Hermosa desconocida de mi ciudad

Podría ser un cuento, una historia bonita que contar al calor del hogar. Pero tuve la suerte de vivirla en primera persona. Dice así.

Andaba por mi ciudad caminando a toda prisa —siempre se establece la prisa por más que la rehúya—. Me movía sin apenas pararme a mirar nada ni a nadie. Debía resolver un asunto y llegaba tarde.
Al pasar a la altura de una mujer joven, una trabajadora del servicio público de limpieza, levantó la cabeza me miró, me sonrió y me dio los buenos días. Yo se los devolví acompañados también de otra sonrisa y ambos continuamos con nuestros quehaceres.
Al cabo de unos minutos del suceso, lejos ya de donde se produjo el evento, caí en la cuenta de que mi cara era una sonrisa abierta en cuyo centro se ubicaba una nariz demasiado grande, pero mía a mi pesar. Aunque fuera de plazo, me daba cuenta de cuánta felicidad me había transmitido su saludo y su sonrisa —Cuan lentos somos a veces en ver las cosas buenas que nos suceden—.
¿Cómo no iba a recordarla hermosa? Pensé.
Mientras terminaba mis obligaciones me daba cuenta de lo bonito que hubiera sido poder agradecerle esa deferencia para conmigo. Porque ese regalo suyo, en realidad, tenía más valor que una piedra preciosa, aún sin ser tan cara. Así de simple, porque un objeto material puede venir de muchas manos, incluidas las de uno, pero una sonrisa franca, abierta, acompañada de un “buenos días”, no está al alcance de cualquiera.
Esa muchacha, tal vez sin saberlo, me obsequió con uno de los presentes más caros que se pueden recibir en la actualidad, cuando hemos aceptado convertirnos en cosas, en clientes; en objetos, muchos de los cuales han cambiado su dignidad por abalorios.
Al deshacer lo andado ya no coincidí con ella. Mi lentitud mental me hizo pagar caro el error de no detenerme cuando debía hacerlo. Por eso, lo que me hubiera gustado contarle a ella os lo he contado a vosotros. No sé si con la intención de que un día coincidáis con una amiga que os cuente que saludo a un hombre ya mayor y que aquel le devolvió la sonrisa.
Por si la casualidad la trajera a estas páginas: gracias desconocida, allá donde estés. Recibe otra sonrisa y otro “buenos días” de este que te escribe. Espero volver a verte. Y mientras llega ese momento, me permito compartir una canción que une y se fortalece con ello. Va para ti.

Voz ANTONIO CARMONA:
¡Oh, viento del desierto,
que llevas contigo
dulces y amargos momentos…¡Ay!

voz TOUMANI DIABATE:
Si amo yo la tierra
y vivo y muero en ella,
nada esta fuera de mi.

COROS

voz TOUMANI DIABATE:
Pozo del deseo,
echo una moneda
que se pierde en el recuerdo.

voz ANTONIO CARMONA:
Cuando me haya ido
y notes mi ausencia,
algo de ti morirá.

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