El cuadro

Era domingo pero me levanté temprano. Abrí la persiana de la habitación, permitiendo al luminoso sol de mayo que me cegara levemente. Giré la cabeza y me encontré con la cama vacía, inmensa. Marcos, mi actual amigo con derecho a roce, había tenido mejores cosas que hacer que dormir abrazado a mí. A pesar de ello, el descanso y aquella luz me habían levantado el ánimo. Decidí que me arreglaría, cogería el tren para Tarragona y pasearía por su mercado de objetos viejos.

Mi plan, gestado mientras hacía el trayecto, era buscar alguna cosa que regalarle a mi madre, ya que en breve iba a ser su aniversario. Después, comer algo, tomarme un buen café en una terraza mientras el sol sustituía al amante ausente y terminar volviendo a casa con calma. Un buen modo de aprovechar las horas de luz de un domingo de primavera.

Llegué allí cerca del mediodía, con los tenderetes muy concurridos ya. De todos modos no tenía ninguna prisa y sí toda la tranquilidad interior para deambular con calma de un lado a otro. Hacía tiempo que no sentía esa sensación de paz. Me paraba en uno y preguntaba el precio de unos candelabros de latón; me paraba en otro y miraba unas viejas fotos de la ciudad. Notaba una cordialidad extraña, tal vez porque quien era cordial en realidad era yo, y eso no era habitual en mí últimamente. Pasé por segunda vez por los mismos lugares y volví a mirar un pequeño retrato que ya me había impactado la primera vez. Si en la anterior me abstuve de preguntar, imaginando un precio desorbitado para mi bolsillo, esta vez lo tomé en las manos. Era un pequeño lienzo rectangular de unos 40X30 cm. pintado al óleo. En él se veía la cara de una mujer joven, bastante hermosa, emanando una gran serenidad desde su media sonrisa. A la izquierda se adivinaba una fuente de luz, y tras ella un sencillo mobiliario. Por su peinado y su vestido podía pertenecer al primer cuarto del siglo pasado.

Mientras andaba ensimismada mirándolo, escuché una voz

-Es bonita la pintura ¿Verdad?

-Si – Respondí de un modo algo cortante. No quería mostrar demasiado interés. Por lo que sabía, en estos lugares es mejor no demostrar las ganas ya que eso juega en el precio a pagar.

-Es una pintura muy antigua, pero la tengo a muy buen precio – me contestó el vendedor exagerando el intervalo temporal.

-Bueno, lo del precio es muy subjetivo. Solo estoy buscando un regalo para mi madre y no creo que el suyo se ajuste a mi presupuesto. ¿Cuánto pide por él?

-Pues mire usted, me ha caído bien y voy a serle sincero. Hace ya bastante tiempo que lo tengo y nunca consigo venderlo. ¿Sabe cual es el problema? El tamaño. ¿Se lo puede creer? Siempre me dicen que si fuera más grande, que si es como una foto, que si lo cuelgan solo se verá el marco. Y me he dado cuenta de que se me deteriorará de llevarlo y traerlo. Le voy a hacer una oferta que no despreciará. Los dos valoramos lo suficiente ese retrato como para encontrar un precio ecuánime con el que ganemos ambos.

Era un gran comerciante y el precio ofertado no estaba mal. Aún y así, todavía intenté arrebatarle algo al precio inicial. No hubo manera. La verdad era que el precio se ajustaba a mi presupuesto, la pintura me gustaba y tenía el rincón exacto donde ubicarlo si mi madre no me salía con alguna de sus muchas manías. Lo compré.

Eran cerca de las tres cuando me tomé el primer sorbo de cerveza fría y ataqué con apetito la pizza que había pedido. La hora era buena ya que el nivel de comensales y ruido diminuía a medida que avanzaba en mi comida. Cuando terminé pagué la cuenta, me levanté y salí a la terraza a tomarme un refrescante café con hielo y fumarme un par de pitillos. No habría tiempo para mucho más, en una hora saldría el tren que deseaba tomar y aún me quedaba un trecho hasta la estación.

