Escocia

He estado gran parte de mi vida atormentado por un hecho que sucedió en mi juventud y que jamás me atreví a explicar por lo que contuvo de locura, así he llegado a entenderlo. Ahora, al cabo de mi vida me decido a compartirlo. Cada cual deduzca lo que desee a partir de lo que narraré:
Existe un lugar al norte de Escocia, abrazado al mar, donde se encuentra un montículo de piedras descansando sobre una loma cubierta de hierba. En su cara norte hay un pequeño hueco y dentro de él una piedra negra con un texto grabado. Su primera frase dice “Denne steinen ikke er ditt, bare innhold” (esta piedra no es tuya, solo su contenido). El druida que la hechizó así lo dejó establecido.
El fin de semana que sucedió todo yo había partido temprano de Aberdeen, en cuya universidad me quedé como profesor una vez acabados mis estudios de gaélico, para viajar hasta Inverness pasando por Peterhead. Mi idea era ir a visitar a un buen amigo que desgraciadamente ya no está entre nosotros. En una de las paradas me hallaba tan cerca de la costa que no resistí la tentación de acercarme a ver el espectacular encuentro que se produce entre el mar del Norte y la costa escocesa, el día plomizo invitaba a ello. Me preparé un pipa y dejándome llevar por el paisaje anduve un buen rato entre mis pensamientos, la agreste costa y el sonido del agua. Entonces lo encontré. No repetiré lo ya explicado, simplemente quiero extender que una vez allí la realidad fue distinta; la sensación térmica cambió al frío, el sonido del agua se amortiguo de repente y algo parecido al pánico me recorrió toda la espalda. No explicaré tampoco lo que leí en la piedra, no me he atrevido jamás ni me atrevo ahora ya que casi lo olvidé, pero al instante supe que lo que había descubierto debía ser vetado al conocimiento de los hombres y comprendí la primera frase.
Decidí marchar rápidamente, la sensación interior pudo a la razón y mis piernas me alejaron aún sin yo quererlo. Imagino que una vez fuera del influjo del lugar volví a ser dueño de mi mismo y decidí retomar mis pasos para memorizar un plano mental del lugar, pero ya nada volvía a ser igual, el montículo había desaparecido y el lugar había cambiado. Anoté en mi cuaderno los hechos y la referencia a ellos que recordaba haber leído. Marché para Aberdeen, llamé por teléfono excusándome por encontrarme mal y me acerqué a la biblioteca de la universidad a confirmar lo pensado.
Toda la tarde estuvo dedicada a leer y releer el facsímil de la Primera Crónica General de Alfonso X en la que hablaba de los Almuiuces, que obligados a huir de Caldea por Nabucodonosor y Jerjes, ya que éstos consideraban la adoración del fuego una locura y una blasfemia, llegaron a las islas frías de Noruega y Dinamarca, donde prosperaron y se asentaron construyeron barcos y bajando posteriormente a conquistar las Islas Británicas para invadir más tarde España donde atacaron a los pueblos íberos, destruyendo a algunos y siendo aceptados como soberanos por otros. No encontré ninguna referencia a mi descubrimiento. Nada. Por más que busqué no encontré los párrafos que mantenía en mi memoria relativos a los druidas y sus herejías. Ni siquiera la frase que había escrito en uno de mis cuadernos la primera vez que la estudié y que me había hecho recordar: “Los santos son herejes que tienen éxito, los herejes son santos fracasados”.
Me plantee preguntar que había pasado con la edición que yo conocía pero no fue necesario, mi manía de anotar todas las referencias a los libros que estudio me confirmó que era la misma, incluso el repaso hoja a hoja me obligó a reconocer que no faltaba ninguna de sus páginas.
Ya de noche, acostado en la cama y acompañado del insomnio me vino el recuerdo olvidado de una solitaria noche de juventud y de taberna en la que se me acercó un hombre para contarme un hecho extraordinario de su vida. En la oscuridad lo volví a ver ante mí narrándome hechos que ni los más ebrios hubieran dado por creíble. Recordé como terminé abandonando al pobre diablo borracho y me vi entonces reflejado en él. O ambos habíamos encontrado el mismo lugar y la misma piedra o bien los dos compartíamos la misma locura.
Intenté convencerme a mí mismo de la realidad del hallazgo. Como hombre lógico y consecuente no podía dejarme llevar por lo esotérico y lo intangible. Por esa razón pasé los siguientes años volviendo al mismo lugar, haciéndolo a diferentes horas y en distintas estaciones. Incluso llegué a comentarlo con un par de buenos amigos en quienes confiaba. Ni ellos ni yo fuimos capaces de reencontrar el lugar, razón por la cual no me atreví tampoco a explicar el hallazgo y la consecuencia fue que me dejaron en el olvido.
Dediqué tiempo a buscar a aquél hombre por las tabernas de la ciudad sin encontrarlo. Tal vez hubiera muerto, tal vez no hubiera existido jamás sino en mis sueños.
Durante mis viajes me dediqué a indagar, en las bibliotecas a las que tuve acceso, todos los documentos que hablaran de las invasiones que se produjeron en aquella extraña geografía escocesa sin encontrar la referencia que recordaba haber leído.
Todo ello me convirtió al final en el ser huraño y solitario que soy ahora. Me niego a reconocer que intentando evitar la locura he caído en ella. Mi habitación es hoy un despropósito de libros y papeles. Desde que me retiré hace diez años, forzado por mi estado mental, no he publicado nada. Nadie viene a verme ni yo deseo ver a nadie.
Perdí mi vida tras un sueño, un espejismo atroz que se apareció aquel lejano día cerca de Peterhead. Probablemente esté loco, ya no me atrevo a dudarlo, pero yo sentí entonces que me había movido hasta otro lugar u otro tiempo, esa sensación siempre ha sido inequívoca para mí.
Lo que me restaba por hacer terminó ya pues lo he contado por fin. Moriré pensando que lo narrado pueda evitar a otros caer en el mismo despropósito. Solo con esto me daré por satisfecho.
La soga está preparada, la silla puesta bajo ella y mi final cercano.
Adiós.

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