La enfermedad de Tito

           Tras su último viaje al Reino Unido nuestro amigo, Tito Valverde, contrajo una extraña y molesta enfermedad. Por más que los médicos analizaron, escanearon, radiografiaron y hablaron entre ellos, fueron incapaces de emitir un diagnóstico. Le tranquilizaron, eso sí, dejándole claro que, si bien molesta, no entrañaba ningún peligro; ni para él, ni para nadie de su entorno, ya que se demostró no contagiosa. Algo tranquilizador entre la plantilla de la clínica del Campo Santo, planta segunda, infecciosos. A pesar de ello, nuestro amigo, no dado a consuelos, salió de esa última visita diciéndose “¡Hay que joderse! No es peligrosa para los demás pero a mí que me den”.

            Y es que nadie podía entender que antes del viaje sus ventosidades fueran al uso y a la vuelta se hubieran convertido en un espectáculo incoloro, inodoro pero de un extraño y bonito verde luminiscente. Así estaban las cosas. De un día para otro, el deleite de comer un buen potaje de garbanzos, degustar unas ricas lentejas con chorizo o extasiarse ante unas fabes con almejas, se convirtió en algo realmente incómodo y vergonzoso. De aquélla cálida sensación de dejar ir un sordo y oloroso cuesco en el interior de un ascensor, seguido del giro de cabeza en busca de falsos culpables, había pasado a generar una nubecita verde la cual, tras nacerle en la culera del pantalón, se expandía por cuestiones de densidad y si el espacio era cerrado, hasta el suelo, sin subir más allá de los tobillos, diluyéndose pasados unos minutos. A pesar de que recordaba a aquellas neblinas ambientales del cine negro de los años treinta; a pesar de que, como ya dijimos, era totalmente inodora; e incluso a pesar de la belleza que provocaba su color, generaba en los cercanos al pedo una clara y rotunda repulsa. Por ello es fácil de entender que esta situación quebrara lentamente el ánimo y la autoestima de nuestro amigo. 

            Buena prueba de ello fue el hecho de que habiendo sido el rey de la rumba y el merengue, el dueño absoluto de la pista de  «El Quilombo, Disco—Salsa», capaz de mover sensualmente las caderas mientras aligeraba el intestino del exceso de gas producido por su enésimo cubata, ahora se había convertido en el «apestado» del rincón que apenas se atrevía a tomar nada que tuviera gas, ya que si la necesidad apretaba no era cuestión de acercarse a los servicios de caballeros. Porque tampoco era solución aguantar y soltarse a puerta cerrada en aquellos retretes de diseño, ya que por bien que incrustara la zona nalgar en la oquedad del inodoro, la potencia expansiva provocaba que parte de aquel fluido rebosara, cayera hacia el suelo y resbalara cual río de lava fluida escapándose por el resquicio inferior que forzosamente existe entre puerta y suelo. Suceder eso y escuchar las sonoras risas de los tipos que se quedaban expectantes al otro lado, le obligaba a pasar horas en un encierro que a todas luces entendemos como incomodo.

            A las pocas semanas su vida se había convertido en un retiro y su casa en el monasterio donde llevarlo a cabo. No deseaba ver a nadie ni nadie hacía por verle a él. La única persona que le visitaba una vez por semana era su madre, doña Angustias. Se quedaba a pasar la tarde de los miércoles charlando de cosas triviales o poniéndole en antecedentes sociales y familiares. Si la necesidad cubría los alrededores de Tito de una neblina verde, doña Angustias hacía como que no veía nada, abría la ventana y la neblina se diluía formando estructuras dignas de un estudioso de las matemáticas del caos. Solo alguna vez, si la incomodidad era intolerable se dirigía a su hijo y le preguntaba cómo van las cosas hijo mío o si viene a verte alguna de tus amigas. Pero siempre intentaba evitarlo pues ese tipo de preguntas sumían a Tito en una gran tristeza y en un desasosiego interior que se traducía en mayores problemas intestinales, incrementándose de ese modo el problema. Su única relación con el mundo exterior se efectuaba a través de la conexión ADSL y eso aún sin cámara.

            Fue desde ese anonimato que se puso a indagar. Anduvo por los buscadores, enciclopedias, foros. Nada. Encontraba gente con graves problemas de gases, pero no dejaban de comportarse como tales: demasiado olorosos, muy estruendosos, cruelmente húmedos. Los gases intestinales del resto de la humanidad, incluida su válvula de escape, se comportaba siempre de modo normal aunque odiosa, según algunos. “Aquí os querría ver”, se lamentaba él ante la pantalla.