Esperando en el andén para la vuelta me di cuenta de que estaba realmente feliz. El balance me devolvía un día relajado y tanto el paseo como la comida me habían servido de bálsamo curativo en cuanto a la dependencia que estaba cogiendo con Marcos. Ni era tan necesario en mi vida ni me aportaba tantas cosas como pensaba. Aún no siendo un mal amante tampoco podía atribuirse ninguna medalla, esa se la llevó otro hacía ya tiempo y difícilmente nadie le relevaría; incluso teniendo una conversación agradable, ésta tendía por lo general a temas de su interés, no del de ambos. Como colofón, estaba el hecho de que la mayoría de las veces mi papel era secundario ya que estaba a expensas de su deseo de compañía, no del mío. La conclusión era evidente: sola estaba de muerte y un amante casual podía encontrarlo sin demasiado esfuerzo, debía terminar con él lo antes posible.

Como es bastante habitual, el tren llegó tarde. Subí, sumida aún en mis pensamientos y llevando conmigo el regalo para madre y un tema importante a resolver en los días siguientes, el de Marcos. Qué más quería, había matado dos pájaros de un tiro. El tren comenzó viaje.

Al principio apenas me percibí de ello, pero al rato caí en la cuenta de que la anciana que estaba sentada frente a mí no dejaba de mirar el cuadro. Pensé que había sido un error no envolverlo, lo mismo que el hecho de sacarlo de su bolsa para estudiar el enmarcado que le podía ir bien. Pero lo que más me molestaba era la mirada de aquella mujer, entre triste y curiosa. Al final decidí retarla con los ojos y ella desvió los suyos hacia el paisaje que se sucedía tras la ventana del tren. Eso me tranquilizó y volví a guardarlo en la bolsa de papel.

Pasados unos minutos noté como volvía a mirarme de soslayo. Esa vez sus ojos se habían vuelto más acuosos que al principio. Llevada por un alma samaritana, que en realidad no tengo, decidí dirigirme a ella. Me arriesgaba a cometer un gran error, pero caso de ser así se solucionaría en algo más de una hora, al llegar a nuestro destino.

– ¿Le sucede algo, señora?

– No hija mía, nada. Estoy bien – fue su respuesta.

– Perdóneme entonces. Me pareció que estaba como desasosegada y nerviosa. Si le duele algo, si tiene algún problema, puedo buscar al interventor para que le eche una mano.

– No, hija, no. No hace falta. De verdad que estoy bien.

Esa fue nuestra primera conversación. Después, volvió a perderse en el paisaje y yo intenté perderme en la novela que estaba leyendo, sin conseguirlo. Pasaban los minutos y cada una de nosotras deambulaba disimuladamente en la otra con la mirada. Mis ojos iban del libro a su rostro, los suyos del paisaje a la bolsa.

Noté que a medida que Barcelona se acercaba se incrementaba en ella el nerviosismo, pero había decidido no inmiscuirme más y no veía de mi incumbencia volver a preguntarle por su estado.

No sé a que altura estábamos del trayecto, cuando viajo en tren me dejo llevar por él y no me gusta seguir las estaciones, pero el hecho es que por fin me miró a los ojos y se dirigió a mi de manera decidida.

-Hija, ¿Te sabe mal si te hago una pregunta?

-Bueno, dependerá de la pregunta. En principio no. Hágala.

-Es sobre el cuadro que mirabas antes.

-¡Ah! El cuadro. Es bonito ¿verdad? Es un regalo para mi madre. ¿Le gusta?

-¿Gustarme? Creo, hija mía, que esa no es la palabra exacta. Tú no puedes imaginarte lo que he sentido al verlo. ¿Te sabría mal decirme dónde lo has conseguido?

