El toro y españa, un encuentro de animal y bestias

Amanece. La genuina casta hispana que dirime sus diferencias con faca reluciente y faja liada en antebrazo, apenas ha dormido. Se acostaron horas antes ahítos del alcohol que envalentona y cubrieron a  sus hembras para calmar las ansias. A pesar de ello se levantan con los cojones llenos, los cuerpos cavernosos henchidos de sangre y un regusto espeso y dulzón en el cielo de la boca, recuerdo del sacrificio ancestral de la sangre del débil.

Se presuponen dioses.

Salen a las calles, perniabiertos. Incluso de lejos sus hembras, excitadas y dispuestas, perciben el olor a macho que exudan desde el escroto para subir a través del perineo hasta la nuca.

Saben que hoy es el día.

El día de la sangre sin culpa.

de la lucha desigual entre morlaco y “hombre” (triste eufemismo).

Cornamenta contra lanzas, palos, fuego, chusma y turba.

Animal noble contra bestias voraces de sangre inocente.

Así, ataviados con todo tipo de pertrechos que escondan su realidad de machorros, atacan, lancean, golpean, clavan, hincan, agreden, escupen, tiran, agarran, desgarran, patean, gritan, berrean, vociferan… al pobre animal, carne ya muerta aún sin saberlo.

En cada acción, en cada borboteo de sangre, en cada herida, en cada ataque, en cada impulso rabioso intentan enterrar sus miedos atávicos. En el dolor del noble toro vuelcan su realidad de cobardes, de pobres miserables, de nadies, ningunos, nadas, vacíos mentales e intelectuales. Mutación borde de un proyecto fallido.

De ser otro el lugar y la situación, esos pueblos, anclados en sus agujeros geográficos, serían semillero de nuevos “tchikatilos”, “EdGeines”, “Pirañas”. Serían buscados como interrogadores de la DINA, la STASI, la CIA; serían cantera de las SS, voluntarios de cualquier nueva cruzada sangrienta en el nombre de dios. Sádicos a sueldo al grito de “Santiago y cierra españa”.

Mas la fiesta sigue. La excitación sube, la adrenalina se dispara, los niños absorben absortos el saber único y visceral de sus mayores que tomarán para sí, para perpetuarse en la vacuidad hispana y católica heredada de la ruina humana que quedó tras echar a Almazor y a los judios.

Por fin brota la  sangre. Del costado, de la cara, del ojo reventado, del labio desgarrado, de los cuartos traseros, la espalda… Hay superficie donde dañar. Por un momento son Herodes, el sanedrín, los romanos golpeando cuarenta veces a un Cristo destrozado. Por un momento son el altar sacramental en el que ofrecer un corazón joven a dios. Y la sangre escupe lejos desde arterias cortadas. Sangre pura, pura fuerza, fuerza de miedo, miedo de animal acorralado que extrae de sí toda la valentía para no ser obsequio fácil ni de las bestias bípedas ni de los centauros locos bicéfalos. La vida del animal huye esa sangre, porque ella es más cobarde que el toro y le abandona.

El mundo anda teñido de rojo, rojo el suelo, animal rojo, y hasta los ojos de las bestias se han inyectado en ella pues reclaman babeantes el último hálito de su víctima. Es un momento sagrado, el instante de la suprema cobardía. Rodean al animal, nadie debe asistir a la ceremonia salvo los vaciados de humanidad y hombría. Tras un breve silencio estallan los gritos.

Todo ha terminado

Ahora vendrá el ceremonial del macho sobre todos los machos machorros del pueblo. Aquel que levantará envidias. El Alfa entre Omegas. El tuerto entre ciegos. El nada entre los nadas.

Tras las últimas celebraciones se adormecerán de nuevo en sus covachas, su afán de macho languidecerá trescientos sesenta y cuatro días. En ese tiempo revivirán los sacrificios pasados y planificarán el sacrificio futuro.

Más allá de eso, Nada.

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2 respuestas a El toro y españa, un encuentro de animal y bestias

  1. La sangre de la canícula.

    Con la llegada del verano, algunos pueblos de España, se entregan con verdadera pasión a una suerte de atávica atracción, de origen medieval-testicular, por el gran espectáculo del sufrimiento animal. Tiempo goyesco de toros perseguidos, patos degollados, cabras volantes, campanarios de sangre. La desbordante imaginación de los ritos recuerda a esas exposiciones sobre los instrumentos de tortura de la Inquisición, y demuestra que, cuando se trata de hacer daño al prójimo, aunque el prójimo sea una vaquilla, hasta el más tonto es creativo. Esta, digámoslo así, temporada de los horrores estivales se abre a finales de junio en el pueblo cacereño de Coria con el Toro de San Juan. El animal corre intramuros mientras la gente le lanza los soplillos, gruesos alfileres que se le clavan en la piel. Es como jugar a los dardos, pero a lo bestia, y cuando el toro ya agoniza, y por tanto pierde su gracia como palpitante diana móvil, lo matan pegándole un tiro. Como la fiesta “está documentada desde el s. XIII”, hace ya tiempo que la declararon de Interés Turístico. La coartada histórica es típica de estos festejos. Siempre hay un cronista local, epígono de esos intelectuales que siempre ha estado ahí para justificar desde el antisemitismo hasta el apartheid, dispuesto a desempolvar antiguos legajos municipales con los que dar pedigrí al soplillo, a la lanza, al desvarío. Y, en fin, lo mismo que comienza la temporada con la bacanal de sangre cacereña, termina en la segunda semana de septiembre en Tordesillas con el Toro de la Vega. Conocida antes, más bien, por ser sede y dar nombre al tratado que en 1494 decidió el reparto del Nuevo Mundo entre España y Portugal, Tordesillas ha pasado a serlo por su persistencia en mantener el salvaje espectáculo del Alanceamiento del Toro, en el que una multitud enardecida, a caballo y a pie, envuelta en una nube de polvo y alaridos, persigue y alancea el animal hasta la muerte. Las protestas, cada año, llegan desde medio mundo e inundan la Red, pero lo único que han conseguido es que al valiente que remata al toro ya no se le permita cortarle los testículos, ensartarlos en la punta de su lanza y pasearse de esa guisa, ufano, por las calles del pueblo. Y este Alanceamiento es, también, otro ejemplo de cómo un delito penal tipificado –como es el del maltrato animal- se diluye en su dimensión pública cuando toda una localidad, con su orgullosa alcaldesa al frente, lo alienta y ejecuta. Tiempo de verano, tiempo de sangre. De nuevo, la frase de don Quijote, tantas veces citada aquí, viene a cuento como un guante: Cosas veredes, querido Sancho, que te harán caer del caballo. Y tanto.

    • Manel Artero dijo:

      Grandioso comentario Superduque777. Aunque creo que llamar comentario a tu texto es desmerecerlo. de momento voy a poner una apostilla en la entrada para que nadie se pierda la posibilidad de leerte.
      Si es una entrada de tu blog, házmelo saber, me encantaría compartirla en el mío.
      Un abrazo.

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