            Al cabo de un tiempo encontró en uno de los foros unas respuestas que prometían resolver cualquier tipo de problema grave derivado de las ventosidades. Solo hacían referencia a lo conocido por todos pero se comprometía, además, a resolver de manera particular cualquier otro tipo de problema. Lo firmaba un tal “Doktor August Forestein”, austríaco y «psicólogo intestinal» (sic), que se comprometía a resolver los problemas mediante unas simples sesiones de «autoconocimiento interior y aceptación intrínseca del ser» (sic).

            De perdidos al río, pensó, si deseo volver a retomar la vida tal y como la conocí habré de buscar algún tipo de solución, sea la que sea. Decidido. Mandó un correo electrónico explicando detalladamente su problema a la dirección que el Doktor August indicaba en su página Web, incluyendo, además, copias escaneadas de todos los informes médicos de que disponía.

            Pasaban los días y no recibía respuesta alguna. En su cabeza imaginaba que el señor Forestein habría leído el correo y se habría reído hasta el dolor imaginando las nubecillas creando jirones verdes a ras de suelo. Pensaba que en breve su caso transitaría por la Red en animaciones Flash, convirtiendo su problema en un burdo chiste. Pensar eso le desesperaba, pero más le desesperaba el problema en sí. Tal vez para otros fuera algo trivial, pero a él le había cambiado la vida. Cuando iban a cumplirse dos semanas del envío del correo recibió respuesta del Doktor August. Decía:

            “           Apreciado señor,

                        Siento la tardanza en mi respuesta pero usted comprenderá que su caso es       lo suficientemente singular como para que me haya tomado un tiempo prudencial            antes de proponerle algún tipo de solución.

                        Entiendo lo que le dijeron los médicos que le trataron en su momento. Es           usted un caso único y la medicina no tiene modo de contrastar con ningún otro caso         anterior al suyo.

                        Por esa razón, creo que lo mejor en estos momentos sea buscar una rápida       solución a su problema, dejando para más adelante un estudio profundo que            permita emitir un diagnóstico veraz de su enfermedad.

                        Por esa razón le propongo que pase usted por mi clínica a la mayor          brevedad y podamos someterle a las sesiones de terapia que sean necesarias hasta            minimizar al máximo los negativos efectos que dicho problema ha generado en su    persona.

                        Atentamente,

                        Doktor August Forestein.

            Tal como lo hubo leído se quedó más relajado, que no feliz, y pasó a buscar billetes económicos que le llevaran a Viena en el menor intervalo de tiempo posible. No estaba su autoestima como para incrementar el colorido de cualquier espacio cerrado; fuera éste carlinga de avión, vagón de tren o habitáculo de autocar.

            Sacó billete de avión, clase turista, para el siguiente domingo. Disponía así de cinco días en los que realizar un régimen que le mantuviera la pedorreta colorista bajo mínimos y  le permitiera el máximo de dignidad durante el trayecto. En esos menesteres transcurrió dicho lapso.

            El día del viaje se presentó en el aeropuerto en ayunas. Había perdido tres quilos y empezaba a parecerse más a un santón hindú que aquel que fue. Soportó estoicamente el tratamiento al que se somete a todo viajero aéreo: se quitó lo que fue menester, dejo escanear equipaje, cuerpo y hasta escroto si se lo hubiera pedido. Todo terminó sin problemas y pudo embarcar.

            El viaje transcurrió sin problemas salvo un pequeño cuesco que se le escapó sobrevolando Suiza. No sería descartable pensar que eso sucediera por alguna pequeña traición mental; cualquiera que lo conozca sabrá que aprecia a los suizos tanto o menos de lo que aprecia los forúnculos.

Pero no divaguemos, el evento se desarrolló del siguiente modo: Llevado por el Diazepam que se había tomado antes de salir, se relajó más de lo aconsejable y eso le llevó a dejar escapar un tenue pedo mientras se hallaba en su asiento. Dada la estrechez actual de las carlingas, la verdosidad apareció a modo de chorrito fluyendo desde su entrepierna y desplazándose frontalmente hasta chocar con el respaldo del asiento anterior, donde se expandió circularmente cual voluta de humo lanzada al aire por boca experta. Tito se hizo el dormido, no se veía capaz de afrontar la vergüenza que sentía. El caballero de su izquierda, asiento 22 ventanilla, un gigante normando de cerca de dos metros que más que sentado se hallaba compactado en su asiento, soltó un “Spanisch fucking Weichei” que podría traducirse como “puto cagón español” y giró la cabeza para admirar lo lindos que se ven los Alpes a diez mil metros de altura. Esa fue la única anécdota reseñable que sufrió durante el viaje, el resto siguió placido y tranquilo hasta aterrizar en el Wien Flughafen.

