Cartas desde Barbastro – lazo negro (2)

 

Ainsa, 24 de agosto de 1970

Estimada Alma,
Encontré tu carta en el suelo, frente a la puerta, al abrirla esta mañana para preparar la misa de ocho. Debo reñirte por ello. Pienso que has arriesgado mucho haciéndolo de ese modo. Soy consciente de tu urgencia, pero te pido por favor que no vuelvas a hacerlo. ¿Qué hubiera sucedido si en vez de ser yo hubiera sido Carmen o Angustias las que hubieran abierto la puerta? Por suerte no ha ocurrido nada de eso. Dicho esto paso a responder a la tuya.
Cuando la leí por primera vez, nada más terminar la misa, confieso que lloré. Después, releyéndola una y otra vez como si se tratara de una penitencia, conseguí la suficiente serenidad para responderte.
No deberías tener miedo, Alma. Tú, no. Esa dura tarea deberías dejársela a este pecador y olvidar lo sucedido. La oración debería servirte para ello. Deberías marcharte lejos de aquí, rehacer tu vida en otro pueblo, conocer a un hombre de bien y darle los hijos que Dios te conceda. Esa debería ser tu decisión, que no mi deseo. Es necesario que borres… (Aquí hay frases ilegibles)… será irrepetible…
Pero qué digo, qué mentiras dejo ir por entre los dedos. Te estoy mintiendo, Alma, pero no para convencerte a ti, sino para ser yo el convencido. Si tú albergas miedo imagínate yo, debatiéndome en esta extraña dicotomía en la que jamás me había visto inmerso: un sacerdote honesto, guiado por Cristo y sus enseñanzas y un hombre arrastrado por el demonio de la carne que se hunde más y más en el infierno a medida que te lee, que te recuerda y que te revive.
Yo también arrastro esas mismas sensaciones que me confiesas. El hombre que soy, ahora a mi pesar, recuerda cada uno de aquellos instantes que vivimos la otra tarde. Y a cada pensamiento una sacudida de mi hombría me recuerda lo lejos que me hallo de la Gracia; pues hasta el pecado de Onán se ha instalado en mi alma para embrutecerla más, si cabe.
Es terrible lo que siento; y a la vez tan hermoso. Sentir palpitar esos labios de los que hablas entre los míos, cada pulsión de sangre golpeando la punta de mi lengua que te aprendía desde su ceguera. Sentir como aferrabas mi sexo con tu boca de suave lengua o con tu boca de blandos dientes. Me es imposible apartar esos recuerdos: tus gemidos a cada una de mis embestidas, cómo murmurabas mi nombre con los ojos cerrados cuando estaba cercano el clímax; aquel primer ofrecimiento cuando, desnuda, te tumbaste frente a mí con los brazos en cruz y las piernas laxas. Quién no catalogaría eso como bello. Eso es lo terrible, que no sé verlo como lo que es: pecado.
Debo confesarte algo que tú, en tu inocencia, desconoces pero que hoy creo necesario compartir contigo. ¿Sabes desde cuando te deseo, desde cuando pienso en ti? No puedo decir con exactitud la fecha, claro, pero imagino que debías tener no más de dieciséis años, ¡Dios me perdone! Fue una mañana, acababas de hablarme en confesión y me habías contado cómo un amigo del grupo te había convencido y había conseguido llegar a tocar tus intimidades y cómo de grato te había resultado. Si he de ser sincero del todo, ya en aquel momento hubiera cometido dos pecados: hubiera golpeado al joven agresor y hubiera tomado su puesto. Ya ves cuan débil es mi espíritu. Cuando terminamos, me levanté del confesionario y fui a prepararme para la misa, agradeciendo a Dios el hecho de vestir una sotana. Comencé el oficio relajado, eso sí lo recuerdo, y entonces te vi allí, en el primer banco, con una faldita corta de la que tu inocencia no te hacía consciente pero dejaba entrever un sencillo puntito blanco que yo elevé a alturas geométricas. Jamás me ha vuelto a suceder, jamás, pero ese día tomé al Señor mientras pecaba. Tomé la sagrada forma mientras mi mente inventaba un triángulo invertido perfecto, delimitado por un pelo negro que ya entonces se me antojó suave, una imaginaria copa cuyo pie se formaba por la línea infinita en la que se unían tus piernas. Ese día levanté el cáliz mientras mi mente visualizaba otro de carne.
