido la de Daniel. Pero no sé porqué, esta vez he detectado algo en lo que no había caído antes. La melodía es una nota Sol que se repite dos veces en diferentes figuras: una corchea con puntillo, una semicorchea, final de compás y enlace en una blanca. Pues bien, puedo entender que el intérprete, llevado por la idea romántica caiga en un exceso de rubato, pero que alargue esa semicorchea hasta desvirtuar el ritmo del compás, me ha parecido una licencia excesiva.
Tú cómo lo ves, Chucho, le he preguntado al perro. Él ha puesto cara de no entender pero ha girado la cabeza hacia la pantalla y ha permanecido a la expectativa. Mira, Chucho, vamos a buscar alguna otra versión para comprarla, le decía mientras buscaba otra versión. He descartado algunas y al final me he decantado por una que he encontrado de Wilhelm Kempff, mejor medida.
Nos hemos arrellanado en el sofá y la hemos escuchado entera. Cuando terminaba me he dado cuenta de que tenía la cabeza de Chucho apoyada en mi regazo y yo le acariciaba el lomo con suavidad, en el sentido del pelo. Ha sido curioso. He caído en la cuenta de cómo nos acostumbramos a la ausencia de caricias. Y no porque no sean necesarias, sino porque es el mecanismo de defensa que nos regala nuestro cerebro para no volvernos más locos de lo ya estamos.
Me he sentido triste. Me jode confesarlo, pero ese ha sido el sentimiento. Un triste viejo acariciando a un perro mientras Kempff nos regala una Claro de Luna memorable. Me lo he sacudido de encima. No me apetecía en absoluto que Chucho recibiera como regalo algo que yo echo en falta.
No sé si le ha dolido mi desprecio. Ha bajado del sofá, se ha sentado frente a mí, me ha mirado como quien mira un pedrusco, se ha lamido la entrepierna y se ha ido a la cocina, a su rincón, a beber agua y echarse en su canasto.
Una vez solo he hecho lo que tantas veces. Me he preparado una copa de vino, he ido a la carpeta de fotos y me he dedicado a mirar y remirar las fotografías de Lola, la mujer que estuvo ahí cuando ella me dejó. Y así he ido consumiendo las horas, transmutando el vino en lágrimas y convirtiendo la vida en auto lamentación.
No sé cuánto tiempo habrá transcurrido, pero casi una botella de vino después, mientras dormitaba con la cabeza apoyada en el brazo y éste sobre el teclado del portátil, he notado que algo se restregaba por mis piernas. He mirado, medio mareado como estaba, y allí se encontraba Chucho, acariciándome las pantorrillas con su cabeza. El maldito perro egoísta, haciendo caso omiso a mi necesidad de estar solo, quería que lo sacara a la calle.
Si, claro, lo he hecho. No me apetecía salir, pero menos me apetecía tener que limpiar meados y cagallones de perro. Como si uno no tuviera ya bastantes problemas.

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