            Una vez recogido el equipaje tomó un taxi, partió para el hotel, pidió su reserva, recogió la llave y pudo, por fin, tumbarse en la amplia cama y liberar a su esfínter hasta colmar la colcha de jirones verdes que caían al suelo en lentas cascadas brillantes. Solo quedaba descansar y esperar al día siguiente.

            La clinica del Doktor Forestein se hallaba ubicada en un edificio de oficinas acristalado y ocupaba las dos últimas plantas. La decoración era minimalista y estaba estudiada para alejar del visitante cualquier referencia médica, salvo por dos grandes murales tras el mostrador de recepción: en uno de ellos se veía una recreación del “juramento hipocrático” y en el otro una reproducción de “El hombre de Vitrubio” de Leonardo. Excepto por esas dos referencias, el resto era de una asepsia que recordaba a la película “2001” de Kubrick. Se dirigió al mostrador donde una hermosa mujer le regaló una sonrisa mientras esperaba a que él hablara.

            —Buenos días, soy Alberto Valverde, tenía concertada visita a las nueve con el Doktor Forestein.

            —Buenos días herr Valverde. Pase a la sala de espera y le llamaran en un momento —respondió la recepcionista en un más que correcto castellano del que solo las erres quedaban más marcadas de lo habitual.

            Pasó a la igualmente aséptica sala de espera, vacía a esa hora, y se sentó intentando relajarse. A esas alturas el nerviosismo podía con él, algo contraproducente dado que los mismos nervios le provocaban más gases, pero no tuvo que esperar mucho. Apenas se había puesto a hojear una revista médica de la que no entendía una palabra, salió otra joven rubia embutida en una bata que más parecía un vestido de diseño. Le llamo, invitándole con una sonrisa y un gesto a pasar a la consulta. La siguió, entró y escuchó cómo la puerta se cerraba tras él.

            Ante sí tenía a un calco de Sigmund Freud: Barba cana, ciertamente calvo, salvo por el cabello que cubría los laterales y parte posterior de la cabeza, canos también, unas gafas redondas de concha con cristales de un dedo de grosor y un traje que bien pudo haber pertenecido a Sherlock Holmes.

            —Buenos días herr Valverde. Soy el Doktor August —se presentó.

            —Buenos días doctor. Ante todo, gracias por visitarme usted en persona.

            Después de invitarle a tomar asiento enterró la cabeza sobre unos papeles y comenzó un letanía en voz baja hablada en lo que parecía alemán. Tito no entendía nada. Al cabo de unos minutos, que parecían de cólico nefrítico, levantó la cabeza y le habló. Con voz serena le contó que había consultado su caso con otros colegas para confirmar que, desgraciadamente, su enfermedad no tenía, en la actualidad, ninguna solución salvo la de aprender a convivir con ella. Esa era la razón por la que he había forzado a que viniera a consulta.

            Él dejó escapar una nube verde mientras su rostro enrojecía . Miró al afamado médico con las lágrimas asomando a sus ojos y le preguntó en voz baja si la intención de la visita era convencerlo de que fuera pedorreándo nubes verdes por ahí como la cosa más normal del mundo.

            —No podría haberlo expresado mejor. —Fue la calmada respuesta del doctor Forestein.

            —Pero, ¿Se da usted cuenta de lo que ha representado para mí este problema, hasta ahora?

            —Por supuesto que me doy cuenta. Usted piensa, y de forma razonable, que su problema es el peor del mundo. Cree que no existe en todo el planeta ningún problema más grave y más incómodo que ese que usted esta viviendo. Pues claro que si, tiene usted razón. ¡Nadie tiene problemas tan graves como el suyo! ¿O no es así?

            —No quiero decir eso, en absoluto… Solo que…

            El doctor no le dejó explicarse y prosiguió:

            —Imagino lo que quería decirme. No le quepa duda, le entiendo. Todos debemos vivir con cosas desagradables. Algunas pueden esconderse a los ojos de los demás, son los secretos que nos guardamos más celosamente, incluso muchas veces a nosotros mismos; otras, triviales o no, son externas, visibles a los ojos de todo el mundo. Esas últimas son las que más duelen, aquellas que están a la vista de todos ¿Verdad herr Valverde?…

            Tito escuchaba. Receptivo y relajado por primera vez en mucho tiempo, permitía que las cadenciosas palabras del doctor Forestein entraran en su cabeza.

