El renacer de Damián Ortega

Mira, chico, recién ayer me morí y resulta que no hay Cielo del modo como nos lo contaron. Simplemente llegas a un lugar que es como un hangar inmenso, totalmente pintado de blanco. A la derecha encuentras un inmenso mostrador, parecido a esos que ponen en las convenciones para gestionar el alta y darte una tarjetita con tu nombre y a la izquierda una gran sala de espera con sillones cómodos donde debes esperar.

Tal y como llegué, una señorita sonriente me dijo que me acercara a la maquinita de “tome su turno”, cogiera un papelito y me sentara, que ya me llamarían por megafonía. Imagino que al no ser algo terreno la gestión fue fulgurante, apenas me había sentado fui llamado por los altavoces— número 345666 pase por mostrador 356. No se demore por favor. Me dirigí rápidamente hacia dicho mostrador y otra señorita, hermana gemela de la que ya me había atendido, me recibió con una sonrisa.

—Bienvenido señor Damián. Según consta en mis archivos su óbito se produjo anoche. Fue usted acribillado a balazos desde un automóvil que se dio a la fuga. ¿Puede corroborar que la información es veraz?

—Sí— respondí—, volvía para casa de tomar unas copas y de repente escuché un ruido atronador. Me vi envuelto en sangre, echado en el suelo, y después de unas horas de estar de esa guisa aparecí ante la puerta de estas “oficinas” por llamarlas de algún modo. Por cierto, señorita, ¿esto es lo que en mi tierra llaman el Cielo?

—No, señor Damián. Esto son las oficinas de Renovación de Asignación Corpórea (RAC). Aquí gestionamos su siguiente reencarnación. Una vez decidido en quien o que desea volver a reencarnarse, pasará por la oficina de Aprobación desde la cual, si se ha aceptado su próximo “yo” renacerá usted otra vez.

—Perfecto— respondí— ¿Qué catálogo de seres ponen ustedes a mi disposición? ¿Mi próximo cuerpo está sujeto a mi comportamiento anterior como explicaban ciertas religiones de mi tierra?

—No, nada de eso. Aquí no estamos para valoraciones subjetivas de cada ser que nos llega. Usted simplemente decide el quien o que desea regenerarse y en Aprobaciones le harán un perfil para ver lo acertado o no de su decisión. De momento solo debe responderme a una única pregunta ¿Cuál desea que sea su próxima reencarnación?

—Querría ser un chimpancé bonobo. Así de simple.

—Perfecto, caballero. Ya ha sido dado de alta, ahora deberá aguardar hasta que sea llamado para la verificación.

—Gracias— respondí con una sonrisa.

Volví a sentarme y a meditar sobre lo acertado o no de mi espontánea decisión.  Mi tránsito como humano no había sido nada interesante. El manejo con mis congéneres no había hecho sino reafirmarme en mi deseo de no desear volver a ser humano. Considerándolo todo de un modo serio y pragmático, las posibilidades de que mi siguiente tránsito por la vida fuera más desencantado y desolador que la que recordaba era improbable. ¿Qué me había aportado ser Hombre? Dos matrimonios, en el primero me dejaron por otro, ni siquiera me compartieron y en el segundo abandoné yo porque no me sentía exclusividad de nadie. Las mujeres me habían atraído, eso era algo que no podía negarme, pero en el fondo apenas me llegó a gustar alguna. Eran retorcidas hasta la saciedad, por muchas modernidades que quisieran atribuirse su dedicación real era la maternidad, y la que no caía en esa trampa genética era manipuladora o estúpida. Si pensaba en los de mi género la cosa no mejoraba ya que apenas salvaba de la quema a cuatro amigos extraños y contados: la gran mayoría eran arrogantes, prepotentes, pijo—cerebrales, vacíos y simples. Más allá de su polla apenas existía nada y por detrás de ella ellos solo eran el complemento que le gestionaba los deseos. Pensar en la Humanidad, la Política, la Ética, no mejoraba la situación.

