“El ladrón de rostros” – Capítulo 18

            Si mal no recuerdo nos quedamos en mi encierro y te apunté que nada sucedió como yo hubiera deseado. Sí, fue duro. Creo que la palabra que mejor definiría la sensación que se apoderó de mí fue la de “vacío”. Sentí un vacío inmenso, sólido, de hielo. Y tal vez algo de vértigo. Pero vayamos por partes. Perdona, un inciso; si quieres moverte puedes hacerlo, hoy no es necesario que estés sentada. Puedo hablarte y seguir haciendo el trabajo sin tenerte ahí esclavizada. Te cuento.

            Al principio pensé que me sobrevendría la culpa de un momento a otro. Es lo que acostumbra a suceder ¿Verdad? No, dudo que jamás hayas sentido la culpa a la que me refiero: la liberadora, la que lleva a confesar, a terminar con la vida porque pudre por dentro, a postrarse ante una imagen religiosa…

Creo que llegó un momento que me levantaba esperándola. Encerrado solo y en una casa inmensa, el tiempo transcurre de otro modo y no tuve conciencia de cuánto  tiempo debió pasar, pero nunca sobrevino ¿sabes? Tras tantos días esperándola, después de haberme obsesionado con ella, un día, sin venir a cuento, caí en la cuenta de que nunca la sentiría. Tomé consciencia de que algún gen dentro de mí había nacido años atrás en Hungría, había viajado con mi madre a América y se me había instaurado en algún rincón del alma. Era capaz de vivir con esa carga y no sentir nada.

            Podía continuar haciendo las mismas cosas pero sin el peso de la incertidumbre, ni la responsabilidad del mal. Era totalmente libre. Podía pasarme las horas sentado, escuchando música y mirando su retrato y mis manos. Me daba cuenta de cuan hermosa era María allí, aprisionada en mi lienzo, para siempre. Y después miraba mis largos dedos, los apéndices encargados de transmitir mi poder a la tela a través de los pinceles y me admiraba mi capacidad para captar la sutil sensualidad de su mirada, la humedad de sus labios, la perfección de su cara. Sí, era eso, era así de simple, le había robado su belleza antes de que la vejez, los achaques o la enfermedad los borraran de su rostro.

            Me sentía bien, pleno, limpio… Pero al cabo del tiempo me asaltó otra duda ¿Cabría la posibilidad de repetir aquello? ¿Podía suceder que ese cuadro hubiera sido una casualidad derivada de mi admiración y de mis sentimientos hacia María? Debía probar de nuevo. Era necesario volver a experimentar otra vez.

            Pero no podía salir de casa, una fuerza invisible me mantenía sujeto a ella. Algo que me impedía dormir por las noches, una sensación que me llevaba a no desear asearme ni a sentir hambre. Solo esa obsesión que ocupaba todo mi tiempo y mi cabeza pero no podía cumplir en modo alguno.

            A veces sonaba Bach, a veces Poulenc, a veces era Sors o Wagner quienes llenaban la inmensa estancia de sonido. Todo luz, todo belleza; como si la vibración de aquella música en las moléculas de aire las reordenara hasta convertirlas en algo nítido y brillante, un cristal blando que se podía atravesar sin destruirlo. ¿Qué tenía aquel sonido que era capaz de modificar mi estado de ánimo? No, no era solo el sonido. No era en sí la música lo que reajustaba cuerpo y espacio, era un poder que emanaba de las lejanas almas de aquellos genios. Era un conocimiento ancestral solo al alcance de unos pocos elegidos. Una matemática cósmica ordenada en frecuencias cuya cualidad física era intuida por mí y por ellos: una sub partícula vibrante dentro de cada átomo que contenía la primigenia conjunción de aquellos sonidos tal y como los ordenó su autor…

            Con la pintura sucedía lo mismo, exactamente lo mismo. Las maravillas de Bouguereau, los retratistas flamencos, los seres atormentados de Lucien Freud o el dolor del Guernica… Caía en la cuenta de que la luz que entraba por el ventanal del cuadro de las Meninas, una luz que ya me aturdió de niño, era aún más real que la que entró por los ventanales de palacio. Lo mismo que la tremenda luz que salía del viejo café de Arlés iluminando toda la noche del cuadro, aquella luz no era un reflejo, era más que eso, era esa substancia escondida solo manejada por el genio creador y reconocida por aquellos capaces de captarla y reproducirla de nuevo. Sí, Velázquez y Van Gogh también estaban tocados del Don; lo mismo que Picasso, capaz de expresar el dolor más terrible y las hermosas sutilezas de su época azul. O Caillebotte, Cezanne, Tchaikovsky, Neruda, August Kühnel, Tagore…

