Cartas desde Barbastro – lazo negro -9-

 

 

Sin fecha

 Alma,

Hoy todo el Dolor me desgarra por dentro y me cuesta respirar. Llevo emborronados y escritos un sinnúmero de papeles en los que solo destilo daño: hacia mí, hacia ti, hacia mis creencias más profundas. Por suerte todos se quedaron en el hogar de Ainsa, quemados. Qué otra solución cabía si no la depuración por el fuego. Pero me consta que estás esperando mis noticia…………s (1) y me decido por fin a hablarte. Te anticipo que no sé qué pueda salir hoy ………………………. sea será la verdad última que te haré llegar. Lo que fue des………………………. vientre ahora es losa negra sobre el pecho y un corazón pequeño …….enas late para soportarlo.

Te escribo desde el tren, y cuando leas estas hojas hará días que no nos huimos al cruzarnos por Ainsa. Incluso habrá llegado mi sustituto. Para eso seguro que se habrá apresurado el obispo.

Mientras escribo, Alma, siento cada traqueteo del tren como una unidad de distancia que nos separa más y más, no solo en el espacio y en el tiempo, también en ese rincón del alma desde el que se rompen los vínculos. Lo sé, lo noto. Lo percibo en las palabras de tu carta, en ellas y en la voz que te imagino diciéndolas mientras las escribías. Puedo imaginar tu cara mientras lanzas a la mía una intencionalidad, inexistente, puedes tenerlo claro, de complacer a ese monstruo del obispo. Cuánto daño me han hecho algunas de tus frases: “el amor se arrodilla”, “la resignación es un suicidio…”. No me merezco …………….. No me lo merezco en absoluto porque parece que no deseas enten……………….última de mi aceptación. (2) Imagino tu voz diciéndome que soy un profesional de la huida. Te imagino la mirada mientras me cuestionas que yo no soy nadie para concederte o quitarte la libertad de amar.

Aunque tienes toda la razón, no soy nadie para conceder o quitar nada. No soy nadie para entender que tú o cualquier otra persona me pertenezca un ápice en ningún aspecto. Si algo sé, Alma, es que nadie es de nadie, todos somos de Dios. Solo él tiene la potestad de dar y quitar, de conceder o negar, solo él. Y la misma razón que esgrimes hacia mi yo te la devuelvo. Tampoco yo soy de nadie, a pesar de que me haya entregado a ti más allá de mi propia razón, a pesar de tragarme el orgullo para evitarte males mayores. A pesar de haber pensado abandonar la Iglesia por el amor que te profeso, algo que ahora me cuestiono, Dios me perdone.

Sé que los cristales de tus palabras los clava tu juventud. Hoy por hoy todavía te sientes inmortal, aún tienes la insolencia que solo da la edad y esa fuerza casi divina que es la única capaz de cambiar el mundo de tanto en tanto. Pero a mí, pobre lector, animal pasivo entre dos fuegos, solo se me hieren los ojos y todo lo que se encuentra tras ellos. Será por eso que cada palabra que escribo lo hace resuelta en sangre.

Puedes guardarme todo el rencor que quieras, Alma. Sé que lo necesitas para equilibrar el dolor que te                                              entiendes. Te comprendo más de lo 
                          causa mi actitud, que no (3)
que puedas pensar. Me gustaría, claro, que también tú pudieras entenderme a mí y supieras ver qué causas me llevan a la situación que tú consideras “huida”. Pero claro, eres joven, y eres ajena a esta Iglesia que hoy, ahora, se me ha mostrado con su cara más demoníaca, la del señor obispo. Acéptalo o no lo aceptes, Alma, pero te quiero demasiado para permitir que otros te hagan un daño irreparable. El mío, por más que ahora lo veas terrible, no es ni de lejos tan malo como el que pretenden causarte algunas personas de Ainsa si supieran quién eres.

A medida que emborrono o que las lágrimas diluyen las letras confirmo que esta va a ser la última carta que te escriba. No sé si seré capaz de responder las tuyas, si es que algún día llegan.

El corazón me dice que debo dejarte en paz, Alma. El dolor que puedas sentir menguará, lo sé, lo he vivido en otras gentes y los años me han confirmado que las cosas son así. Cuando te liberes de mí, de ese error que cometimos, de ese amor que te parece que no sé corresponderte, podrás encontrar a un hombre de bien que te ame como te mereces y pueda darte los hijos que Dios tenga a bien concederte.