Después conseguí olvidarte, una menor de edad, ¡acaso estaba loco! Tuve que volver al amor mercenario algunas veces, e incluso alguna feligresa tuvo a bien regalarme la calma que no sabía encontrar por mí mismo, y Dios sabe con qué poco orgullo te lo cuento. Pero necesito que lo sepas, no preguntes por qué.
Y ahora, al cabo de los años, lo que fue un sueño lo has convertido en realidad. He bebido del cáliz real que antaño inventé; al cual, en mi desconocimiento, no fui capaz de construir con la suficiente belleza: cada pliegue, cada cambio de textura, cada punto de placer que ahora he visitado desde todos mis sentidos.
A pesar de la urgencia y de mi inexperiencia fue hermoso. Y algo que deberás perdonarme. Te confieso que no me considero un hombre experimentado, no al menos como entiendo que tú te hubieras merecido.
Ya casi termino, lo hago sin saber responder a lo que me preguntas aunque quiera intentarlo. Yo no vi pecado en nuestros actos, Alma, pero lo fue, la Iglesia lo dice y nosotros, que pertenecemos a ella, así debemos acatarlo. Tú como feligresa y yo como el pastor de tu alma. Te pido entonces que no siembres en mí la duda, por favor. No me pongas en ese compromiso de cuestionarme lo que ambos sabemos que es pecado mortal. Me hablas de los designios de Dios. Tampoco sé que responderte. Él nos da el libre albedrio y nosotros somos los que decidimos nuestros actos; y nuestros actos no pueden, no deben, ser lo que ahora te ronda por la cabeza
No tengo fuerzas para negarte que vuelvas por aquí. Como párroco he de sobreponerme a lo sucedido y aceptar a toda oveja de mi rebaño. Pero por Dios, no me digas que me deseas. Olvida el deseo. Olvida lo que sucedió. Borra esa sacristía que convertimos en paraíso y elimina de tu memoria la mesa que devino en tálamo. Solo fue un sueño, un sueño maravilloso que no deberá repetirse. Un error de dos personas a las que la debilidad de la carne tentó pero han sabido sobreponerse. Soy tu párroco y tu confesor. Solo Dios te conoce mejor de lo que yo te conozco y sé cuan virtuosa has sido siempre. De nosotros dependerá retomar el camino de la Virtud.
Tuyo,
Ángel.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en epístolas y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Cartas desde Barbastro – lazo negro (2)

  1. Cris dijo:

    Me encantan! llevais tres publicadas y ya estoy “viciada” a esa forma de escribir tan apasionante. Será un placer seguir leyendo porque esto ya prometía desde el primer momento. Un verdadero regalo que haceis al erotismo 🙂

    • Manel Artero dijo:

      Pues desde este lado de la palabra qué decirte, a mí personalmente me dejas sin palabras. Entiende entonces que te diga que el regalo sois aquellas y aquellos que nos leeis con tanta “ternura”.
      Un abrazo.

  2. Manel Artero dijo:

    Reblogged this on El Día a Diario and commented:

    Añade tus pensamientos aquí… (opcional)

    • Nanda Rey dijo:

      “El Pájaro Canta Hasta Morir”, era apenas un pequeño esbozo de lo que aquí está dimensionado, colorido, sufrido y gozado. Sigo este intercambio epistolar como una chiquilla emocionada, pisando ya los cincuenta. Un verdadero tesoro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s