Que estúpida muerte

Como a tantos otros, también a Eloisa le costaba levantarse por la mañana. Era el precio que pagaba al perdonar horas de sueño por hacer las cosas que le gustaban mientras los demás duermen. Y no es que sus gustos se manejaran en ámbitos poco comunes, no, sus aficiones eran tan simples como un fondo musical de Mahler mezclado con su gran pasión, la lectura, y la posibilidad que esta le daba de salirse de ella misma para jugar a ser otra. Otra, cuya vida no fuera lo vacía que sentía la suya. Por esa razón, después de leer, se entregaba a deshilvanar esos sueños en las hojas de un diario que llevaba escribiendo desde que decidió que la soledad era mejor que cualquier mala compañía. Y es que Eloísa jamás se había sentido ni amada ni hermosa, a pesar de serlo; primero por sus padres, de los que jamás recordaba una palabra de cariño, ni por los sucesivos amantes que transitaron por su cuerpo que ella regalaba para sentirse querida y ellos no sabían ver. Cuando pensaba en todo ello llegaba a la conclusión de que no había tenido suerte en la vida y que no era merecedora del amor de nadie. Esa fue la razón última que la decidió a apartarse de todo para entregarse a su soledad.
El día que iba a morir, eso no lo sabría ella hasta el momento fatal, se levantó de la cama con el habitual mal humor de cada mañana. Se acercó a la cocina medio dormida, primer lugar al que invariablemente le llevaban sus pasos apenas conscientes. Con una mecánica de movimientos precisos, casi litúrgicos, preparó una cafetera y la puso al fuego. Tal como terminó esa primera tarea afloró otra más urgente pero que invariablemente quedaba en un segundo plano, corrió al baño a orinar e involuntariamente a verse en el espejo, “joder tía, que careto tienes” le dijo a su alter ego, y es que por tiempo que pasara le era prácticamente imposible mirarse de tú a tú con ella misma, jamás se había gustado y tal vez jamás se aceptaría.
En ese momento la cafetera empezó a llamarla desde la cocina. Volvió a la cocina aún adormilada, se puso un buen vaso de café mezclado con algo de leche, empezó a sorberlo acompañado de un “mierda que caliente está” mientras hojeaba una revista y la consciencia iba tomando forma. Terminó de despertarse en la ducha, frotándose el cuerpo que a esa hora era otro cuerpo, sin notar apenas que la mano que tocaba esa piel era su mano y que esa piel casi ajena era la suya. Se vistió y arregló hasta verse mínimamente mujer, se atusó sus cortos cabellos castaños confirmándose que era un buen modo de agilizar su restauración. Después, tomando sus enseres de trabajo, salió de casa.
Eloisa Márquez, como tantos otros seres libertarios y nihilistas, había decidido hacía ya tiempo que trabajar de estatua viviente en las ramblas de Barcelona era un modo mínimamente digno de ganarse la comida y el alquiler que le permitía, además, la dosis de aislamiento que perseguía para mantenerse alejada de la gente incluso estando entre ella. Bajó a la calle, tomo la línea 4 del metro hasta bajarse en la estación Jaume I. Salió al exterior y tomó la calle Ferran para llegar a su zona de trabajo, la parte de la Rambla tras la plaza Real.
Durante el trayecto repasaba la ambientación del hombre de hojalata del Mago de Oz que se le había ocurrido la tarde anterior y que había preparado con urgencia, en un afán de darle un pequeño cambio a su anodina vida aunque eso, ahora, lo considerara una estupidez más de todo su repertorio. Era consciente de que la calidad de los materiales escogidos no era la mejor, pero su economía actual no le permitía otra cosa que aprovechar los materiales de los que disponía. Lo llevaba todo preparado en la maleta: el tinte plateado, los tubos rígidos, la caja, las articulaciones de tela y los guantes y zapatillas. Todo ello pintado en plata y con esmero. Simplemente le preocupaba la incomodidad que tendría por culpa de la rigidez de los tubos de plástico y que había podido constatar la noche anterior al probárselo. El éxito o no del personaje ya la llevaría a mejorarlo o a abandonarlo. De todos modos no le hacia ninguna ilusión, ya la había perdido definitivamente, era consciente de que aquel disfraz era un paso más hacia la nada más absoluta y que simplemente pretendía sacar unas monedas a los incautos visitantes. Solo eso.
Llegó a su lugar de trabajo pasadas las once de la mañana, saludando sin ganas a los conocidos que deambulaban por allí cerca, y se entregó a montar el pedestal de madera sobre el que ejecutaría otra imagen grotesca y sin vida, una prolongación de ella misma. Se maquilló cara y manos con el tinte plateado vistiéndose, si ese era el verbo correcto, con el resto de complementos. Se miró por partes en un pequeño espejo que siempre la acompañaba y procedió a subirse a la tarima.
Ya sobre ella y antes de quedarse inmóvil escuchó el canto de un pájaro. Quizá en otro momento no le hubiera dado importancia, al fin y al cabo incluso en una ciudad como aquella era posible escucharlos a menudo, pero en su estado de vacuidad aquel trino fue el detonante para que sintiera algo en su interior, alguna cosa parecida a la vida que ahora, ella, se veía incapaz de sentir.
Fuera el canto, la curiosidad o la casualidad, el hecho es que miró hacia arriba buscándolo, con tan mala fortuna que algo la desequilibró mientras la rigidez del disfraz le impidió mantenerse en pie cayendo de bruces al suelo.
Pasadas dos horas, el cadáver de Eloisa Márquez aún estaba tirado en el adoquinado, y rodeándolo, se encontraban el inspector Gimeno, el subinspector y varios números de la policía apartando a los transeúntes curiosos que pugnaban por mirar el charco de sangre que enmarcaba la yerta cabeza. El forense había terminado su trabajo, los inspectores habían preguntado a los testigos y todos esperaban la llegada del juez para terminar con aquello.
Mientras hacían tiempo el inspector le comentó a su compañero
– Lo que son las cosas, tropieza a treinta centímetros del suelo, el traje le impide moverse para caer con un mejor equilibrio, da de cara contra una botella que había en el suelo y encima tiene la mala suerte de que uno de los cristales le corta la carótida. Vaya cúmulo de putadas Ramón, no había llegado ni a la treintena. Una mujer joven y bonita con toda una vida por delante, Ramón, toda una vida por delante. Joder, que estúpida muerte.

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