La vida descontada

Lo de mi tía no tiene nombre. A poco que la familia se despiste va y se muere. Y no es que sea algo preocupante, lo ha hecho más veces a lo largo de los años y después resucita, pero en ocasiones resulta molesto.
Como la última vez, que nos lo hizo en domingo y nos obligó a cancelar todas las actividades previstas. No pudimos ir a la iglesia, ni acercarnos al mercado de viejo ni comer en casa de tío Álvaro, que prepara unas migas de postrarse.
Sucedió precisamente antes de ir a misa. Mamá había ido a su casa a buscarla pues a los actos litúrgicos nos gusta ir todos juntos. Es nuestra forma de dar una sensación gloriosa: toda la familia vestida de negro, entrando junta, repartiéndose después por todo el recinto y haciéndonos oír al final mientras gritamos el “Confiteor Deo omnipotenti …”. Pero tras llamar repetidamente a su puerta sin que saliera a abrir se temió lo peor; así que abrió con su juego de llaves y la encontró en la alcoba con el sudario puesto, las manos sobre el pecho y un CD del Réquiem de Mozart en reproducción aleatoria. Tía Berta es así de teatral.
Lo primero que hizo mamá tras verla fue llamar a la familia y reunirnos a todos, igual que las otras veces. Después tuvimos que llamar al doctor Llanos y pedirle una vez más que certificara su muerte.
Cuando llegó el médico, la examinó y le tomó el pulso. Como buen profesional nunca se deja convencer por sus escenificaciones. Prefiere verificar las cosas a través de sus conocimientos del oficio, ya que según dice: “Si hubiera estudiado arte dramático vale, pero estudié medicina”.
Y allí estábamos todos a la espera de su diagnóstico. No tiene pulso ni respira, fueron sus palabras al salir ¿Eso quiere decir…? Indagó mi madre. Que en cualquier otro caso significaría cadáver, pero tratándose de ella esperaremos.
Así es mi tía.
Según cuenta la familia la primera vez fue la peor. Aunque imagino que tuvo que ver en ello la sorpresa de lo inexplicable. Sucedió siendo relativamente joven y un día antes de la festividad de reyes. Imagínense: todos llorando; la pobre, con lo joven que era; y ahora a hacer todos lo preparativos que requiere el óbito; y la víspera de Reyes, con los regalos para la chiquillería. Un caos. Pero una vez la tuvieron preparada en la cama y habían empezado a llegar vecinos y amigos para el velatorio, resucitó.
Es evidente que para la mayoría aquello fue terrible y la dificultad de aceptar la resurrección fuera del entorno bíblico llevó a una parte de conocidos a dejar de visitarnos y a otros a retirarnos el saludo. La familia, aunque de gustos atípicos, hubo de aceptarlo como una broma del destino.
Parecer ser que más tarde, cuando le preguntaron a mi tía por qué lo había hecho, su respuesta fue un escueto “Estaba cansada de vivir”. Como si eso fuera una explicación convincente.
Más tarde vinieron los médicos, los chequeos, las pruebas analíticas… Un sinsentido de idas y venidas que concluyó con un “Usted está sana”. Para terminar, llegaron los psiquiatras y psicólogos que hurgaron en su alma hasta donde quisieron, debiendo aceptar dos cosas: tía Berta había muerto por cansancio vital y había resucitado porque el otro lado no le ofrecía mejores expectativas.
A pesar de no trascender más allá de los límites del barrio apareció por casa un sacerdote ofreciéndose para hacerle un exorcismo, pero la familia en pleno declinó el ofrecimiento argumentando que “una resurrección no tenía porqué estar sujeta a los designios del Diablo”, poniendo como ejemplo al mismísimo Jesús.
Bien, decía que estábamos en domingo y a la espera de los acontecimientos. Terminaron del siguiente modo:
Nos encontrábamos en la sobremesa de la comida improvisada en su casa y, como no podía ser de otro modo, resucitó. Oímos desde el comedor como decía varias veces “ya he vuelto”, poniendo a la frase un énfasis digno de Meryl Streep.
El primero en hablar fue el doctor Llanos, cuando levantando la copa dijo: “Vive. Ese es mi diagnóstico definitivo”; después siguieron las voces de unos y otros alegrándose por la buena nueva.
Al igual que las veces anteriores, le preguntaron por qué lo había hecho y su respuesta continuó invariable:
–Estaba cansada de vivir.
Pero yo descubrí su secreto una tarde, mientras hablaba consigo misma. Sé que lo hace porque es una mujer solitaria, muerta en vida; sé también que solo puede fallecer un número determinado de veces y que a base de consumirlas, salvo que se produzca un milagro, pronto llegará a la definitiva.

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