Antes de entrar dejen salir

Lo que relataré es algo que sucede demasiado a menudo y en lugares diversos. Me refiero al momento en el que entrantes y salientes de cualquier espacio coinciden frente a una puerta, ese elemento material que separa dos conceptos insustanciales divididos mayormente por un vano y a los que conocemos como “dentro” y “fuera”.

La actitud natural es que aquellos que llamamos entrantes, hallándose fuera, deseen alcanzar el concepto de dentro, conocido como interior; mientras que los salientes andan deseosos de todo lo contrario, esto es: que hallándose dentro, deseen alcanzar el concepto fuera, conocido como exterior. Esa acción convertirá, solo por el acto de atravesar esa brevísima oquedad, a los salientes en entrantes y a los entrantes en salientes.

Dicha maniobra, que a ojos de habitantes esteparios o de ignotos desiertos puede parecer harto compleja, no lo es tanto si tenemos en cuenta que existen normas sociales de simplicidad pasmosa que permiten efectuarla con el menor riesgo posible para la integridad de los individuos implicados en ella.

Pero incluso un acto tan simple genera problemas; las más de las veces derivados del desconocimiento, voluntario o no, de la norma básica que rige la forma de actuación ante tal evento y que reza: “Antes de entrar dejen salir”. Ahí, lectores, es donde se produce la pequeña putada.

Veamos un ejemplo que vivimos a diario en cualquier transporte público y en alguna hora punta: la ya de por sí complicada maniobra de trasvasar a unos y otros, empeora por la tergiversación de la regla: los entrantes, en un alarde de conquistar el interior antes que nadie, como si fueran a ganar un premio por ello, se plantan ante la puerta como pilares del templo de Knosos ofreciendo, además, su misma capacidad de respuesta a cualquier estímulo; mientras, los salientes, seres que deberían poder salir como el dinero de nuestras cuentas, se encuentran con una barrera de apariencia humana pero totalmente infranqueable.

Por un momento el tiempo se detiene, todo permanece inamovible. Se viven momentos de incertidumbre, de duda, de lentos movimientos oscilantes como el futbolista que pretende superar a su rival. Pero no es tan fácil. Para la mayoría de entrantes no hay humanidad ante ellos, sus abotargadas mentes de la mañana (dormidas) o de la tarde (cansadas) solo visualizan un asiento libre en el que dejarse caer a la espera del tránsito a la vida de nuevo. Y los salientes, despojados de su derecho social, ven, incrédulos, cómo se les impide acceder al “afuera” a través del cual podrían volver a sus casas, a sus vidas, a sus trabajos o a su ocio, qué más da.

Después ya todo es caos, la no aceptación de una norma de aplicación tan sencilla ha llevado, y de manera irremediable, a un pugna terrible por ganar el otro espacio. Los que fueron humanos se convierten en bestias y empujan, agreden, ponen codos… Todo vale para conseguir un espacio, un leve resquicio por el que desafiar a la ley de la impenetrabilidad y burlar al resto de contrincantes.

Lo peor de todo es que transcurrido un intervalo de tiempo, no importa cuan largo sea, esos entrantes irrespetuosos que perdieron las formas y la educación se convertirán en salientes. Llegados a ese punto que el cielo nos asista, porque todo irá a peor.

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