Manuel, el niño santo

Manuel nació en Nazaret, en una fecha indeterminada y en uno de esos pueblos asentados en una pobre provincia al sur del reino de Miranda. Era un buen lugar para un niño como él: callejas tranquilas, todo rodeado de olivos, protegido de los vientos del norte por unos cerros cubiertos de pino mediterráneo y poblado por buena gente que se entrega a la fe y a las tareas de los campos del señor.
Como el resto de niños del pueblo, Manuel creció entre juegos y asistió a la escuela hasta los once años, edad en la que se daba por aprendido todo lo que un labriego debe saber. Después comenzó su aprendizaje en el molino del señor, lugar que debería ser su casa para el resto de sus días. Así había sido siempre.
Pero Manuel, más allá de los juegos y la escuela, no era como los demás. Ya desde muy niño se había comportado de forma distinta a la de sus compañeros. Acostumbraba a quedarse quieto, con los ojos fijos en la lejanía mientras musitaba palabras ininteligibles que los mayores relacionaban con rezos. O de tanto en tanto se negaba a comer porque decía que aquél sacrificio le era grato a Dios. O cuando asistía a la misa, donde su entrega era tal que parecía irradiar calor hacia aquellos que tenía cerca.
Con el paso del tiempo se fue corriendo la voz, y las gentes del lugar, amparadas en la ignorancia de la doctrina, acudían a Manuel para que les reconfortara de los males que les aquejaban. Y era así que si el niño tocaba la extremidad enferma de una anciana, ésta mejoraba. Y sucedía que si Manuel tomaba de las manos y miraba a quien había sucumbido al desespero, éste recuperaba la alegría. Porque la calidez que irradiaban sus manos era capaz de sanar a los enfermos. De ahí que con penas doce años, Manuel, ahora llamado “el Niño Santo”, era venerado por todos. Tal era el poder de su bondad y su cercanía con el buen Dios.
Incluso el párroco, que decía mantenerse al margen, era el primero en recibirlo cuando entraba en la iglesia, donde siempre tenía un lugar reservado en el primer banco, al lado del atril desde donde daba las homilías. Y su virtud era usada como ejemplo para muchos: nuestro Niño Santo lo es porque siempre ha abrazado la Virtud, Manuel es ejemplo de bondad y de cómo quienes desean alcanzar la gloria pueden hacerlo por el camino de la obediencia y la mansedumbre.
Cuando cumplió los catorce años, lejos de sucumbir como tantos otros a los dictados de la carne, se abocó más y más al sacrificio de la abstinencia. Sentía deseo, sí, pero mortificaba sus carnes hasta que aquél desaparecía. Con cada punta de cilicio que se clavaba, más crecía su virtud y su fuerza. Con cada golpe de la fusta, más se elevaba su alma hacia el cielo.

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Así hasta el día de su decimoséptimo aniversario. Ese día, mientras paseaba  por el pueblo en absoluta soledad, entregado a sus rezos y letanías, su fuerza, su calor y su santidad eran tan fuertes que la gente empezó a seguirle de forma inconsciente.
En su andar sin rumbo llegó al final de la última calle pero no se detuvo. Sus pasos le dirigían a la ermita del calvario, una pequeña construcción sacralizada que colmaba una loma preñada a ambos lados por los pasos de Jesús en su tránsito hacia el suplicio.
Los vecinos le seguían, las buenas gentes que todavía estaban en el campo se llamaban unas a otras y abandonaban herramientas y enseres porque no podían evitar seguirle. Nadie sabía por qué, era una fuerza interior, casi celestial, que les empujaba a mantenerse cerca del Niño Santo. Tanto, que a medida que se acercaban a la burda réplica del Gólgota ya no podían evitar tocarle.
Su luz, ahora visible, atraía a todas las personas como luciérnagas. Una mano, otra. Un tirón, otro. Sin mediar palabra, una duplicidad de brazos se lanzaban hacia aquel centro universal. El Niño Santo parecía haberse convertido en una estrella masiva que lo atraía todo hacia él. Las manos ya no se detenían ante nada. Lo que habían sido roces, leves manotazos ciegos, ahora se convertían en uñas, zarpas, monstruos pentacéfalos ciegos que arrancaban ropa y pequeños trozos de piel.
Manuel, consciente ya de lo que estaba sucediendo, deseaba zafarse de todo aquello. Ni siquiera sabía ya qué extraña fuerza le había llevado a aquel lugar, pero la humedad de su propia sangre deslizándose por su espalda, brazos y pecho le había devuelto a una realidad de la que deseaba huir.
No había manera. La muchedumbre, sin freno, sin orden ni ley, pugnaba por tocar, al precio que fuera, al santo adolescente. y no solo eso, el olor de la sangre y su reflejo en algún cielo que solo ellos veían, les llevaba al deseo de besarle, de lamer sus heridas, de beber aquella transustanciación que nadie había percibido jamás.
Se lanzaron sobre él, sedientos, y le chuparon entero hasta que cayó al suelo agotado y entregado. La imagen de postración y sumisión que se ofreció a la mayoría de hombres les hizo ir un paso más allá en el sacrificio y le sodomizaron. Una vez, otra y otra. Faltaba cuerpo para aquella comunión mística, que no lujuria. Y mientras el deseo de alcanzar la Gracia llevaba a la plebe a un éxtasis insaciable, la vida de Manuel se escapaba por todas y cada una de sus heridas profanadas.
Al poco tiempo todo había terminado. La vergüenza se cubrió de silencio, aunque la buena gente, ahora saciada, seguía vacía. Habían ido allí sin nada, creedores de que los sentimientos como el amor o la bondad vienen de algún lugar exógeno al cuerpo, y volvían a bajar sin nada porque nada da quien nada tiene. Ni jamás entenderían que el vacío de la Doctrina solo se llena con rezos, fe ciega y contrición. Más allá de eso nada es ni nada hay si el individuo no lo alimenta desde dentro.
Arriba quedaban los restos del Niño Santo, ahora un amasijo de carne  apenas reconocible, esparcidos frente a la ermita. Pasarían a ser alimento de alimañas y se irían diluyendo en la tierra hasta ser materia pura de nuevo.
Al día siguiente nadie se acordaría de Manuel. Para qué, de qué serviría remover el pasado. La buena gente volvería a sus anodinas vidas de culpa y perdón, a la repetición hasta la locura de sus liturgias amparadas tras imágenes de santos, cristos y vírgenes. La campana sonaría mañana y el resto de los días hasta la hora de la muerte. Su tañido seguiría diciendo: Creed.

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