El acantilado (nueva versión)

Lleva un buen rato de pie frente al filo del acantilado. Ha ido allí a terminar con su vida, pero está indeciso. Tal vez la geografía de la costa asturiana tenga que ver en ello, con ese aire que huele a hierba y a mar,  con el prado y el océano compartiendo frontera vertical y unas pocas vacas mugiéndole a pocos metros nadie sabe qué mensaje; ¿cómo no replantearse una decisión como aquella? Pero al margen de ese escenario tan perfecto, el viento de marzo le azota sacudiéndole como un tronco blando y el mar saca espuma por la boca reclamando alimento.
De repente una voz femenina destruye la escena dramática.
—¿Va a tardar mucho en saltar? —Pregunta.
El hombre, pillado por sorpresa, trastabilla y a punto está de caer al vacío. Recuperado del susto da un paso atrás que le asegure y se gira. Ante él hay una mujer joven que le mira con cara de enfado y urgencia.
—Qué quiere decir con eso de que si tardaré mucho en saltar.
—Pues eso, si me va a tener esperando todo el día o puedo continuar con la tarea que había venido a hacer.
Onofre está atónito, con la de horas que tiene el día y aquella joven se empecina en ir a tocarle los cojones. Así se lo hace saber. Ella le responde que él no es nadie para decirle cuando puede o no puede ir y que su última intención sería la de incordiar a un tipo incapaz de lanzarse al vacío sin dar el espectáculo. Pocos cojones veo yo por aquí. Concluye.
Él, cada vez más rabioso, se plantea la posibilidad de no hacer solo ese último viaje, pero prevalece el sentido común y la curiosidad. Se gira hacia ella y se sienta en una piedra pensando que el diálogo siempre da mejores resultados.
—Por qué razón ha venido a insultarme y a molestarme. No creo haberle hecho nada para que se comporte de ese modo.
—No deseaba molestarle en absoluto, ni tampoco era mi intención insultarle, pero, entiéndame, es que yo sí he venido a suicidarme.
—Pues qué quiere que le diga. Yo no tengo porqué saber nada de sus intenciones, ni creo que haya motivo para empezar a darme prisas en algo tan íntimo.
—De acuerdo. Acepte mis disculpas y proceda.
Terminado el breve diálogo la joven se aparta para no estropear un momento tan personal y empieza a pasear arriba y abajo.

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Podríamos detenernos aquí y reflexionar un poco. No sobre el acto del suicidio en sí, cada cual es libre de decidir sobre cómo desea abandonar este mundo. Sí podríamos comentar, en cambio, la casualidad tan poco común que representa el hecho de que en un país con cientos de kilómetros de costa, dos personas coincidan en el tiempo y el espacio para efectuar un mismo acto. Pero dudo que eso interese a nadie. Mejor centrarnos en nuestros protagonistas y así enterarnos de qué desgracias les llevaron a encontrarse en esa situación.

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—¿Qué le trajo hasta aquí? —Pregunta ella, viendo que Onofre no salta.
Él, sin apartar los ojos del horizonte, responde que la vida es una mierda y no merece ser vivida. Ella, mirándolo como quien mira arte conceptual, responde:
—¡Joder, un generalista! Alguien que viene a matarse sin tener una causa para ello… yo que sé: un desamor, que es socorrido; un asesinato, que conlleva carga moral; una enfermedad incurable, que tiene intención de adelanto. ¡Qué va! Simplemente viene porque la vida no le trata con la dignidad merecida. Usted, y permítame el atrevimiento, es un ególatra.
Él, que vuelve a mostrar un más que evidente enfado responde que aquello ya empieza a ser insultante, que  cómo se atreve a prejuzgar alguien que también va allí a quitarse la vida ¿Qué fuerza moral le permite definirme así? Concluye.
—La de conocer a muchos individuos como usted: descontentos y egoístas. Gentes que se creen el ombligo del mundo pero nunca han luchado por nada ni por nadie ya que simplemente esperan a que otros les resuelvan sus problemas.
—¿Eso cree?
—Por supuesto. Usted es de los que viven apoltronados a la espera de que alguien le saque las castañas del fuego, de los que se queja de todo pero jamás ha arriesgado nada.
—¡Oh! Cuanto verbo tiene la descendiente de Freud… Sepa que usted habla sin saber. Mis razones son mías y son tan válidas como puedan ser las suyas. Si tanta prisa tiene pase usted delante.
Se aparta cortésmente, moviendo el brazo como haría un torero. Es educado y sabe que el suicidio no tiene por qué afectar a las formas. Ella se lo agradece y toma su lugar mientras él retrocede un paso. El escenario continúa igual, solo cambia el protagonista.
Pasa el tiempo y ahora es él quien apremia a la mujer
—¿No tenía tanta urgencia? ¿Por qué no salta? Como cambia todo cuando se es protagonista ¿Verdad?
Ella sigue impertérrita pero le responde.
—Nunca hablé de urgencia por tirarme. Me urgía que se tirara usted para acceder a mi sitio. Ahora, por favor, no me desconcentre…
—Mis disculpas, pero eso no me sirve. Usted me interrumpió y yo tengo el mismo derecho. Así que sigo ¿Qué la trajo hasta aquí? Lo pregunto por seguir su misma línea argumental.
La joven toma aire y con toda la calma le relata los avatares que han provocado esa sinrazón. Le cuenta de una infancia infeliz llena de maltrato; del desamor, no de uno, sino de varios hombres y de la reciente pérdida de un hijo como desencadenante final de su desesperación. Él escucha sin decir palabra. ¿Qué podría decir tras una confesión como aquella?

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Estamos ante un momento crucial, el oleaje ha incrementado su fuerza, y el sol, que asomó tímido por entre las nubes se esconde para no ver. Sin romper el silencio, la muchacha se gira, saluda al hombre con la mano, dibuja un adiós mudo con los labios, le regala una sonrisa y salta. El mar la engulle en un instante y los pájaros callan al unísono. Todo queda en un silencio audible. El hombre, que momentos antes había intentado lanzar una mano tardía a la nada, recupera el paso que cedió y mira abajo. Nada. Solo el mar harto y satisfecho.
De repente, y por comparación, se da cuenta de cuán banales son sus excusas. Al instante entiende que ella tuvo mucha razón en criticar su total estupidez. Sus pensamientos van y vienen por el balance de su vida. Sus piernas, por el contrario, le apartan de aquel lugar para devolverlo a casa, a empezar de nuevo, a una vida que probablemente merezca ser vivida más de lo que él pensaba.
Al mismo tiempo que Onofre tomaba esa decisión ella ha entrado en el bar de la Central de Ángeles Protectores (CAP) y se ha pedido una cerveza fría. Mientras la toma le cuenta al barman cómo ha trascurrido el día.
—Han sido tres —le dice—, el primero sencillo: convencido sin esfuerzo; el segundo terminó en óbito y el tercero ya lo has visto, era un tipo duro. He tenido que contarle una historia deprimente y tirarme después para que él se replanteara su decisión.
—A ver lo que te dura.
—Tú los has dicho, Gabriel, a ver lo que me dura.

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