            … Hay millones de personas que odian partes de su cuerpo. Les desagrada su nariz, desprecian su boca, el tamaño o la forma de los genitales, los pechos. Hasta un simple grano en la cara puede amargarle la vida a alguien. Pero ¿Sabe otra cosa? Si dejamos la autolamenteción y permanecemos atentos, encontraremos a otros cuyos problema convierte los nuestros en triviales. Siempre, téngalo claro. El problema real no estriba en esas imperfecciones que pueden arrebatar las risas amargas de los simples. El problema de verdad, el que debemos vencer si deseamos continuar, está dentro de nosotros. ¿Conoce usted algo de la vida de Joseph Merrick?

            Negó con la cabeza, era bueno con el baile pero un pésimo cinéfilo. El doctor sacó una serie de documentos que narraban someramente la vida de aquel hombre y presentaban algunas fotografías. Al verlas sintió un impacto feroz dentro de sí. Dejó asomar a su empatía. A medida que veía las tremendas deformidades de aquel pobre hombre su problema pasó a un segundo plano.

            El doctor habló de nuevo.

            —Él sí que tuvo un problema, herr Valverde, no la nimiedad que a usted le acongoja. Le dejaré la película que sobre él hizo David Lynch. Dedique esta primera noche a recapacitar, lea lo que le he entregado y mire la película, es muy buena, se lo aseguro. Mañana empezaremos las sesiones de verdad. Manténgase tranquilo porque aquí ninguno se extrañara por nada de lo que le sucede, se lo garantizo. —Después se despidieron y volvió al hotel para llevar a cabo la primera clase de lo que serían sus próximas dos semanas.

            En las siguientes sesiones hablaron del interior y el exterior de las personas, de cómo el reconocimiento interior puede conseguir que seamos capaces de vernos sin tapujos y aceptarnos. Hablaron de la estupidez que envuelve nuestro mundo «culto» y mediocre que se sonríe de aquellos que son distintos o perseguidos por miedo a la singularidad. Hicieron también sencillas técnicas de relajación que le permitían mantener las nubecillas bajo control. Día a día Tito fue aprendiendo a ser él mismo, a despojarse del caparazón de un yo externo que le había ofrecido una visión deformada de sí mismo. Al final de las sesiones, lo que había comenzado como la causa de su desgracia transmutó reconvertido en lo que posibilitaría su posterior crecimiento personal.

            Han pasado unos años desde entonces, al menos cinco. Del Tito Valverde que conocimos apenas queda nada. Tras volver se matriculó en una escuela de arte dramático, aprendió danza y se puso a hacer deporte. Ahora, al cabo del tiempo, se ha convertido en un atleta envidiable, un joven con un gran don de gentes  y un bailarín excelente.

            ¿Con qué intención, se preguntarán ustedes? Pues nada más simple, les cuento: para presentarse a un casting del “Cirque du Soleil” donde mostró un número que anduvo preparando a partir de sus ventosidades y sus posibilidades como fluido etéreo y colorista.  Algo que, según ha confesado a sus amigos, se le ocurrió en aquel viaje de vuelta de Viena.

            La cuestión es que los responsables del circo debieron ver algo especial en su número, ya que al poco recibió un billete para Canadá donde se entrevistó de nuevo con la  cúpula de la empresa, siendo contratado poco más tarde.

            Deberían verlo ahora mientras hace su actuación. No solamente arrebata carcajadas a bocas llenas, ya que la risa es la primera sensación que provoca y de la que se aprovecha. Además ha conseguido que cientos de bocas exclamen profundos ¡Oes! y ¡Aes! simplemente metido en un cilindro transparente dentro del cual, y gracias a sus alardes gimnásticos, su verde gas consigue formas insospechadas y hermosas.

            Sí, lector. Una extraña enfermedad nos arrebató a un buen amigo. La misma que más tarde nos lo devolvió renacido y mejorado. Si tienen la suerte de encontrárselo ahora, verán a un individuo feliz en su imperfección. Alguien que, a buen seguro, les regalará una amplia sonrisa; y si van con niños, no se extrañen si les obsequia con sencilla nube de color verde.

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