El conejo de la “Tal”

Antes que nada debo decirles que la Tal es el nombre imaginario la mujer del que llaman “tío Gilito”, matrimonio al que yo penas les conozco. Lo más que puedo contarles me ha llegado de terceros: que son los vecinos del sobre ático, a él le llaman tío Gilito porque parece ser que le encanta contar su dinero una y otra vez y que a ella la llaman la Tal porque parece ser que no se relaciona casi con nadie del vecindario. Vamos, y es mi opinión, ni el uno ni el otro; porque las pocas veces que hemos coincidido en el ascensor apenas hemos cruzado cuatro palabras. Y en todas ellas, el llamado tío Gilito, no ha hecho más que hablar de su barco, y eso, incluso proponiendo yo, como tema, lo tópico del “tiempo que hace”.

All conejo de la Tal lo he visitado dos veces. La primera fue para hacerle una revisión general. El animalito, a pesar de encontrarse en su plenitud, hacía mala cara. El pelaje había perdido lustre y se le notaba ausente, retraído, desilusionado. Como hago de forma habitual, le pregunté a su dueña sobre los hábitos de vida y alimenticios de su mascota. La respuesta de la Tal fue desoladora. Me contó que apenas lo sacaba de su jaulita dorada y me confesó que la culpa la tenía su marido, hombre ocupado donde los haya, que siempre tenía cosas que hacer: dinero que contar, buscar e indagar sobre las vidas de sus asalariados, perseguir a todos los que no se comportaban con el decoro debido. Vamos, que aquel pobre conejo estaba más desasistido que un enfermo en urgencias hospitalarias. De los hábitos alimenticios me confesó, casi poniéndose roja, que no eran coherentes con un animalito de su clase. Y es que no se alimentaba más que de una triste zanahoria a la que mordisqueaba de vez en cuando.

Visto aquello me vi obligado a tomar cartas en el asunto. Era vergonzoso el maltrato al que se estaba sometiendo a tan hermoso ejemplar y debíamos proceder a cambios radicales si no queríamos verlo terminar sus días en un rincón de su jaula.

La propuesta fue simple y contundente. Aquel conejo debía salir a pasear, hacer más ejercicio; y si su esposo estaba demasiado ocupado en sus negocios y otros malos hábitos, ella, y solo ella, debía responsabilizarse de curarlo y cuanto más pronto, mejor.

Le hice una receta de complejos vitamínicos, insté a la Tal a que abriera la jaula y sacara al  conejo a pasear y, como colofón, le insistí en que sería bueno para el animalito ampliar la dieta.

Hace un par de tardes me lo volvió a traer. ¡Dios! Que cambio. No paraba en su jaula. Me atrevería a decir que incluso se reía, si es que los conejos tienen dicha capacidad. Y el cambio no solo ha afectado al conejo, incluso  la cara de la Tal resplandece. Parece ser que ha encontrado, por fin, una verdulería donde el dueño, no quiso decirme su nombre para que nadie fuera a quitarle la comida a su mascota, le suministra nabos de calidad exquisita que dejan exahausto al bicho.

Antes de marchar le pregunte qué pensaba su marido del cambio (es bueno estar al tanto de todo el entorno), y me respondió que “igual que siempre. Encerrado en su despacho, contando dinero y pensando que el conejo sigue royendo la zanahoria de siempre”

Recuerdo que esa noche dormí a pierna suelta. Satisfecho por alargar y alegrar la vida a tan agradecido animal.

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