Andaba en esos pensamientos cuando se acercó otra muchacha idéntica a las anteriores. Me preguntó si yo era Damián Ortega y asentí. Con un educado sígame por favor acompañado de un elegante gesto de su brazo me invitó a partir tras ella. Lo hice. Iba delante de mí guiándome entre la vorágine de gente que deambulaba por el hangar. Pasados unos minutos llegamos frente a una pared inmensa que contenía infinidad de puertas.

—Sección 1017 señor Damián. Entre y diríjase al despacho FF, lo encontrará a su derecha.

Me abrió la puerta, me despedí con un educado gracias y entré. Ante mí tenía un interminable pasillo delimitado a ambos lados por otro interminable número de puertas. Al igual que me había sucedido antes, el despacho FF estaba apenas a cinco puertas de la entrada. Imagino que al no ser cosa terrenal todas y cada una de las cosas se encontraban ubicadas de otro modo.

Llamé. Pude oír un claro: pase señor Damián, pase. Está abierto. Giré el pomo de la puerta, empujé y entré.

Ante mí tenía un pequeño despacho, todo pintado en blanco, cosa que a esas alturas ya no me extrañaba en absoluto, una mesa de color  gris ante cual se encontraba un silloncito y detrás de ella la ya más que conocida muchacha sentada en otro de mayores dimensiones.

—Siéntese por favor— me dijo mientras aún estaba parado en el quicio— Cierre la puerta y tome asiento. Lo hice, acomodándome con calma ya que tenía la intuición de que ahí pasaría un buen rato.

—Puedo leer en su archivo que usted era un ser humano y que ahora pretende renacer en bonobo ¿Es cierto?

—Si no hay ningún problema, ese sería mi deseo— respondí con curiosidad.

—En realidad no es que exista ningún problema, en absoluto. Lo que sucede es que su petición es harto extraña.

—¿Por qué?— me atreví a preguntar.

—Simplemente porque creo que es el primer caso que nos consta de que un Ser desee renacer en otro cuya escala evolutiva está por debajo de la última que tuvo. Es simple curiosidad, y como comprenderá nos vemos obligados a verificarlo de manera más profunda que en otros casos. Comprenda que su propuesta no es demasiado normal, por definirlo de algún modo.

Dejé pasar unos segundos y viendo que ella no pensaba aportar nada más decidí responderle.

—Primero desearía matizar lo de “escala evolutiva”. Simplificado de ese modo parece que se da a entender que un bonobo es, a priori, más estúpido y simple que un homo sapiens, y en ese punto ya no estoy demasiado de acuerdo.

—Pero deberá reconocer que es una evidencia. Tengo aquí un esquema de la evolución en la Tierra y consta…

—Perdone que la interrumpa señorita, pero no me sirve de nada un esquema desarrollado por aquellos que se sitúan unilateralmente en la cúspide de la pirámide. Es como la historia, la mayoría de las veces la cuentas los vencedores y eso, de por sí, tergiversa la realidad. ¿Qué “cosa” convierte a un homo sapiens en un animal superior comparándolo con un bonobo?

—No sé que decirle. Déjeme que piense. ¿El lenguaje? Esa sería una razón de peso. Los humanos tenemos la capacidad del lenguaje y el resto de los simios no.

—Perdóneme que discrepe. Perdóneme y deje que le argumente un poco el tema. Es cierto que los humanos desarrollamos la capacidad del habla y con ella construimos el lenguaje que nos permitió desarrollar miles de idiomas. Hasta ahí certeza. Pero No me negará que ahora mismo el lenguaje se encuentra solo en los diccionarios, en unos pocos amantes de la palabra y unos cuantos snobs que utilizan palabras rimbombantes para dárselas de cultos entre su círculo de amistades.

—Pero los humanos hablan entre ellos, se comunican— fue su respuesta.

—Se comunican, usted lo ha dicho. Lo hacen igual que muchísimos otros seres, y la gran mayoría de los que yo conozco no creo que utilicen más allá de unos pocos cientos de palabras de entre las miles que conforman su idioma. ¿Sabe que hay muchísima gente que apenas se comunica con unas quinientas palabras? ¿Sabe que un bonobo puede reconocer hasta cuatrocientas? ¿Conde está esa gran diferencia evolutiva?

Ella permanecía callada. Hacia ver, o lo hacía realmente, que escribía en el ordenador que había frente a ella. Después de un engorroso silencio habló.