            Si ellos podían, si ellos sabían, si ellos formaban parte de los pocos elegidos, ¿Por qué no iba a ser yo uno de ellos? Tenía claro que la vía del sonido me estaba vetada; la ingratitud de la Música para con algunos amantes es conocida, las cualidades que exige son terribles. Entiéndeme, no quiero decir con ello que la pintura, la escultura, la escritura o cualquier otra representación artística estén por debajo de aquella, no; en absoluto. Es que yo solo sabía captar… No, captar no es el verbo; atrapar. Sí, atrapar, esa es la palabra… Yo solo sabía atrapar la Belleza a través del color, la forma y la textura. El retrato de mi madre era la prueba.

            No tengo conciencia de cuántos días, o semanas, debieron pasar. Pero una mañana me levanté y una actividad frenética se apoderó de mí: asearme, acercarme al pueblo a buscar un equipo de gente que viniera a limpiar la casa, ir a la ciudad a comprar lienzos, pinturas, pinceles… Debía repetir lo conseguido. Necesitaba ponerme a prueba de nuevo. Pero fracasé.

            El primer problema era evidente ¿Qué belleza debía atrapar, la de quién, de qué modo? Nada ni nadie de los que me rodeaban, incluyendo a las gentes del pueblo, contenía la menor muestra de la cualidad de lo hermoso. Ellas eran horribles: pintadas de aquel modo, vestidas de aquella manera, hablando con aquel lenguaje. No sentía tampoco ningún vínculo con animal alguno, incluidos ellos; todos me parecían o feos o estúpidos. El bosque era hermoso, eso sí lo recuerdo; pero su velocidad de cambio era demasiado lento para lo que necesitaba experimentar

            ¿Qué hacer? Al fin se me ocurrió que podría pintar bodegones. Sí, prepararía frutas, flores, alguna ave muerta; todo ello con fondos neutros y con diferentes enfoques de luz. Me lancé como un poseso, mezclaba técnicas, buscaba diferentes luces del día e incluso de la noche. Cada semana debía hacer algún viaje a la ciudad a reponer lienzos, tablas, pinceles, colores. Cuando me sentía demasiado agotado repasaba de nuevo los trabajos hechos y los comparaba con sus originales, pero nada. La fruta se pudría, las flores se marchitaban y los animales eran colonizados por millares de seres. Sí, claro que les arrebataba lo que contuvieran de hermoso, pero no era esa la finalidad que yo perseguía. No se trataba de alargar la vida de una flor, efímera en sí misma. Ninguna flor, ningún fruto, nada de lo que me rodeaba se acercaba a María. Ningún ser vivo irradiaba lo que ella. Opté entonces por recordarla. Me dediqué a imaginarla de nuevo: saliendo del baño, cepillándose el pelo, leyendo y mirando su contraluz. La intenté repetir sin conseguirlo.

            Pensé entonces que tal vez fuera mi memoria, la pobre memoria de un necio, incapaz de guardar en su interior un nítido recuerdo de lo sublime. Si no tienes memoria, me dije, habrás de acudir a fotografías. También lo hice. Una, dos… cinco… prueba tras prueba para no conseguir nada.

            Lo único que acumulaba eran telas emborronadas, tablas pintadas, montones de tubos vacíos o semivacíos conviviendo conmigo en aquella estancia inmensa, ahora atestada. Volvía a caer en la desesperación. Cogí casi todo lo que había hecho y lo quemé. Mientras ardía, no dejaba de pensar que entre aquel humo ascendía al cielo toda la invisible substancia que mis manos habían desaprovechado. Entre el olor a aceites quemados se encontraba la luz que no había sabido retener, la textura de las frutas que no supe atrapar o la verosimilitud de las  finas barbas que formaron parte de una pluma. Todo se quemaba, todo lo que no había sabido repetir. Todo subía de nuevo hacia el Sol para ser regenerado por algún extraño Dios.

            Me estaba volviendo loco ¿Significaba eso que el principio y el fin de mi capacidad creadora comenzaba y terminaba el María? ¿Nunca más sería capaz de repetir el experimento con Ginevra y ella? Me negaba a reconocerlo. Miraba el cuadro una y otra vez, hora tras hora, y cada vez tenía más claro que aquello no había podido ser un acto aislado. No, a mí no podía sucederme eso. Debía volver a la calle, moverme, ampliar mi mundo más allá de las paredes de lo que se había convertido en una cárcel.

