Ausencia de ella

Ahora sé que nunca existe un siempre pero que siempre existe un ahora
Esa es la crueldad de mi certeza. Mira, no sé, así son las cosas aunque en mi interior piense que no sea cierto del todo. Lo que sucedió fue maravilloso e inolvidable, al menos visto desde este lado del cristal. Después vino lo otro. La desaparición total de aquella maravilla de un plumazo y esa es la parte que jamás entendí. Nunca pude comprender qué error pude cometer para que todo se viniera abajo como un castillo de naipes. Con el paso del tiempo he intentado entenderlo pero mi cabeza se niega a pensarlo del modo frío con el que debería hacerlo. Pienso que debe ser que todavía estás ahí manejando, aun sin saberlo, mis hermosos recuerdos.

Los recuerdos, esos enemigos agazapados en el fondo de la memoria para hacer que uno se engañe mirando hacia otro lado o distorsionando la realidad vivida. ¿Te das cuenta? Por mucho que uno lucha por ser ese ser analítico y frío que desearía reencontrar  se topa con este yo visceral, con ese animal dominándome por dentro y no dejándote escapar.

Dejarte escapar. Para serte sincero ahora sería algo tan hermoso que no existieras ni que hubieras existido jamás. Siento decirlo así ¿Sabes? Pero ante la imposibilidad de que escapes de mi  interior lo menos doloroso hubiera sido tu inexistencia, o la mía, el hecho es que alguno de los dos no hubiera aparecido ante los ojos del otro. Reconozco que es triste pensar así. Reconozco que incluso contiene un halo de vergüenza para mí ya que si yo fuera de otro modo te habría olvidado o cambiado por otros cuerpos.

Otros cuerpos, digo, como si no te hubiera estado buscando en otros cuerpos sin conseguirlo jamás. Al final entendí de golpe aquellos versos de Cortázar que compartimos hace ahora mil años. ¿Recuerdas lo que decían?

 

Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo.

 

Los entendí de golpe. Como una puñalada certera que le hace a uno desaparecer de repente y con todo el dolor.

Pero es así desgraciadamente como son las cosas. En un momento dado tomé la barca, partí de la orilla adentrándome en el mar y naufragué. Ahí estoy yo ahora, suspendido sobre los restos del barco que construimos y a la espera de que alguna otra isla me acoja.

Es una sensación extraña; no hay hambre ni sed. Lo que hay es una soledad de universo a mi alrededor que me contiene sin abandonarme.

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