Sus palabras me intrigaron. No soy experta en arte pero tenía la total seguridad de no haber comprado un Velázquez no catalogado. Además, qué interés podía tener en su origen, qué pensaba, que podía ir a una tienda y pedir “cuarto y mitad de la pintura que se llevó Julia”. Aún y así decidí responder y de paso hacerle otra pregunta.

-Lo he comprado en el mercado de objetos viejos que hacen en Tarragona los fines de semana. Perdóneme usted ahora, pero ¿Qué quería decir con lo de que yo no podía imaginar su sentimiento hacia él al verlo?

Se quedó pensativa, como si calibrara cada una de las palabras a utilizar en su respuesta. Pasados unos largos segundos dijo:

-Quería decir que tengo la plena seguridad de que ese cuadro lo pintó mi padre hace unos ochenta años. Que la mujer que está retratada en él es mi madre y que hasta el final de la guerra española estuvo colgado en el comedor de la casa donde nací. Después se perdió de vista, tanto él como mis padres.

Cuando acabó de hablar las lágrimas agazapadas tras sus ojos se deslizaban por sus mejillas. Me quedé de piedra. A pesar de que me puedo integrar en el grupo de edad que hoy en día engloba a la juventud, tengo algo menos de treinta años, me reconozco desconfiada. No en vano me la han jugado mucho y de muchas maneras. Esa desconfianza me hizo calibrar a toda prisa la posibilidad de que aquella ancianita no fuera tal sino más bien una arribista que intentara sacar un obsequio de alguien presuntamente inocente. Determinada esa posibilidad y sin mostrar el objeto en cuestión dije:

-Estoy segura de que debe equivocarse usted. ¿Recuerda alguna característica que pudiera tener aquella pintura que confirme que se trata de la misma? – La intención era evidente, si no apuntaba ningún detalle demostrable la encantadora anciana se convertía en una vieja interesada y yo la obviaría completamente.

Ella, con toda la seguridad del mundo, me respondió –Mi padre firmaba siempre sus cuadros en el ángulo inferior izquierdo. Lo hacía poniendo su nombre, Felipe, con pintura blanca y pincel muy fino. Además, y no creo que te hayas dado cuenta aún, en la parte derecha de la pintura, a la altura del hombro de mi madre, se ve una repisa sobre la que hay una foto. Aunque no se me reconoce, la niña de la imagen soy yo a los dos años pintada con un vestidito amarillo y lazo azul.

Desde antes que empezara a hablar yo había sacado el cuadro de la bolsa, lo había interpuesto entre las dos e iba confirmando cada una de las cosas que decía. No había error. Desde su posición hubiera sido imposible que viera ninguno de los detalles que me iba contando, sobre todo el referente al vestido, apenas perceptible desde lejos. No tuve más remedio que confirmar la certeza de sus palabras iniciales. El cuadro lo había pintado su padre y la joven del retrato era su madre.

Sin mediar palabra se lo ofrecí para que lo mirara. Ella lo tomó en sus manos con la misma delicadeza que se coge a un recién nacido y sus ojos transformaron la anterior tristeza en la más profunda ternura. Apenas sin tocarlo, sus dedos recorrieron aquella cara acariciándola como haría un pequeño con el rostro de su madre. Sonrió, hablándole en voz muy baja, ininteligible, pero pude adivinar que solo decía una palabra, “mamá”, como una letanía. Pasados unos minutos, durante los cuales ninguna dijo nada, me lo devolvió y comenzó a explicar lo que quedaba en su memoria de aquellos absurdos tiempos de odio y destrucción.

¿Sabes? Vivíamos en Hostafranchs, ni siquiera recuerdo el nombre de la calle. Nuestra casa era pequeña pero muy luminosa y daba a una plaza donde recuerdo haber jugado. Si contamos con que la niña de la foto tenía un par de años es fácil deducir que el cuadro debió pintarse entre el 32 y el 33, pocos años antes del estallido de aquella absurda guerra.