            Preparé la motocicleta que apenas había cogido hasta entonces y partí hacia ningún lugar. Durante días me dediqué a moverme por distintas ciudades, primero costeras, y más tarde del interior. Intuía que estaba buscando alguna cosa, pero no tenía certeza alguna de qué era aquello que deseaba encontrar. Llegaba a lugares en los que todo era anodino, desde el cielo hasta las calles, desde el alumbrado hasta sus gentes y huía de prisa. Otras ciudades, en cambio, me invitaban a quedarme; bien porque me recibieran desde una hermosa alameda, por el cuidado de sus calles o el pintado de sus casas. Si en cualquier lugar existía alguna cosa, de por sí, hermosa, demoraba mi itinerario, buscaba un hotel y me quedaba un tiempo a pasear, a observar, a pensar qué otras cosas hospitalarias podían ser absorbidas por mí.

            Como imaginarás lo que menos me interesaba era la gente. Ni ellos ni ellas, ni jóvenes ni viejos. Las personas no tenían nada que ofrecerme, la mayoría de ellas al menos. Por eso acostumbraba a sentarme solo y ser un simple observador. Y aprendí cómo se movía la gente, el modo en el que se relacionaban, las estupideces que ellos eran capaces de cometer por acceder a una mujer, los sacrificios de ellas para gustar. Sí, a medida que pasaban los días me sacudía más y más motas de provincianismo. Lugar tras lugar veía cuantos errores había cometido María conmigo; tan encerrados en aquella aldea claustrofóbica.

            A pesar de estar aprendiendo: a moverme, a mirar, a estar sentado tomando simplemente un café; a pesar de ello, no era más que un “oyente”. Alguien sentado en la última fila, dedicado a escuchar lo que dicen los demás pero sin participar. Debía vencer mi timidez, mi miedo si he de ser del todo sincero, e intentar relacionarme. Pero ¿cómo hacerlo? Habían sido años de intimar solo con María y mantener un trato defensivo con aquel grupo endogámico y enfermo.

             Mis andanzas me llevaron hasta León y de allí tomé rumbo norte hasta llegar a Oviedo, y de allí terminé en Llanes. Digo terminé porque fue en esa pequeña y hermosa ciudad donde me llegó otro regalo: una joven perfecta, morena como María, de su misma estatura. Pudiera haber sido ella con veinte o veinticinco años. La conocí mientras comía un plato de “fabes” en un pequeño restaurante. Era la camarera que servía el grupo de mesas de la terraza. Me quedé prendado de ella, desde el primer momento. A medida que entraba y salía yo veía más y más a María, incluso debo confesarte que sentí una punzada de lujuria, pero la abandoné por aquel rostro, aquella sonrisa, aquel cabello perfectamente ondulado.

            No deseo entrar en detalles de cómo logré convencerla, me costó unos cuantos días y muchas promesas falsas. Tuve que mentirle en todo, desde mi edad —mis facciones me permitían sumar casi una decena de años si me lo proponía—, hasta un probable enamoramiento. Sí que te contaré que era una pobre solitaria que había huido de un pueblo de Zamora porque un embarazo, después malogrado, había obligado a sus padres a echarla de casa. Cosas maravillosas que tiene esta España que me acogió en su seno. Tenía ante mí a una mujer a la que no buscaba nadie, necesitada de cariño, terriblemente fácil de convencer, y la convencí.

            Le hablé de la casona de Galicia. Le hablé de la posibilidad de ir allí y pintarla; “soy pintor”, le tuve que repetir muchas veces; “Mira estos esbozos”, tuve que enseñarle, sencillos bocetos que había hecho a lápiz mientras ella servía mesas. En el fondo no era más que una pobre estúpida ignorante buscando caricias, un perrito abandonado que se hubiera marchado con cualquiera que le hiciera una caricia… Pero era perfecta para mi primer propósito: repetir lo que había dado por irrepetible.

            Ya convencida me lancé a pintarla. Disponíamos de todas las horas del día ya que se había venido a vivir conmigo —parece mentira lo que pueden conseguir una cama y un plato de comida— ¿Sabes qué es lo malo de la confianza? Que la parte en la que la depositas se lo toma como un regalo que no requiere contrapartida. Eso le sucedió a aquella pobre estúpida, le di confianza y ella se pensó que todo estaba permitido. A los pocos días de convivir ya había determinado que vivía con una criatura que hubiera retozado entre excrementos de no estar yo para limpiarlo todo.

