Cartas desde Barbastro, lazo negro -11-

 

San Leonardo de Yagüe (sin fecha)

Alma, mi esposa algún día,
Tu carta me deja un regusto amargo. Si bien me colma de felicidad saber que mis palabras son medicina para tu espíritu, me entristece sobremanera el comportamiento de nuestros  vecinos, a los que ya jamás perdonaré.
Cuánta hipocresía hay en el mundo, Alma. Si supieras la de cosas que me han contado en confesión, esos que ahora te marcan con la mirada, y lo buenos cristianos se sienten, o les vieras las caras cuando toman la eucaristía ¡Fariseos! Criaturas desleales que tiran la primera piedra sin mirar la maldad que anida en su interior. Y esta Iglesia, la experta hipócrita que acuñó la frase: “Nisi caste, saltem caute” (si no casto, al menos cauto). Pero no, no quiero convertir la paz que me da tu amor en odio por quien ni eso merece. Prefiero centrarme en ti y en nuestro futuro encuentro.
Me consuela saber que no estás sola, que Manuel te trata con dignidad y que Magdalena ha demostrado ser la más cristiana de todas las mujeres ¿Te das cuenta de que a pesar de no tenernos el uno al otro no estamos solos? Verás porqué.
Dices que envidias a mis compañeros. No lo hagas, porque no los hay del modo que los imaginas. Solo aquel del que te hablé, de nombre Agustín. Él, al igual que yo ahora, está resuelto a abandonar los hábitos y es la única persona que parece estar de mi lado, nuestro lado. Tampoco entiende el celibato. De hecho fue él quien me lo confesó y eso me permitió poder contarle  mis dudas y temores. De ahí que te dijera más arriba que no estábamos solos.
Voy ahora a tu pregunta sobre si marcharía contigo hoy mismo. Mi respuesta sería un sí rotundo, como no podía ser de otro modo. Pero en este instante no tengo libertad de decisión; no ahora, no por el momento ¿Recuerdas que te hablé en una carta anterior que creía que el padre Anselmo había traicionado el secreto de confesión al delatarme al obispo? Siempre pensé que ese tipo de cosas, que había escuchado aquí y allá, eran habladurías dictadas por la venganza, otro de los males que asolan esta triste tierra de Caín, pero ahora confirmo que había más certeza de la que mi inocencia era capaz de ver. En nuestro encuentro intentaré explicártelo mejor.
Alma, tenemos tanta suerte. Adán y Eva solo tuvieron el Edén que les puso su Creador. Nosotros, sin embargo, construimos el nuestro en cualquier lugar que podamos abrazarnos en libertad. Ahora sabemos que ya no volverá el Paraíso de Barbastro, pero tanto da, construiremos otro en la hermosa ciudad de Barcelona.
Yo soy de Barcelona, creo que es algo que nunca había dicho a nadie cercano. Mi familia, gran parte de ella, emigró a esa hermosa ciudad a principios de siglo. Eran tiempos duros en el campo y allí se estaba construyendo la ciudad cosmopolita que es ahora. Yo nací en un barrio humilde que viste la falda de una de sus montañas emblemáticas: Montjuic. Allí pasé mi primera infancia. Pero la guerra cambió las tornas y el hambre que nos atenazó en la posguerra se cebó en las grandes ciudades. La solución que encontraron mis padres fue mandarme de nuevo a sus orígenes y de ahí al seminario. Fíjate en que pocas palabras cabe mi vida entera. Pero la cuestión es otra.
En Barcelona todavía me queda una tía abuela. Una mujer muy mayor ya a la que podría ir a visitar con la excusa de que está sola y algo delicada. Aprovecharía para buscarle alguien que pudiera cuidarla en lo que le quede de vida. Eso me permitiría salir de esta cárcel sin problemas. Conque sé que sólo no me dejarán marchar, me haría acompañar por Agustín que también nos pondría en contacto con grupos cristianos que se han apartado de esta meretriz de Babilonia. Sería un modo de que tú, después de mi partida, la última de todas, tuvieras gente a la que acudir para que te echaran un mano.
El único problema es que organizar todo esto sin despertar sospechas va a llevar más tiempo del que desearíamos. Pero qué prefieres, la tristeza de cualquier rincón donde la prisa y la incertidumbre nos golpeará sin descanso, o la paz de un piso pequeño y humilde que puede ser nuestro hogar durante unos días.
Si pudieras esperar un par de meses podríamos vivir ese hermoso sueño. Te echo tanto de menos. Y si antes tenía el consuelo de la oración, ahora reniego de ella y de todo, y solo estás tú para iluminar la oscuridad de mi alma.
Solo tú, mi vida. Tu mirada, tu calor, Tú.
Dame una respuesta.
Dime que esperarás,
Tu ansioso Ángel

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