Mi padre pintaba por afición. A pesar de haber cursado estudios de arte, nunca le fue posible vivir de ella. Su oficio, el que nos daba de comer, era el de mecánico. Trabajaba en la Fábrica Casa Ramona, al lado de Montjuic. Pero a pesar de la cantidad de horas que necesitaba para mantener a la familia, siempre le quedaba tiempo para tomar los pinceles y plasmar en los lienzos retazos de nuestra vida. Desde que tengo memoria lo recuerdo sentado ante el caballete, a contraluz, con la salida al balconcito del pequeño comedor tras él y la sonrisa que me ofrecía los domingos, el único día que podía verlo con luz diurna mientras me decía –Buenos días, Anna ¿Cómo ha dormido mi muñequita preciosa? – Yo iba corriendo hacia él, me tiraba en sus brazos y me dejaba mimar por aquellas rudas y manchadas manos que a mí me parecían cálidas y suaves bajo el intenso olor a disolvente.

Mamá trabajaba en casa. Cosía para las vecinas y para una pequeña mercería a la que la acompañé muchas veces a recoger y entregar ropa. Las imágenes que tengo de ella se han difuminado tanto como las de mi padre, pero en cambio ese recuerdo de los domingos perdura, y la veo sentada frente a papá, en un viejo balancín, leyendo. ¿Sabes? Siempre hubo libros en casa, no sé de donde los sacarían, pero ese recuerdo también perdura en mi mente, hojear aquellos libros haciendo ver que los leía, imitando a mi madre mientras ella me devolvía una sonrisa y yo me llenaba de orgullo.

Yo debía tener unos ocho años y hacía tiempo que había estallado la guerra. Es de esa época de cuando guardo los primeros recuerdos reales de ese cuadro. Cuando los dos se ausentaban y yo me quedaba al cuidado de mi tía Clara, hasta que ellos volvían. Imagino que llevada por el mismo miedo que me querían esconder y que yo percibía, convertí la imagen del cuadro en la madre que temía no volver a ver.

Como los demás niños y a pesar de que la guerra lo envolvía todo, mi vida no distaba demasiado de ser normal. Iba al colegio cuando las bombas lo permitían, jugaba en casa y en la calle. Era una niña feliz dentro de la desgracia de aquel tiempo terrible.

Pero todo cambió el entrar los nacionales. Una tarde, mis padres se reunieron en casa con mis tíos, Agustín y Clara, que no tenían hijos. Me prepararon un atillo con algunas cosas y me dijeron que iban a estar un tiempo fuera, que los tíos me cuidarían, que tenía que marcharme con ellos y que en unos días vendrían a buscarme. Mamá lloraba mientras me cubría de besos y papá tenía en la cara una seriedad que no le había visto jamás. Años más tarde pensé que ya en ese momento él era consciente de que no volveríamos a vernos.

Mis tíos nunca me contaron nada, pero escuchando aquí y allí acabé sabiendo lo mínimo para entender. Mis padres se habían implicado en política y alguien los había denunciado, algún vecino, envidioso de nuestra felicidad Tiempo después me enteré de que habían tenido que huir a Francia, Nunca más supe de ellos.

A mis tíos y a mí también nos tocó cambiar de domicilio y de ciudad a la espera de que se calmara todo. Eran tiempos en los que un simple chivatazo, hecho por alguien adepto al régimen y al que le cayeras mal, podía hacer que terminaras ante un pelotón de fusilamiento o en un campo de trabajo. De ese modo, de un día para otro, perdí el hogar, el cuadro y a mis padres; y todo mi mundo infantil se desvaneció de repente. Los años pasaron cubriendo de olvido la memoria de aquella niña que terminó en la anciana que hoy te cuenta esto. La misma que hasta que has sacado ese cuadro de la bolsa lo mantenía todo relegado al olvido. Esta es la historia.