            Cuando ya me faltaban apenas un par de días para terminar el cuadro se empeñó en que quería que la pintara desnuda. De repente comenzó a pasearse desnuda por la casa, sentándose frente a mí en posturas obscenas ¿Qué pretendía? No lo entendía, yo no buscaba nada en ella, solo la necesidad de plasmar su rostro en un retrato. La situación empeoraba por momentos.

            La noche antes de terminar el retrato, cuando apenas me quedaban unos retoques en los labios y los ojos, se coló en mi habitación y se metió en mi cama restregándose del modo más lascivo. ¿Qué debía hacer yo, qué esperaba aquella mujer de mí, de alguien que seguía enamorado de María? Me quedé allí, en silencio, dejándole hacer hasta que aceptó su fracaso.

            Pero su reacción no fue la que yo esperaba. Si había imaginado que tras desistir se marcharía, convencida de lo inútil de sus intenciones, lo que hizo fue montar en cólera. Se puso de pie sobre mí gritando que los hombres, los hombres de verdad, matizó, se perdían por acariciarle los pechos y penetrarla de manera salvaje, ¿qué clase de hombre eres tú que ni siquiera me miras el coño? me repetía una y otra vez mientras con los dedos se abría el sexo frente a mí. Después, sin mediar palabra se giró, se puso sobre mí a horcajadas y aferró mi sexo con su boca y sus manos. En esa posición yo tenía el suyo sobre mi cara y me ahogaba. A ella la oía reír a lo lejos mientras sacudía mi pene como si fuera un tallo blando a punto de quebrarse.

            No podía más.

            No podía tolerar que aquel rostro tan hermoso, aquella belleza que mis manos habían sabido captar de nuevo, mutara en una bestia lasciva capaz de las mayores bajezas por satisfacer sus bajos instintos.

            Saqué fuerzas, el miedo y el odio las proporcionan sin uno saberlo. La empujé lanzándola  directamente al suelo. Seguía riéndose de mí. Entonces me puse yo sobre ella y ella me señalaba entre carcajadas. La levanté sin miramientos y la lancé sobre la cama. Entonces calló. Algo debió ver en mis ojos que era nuevo para ambos. Me puse sobre ella y abrió los ojos sorprendida. Cerré mis manos sobre su cuello y comencé a apretar. Ella golpeaba, arañaba, pataleaba; y yo apretaba más y más. De su garganta no salía risa alguna, solo el sonido gutural de quien no sabe lo que habrá al otro lado de la vida.

            Igual que sucedió con María también sus movimientos espasmódicos fueron reduciéndose, a medida que se apagaban las últimas luces del día también la de los ojos de aquella infeliz daban paso a su noche eterna.

            Cuando todo terminó me eché a su lado. Cerré los ojos, los de ella permanecían exageradamente abiertos. Con los dedos de una mano comencé a repasar las facciones de aquella pobre estúpida, y mientras lo hacía reconstruía detrás de mis párpados el retrato ya terminado, y sobre él solapaba la cara de María y el rostro de María en su retrato. Poco a poco le iba devolviendo la hermosura que momentos antes había echado a perder.

            Recuerdo que después me levanté, cavé una fosa en un rincón de la gran parcela que rodeaba a la casa y eché en ella el cadáver. Lo cubrí de tierra y entré en la casa.

            No estaba tan cansado como la vez anterior, ésta había sido más fácil, no sé por qué. Recuerdo que lo que necesitaba quitarme de encima en aquellos momentos no eran el polvo ni el sudor, sino aquel fuerte olor a sexo que me había dejado después de restregarse contra mí. Me metí en la bañera con la guitarra de Yepes interpretando a August Kühnel y con el retrato de la pobre pueblerina ante mí.

            La conjunción del sonido y el silencio reinante fueron devolviendo la hermosura perdida de la criatura que descansaba en mi jardín. A medida que degustaba la pureza de cada acorde, mientras contemplaba el rostro de la joven malograda, le devolvían su belleza y la acercaban más y más a María; a pesar, incluso, de pensar que jamás ninguna llegaría a ser ella.

            ¿Me sentía mal, sentía culpabilidad, quedaba algún asomo de malestar por lo sucedido momentos antes? Extrañamente, no. Me sentía igual. Tal vez, quizás, un poco más poderoso. Había determinado que todo lo sentido durante mi encierro era Verdad. Me lo volvía a demostrar el hecho de haber enterrado a una criatura perversa y de una gran bajeza moral de la que quedaría un retrato perenne de su belleza robada por mí.

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