Cartas desde Barbastro – lazo negro (3.1)

Querida Alma,

Ya desde antes de recibir tu carta me debato en una lucha sin enemigos en la que me encuentro en ambos bandos. Ni puedo renunciar a mi fe ni puedo renegar de tus caricias. Debes saberlo, pues no deseo engaño alguno entre nosotros.

Al comenzar a leerte me has hecho ser consciente del daño que podemos provocar con nuestros actos aún sin saberlo. Nunca preví como actor de este drama a alguien como tu abuelo, la persona más cristiana que conozco a pesar del anticlericalismo militante del que hace gala. Pero al igual que tú entiendo que no debe ser sabedor de nada de lo nuestro. Después has conseguido arrebatarme una sonrisa. No he podido evitar sentirme henchido de orgullo al ser capaz de excitarte solo con mis palabras y mis descripciones. Pero es así como yo veo y siento todo lo que es y abarca Alma.

Al final, cuando he terminado su lectura, sus muchas lecturas, el desasosiego que siento, lejos de remitir, se ha incrementado. Y si mis pensamientos se aturden con tu cuerpo desnudo omnipresente, y mis sentidos no conocen otro sabor que el tuyo ni otro olor que el tuyo; leer de ti lo que sentiste me sobrepasa hasta lo insoportable.
Si antes de leerla ya tenía preparado lo que iba a decirte; después no he hecho sino confirmar lo acertado de las palabras que vienen ahora.

Todo lo que nos ha sucedido en estos últimos días me ha hecho pensar y preguntarme por qué razón Dios iba a otorgarnos la posibilidad de amarnos del modo que lo hicimos y después iba a negárnosla por la vía del pecado. Hoy, después de días de darle vueltas, de arrodillarme durante horas ante Jesús y de haber leído cien veces tus palabras, creo que tengo una respuesta. Es pecado solo aquello que está sujeto y guiado únicamente por la carne. Pero lo nuestro, Alma, lo nuestro va más allá de la lujuria, más allá del placer y más allá de nosotros mismos. Yo no sé percibirlo de otro modo.

Aún no me he atrevido a llamar al padre Anselmo, temo sus palabras. Por eso he preferido hablar con Magdalena, “la forastera”. Ella, por su oficio (es prostituta), que hasta ahora solo conocíamos sus clientes y yo, es mujer avezada en las debilidades de la Carne. Y su última confesión sirvió también para que yo me confesara a ella (necesitaba compartirlo con alguien) pues sé cuan discreta es para con todos.

Nos comprende, Alma, cariño; nos comprende y ve cuan limpios son los sentimientos que albergamos. Por eso se ha ofrecido a ser el enlace de nuestras palabras, las que no podemos decirnos salvo sobre el papel, y esa es la razón de que se haya presentado ante ti y te haya dado en mano esta hoja que ahora lees. No dudes de ella, confíale lo que creas necesario y llámala cada vez que deba entregarme alguna carta tuya, que siempre espero con desazón.

Por tus palabras sé que aceptarás lo que paso a proponerte, al menos intentarás que lo llevemos a cabo. Hay un piso en Barbastro del que solo yo tengo llave. Es un lugar acogedor donde nos quedamos a dormir alguna vez. Me consta que allí no va nadie salvo el padre Anselmo y yo, y si ha de ir él me pide la llave a mí; lo que significa que dispondríamos de una paz que aquí en Ainsa jamás gozaremos.

La petición es clara, ¿querrías venir pasado mañana, viernes, a Barbastro y pasar la noche con este hombre que no conoce el sosiego desde que te tuvo entre sus brazos? No tengo mucho que ofrecerte, lo sabes, pero es solo lo que soy lo que me pertenece y el único valor que puedo entregarte. Ven, por favor, y repitamos con calma lo que el ansia precipitó el otro día. Ya ves que no puedo luchar más contra mí mismo ni contra los sentimientos que me transmites. Es necesario que determine en mi interior la pureza de mis sentimientos y solo lo conseguiré haciendo realidad lo que todavía considero un sueño.

Quedo a la espera de que Magdalena me traiga tu respuesta. No me escribas, no te extiendas más allá de un “sí” o un “no”, Alma. Díselo a ella y ella me lo transmitirá, así hemos quedado. Piensa que el tiempo apremia y los preparativos van a ser muchos si deseamos que el lugar esté acorde con lo que tú te mereces.
Hasta entonces no viviré. No me hagas sufrir más de lo necesario, te lo pido por favor.

Tuyo,
Ángel.

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