Ordo Virtutum – Hildegarda Von Bingen

Primavera de 1152, se ha acabado de construir, a orillas del Rin, un monasterio benedictino. Es el día de su consagración. En la nave central pueden verse a las autoridades eclesiásticas, las religiosas de la Orden y algunos nobles que han puesto sus buenos dineros para tal obra. Una vez pronunciados rezos, formulas sagradas y peroratas de obispos y altos miembros de la curia, aparecen dieciséis mujeres vestidas de blanco que se dirigen al centro de la nave.
Un coro, situado detrás y arriba de la nave principal, pregunta quiénes son las que vienen. Ellas responden que son las Virtudes personificadas, y lo hacen con extrañas melodías, alejadas de lo que debía ser la ortodoxia en la monodia del canto llano de esa época, usando tesituras e intervalos nada habituales para aquellos oídos no adiestrados.
Ha comenzado el drama litúrgico más antiguo que se conserva de forma íntegra y con autoría conocida. Nos referimos a Ordo Virtutum (Orden de la Virtud) escrito por la que fue escritora, visionaria, compositora y abadesa del monasterio de Rupertsberg, Hildegarda Von Bingen.

El sonido

La lectura

Orden de las virtudes, se llama. Como si fuera una alegoría de esta realidad que me envuelve en su bruma rosácea y me impregna de deseo. Puedo imaginar a la abadesa, de joven, situada en su tiempo y en su espacio, pero sujeta a las mismas pasiones que hoy me invaden a mí, pobre pecadora.
Los tiempos cambian, el Maligno no.
Si no estuviera en este presente ¿sería capaz de actuar como ella, con su fortaleza de espíritu? Nadie puede saberlo. Vivimos tiempos de pecado y lujuria, un mundo ilógico para una joven que busca el amparo de la virtud. Y por más que persigo el dolor de la penitencia, no consigo apartar de mí este desasosiego.
Solo cuando me invade su sonido, la música que Dios puso en manos de la abadesa, llega la calma y puedo liberarme de la mortificación del cilicio. Solo entonces puedo imaginar a las que debieron ser mis hermanas liberadas de las bajas pasiones. Es entonces que soy feliz. Es entonces que escucho cantar a la Castidad alertándonos del diablo: «¿De qué manera puede tocarme lo que tu sugestión mancha con la inmundicia de la impureza?. Fue entregado un único hombre que con su nacimiento congrega en sí todo el género humano contra ti.» y me libero.
¿Qué sería de nosotras de no mediar la hermosa música como escudo protector? Viviríamos entregadas al placer de la carne, eliminaríamos la necesidad de la mortificación como vía inexcusable para alcanzar la gloria de Dios ¡Qué tristeza de vida sería esa! Me remito, y os remito a todas, a la voz de la Virtud de la Castidad cuando, por voz de la Abadesa nos habla diciéndonos: «¡Oh Virginidad! tú estás en el tálamo real. ¡Oh, qué dulcemente ardes en los abrazos del Rey! Cuando te ilumina el Sol, sucede de tal modo que nunca decae la nobleza de tu florecer. Oh virgen noble, nunca te alcanzará la sombra por decaer tu florecer.»
Me entrego a ti, esposo mío, hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre. Me entrego en la ardua lucha para que mi cuerpo jamás sea mancillado por la suciedad del contacto con hombre alguno.
Amén.

La obra completa

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Una respuesta a Ordo Virtutum – Hildegarda Von Bingen

  1. Manel Artero dijo:

    Reblogueó esto en Música que sientoy comentado:

    Música y una asociación mental en forma de relato. Un nuevo producto de la factoría “Manel y sus locuras”.

    Orden de las virtudes, se llama. Como si fuera una alegoría de esta realidad que me envuelve en su bruma rosácea y me impregna de deseo. Puedo imaginar a la abadesa, de joven, situada en su tiempo y en su espacio, pero sujeta a las mismas pasiones que hoy me invaden a mí, pobre pecadora.
    Los tiempos cambian, el Maligno no.

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