Tener un Smartphone

Tú no lo sabes, pero todavía eres feliz.

A pesar de que podrías seguir así, la civilización te lo deniega. Lo hace en forma de falso juguete que se reproduce como virus y que aparece, las más de las veces, entre las manos y la inteligencia de la gente que te rodea.

Al principio apenas te das cuenta.

Un día el vecino, el que vive con Maite, lo saca en el ascensor mientras te mira por encima del hombro, levanta una ceja y con aquella bestia agarrada con toda la mano se medio sonríe ladeando la pantalla para que te escupa una dosis de envidia. Ni caso, no sueles caer en la provocación del “la tengo más grande”.

Al cabo de un tiempo, cenando con un grupo de amigos, caes en la cuenta de que ninguno ha venido solo: Perico con su SamNoseque, Lucas con una cosa llamada Galaxia; otros hablando de frutas en inglés,: que si moras, que si el fruto del pecado de Eva… Y todos charlan entre ellos (en esa época los humanos todavía se comunicaban) de la maravilla moderna que representa estar siempre a la última noticia, al último comadreo.

Al final sucede lo terrible, tu pareja, tu jefe, tu madre, incluso tú mismo en tu inocencia, pensáis que es necesario estar conectado. Quien no se maneja en el esotérico mundo hexagonal de las ondas de telefonía no es nadie, un mindundi ajeno al mundo, del que todos pasan y al que muchos desprecian por seguir siendo aquel antiguo homo hábilis ya destituido y superado por el novísimo “homo móvilis”.

Y entonces te regalan uno, o te lo regalas tú, que no siempre la culpa es de otros. Desde ese mismo instante formas parte de los seres más evolucionados, la élite humana. De un plumazo has dejado de ser antiguo para ser una persona de tu tiempo.

Pero ¡Ah! Ahora comienza el precio a pagar por degustar las mieles del éxito, del ser como todos, del estar a la page. Lo que hasta hace un día era un aparato que te permitía llamar a cualquiera, desde casi cualquier lugar, ha mutado en un monstruo que vibra más que un contador Geiger a las puertas de Chernóbil. Lo que antes te hacía libre ahora te condena, es una atadura de la que ya jamás podrás desligarte: tuits que llegan continuamente de todos aquellos a los que estás suscrito (con sus correspondientes enlaces que debes, al menos, ojear), entradas de feisbuc de todos y cada uno de tus quinientos amigos (fotos y más fotos de gatos, gusanos, mujeres, pústulas, paraísos…) y, por supuesto, los guasaps, de tu novia, los amigos, tu madre, tus primas y tías…

Si hubo un tiempo en el que, de tanto en tanto, sacabas tu móvil del bolsillo y respondías un SMS o hacías una llamada, olvídalo. Ahora ya te es imposible soltarlo de la mano, sabes que vibrará en cualquier momento. Es así y no de otro modo. Y no solo eso, si tu reloj biológico detecta que el intervalo de tiempo transcurrido desde la última vibración es muy largo, se encargará de mandarte dosis de adrenalina para que estés alerta, para que mires, observes la pantalla y determines que todo está bien, que nada malo sucede.

Con el tiempo dejarás de degustar la alegría de ver una película en el cine, en la oscuridad de la sala y sin interrupciones. En breve no tendrás tiempo de reunirte con los amigos y hablar de forma distendida con unas cuantas cervezas. Llegará un momento en el que pasear con tu novia será un suplicio: una mano cogiendo amorosamente la suya y en la otra, aferrado de manera apasionada, esa maravilla de Smartphone que sí te hace vibrar de verdad.

¿Sexo? Habrás de cortarlo, o acortarlo, o solucionarlo de algún modo. Cómo podrá aceptar esa gente que está detrás de la pantalla que estés tanto tiempo sin dar señales de vida. Actos tan poco heroicos como cagar o mear estarán ahora sujetos a la vibración indicadora de que algo ha “entrado” en tu móvil ¿Qué harás si es un video largo o se requiere una respuesta larga, pospondrás la limpieza de tus zonas pudendas con el consiguiente menoscabo de tu higiene íntima?

¿Dormir? Solo por agotamiento, tuyo y de tus contactos, porque mientras eso no suceda, mientras tu paralelepípedo tenga ansias de vibrar esa será una tarea inalcanzable.

Al final te sucederá como a aquel personaje de Julio Cortázar al que le regalaban un reloj. Nadie te habrá regalado un Smartphone, Tú habrás sido el regalado.

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