Mal día

Nada había empezado como debía. El despertador no sonó. Ducha muy rápida, encontrar un taxi bajo la lluvia y tráfico atroz. ¡Joder! No podía haber empezado peor.
– Señor González, tenga este maletín negro y lléveselo mañana urgentemente a nuestro director a esta dirección – Recordaba que le había su jefe la tarde anterior.
– no se preocupe señor Gómez, a primera hora se lo llevo – había respondido él en tono servil.
Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sufriendo por su puesto de trabajo. Con cincuenta y ocho años ¿A donde iba a ir? No tenía más remedio que decir amén a todo y bajarse los pantalones. Ese parecía su destino hasta hoy. Y es que el día había empezado realmente mal. Después, el despiste a la hora de pagar el taxi, también le había pasado factura. Un chaval, de no más de quince años, le había arrebatado el maletín del suelo y había desaparecido a toda prisa por las callejuelas adyacentes.
¿Qué iba a contarle al director? Soy tonto señor Pérez, un chiquillo me ha robado el maletín. Ni loco iba a creer una excusa tan estúpida. ¿Qué hacer? Necesitaba resolverlo todo de algún modo. Se le echaba el tiempo encima y en realidad no le quedaba más remedio que aceptar su destino.
Le culparían de robo de documentos o de dinero, vete a saber que contenía el puñetero maletín negro. Habría policía, despido, humillación, culpabilidad. ¿Dónde iría con su edad y un expediente conteniendo la palabra “IMBECIL” a página completa? Mira nano, ya no hay solución, vas a la dirección de la entrega, te plantas ante él, le sueltas la milonga más creíble que se te ocurra mirando al suelo y después, ya en casa, te enfrentas a Laura.
Pasado un cuarto de hora de lo previsto se encontró frente al director.
– Mire señor Pérez, he tenido un problema. Iba de camino hacia aquí y la verdad, no sé si ya me debían seguir desde anoche. Lo cierto es que tres individuos se me han acercado y a punta de navaja, me han robado el maletín que le traía de parte del señor Gómez. Le juro por mi familia que no he podido hacer nada; el miedo, tres tipos cerrándome el paso, la navaja. Lo siento en el alma, le juro que si hubiera tenido oportunidad me hubiera enfrentado a ellos.
De repente cara de crispación, gritos, furia. Eso era lo que recordaba ahora, a un director gritando y mentando a todos los santos del cielo y a la imposibilidad de que alguien tan incompetente fuera capaz de cumplir un simple encargo. Eso era lo último que recordaba. Eso, y la frase que terminó por joderlo todo, el día y probablemente su vida.
– ¿Con qué zapatillas de baile llevo yo a mi nena al puto festival del colegio?
Esa frase retumbaba aún en su cabeza. La frase y el ruido sordo que hace un cráneo cuando se resquebraja. La película atroz de su mano cogiendo una pesada figura de bronce de la mesa. La imagen del arco que trazó en el aire la figura, su mano asiéndola y el resto del brazo. El crujido que vino después al golpear el cráneo de aquel imbécil. La cara de sorpresa y el intento de parar el golpe con su brazo derecho, sin conseguirlo. La sangre. La cantidad de sangre que puede echarse a perder por ser un prepotente de mierda.
Vaya día.
¡Vaya mierda de día!

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