Yo me quedaré en Soria. Sé, por otros compañeros, que aquella tierra, y San Leonardo de Yagüe en especial, son tierra de gente de bien en las que podré ser aluvión que aporte la modesta fe de que dispongo. Nunca podré olvidarte, Alma, ni toda la fe del mundo ni el mismo Dios en su infinita misericordia menguarán el amor que siento por ti y el dolor que me causará renunciarte.

Pero es lo mejor para todos.

Es momento de aceptar que el obispo, el cura y las fuerzas vivas de Ainsa y Barbastro nos han vencido. Apenas sin moverse han conseguido vencer al Amor. Una triste síntesis de esta España funesta, maligna y gris que nos ha tocado en suerte. No se puede luchar contra tanta maldad. No merece la pena entablar una batalla en la que el dolor por las bajas superará las mieles de la victoria. Y tu poca paciencia, que entiendo, es un arma que, en estas circunstancias, puede girarse contra nosotros, dañándote a ti de forma especial.

Te llevaré siempre conmigo, porque sé que el amor que nos profesamos es tan irrepetible como el agua que vemos pasar por un riachuelo.

De aquí un tiempo prudencial colgaré los hábitos, Alma, también quiero que lo sepas. En Soria voy a ponerme en contacto con un exsacerdote que ahora pertenece a una iglesia alejada del catolicismo enfermo que ha infectado a España hasta los cimientos. Es una iglesia en la que se siguen los preceptos del cristianismo antiguo y puro, parecida a la de “les Bons Hommes” que Roma eliminó, una iglesia pura nacida en un tiempo en el que no existía la putrefacción del Vaticano, ni la de la Iglesia española, capaz de llevar a un dictador asesino bajo palio, como si de la Sagrada Forma se tratara.

Será entonces que volveré a Ainsa, siendo un hombre nuevo, sin ataduras y con plena libertad para seguir sirviendo a Cristo y al amor terrenal, un hombre que podrá buscarte y preguntarte si deseas todavía una vida común con él. No dudes tampoco que estaré preparado para llegar tarde, si ello sucede volveré a llorar, pero es la decisión que considero más correcta si no deseo producirte más daño del ya causado.

Hasta entonces leeré y releeré tus cartas una y otra vez. Mientras ese futuro llega te viviré a través de tus palabras y te haré el amor a través del recuerdo y las descripciones que tú me regalaste. Estaré en soledad, pero jamás solo. Siempre estarás a mi lado conmigo. Desde hoy hasta el día de mi muerte

Ya termino Alma, lo hago desde tus últimas frases y para decirte que

No llores más, no debo merecerlo.
No dudes que te queda tiempo. Tienes toda la vida por delante.
No dudes que también tú serás amada, al menos por mí, toda la vida.
Nunca me rendiré, mientras viva.
No puedo reencontrarte porque me niego a perderte, a pesar de haber partido.

Hasta siempre, Alma.
Hasta mi vuelta.
Hasta que Dios, en su infinita bondad, decida reservar tu amor para el mío.

PD Hace dos días que estoy en San Leonardo de Yagüe. Casi un tiempo infinito para estas pobres palabras que no pueden explicar, ni de lejos, la confusión de sentimientos que me embarga. No sé cómo terminar, la verdad. No sé si deseo leerte de nuevo o prefiero que no escribas más. Estoy destrozado y la oración no me sirve. Solo sé que debo hacerte llegar ésta, al menos eso sí te lo debo.

NOTA DEL TRANSCRIPTOR
(1) En el original emborronado por agua o lágrimas. Ilegible. Pero he preferido hacer la transcripción de aquello que era inteligible, a pesar de perder el sentido de las frases.
(2) En el original tachado pero legible. En anteriores cartas cuando había borrones tapaban totalmente las palabras. Cabe imaginar que si estuvo escrito en el tren no le fuera posible hacerlo mejor para no estropear el resto de la hoja.
(3) Todo emborronado. Entiendo que pone: “equilibrar el dolor que te causa mi actitud, que no entiendes. Te comprendo más de lo …

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