Cartas desde Barbastro – lazo negro -4-

Ainsa, 2 de septiembre de 1970

Alma,

¿Crees con certeza que Dios te acompaña, mi Dios según tú? ¿Existe ese Ser supremo de bondad y comprensión? Hoy lo dudo. Y mi fe se tambalea.

Entiéndeme, Alma, sigo fiel a la doctrina de Cristo, él ha guiado mi vida hasta ahora y ha inculcado en mí toda la bondad que pueda poseer; pero Dios no me cabe ahora mismo. Aquél que siempre entendí como un Ser de bondad es el que ordenó a Abraham asesinar a su hijo, destruir ciudades, mandar plagas, matar niños o sacrificar a su propio hijo. Qué clase de religión es esa que se sustenta en un Ser tan abyecto. Releo tu última carta o revisito lo vivido el otro día y no entiendo nada; ¿acaso no debería ser el mismo Dios el que guía la belleza de esas horas y a nosotros, actores en ellas?

¿Sabes cómo llegué al sacerdocio? Me es muy fácil resumirlo, demasiado: fue por mi familia, católica hasta la médula; por una guerra que segó la vida de un hermano de mi padre, sacerdote como yo, a manos de los milicianos; fue por el hambre que corroía todos los rincones; por el olor a muerte y por la tristeza de una tierra sembrada de odios y venganzas… unas y otras me fueron dirigiendo hasta donde estoy sin que yo tomara decisión alguna; me doy cuenta ahora de las creencias inculcadas y no decididas, aunque las acepte. Por eso hoy sé que nunca he elegido nada en la vida excepto Tú.

Y me niego a renunciar a la única cosa buena de la que soy responsable.

Estoy en una hora triste, Alma. Me confesé al padre Andrade, debía hacerlo. Le volqué todo lo que te había dicho en mi anterior carta. Y me lo negó. Me negó todos y cada uno de los sentimientos que me mueven hacia ti como el mar a la arena. Nada de lo que hacemos es hermoso, dice. Sentir como tiemblas cuando hundo mi cara entre tus muslos, mirarte cuando con tus movimientos me haces desaparecer en ti, cada beso apasionado o un casto beso en la frente… todas esas caricias que para nosotros son el cielo, para mi religión no son sino el Infierno.
Perdóname, hoy es día de tormenta en mi corazón y mi ánimo está en silencio y sin vida. Pero debo sobreponerme. Tú no debes pagar los pecados y los miedos que a mí me aturden… “Peca, pero no dejes que el pecado te domine. Dios sabrá perdonar tu debilidad pero no que faltes a su primer mandamiento”, me dijo en la confesión. Como si no pudiera amar a Dios a través de su obra, de ti, de Alma.

No me atrevo a repetirte los consejos que me ofreció, son indecentes, como su ultimátum: si persisto en el error —¡El error, me dijo!— se negará a darme la absolución y tomará medidas. Qué hacer… no paro de preguntármelo. Mi corazón se me agolpa en el pecho mientras una parte de mi alma, duda y se entristece. Algo se me resquebraja por dentro y como si fuera una premonición aparece en tu carta tu abuelo, el bueno de Manuel, el anticlerical militante con el que extrañamente me llevo tan bien.

Él no lo sabe, Alma, pero en su corazón es un seguidor de Cristo, toda persona con su bondad lo es, y también es responsable en parte de que mis dudas no remitan de ningún modo. Porque no puedo dejar de pensar en algo que me dijo hace bastante tiempo sobre la confusión de mis creencias. Rezaba más o menos así: “un buen cristiano, por el hecho de serlo, no puede ser católico”, y tú eres un buen cristiano”, sentenció. No lo entendí entonces, pero la cortedad de miras del padre Andrade ha hecho despertar en mi el monstruo del pensamiento crítico y me doy cuenta de que lo qué no entendí entonces es exactamente lo que te he contado hoy: amo a Cristo y su mensaje, pero no entiendo la maldad de ese Dios instaurado en esta Iglesia que acepto como la mía. ¿Es aceptable para un hombre de fe que su iglesia rinda pleitesía a un dictador y le permita entrar en la casa del Señor bajo palio, como si estuviera al mismo nivel que la Custodia, el mismo Jesús transustanciado? Dios sabe que no deseo hacer política, pero veo tanta maldad ante la que mi Iglesia gira la cabeza que imagino a Cristo entrando en los templos y echando a todos los que se han convertido en mercaderes.

Perdóname esta carta tan caótica. Perdóname por mi cobardía y mis contradicciones. Hoy por hoy no puedo pensar con claridad ni decidir de forma objetiva. Y perdona tanta palabra vacía cuando en realidad lo único que pretendía en esta era lanzarte una súplica. El próximo viernes, día 4, iré a Barbastro. La excusa que le he dado al padre Anselmo es que necesito aislarme para rezar, pero es mentira, una mentira más. Lo que deseo es que vengas conmigo y nos encerremos en nuestro pequeño paraíso hasta el domingo. Un día entero y dos noches solo para nosotros. Sé que es egoísta por mi parte, sigo atado a mi religión y mi condición y todavía ahora no sé qué decisión deba tomar pues no acepto dejar la Iglesia. Hacerlo sería dar la razón a quienes ensucian sentimientos puros como los nuestros.

Ven conmigo, sin ofertas ni promesas. Amémonos en ese lapso de tiempo y en esa franja que dejaste entre cielo e infierno, en ese refugio para amantes que ya no conocen otra cosa más allá del amado. Aprendamos juntos la calma, la mirada, el abrazo y el despertar.

Apenas me quedan unas palabras que decirte, Alma.

Que la única cosa que permanece intacta eres Tú.

Y que si no niego a Dios de manera tajante es porque aún le veo en tu sonrisa.

Siempre tuyo,

Ángel.

 

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