—He de reconocer que tiene parte de razón. Por lo que he podido consultar es cierto que las palabras ya no están en los cerebros de las personas, parece ser que solo se pueden encontrar en los libros y los diccionarios, artilugios que parece ser que apenas nadie utiliza. Pero no existe solo el lenguaje. ¿Qué me dice de toda la estructura social compleja que los humanos han generado en torno a ellos?

—Que se fue al infierno. Simple y llanamente. Empezamos nuestros andares en África como cazadores recolectores y después de miles de años lo único que hemos conseguido es ser el peor depredador que ha habitado a la pobre Tierra. Hemos llegado a ser tan terribles que nos dedicamos única y exclusivamente a destruirnos los unos a los otros en aras de las Ideas, las Religiones, el mero Poder sobre los demás. Créame señorita, no valemos más que cualquier virus o cualquier insecto.

Se quedó pensativa y noté un atisbo de tristeza en sus ojos azules. Miraba y remiraba en su ordenador buscando vete a saber qué, aunque para mis adentros imaginaba que su búsqueda tenía que ver con encontrar algo con qué rebatir mis sencillos argumentos. Por mi lado yo empezaba a hacerme preguntas. No sé si llevado por el hecho de haberla entristecido, pero me vi en la necesidad de saber alguna cosa de ella. Por fin me decidí.

—¿Me permite una pregunta, señorita?

—Si desea saber mi nombre, es Marta—. Me respondió sin mirarme, absorta como continuaba ante la pantalla de su ordenador.

—No, no es eso, aunque le agradezco que me lo haya dicho. Al menos ahora podré hablarle de un modo más personal. Lo que quería preguntarle es si usted es humana, o en todo caso si lo fue alguna vez.

—Sí. Yo también pasé por la Tierra. Fui una mujer. Al igual que usted llegué aquí algo desencantada, pero a diferencia de usted, yo no deseaba ser ningún animal ni ningún otro ser, por eso cuando vi la posibilidad de renovarme en personal del RAC la acepté, y por esa misma razón me cuesta tanto entender esa decisión que ha tomado.

—Pues no te esfuerces, Marta, la decisión está tomada. Por lo poco que conozco de los bonobos sé que su vida no es peor que la que les toca vivir a más de mil millones de humanos. Es mucho más corta, lo reconozco, pero de que puede servir la longevidad si no está acompañada de algún sentido. Piensa además que dejaré de ser humano en un vulgar dos por ciento, apenas nada.

Seguí esgrimiéndole razones durante un largo rato, mientras ella me miraba y asentía. Después charlamos un poco de aquel lugar y del hecho de que todas fueran idénticas pero con nombres distintos. Incluso al final conseguí arrebatarle una sonrisa. Todo terminó cuando pulso el botón aceptar del formulario que contenía mis datos y se imprimió la documentación que debería entregar al ser llamado por última vez. Nos dimos la mano cordialmente y salí.

Ahora vuelvo a estar en la gran sala. Por la documentación que me ha entregado Marta en unas horas me llamarán por megafonía y naceré otra vez. No tengo la menor idea de lo que me deparará el futuro como bonobo, pero tengo confianza en llegar a crecer hasta hacerme adulto por más que conozco las posibilidades de terminar siendo comida de algún congoleño. La vida les va tan mal a esa pobre gente que pronto seremos su plato principal. Si lo analizo no es tan malo ahora que conozco los pormenores de lo que vendrá luego, aunque en los papeles me digan que no tendré ninguna conciencia de haber pasado por este lugar. Lo que tengo claro es que dure lo que dure mi próxima vida me permitirá formar parte de un grupo social mejor que el conocí en mi vida anterior. Me consta que no conoceré ni los celos ni la posesión; que mis futuros congéneres, sean del genero que sean, tienden más a la caricia que a la confrontación y gustan de cuidar a sus pequeños y a vivir de un modo simple pero social. Lo que viva intentaré narrároslo si vuelvo a este lugar y si retomo la capacidad de contar que ahora tengo. Si la cosa no es así deberéis aguantaros y vivirlo por vosotros mismos. Hasta luego.

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