Cartas desde Barbastro – lazo negro (3.2)

Querida Alma,
Si hay cielo, no puede ser mejor que lo vivido anteayer. Y si hay infierno, no puede ser peor que no tenerte entre mis brazos o verte desde el altar a escasos metros de mí sin poder abalanzarme y nutrirte de besos. Pero aprenderé a aceptar esa dualidad.

Quiero aprovechar ahora, en la calma de este atardecer de verano para deshilar de nuevo las horas pasadas en Barbastro. Será un diminuto modo de volver a amarnos, antes de que la absurda memoria nos haga olvidar el placer sentido. También quiero confesarte que nadie podrá arrebatarnos ya la noche que pasamos juntos. Eso es una certeza. Lo mismo que reconocer que ante ti perdí la vergüenza, el decoro, los límites y la culpa. Todo fue limpio y sublime. Sigue pareciéndome increíble lo que fuimos capaces de ofrecernos; imagino que nos guio Eros.

¿Recuerdas? Mi mano, sutil araña de cinco patas, recorriéndote lentamente mientras las yemas de los dedos te memorizaban: cada temblor, cada espasmo, cada gemido. Las velas sustituyendo a la Luna (porque hasta ella supo que esa noche nos pertenecía) danzando para nosotros y regalándonos su baile de luz sobre la piel sudorosa. Si existió un paraíso, tuvo que parecerse a aquella habitación.

Nunca olvidaré cómo te tuve allí tendida, mientras mi lengua atacaba a tus pechos y jugábamos a que tus pezones eran torres de asedio que debían ser conquistadas, “debo vencer la resistencia del enemigo para llegar al valle”, te decía mientras tú sonreías acariciándome el cabello; después comencé un viaje hacia el cálido Sur, lento, cuidadoso; mi boca se convirtió en caracol que rastreaba sin ojos, lento, húmedo… y llegaba hasta el ombligo. Pero no me detuve, seguí hacia abajo, “desde este ombligo equidistan todas las maravillas que jamás pude soñar”, te susurraba… y así, sin prisa, llegué al cojincito acogedor de tu pubis que me ofrecías y yo sobrepasé. Necesitaba abarcar tus piernas y subir de nuevo, era un navegante obligado a circundar lo ignoto. Te di la vuelta, te dejaste hacer; algún duende quiso que comenzara a sonar Cristóbal de Morales en la radio que teníamos puesta. —Parce mihi Domine, nihil enim sunt dies mei— con la calma de la monodia comencé a deslizar el dedo índice a lo largo de tu espalda, abriendo surcos imaginarios de labriego entregado. Mientras, te repetía los cánticos —Quid est homo, quia magnificas eum?— y cada vez que llegaba al final de tu espalda me ofrecías tus nalgas de forma cada vez más insinuante —Aut quid apponis erga eum cor tuum?—. Al final sobrepasé la curva cóncava de tu espalda y acaricié cada una de las curvas convexas de tus nalgas. Y así como se abren las flores se me abrieron tus piernas ofreciéndome la maravilla de tu sexo —Visitas cum diluculo, et subito probas illum—. Yo, como el toro de Poseidón, me puse detrás de ti, te levanté y te convertí en Pasífae. La pasión lo iluminaba todo. Al final de tu espalda infinita intuía tu rostro apagando los gemidos mientras tus manos se aferraban a las sábanas o se ayudaban desde la caricia. —Usquequo non parcis michi, nec dimittas me, ut glutiam salivam meam?— El sonido se alejaba a medida que tu voz repetía mi nombre y tus uñas se clavaban en mí —Peccavi. Quid faciam tibi, o custos hominum?—. Al final sentí cómo anillaste mi pene con fuerza de salvaje para expulsarlo después en un arrebato incontrolado. Me quedé abrazado a ti mientras te relajabas. Callado, casi temeroso. Me dejé caer a tu lado y sobre ti y nos quedamos en silencio —Quare posuisti me contrarium tibi, et factus sum michimet ipsi gravis?—. Después ya fui tuyo.

Más tarde me confesaste lo que habías sentido y me sonrojé, tú reíste; y tu risa lo llenó todo. Eres tan bella, te dije, y tú me respondiste lo último que hubiera pensado oír: chasqueando la lengua lo negaste. Me confesaste cuan insatisfecha te sentías de tu cuerpo. No supe que decir entonces, solo te devolví una sonrisa y pensé en cuan distintos nos vemos a nosotros mismos de cómo nos ven los demás.

Ahora, más relajado, creo que puedo hablarte un poco de cómo te veo y de cómo imagino que deben verte los demás. Mira, Alma, claro que eres normal; al menos Imagino que lo eres aunque yo solo sepa verte hermosa. Pero tengo ojos, puedo comparar y decirte que sí, que nada en ti sobrepasa lo sublime, quién lo consigue; pero un pintor pintaría tu sonrisa, la luz de tus ojos marrones, la forma equilibrada de tu rostro, el perfil de tus labios, la textura de tu piel y tus cabellos negros de rizo libertario, y se maravillaría. Un escultor extraería del mármol la elegancia de tus movimientos, daría forma a tus pechos, nada excesivos pero sí rotundos e insolentes, daría forma a la redondez de tu barriga y sabría definir el equilibrio de tus piernas. Y yo, pobre de mí, yo solo podría sucumbir a ti y a tus caricias.

He decidido que hablaré con el padre Anselmo. Lo necesito. Pero así como antes era porque me llenaba la culpa, ahora es porque debo explicarle lo limpio de mis sentimientos. Sé que sabrá perdonarme, sé que me ayudará a buscar una solución. Por primera vez soy plenamente feliz, Alma. Tengo mi fe, sé que Cristo está de mi lado y sé lo que siento por ti e imagino lo que tú puedas sentir por mí. Soy dichoso.
Tuyo,
Ángel.

PD Hoy cobra otro significado el Cantar de los Cantares. Hoy, el rey David, se convierte en cómplice de éste amante: 

Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; 
Porque estoy enferma de amor. 
Su izquierda esté debajo de mi cabeza, 
Y su derecha me abrace.

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Una respuesta a Cartas desde Barbastro – lazo negro (3.2)

  1. Manel Artero dijo:

    Solo quien lo ha vivido entiende el viaje corporal del padre Ángel y la pasión que esconde

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