Variaciones Goldberg – Johann Sebastian Bach

El conde Hermann Carl von Keyserlingk de Dresde no disfrutaba de buena salud y eso le producía insomnio. A priori tanto el nombre como ese detalle no tendría mayor importancia si no fuera porque el buen señor tuvo que ver con que Johann Sebastian Bach fuera nombrado Compositor de la Corte de Sajonia.
Así nos lo cuenta Forkel, uno de sus biógrafos: …el conde Keyserlingk, paraba frecuentemente en Leipzig y se trajo consigo al antes mencionado Goldberg, para que recibiera instrucción musical de Bach. El conde estaba frecuentemente enfermo y pasaba noches de insomnio. En tales ocasiones, Goldberg, quien vivía en su casa, debía pasar la noche en la antecámara, para tocar para él durante su insomnio. …el conde mencionó en presencia de Bach que le gustaría tener algunas piezas para teclado para Goldberg, que debían ser de tal suavidad y, de algún modo, vivaces para que le animaran un poco durante sus noches sin dormir. Bach vio que la mejor forma de cumplir con este deseo era mediante variaciones, forma musical de la solo produjo esta obra. A partir de entonces, el conde se refirió siempre a ellas como sus variaciones. Nunca se cansaba de ellas, y durante mucho tiempo, las noches de insomnio significaban: ‘Querido Goldberg, tócame alguna de mis variaciones.’ Bach no fue posiblemente nunca tan bien recompensado por sus obras como por esta. El conde le regaló una copa de oro llena de 100 luises de oro. En cualquier caso, aunque la recompensa hubiera sido mil veces mayor, su valor artístico no hubiera llegado a ser pagado.

El Sonido

La Palabra

A veces pienso que tú y las variaciones Goldberg sois dos facetas de un mismo Universo inaccesible e ilimitado al que vivo sujeto por una atracción más fuerte que la de la Gravedad. Sé que jamás sabré explicarlo, ni a ti ni a nadie, ni siquiera a mí mismo, pero así es como vivo. Y para colmo me gusta. Incomprensible.
Cuando te conocí fuiste el Aria, algo tan hermoso per se que a uno le entra por los ojos y los oídos sin ningún esfuerzo. Cómo no sucumbir a aquel cuerpo juvenil e insolente, cómo no sucumbir a las irrepetibles frases del tema del aria.
No me cansaba de mirarte a ti, no me cansaba de escucharlas a ellas. A medida que profundizaba en la obra aprendía más y más de ti, pero claro, siempre sin hacértelo saber. La timidez (o el miedo) es capaz de coartar lo más hermoso.
Después desapareciste y contigo quedaron las variaciones encarceladas en un vinilo olvidado en la letra “B” de mi colección de música. Me dediqué a otros y a otras; qué puede hacer uno salvo mitigar la soledad. Me enamoré de Bartok, de Wagner, de Beethoven… creo que me enamoré de Sonia, de Blanca, de Maite… Descubrí el nacionalismo musical y el amour fou… Descubrí tantas cosas mientras te echaba de menos. No sé, llenaría páginas y páginas intentando explicarte lo que hice para mantener a raya tu ausencia.
Supe —cuando uno desea saber, busca.— de tus dos bodas, supe de tus tres hijos y supe que todo había terminado con Ramón, tu última pareja. Supe que vivías sola e incluso llegué a encontrar tu dirección y, jamás confesaré cómo, a saber tu número de teléfono. Y con toda esa información todavía no me atrevía a ponerme en contacto contigo. Que estúpido ¿verdad?
Un día, no sé cuándo sucedió, desempolvé mi viejo vinilo: Variaciones Goldberg, Glenn Gould, grabación monoaural, año 1955. Encendí mi viejo thorens, ya casi en desuso y el ligero “cric, cric” de la aguja me recordó cuánto habíamos envejecido, vinilo y yo, desde tu marcha. Me tragué la tristeza y comencé a reconstruirte de nuevo: rotundamente joven, como la velocidad arriesgada que imprimía el canadiense a la obra barroca. No sé con certeza cuantas veces las escucharía para reinventarte. Sí puedo decirte la razón de que decidiera buscarte de nuevo.
Tras manosear un sinnúmero de veces la carátula del disco caí en la cuenta de algo importante: había treinta variaciones y jamás las había contado ¿Te das cuenta? Treinta, el mismo número de años que llevábamos separados sin que tú supieras mis sentimientos por ti. Era evidente que aquello no podía ser baladí. Era necesario contactar contigo.
Hace apenas dos días que decidí llamarte, que me reconociste y que reconociste que la vida ha pasado y ha dejado su mella en nosotros. Fue entonces que comencé esta carta. Y ahora, después de lo escrito, me doy cuenta de que no sigo pensando lo que te decía al comienzo. Las variaciones no me son tan inaccesibles y he escuchado suficiente música como para pensar que el límite está hoy mucho más lejos. Por qué, entonces, no iba a poder ser lo mismo contigo.
Mañana amanecerá un nuevo ahora en el que hemos prometido encontrarnos. El lugar está pactado, la hora también y sé que sabré reconocerte a pesar del tiempo. La única cosa que no tengo clara es si yo seré capaz de presentarme ante ti.
Si estas terminando de leer estas palabras significa que el Pau actual no difiere en nada de aquel que conociste y prefiere hundirse en el espejismo del sonido y tu perenne recuerdo antes que arriesgarse a tener una negativa por tu parte.
Si has llegado hasta aquí espero que perdones mi cobardía. Pero si soy fiel a lo que siento en estos momentos, mañana a esta hora estas hojas de papel serán humo, tú una posibilidad más a quien amar y Bach el cemento que lo habrá unido todo.

La Obra

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Una respuesta a Variaciones Goldberg – Johann Sebastian Bach

  1. Manel Artero dijo:

    Reblogueó esto en Música que sientoy comentado:

    La timidez (o el miedo) es capaz de coartar lo más hermoso.
    Después desapareciste y contigo quedaron las variaciones encarceladas en un vinilo olvidado en la letra “B” de mi colección de música. Me dediqué a otros y a otras; qué puede hacer uno salvo mitigar la soledad. Me enamoré de Bartok, de Wagner, de Beethoven… creo que me enamoré de Sonia, de Blanca, de Maite…

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