Cartas desde Barbastro – Lazo negro -7-

Alma,
Mujer.

Comienzo desde tu posdata. Pocos libros más teníamos a parte de los básicos de los autores que te nombré. Pero sí recuerdo uno que tuvo importancia por lo que representó en tiempo de la Inquisición. No era un original, como comprenderás, eso no está al alcance de unos pobres seminaristas, pero era un facsímil de mucha calidad. No sé qué pueda haber sido de él. Se trataba de una copia del “Malleus maleficarum” (Martillo de brujas) de Heinrich Kramer. También atesorábamos el “Así habló Zaratustra”, una copia del Corán, poesía de Whitman y de Tagore y algún ensayo de Bertrand Russell.. Esa era nuestra biblioteca secreta y prohibida. Todavía ahora me vienen a la mente recuerdos sueltos de alguno de aquellos poetas. Como estos, vinculados al amor limpio y regalado que nos prodigamos:

“Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta.”

He hablado con Manuel. Ya te dije que debía hacerlo, no era un cáliz que debiera pasar por tu mano. Aceptó entrar en la iglesia, creo que ya sabía de qué íbamos a charlar. Le conté todo, vacié ante él mis sentimientos hacia ti e incluso hablamos de mi crisis de fe. ¡Me sorprendió tanto su respuesta!, creí conocerle pero estaba equivocado. Él no es de nuestro tiempo, Alma. Cualquier otro me hubiera recriminado, insultado, cuestionado; pero él solo me miró y dijo: “El amor, si es verdadero, todo lo puede, curita, en tu lucha entre dos amores solo espero que salga vencedora mi nieta y quemes esa sotana que te protege. Si le acabas haciendo daño habré de hacerte daño yo a ti. Y no, no bromeo. Mi corazón murió hace años, he visto tanta muerte que un cadáver más no me causaría dolor alguno. Es necesario que lo sepas”.

Me quedaron grabadas sus palabras y su mirada. No sé hasta qué punto puedas conocer a tu abuelo, pero puedo asegurarte que quien me habló el otro día era un hombre distinto. Alguien que, al igual que hice yo, andaba necesitado de limpiarse por dentro, de ahí que después me hablara como lo hizo. Me contó que sí formó parte del primer convoy de los trenes de la muerte, algo que no sabíamos. Ni sabíamos que fue un superviviente del campo de Mauthausen, ni teníamos idea del alcance de su paso por el maquis. No puedo hablarte de toda la sangre que ha pasado por sus manos y por sus ojos, no deseo que llores lo que yo lloré pensando en su sufrimiento mientras le tocó tanta desgracia en suerte. Solo puedo decirte que le ames todo lo que esté en tu mano, Alma. Quien ha vivido la miseria humana hasta donde él la ha conocido, solo puede redimirse desde el cariño. Será el único modo de menguar la profunda tristeza que le corre por dentro, a pesar de que su vida sea un disimulo, una mentira que le ha permitido estar a tu lado y cuidarte.

Hoy mi carta es triste, Alma. No tanto por lo que me comentó Manuel sino por lo que te diré ahora. También me vino a ver el notario. Lo enviaba el padre Anselmo que, imagino, debe cumplir las órdenes del obispo. El viejo sacerdote no ha respetado el secreto de confesión y ha corrido a contárselo todo al obispo, así me lo transmitió el notario con todo el cinismo del que fue capaz. Es terrible, jamás pensé que haría algo así. Pero creo que no puedo tenérselo en cuenta, le mueve el miedo. Ese miedo de piedra que cargamos todos y nos ha llevado a entregar nuestra dignidad y comernos nuestro orgullo. Cuántos casos habré llegado a escuchar como el suyo, sacerdotes cobardes o simplemente vengativos que entregaron a convecinos después de escucharles en confesión. Nunca me los creí, Alma. Jamás. Y ahora lo vivo en mis carnes, las nuestras, pues a ambos nos afecta. Sigo.

Me dijo el notario que alguien nos vio en Barbastro, saliendo de nuestro paraíso. Pero nadie te reconoció a ti, eso también lo sé. No hubiera indagado del modo que lo hizo. Ellos creen que ando liado con una mujer de allí. Eso significa que tu reputación está a salvo y no debes temer nada, pero como comprenderás el piso ya no es seguro. Y no solo eso, me consta que el obispo habrá dado órdenes de que me sigan para poder aplicarme el correctivo que él considere pertinente y castigar públicamente a la que peca conmigo.

¿Cómo podremos vernos, Alma? No puedo imaginarme la vida sin tenerte entre mis brazos. No puedo verme a mí mismo con la sagrada forma en las manos y sintiendo que ella es la culpable de todo lo que pueda sucedernos. No puedo pensar en nada que no seas tú gimiendo sobre mí mientras me aferro a tus pechos o te muerdo los labios. Me vuelo loco, y cuando tomo la sagrada forma no siento a Cristo en ella. Eres tú la que se ha transustanciado en ella a través de mis sentimientos hacia ti.

Estoy destrozado Alma. Solo espero que llegue el próximo viernes para ir a hablar con el obispo y humillarme. Hacerlo hasta que se dé por vencido y decida dejarnos en paz. Le mentiré y le prometeré lo que sabemos que jamás cumpliré, y si con eso no tiene suficiente le ofreceré los votos. Porque sé que lo coherente, lo que debería hacer por ti y por Manuel, e incluso por mí, sería colgar los hábitos y marcharme de esta tierra contigo, a afrontar la vida como laico. Pero esa decisión me da miedo, Alma. Temo que algún día me digas que no me amas y me dejes, temo que un día yo dude de nuevo y te abandone a ti, temo que la culpa destruya lo que de bello tenga nuestro amor. Temor y solo temor, ahora mismo me siento un cobarde incapaz de decidir nada.

Hemos de ver el modo de disipar las dudas. Tú, por tu edad, ya deberías tener un novio formal, o estar casada; igual deberías intentar salir con alguien, algún grupo de amigas. Que no se te viera siempre tan sola. Ainsa es un pueblo pequeño y aquí todo se habla y se comenta. Créeme, lo sé, el pecado de la envidia, la curiosidad, inmiscuirse en la vida de los demás… lo veo a diario en las confesiones. También deberíamos hablar con Magdalena para que nos buscara un lugar discreto en el que poder siquiera abrazarnos, o hablar con Manuel, ahora que sabe lo nuestro.

Todo son dudas, Alma. Dudas y miedo de que puedan reconocerte, que nos esté siguiendo la guardia civil, que el médico no ande indagando.
Mis hábitos tienen los días contados. Solo necesito una palabra tuya y saldremos a comernos el mundo.

Te quiero, Alma,
El Ángel caído.

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