Cien años del nacimiento del Gran Cronopio

Querido Julio,
Fíjate la de seres que no merecieron siquiera haber nacido. Criaturas que mejor hubiera hecho la Evolución, la Genética y hasta el Deseo carnal dejándolas como vulgares manchas de un pañuelo o imperceptibles bichitos cabezones serpenteando en el remolino del agua que limpia el inodoro. Tú no, Julio, claro. Tú, como buen cronopio, fuiste un ser necesario para muchos e imprescindible para el Arte en general y las Letras en particular.
Deseo confesarte hoy aquí, en este espacio, que desde la más temprana adolescencia negué a los dioses, me he orinado siempre en la moral, he sucumbido al pecado y, siempre que ha sido posible, he transgredido leyes y normas —las hay tan estúpidas e injustas—. Desde la adolescencia, digo, he cometido muchos desmanes. He bebido y sufrido la ira de Baco, fumado y convertido mis pulmones en pozos negros; he amado y he llorado el desamor; descubrí la Música y me aferré al sonido como a la Vida. Y todas esas cosas las hice, y muchas todavía las hago, lo confieso, acompañado de Horacio —al que siempre quise ver como tu alter ego—, de la Maga, de Ossip, de Talita, de Manu…
Después, desde Rayuela, vinieron muchas otros: “Libro de Manuel”, “62, modelo para armar”, “la vuelta al día en ochenta mundos”, y los relatos, y tus maravillosos poemas. Y amar más y más la palabra escrita, las historias, los mundos de papel cuyas realidades se escapaban de lo anodino de nuestras vidas. Desde Rayuela vino también Edgar Varesse, Stockhausen, la música del siglo XX, el Jazz y todo el sonido que me hiciste escuchar desde tu pluma, incluso antes de que la aguja se posara sobre el vinilo.


Y ya va para cien años, Julio, de los cuales me has acompañado unos cuarenta. No puedo quejarme, ha sido una gran amistad. Por eso es necesario que sepas que aquí se te echa en falta. Se echa de menos algún retazo más de las historias naturales de los cronopios. Se echan en falta las sutiles tramas de tus relatos: «y siete pisos…». Se echa en falta tu glíglico, aquel nuevo Habberwocky con el que construiste la escena erótica más personal y personalizable de la historia de la Literatura.
Sí, se te echa en falta. Y podríamos hablar todavía largo rato, pero sería darle vueltas a lo mismo: a la Soledad, al sentido del sinsentido, a eso que llamamos amor e incluso al arduo trabajo de enderezar clavos en medio del calor bonaerense.
Pero no quiero quitarte más tiempo. Te dejo ahí, entremezclándote con Giordano Bruno y Cervantes. Cuento, no obstante, con que una parte de ti volverá a la Tierra en unos años para formar parte, de nuevo, de algún ser vivo. Hasta entonces, espero que coincidamos camino del Sol en algún momento del futuro cercano.
Un abrazo,
Manel.

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