Al terminar su relato estábamos entrando en la estación de Sants. No sé cuanto tiempo había estado escuchándola, pero el viaje llegaba a su fin y me sentía incómoda por terminar de ese modo. Me pareció que aquella mujer no se merecía una despedida sin más, debía hablar algo con ella, decirle cualquier cosa que mitigara el dolor que la visión del cuadro había hecho aflorar en ella y le comenté:

-Si no tiene demasiada prisa, ¿Le apetecería tomar un café antes de marcharse?

Me lo aceptó y nos sentamos en una de las cafeterías que hay en la estación. Hablamos un buen rato de su vida, tan parecida a la mía que me produjo un extraño sinsabor. No quería aceptar que mi futuro pudiera ser como el suyo. Llevada por su confianza, también yo le relaté buena parte los fracasos de mi vida y de la consiguiente pérdida de confianza en el género humano que estos habían provocado. Eran cerca de las once de la noche cuando decidimos salir y marcharnos cada cual a su casa.

Desde que nos habíamos sentado en la mesa lo llevaba pensando y al final, momentos antes de levantarnos decidí regalarle el cuadro. Me costó. Ella argumentaba que por mucho que lo deseara ese retrato ya no era suyo, el destino le separó de él por alguna razón. Yo le esgrimí del mismo modo que el destino, a través de mí, había decidido devolvérselo. Después de un largo estira y afloja lo aceptó, la única condición que puso fue que pasara a visitarla de vez en cuando si deseaba verlo y hacerle compañía, algo que sí necesitaba de verdad. Así quedamos, nos dimos las respectivas direcciones y teléfonos y marchamos cada cual para su hogar. Solo el cuadro cambió su destino.

A la semana siguiente empezaron las llamadas y los encuentros, esporádicos al principio, pero incrementándose cada vez más hasta desembocar en la fuerte amistad que nos terminó uniendo y la tarea común que nos propusimos, buscar cual fue el destino de sus padres y de tantos otros como ellos.

Averiguamos que tras su salida de España habían llegado a Angoulême, ciudad que quedó en la zona ocupada bajo el régimen colaboracionista de Vichy. Allí, al igual que muchos otros republicanos, habían estado en el campo de refugiados de Les Alliers y habían terminado metidos en un tren que les llevó a Mauthausen el día 24 de agosto de 1940. Fue el primer convoy de exiliados españoles que Franco regaló a Hitler para ser utilizados como esclavos. Supimos que su madre murió al poco de entrar en él. Su frágil cuerpo fue incapaz de resistir los 182 mortales escalones de la cantera. Su padre, en cambio, aguantó hasta la liberación y fue uno de los pocos que cubrió la puerta de aquel infierno con banderas republicanas. A pesar de ello, su estado físico se había deteriorado tanto que murió poco después sin poder contactar con la familia. Conocer todo esto no fue ningún consuelo para Anna, pero sí una liberación y un descanso. Conocer la verdad siempre es mejor que vivir una incertidumbre.

Hoy hemos enterrado a Anna. Digo hemos, pero en realidad solo he estado yo y su perro, Sultán. No sabría decir quien de los dos está mas triste, tal vez él, al fin y al cabo a mí todavía me queda una familia, y si la muerte me respeta, muchos años por delante. Apenas ha pasado un año desde que la conocí. Tengo claro que no deseo la posibilidad de llegar a morir sola, como le podría haber sucedido a Anna de no habernos hecho amigas. Pero también he aprendido que no se puede hipotecar la vida simplemente por sentirse acompañada ya que eso puede llevar a una soledad peor. La búsqueda de sus padres me hizo madurar de repente, darme cuenta de que hay cosas que no podemos permitir que queden en el olvido. Esa búsqueda ha dado sentido a mi vida y me ha enseñado a ser dueña de mi destino. El tiempo decidirá.

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