La decisión de Alba

  En la novela original Alba Garcés quedó deslavazada y vacía. Lo intenté pero erré en la voz (primera persona) y en vez de un personaje redondo quedó en un personaje plano. Incluso ñoño, me atrevería a decir.
Eso me llevó a concluir que era necesaria la reescritura de su subtrama.
Y no solo eso, gracias a Maria Antonia de Miquel, mi profesora de novela, caí en la cuenta de que una de las subtramas, la relativa a Santos Márquez, podía ser otra novela en sí misma.
Lo que iré publicando formará parte de esa nueva voz de Alba.

[…]
Habían sido once años tirados a la basura. Un primer año de pasión seguido por seis de amor compartido. Después, con un reloj biológico que la avisaba cada mes, tuvieron que pasar tres más mareando la perdiz con frases como con lo bien que estamos así… no tenemos tanta prisa, cariño… ya veremos… no es el momento. Al final, después de una bronca que ella barnizó de ultimátum, él le soltó el mazazo, Lo siento, Alba, pero no estoy preparado para ser padre. No por el momento. Tal vez en unos años, pero ahora no.
Le pedía unos años. Años que Alba ya no podría permitirse ¡No con treinta y ocho! ¡No con aquel cobarde que se atrevía a amenazarla como si fuera el único hombre sobre la Tierra!
Después de aquello todavía hubo de pasar otro año hasta tenerlo todo claro y organizado para decirle, Te dejo Juan, no tiraré un día más con alguien tan egoísta como tú. Ante la cara de estupor de él, ella consumió las fuerzas que le quedaban en salir a la calle con la máxima dignidad y dirigirse con pasos rápidos y resueltos al piso que había alquilado en el barrio de Poble Sec.
Una vez allí se dejó llorar encima toda la rabia, la impotencia, la pena y la tristeza. En una sola tarde y su correspondiente noche, se arrepintió y se reafirmó, se culpó y se perdonó. La mañana siguiente descubrió a una Alba agotada y endurecida, tanto, que podría quebrarse en cualquier momento. Le tocaba rehacerse hasta volverse acero dulce capaz de resistirlo todo de nuevo.
El primer paso era aceptar que el sol seguiría saliendo por el este  y recuperar su autoestima. Cosa que ya había conseguido otra vez. Tenía experiencia en equivocarse con los hombres y ésta no era más que una reiteración del error que representaba la vida en pareja. Cierto que las situaciones habían sido distintas. Pero el resultado era el mismo: Alba sola y hecha polvo.
La gran diferencia entre la primera y la esta se llamaba Tiempo. Porque ahora no tenía tiempo que perder si quería llevar adelante su proyecto como madre. Ni debía huir de nuevo. A lo largo de su vida ya había huido de su padre, de una primera relación sofocante y esta última por la imposibilidad de tener un padre para su hijo. Para qué le habían servido las relaciones con los hombres salvo para desperdiciar la vida, el único bien que atesoraba. Tampoco le quedaba ya corazón qué romper y eso la fortalecía.
[…]

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